Rafel Sánchez Ferlosio

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    El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía

    J. Benito Fernández - 08-12-2017

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    Introducción 

     

    Dije que nunca más volvería a escribir una biografía. Lo declaré en público, en una mesa redonda sobre el género, con motivo de la 38 Feria del Libro de Valladolid, el 5 de mayo de 2005. Faltaban pocos días para que viera la luz Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído. Pues heme aquí de nuevo como biógrafo, convertido otra vez en un “agente del buceo”, que diría Gonzalo Hidalgo Bayal, quizá el mayor exégeta del protagonista de las páginas que siguen.    

     

    En diciembre de 2004, tras varios meses de contacto telefónico, conseguí entrevistar a Miguel Delibes para Telediario e Informe Semanal, de Televisión Española. El autor de El camino quedó contento con aquellas emisiones y a partir de ahí labramos una pequeña amistad –su hija Elisa asegura que tras la operación de su padre “tú le proporcionaste algunos de los momentos más gozosos. Le encantó conocerte y ser tu amigo”–. Nos carteamos y nos telefoneamos. Fue entonces cuando Delibes me dijo que intentase entrevistar a Ferlosio, como hice con él, y que le escribiese, para lo que me facilitó la dirección postal y el teléfono del autor de El Jarama. Rafael, meses atrás, le había dedicado a Miguel ‘Carta de provincias, un cuento que publicó en Abc, en agradecimiento a un capítulo que el novelista vallisoletano incluyó en España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela. En uno de aquellos días de labor yo había salido de la redacción para cubrir una noticia. A mi regreso, un compañero, medio carcajeando, me preguntó si yo había llamado a Ferlosio, a lo que le contesté que le había enviado una carta. Seguidamente me informó de que el escritor había llamado preguntando por mí. Molesto y casi regañando, le dijo a mi colega que no quería ninguna entrevista y que no se me ocurriera aparecer por su domicilio. Así lo hice. Cuando salió Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído le envié un ejemplar a Delibes y me dijo que la leería en Sedano, Burgos, su refugio veraniego. Con anterioridad le había enviado mi otro libro, El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero. Tras su lectura hablamos por teléfono y Miguel, muy cariñoso, me comentó que estaba perdiendo el tiempo con esos mamarrachos, que el que en verdad tenía una biografía era Ferlosio.

     

    En enero de 2012 estaba inmerso en un libro difícil, muy difícil. Un libro para el que necesitaba de mucha ayuda, con la que nunca conté; no sólo no la recibí sino que además fueron no pocas personas las que trataron de disuadirme para que no lo llevara a cabo, pese a mi obstinada parvedad. Para ese trabajo precisaba leer toda la obra de distintos autores, entre ellos la de Rafael Sánchez Ferlosio. Fue entonces, durante esa lectura, cuando descubrí un nuevo libro. Una noche cerré El alma y la vergüenza, lo dejé en la mesilla y apagué la luz. Malogrado el sueño, mi cabeza me llevó a unos años atrás.

     

    Esa noche la pasé prácticamente en vela. A la mañana siguiente, sentados a la mesa con el desayuno delante, le conté a mi exmujer lo sucedido, que apenas pude dormir y que había decidido abandonar el libro que estaba preparando y meterme con la biografía de Ferlosio. Le pareció una decisión magnífica, ya que tampoco a ella le gustaba nada el libro que había ideado anteriormente. “Ya estás perdiendo tiempo”, me dijo. Abandoné la idea inicial e inicié el quehacer apasionado de la biografía de Rafael Sánchez Ferlosio.

     

    El sujeto a biografiar tenía su dificultad, puesto que defiende con pudor, con antigua elegancia, su intimidad y su vida privada, conquista irrenunciable a la que tiene derecho como ciudadano. Ferlosio es un autor tan impenetrable como trascendental. Tiene una aristocrática repugnancia por las biografías. No le interesa nada la literatura epistolar, ni los asuntos íntimos. Pero a mí, como a tantos otros, de Ferlosio, me atrae su rareza y, desde el hondón de mi ignorancia, la enorme complicación que tiene la lectura de su obra. Cuando inicié el trabajo me topé con múltiples contrariedades. La primera de todas fue la desconfianza hacia todo lo que se publica sobre él, porque Ferlosio acostumbra a no rectificar jamás las referencias periodísticas equivocadas que se refieren a su persona. Alguien consignó, entre otras invenciones, que hizo el servicio militar como voluntario –mentira, fue por sorteo– en el “Regimiento Farnesio de Alhucemas”, cuando es radicalmente falso; algunas semblanzas biográficas dicen que es licenciado en filología semiológica (¿?), doctor en filosofía por la Universidad Complutense; ha quedado en letra de molde que Ramón Tamames, en la segunda mitad de los años cincuenta, solía acudir a casa de Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio en la calle del Doctor Esquerdo, pero es incierto. Tampoco Rafael afina en su único escrito autobiográfico, ‘La forja de un plumífero’. Por ejemplo, asegura que estudió “los cuatro últimos cursos de bachillerato en el internado del Colegio San José de Villafranca de los Barros”, cuando sólo estuvo tres años, de 1942 a 1945. También encontré distintas fechas de nacimiento en las semblanzas de sus propios libros (4 y 14 de diciembre de 1927) o en algún documento oficial (10 de diciembre de 1927).

     

    Las biografías son trabajos de larga elaboración y muy absorbentes; suelo vivir en ellas, metido en esos mundos durante los años que precisen –mi limitada experiencia me dice que un mínimo de tres–, sumergido en el empeño de reconstruir esas vidas.

     

    Toda vida tiene estructura narrativa y entiendo que no hay modo de hablar de ella más que contándola como una novela de personajes reales. Yo utilizo el orden cronológico – “¡Qué manía historicista de temporizar las cosas!”, que diría Ferlosio– según el modelo estructural del Génesis, porque me gusta rehacer la vida desde el principio hasta el fin, tal vez porque soy de los que creen que la vida tiene principio y fin. Pero la cronología tiene el grave inconveniente de la memoria. A muchos interlocutores el situar temporalmente cualquier hecho, el preguntarles por una fecha, les saca de sus casillas. La vida siempre es misteriosa y recóndita, pero la de Rafael Sánchez Ferlosio tiene una dificultad añadida: es inescrutable. Quizá ahora entiendo más el aserto del novelista J. Á. González Sainz cuando le dije que haría la biografía de Rafael: “Es la obra de una vida”.

     

    En el relato aparecen acontecimientos históricos en la medida en que la existencia del protagonista se desenvuelve en esas situaciones. Y porque no entiendo al personaje en una burbuja, aislado de su tiempo, necesito contextualizarlo. Él, sin abandonar la escena, permite hablar del entorno, de sus aledaños, de todos aquellos asuntos que, a mi modo de ver, engrandecen una biografía. La vida es fluencia, cambio, movilidad. La de Ferlosio está plagada de personajes secundarios muy poderosos: Rafael Sánchez Mazas, Carmen Martín Gaite, Javier Pradera, Agustín García Calvo, Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre, Juan Benet, Chicho Sánchez Ferlosio, Miguel Sánchez-Mazas, Manuel Sacristán, Ferran Lobo… Están todos muertos.

     

    Ciertos interlocutores trataron de disuadirme de tan descabellada empresa –“No sabes dónde te vas a meter”–. He tenido que escuchar algunas inconveniencias del tenor de “Qué manera tan sibilina de sacar…” o “Eres agotador”. Cuando no, malas maneras. He topado con mendacidad e indolencia. Hay quien lleva un diario desde hace varios lustros y, escudado en su entrega profesional y arguyendo falta de tiempo, no se dignó ni mirar las entradas correspondientes a Ferlosio. Uno de los interlocutores se tomó un tiempo para pensarlo y, al menos, me devolvió la llamada para darme una negativa. Otros fueron parcos en declaraciones. Alguno optó por el silencio –cuántos correos sin contestar–. Me estuvieron mintiendo durante meses: nunca me llegaron sus respuestas a los sucesivos correos. Unos por la excesiva admiración al biografiado no han prestado su ayuda, por temor a disgustar a Ferlosio, otros por su falta de simpatía hacia él. Hubo quien después de emplazarme a una cita se arrepintió y rectificó con una excusa inaudita. También quien tras charlar varias horas ante el magnetófono me telefoneó para indicarme sobre algún pasaje que debería eludir o al menos no ponerlo en su boca. Un personaje me negó hasta lo indecible que él no había estado con Rafael en un lugar preciso. Como existe prueba gráfica del hecho, le insistí y volvió a decirme que ése no era él. Los caprichos de la memoria. Todo eso es comprensible, desde luego, discreciones, reservas, actitudes muy respetables.

     

    Durante catorce meses (desde enero de 2012 a marzo de 2013) he recogido la declaración de ciento veintitrés personas, utilizando distintos soportes: correo electrónico, correo ordinario, telefónico, de viva voz, mediante grabación. Hubo quienes no me permitieron utilizar la grabadora. He visitado el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid, la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico Universitario, el Archivo General de la Administración, el Archivo Militar de Guadalajara, distintas bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid, Registros Civiles, Filmoteca Nacional, Archivo General de la Villa de Madrid, Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, varios Registros de la Propiedad, despachos parroquiales… Para llevar a cabo una inspección ocular he recorrido, libreta en mano entre lápidas, varios cementerios, he viajado a Coria (Cáceres), he transitado distintas calles en busca de la numeración antigua para ubicar locales o domicilios particulares, he hablado con porteros y comerciantes añosos. Y también he renunciado, por recato, a meterme más allá de donde debía. Claro que, como dice un buen amigo, un biógrafo no puede tener recato. He hecho centenas y centenas de llamadas telefónicas para localizar a alguien, para preguntar cuál era en la época el nombre correcto de determinada institución, he insistido a más de una persona para precisar información, he movilizado a algún que otro colectivo para tratar de averiguar una fecha, etcétera, etcétera. Y he tropezado con instituciones –públicas y privadas– que interpretan las leyes como les viene en gana y de ese modo ocultan o no facilitan información al investigador. Invocan la ley, en una interpretación restrictiva, y obstaculizan la consulta pública. No quieren entender que la ley de Patrimonio Histórico Español indica que la documentación de más de cincuenta años adquiere carácter de documentación histórica, por lo que la protección de datos ya no es necesaria. Es más, deberían saber que la ley de la Función Estadística Pública, transcurridos “cincuenta años a partir de la fecha de su obtención”, nos permite acceder a los padrones municipales, donde figuran domicilio, fecha y lugar de nacimiento, estado civil, instrucción –¿sabe leer y escribir?–, ocupación principal o modo de vivir, ingresos que percibe –renta, sueldo o jornal–. ¿Acaso éstos no son datos personales?

     

    Hay quien no comprendió que hiciera la biografía de Rafael Sánchez Ferlosio sin hablar con él, el gran confutador. “Así es como si estuviera muerto”, me dijeron. Después de la reacción que tuvo cuando le escribí de parte de Miguel Delibes, apenas me quedaban ganas de volver a intentarlo. No obstante, cuando estaba a punto de concluir el trabajo de campo, en enero de 2013, decidí escribirle. Le dije saber de su animadversión a este tipo de trabajos, pero que yo entendía que ayudaban a conocer más al hombre que hay detrás de un autor que nos interesa y su vida suele sernos de utilidad para vislumbrar mejor su obra. Hay quienes piensan que la biografía de un escritor es a menudo la negación de su obra y que la vida privada no da ninguna clave de una obra maestra. Sostengo que la biografía de un autor engrandece su obra porque nos da a conocer las fuentes de las que bebió, las experiencias de las que se nutrió; en definitiva, contribuye a iluminar muchos enigmas. Ya lo señaló Vladimir Nabokov: “El buen lector, el lector admirable no se identifica con los personajes del libro, sino con el escritor que compuso el libro”. Oído lo oído, era consciente de que Ferlosio no tenía una vida de grandes aventuras ni la de un contumaz viajero. Pero no es el único. ¿Acaso las tuvieron Marcel Proust, Gabriel Miró o Fernando Pessoa, Rafael Cansinos Assens o Michel de Montaigne? Ferlosio es un escritor hogareño que nunca ha cruzado el mar; tan sólo ha viajado a Italia, Francia e Israel; de hecho escribe Extranjero con mayúscula, como si fuese un país más. Sin embargo, su obra sí ha cruzado fronteras: ha sido traducido al alemán, inglés, rumano, danés, italiano, portugués, serbio, lituano, francés, chino, holandés, ruso, sueco… Le expliqué en mi carta que todos mis interlocutores sabían de su malquerencia por la biografía, pero que la generalidad pensaba que era mejor que la hiciera ahora que vive la mayoría de los personajes, y no que luego de unos años, cuando todos hayan muerto, venga alguien de fuera, a escribirla sin poder recabar ya muchas contribuciones.

     

    Rafael sabía de mi labor porque también hablé por teléfono brevemente en dos ocasiones con su mujer, Demetria Chamorro –quien ante mi solicitud de colaboración me dijo: “Tengo que respetar la voluntad de mi marido”–, y porque más de un amigo le llamó para contar con su beneplácito a la hora de facilitarme información, a lo que él se negó con firmeza. Con anterioridad al envío de mi carta, en una animada conversación entre Demetria, Rafael y varios amigos en el barrio de Prosperidad, su barrio, surgió el asunto de la biografía y alguien le indicó a Rafael que yo era el biógrafo de Leopoldo María Panero y de Eduardo Haro Ibars, a lo que otro respondió: “¡A ver si Rafael también va a ser un maldito!”.

     

    En vista de que no respondía a mi escrito decidí llamarle, medroso, pues sabía de su fama de inaccesible, de su carácter bronco pero de fondo frágil. Recelaba que me despachase con cualquier exabrupto. Y como tenía reciente toda su documentación, me vino a las mientes un titular aparecido tiempo atrás: “Soy un cascarrabias, tengo muy mala leche”. La mañana del 18 de febrero de 2013 cogió el teléfono Demetria, su mujer. Me dijo que Rafael estaba dormido porque había estado escribiendo de noche, que volviese a llamar hacia el mediodía. Obedecí. Lleno de inquietud esperé a que Demetria le avisara; escuché que ella le decía: “¡Rafael: el biógrafo!”. Y volvió a repetir: “¡El biógrafo!”. No imaginaba cómo me iba a recibir. Después del saludo inicial me interesé por su estado, a lo que me respondió: “Viejo, muy viejo”. Le recordé la labor en la que estaba metido y que le había enviado una carta. Me dijo que me había contestado pero todavía no la había echado al correo. Que me la enviaría. Era de esperar que fuera muy perezoso para esos quehaceres. Estuvo zumbón, lo que me relajó enormemente. Respecto a lo de escribir su vida me sugirió que abandonase la idea. “No estoy conforme con la biografía. No es nada contra su persona. Es que no soy apropiado, no tengo argumentos”. Me recordó que no era un aventurero, que no tenía amigos… “¿Cómo que no tiene amigos? Yo he hablado con muchos de ellos”. “Sí, pero de las tertulias”, replicó. “No tengo más que anécdotas y nimiedades”. También las anécdotas son sustancia, materia de vida, pensé. “No le aconsejo que la escriba. Las biografías sólo se hacen a los muertos. Yo tengo ochenta y cinco años, no tiene usted que esperar mucho”. Tras una sonora risotada le anuncié que me gustaría verle para solventar algunas dudas que tenía sobre su infancia, a lo que manifestó: “¿Pero qué importancia tiene eso?”. Respuesta que he tenido que escuchar en muchas ocasiones; cuando me interesaba por la precisión, bien fuera por el número exacto de una calle, un mes o el color de un vehículo, por recurrir a algunos casos. Puedo llegar a entender que desde fuera no se aprecie el significado de la exactitud, pero para el que relata los hechos, que en realidad es quien debe valorarlo, la tiene. “¿Pero qué importancia tiene eso?”, me preguntaba el que es un maestro de lo minucioso y del detalle en la narración. Por reiterativa, por machacona, he acabado por aborrecer la respuesta. Acabamos la conversación muy cordialmente. Entonces caí en que Ferlosio, pese a su áspero y atrabiliario carácter, envuelve en su socarronería de cascarrabias la ternura de un niño. Jamás recibí su carta.

     

    Meses después, con motivo de mi cumpleaños, mi hijo menor me hizo un regalo muy especial. Guillermo, entonces con seis años, en casa me escuchaba hablar de Ferlosio en cualquier momento, me oía hablar por teléfono sobre él, sabía que su madre y yo habíamos viajado a Coria; en definitiva, tenía conocimiento de que trabajaba sobre el escritor. Ante su curiosidad le enseñé fotografías de Rafael y a grandes trazos le expliqué quién era. En complicidad con mi exmujer, pero ideado por él, Guillermo preparó a mis espaldas un “libro” sobre Ferlosio. Su madre le dobló por la mitad tres folios y se los grapó. La criatura, con la información que le dio mi exmujer, escribió e ilustró en colores las doce carillas. El día de mi cumpleaños, con una mirada cándida como sólo a esa edad se tiene, me regaló el “libro” envuelto en papel celofán. Sabía que me gustaría el obsequio. Cuando lo vi me emocioné. La cubierta dice: “Titulado por Guillermo, Ferlosio” (sic). En el interior explica que es un escritor muy famoso, que le gusta el campo, los animales del bosque. Que vive en un palacio en Coria con un patio muy grande con naranjos, que tiene una torre y lo dibuja como si fuese Montaigne en su castillo fortificado, sentado a una mesa escribiendo en lo alto del torreón de la biblioteca donde el pensador francés caligrafió sus fulgurantes Ensayos. “Felicidades papá”, incluye.

     

    Como sé de la debilidad de Sánchez Ferlosio por la infancia, no me resistí a enviárselo. Mi exmujer, dueña de la ocurrencia, escaneó el libro. Lo metí en un sobre con un tarjetón donde le explicaba la peripecia y en mayo lo eché al buzón de correos.

     

     

    El hidráulico

     

    Su padre le transmitió muchos conocimientos. Sánchez Mazas, autor de Las aguas de Arbeloa y otras cuestiones, lo que más hubiera deseado en este mundo es ser el río Ebro. Fluir eternamente de Reinosa a Tortosa por las tierras más alegres y vivas de España, y al mismo tiempo, permanecer. Rafael Sánchez Ferlosio, entre otros muchos saberes, es un erudito en hidráulica e hidrografía. Siempre le interesó el aprovechamiento del agua, hasta el extremo de que en 1974, hospedado en Sigüenza, le dedicó un tiempo al estudio de la captura por parte del Henares de los afluentes de esa comarca. Cómo van discurriendo las aguas, sus configuraciones, tipos de terreno por los que discurren, el caudal, el clima, régimen de lluvias… El Jarama, novela fluvial por excelencia –hay quien habla de realismo fluvial–, se abre y se cierra con una magnífica descripción geográfica del río (documentada por Descripción física y geográfica de la Provincia de Madrid de Casiano de Prado, Imprenta Nacional, 1864); además, la obra ganadora del premio Nadal 1955 arranca con una cita de Leonardo da Vinci: “El agua que tocamos en los ríos es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán; así el día presente”. El río Jarama es uno de los protagonistas de la novela, como fue el Henares en Alfanhuí o el ficticio Barcial en El testimonio de Yarfoz.

     

    Rafael siente por los ríos una atracción especial. “Aguas arriba es como en general han venido construyéndose, geológicamente, la mayor parte de los ríos y las cuencas: “Las aguas bajan, pero los ríos suben”, era la escueta fórmula con que se lo explicaba a sus alumnos mi malogrado amigo don Jacinto Batalla y Valbellido”. El río es el fluir heraclitiano, el paso del tiempo, la vida misma, la historia. Desde niño, su vida está ligada al río Alagón, por eso le gusta tanto ir a Coria: la querencia del río. Cuántos baños en los Canchos de Ramiro o en el propio Alagón a su paso por Coria.

     

    En 1965 Ferlosio, que trabajó para el ingeniero de caminos, canales y puertos José Torán –primer constructor de presas en España–, de quien recibió gran influencia, hizo de negro para el doctor ingeniero Rafael Couchoud Sebastiá y escribió la obra intitulada Efemérides hidrológica y fervorosa, un “compendio cronológico de las riadas, avenidas e inundaciones que sufrió la huerta del río Segura desde 1535, año en que falleció la célebre y piadosa Maricastaña hasta la devastadora riada de Santa Teresa acaecida el mes de octubre de 1879 con grave quebranto y peligro de la ciudad y Reino de Murcia”.

     

    El testimonio de Yarfoz, fragmento de una monumental obra de material narrativo que permanece sin ver la luz: “Historia de las guerras barcialeas”, tiene como protagonista a un anciano hidráulico –aprendió el oficio de su padre– que deseca tierras pantanosas y canaliza el río Dul. El autor describe con maestría la rueda hidráulica –distinta de la noria–, que tanto le cautiva. Estamos ante una magistral pieza de ficción sobre las obras públicas. “Yo sólo querría el Ministerio de Obras Públicas”, le dijo en noviembre de 1994 al difunto Feliciano Fidalgo, a la pregunta de si se podía ser presidente del Gobierno desde su Coria. 

     

     

    El cinegético

     

    Ya adolescente Rafael fue un gran aficionado a la caza menor y a la naturaleza. “Las sinceridades personales suelen ser desagradables y hasta obscenas, pero creo necesario (…) evocar la experiencia del placer funcional del cazador, que conservo bien grabada desde mi adolescencia y juventud: la intensa sensación de poder o de dominio, como una sacudida, que producía el skopós de fulminar en el aire una perdiz a quince o veinte metros sobre mi cabeza, con el importante añadido de que al ser la perdiz un ave cuyo notable volumen y peso no guarda proporción con su escasa envergadura, su caída es un precipitar a plomo contra el suelo, hasta con un rebote; es el famoso ‘pelotazo’ de la pornográfica jerga de los cazadores, que, al aumentar sin duda el sentimiento de poder, convierte a la perdiz en una de las presas favoritas”, escribió.

     

    Siempre fue muy cazador –de buen tino– y le fascina caminar por el campo. Admira los árboles –de joven, cuando su padre mandó talar una palmera vetusta que había en el palacio de Coria, “por no pertenecer a nuestra cultura”, Rafael se indignó y enojó con él– y, con sus amigos, en las salidas campo traviesa, le gusta hacer el papel de cicerone, apoyado en su cayada. Cada vez que salía de excursión tenía por costumbre consultar el Diccionario geográfico y estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz, obra ciclópea inicialmente compuesta por dieciséis volúmenes de estilo rigurosamente descriptivo.

     

    Ha cazado en distintos lugares. Pero sobre todo en Coria, con amigos lugareños o con otros amigos como los pintores Javier Clavo y Álvaro Delgado, con el crítico de arte Ramón D. Faraldo, con los hermanos José Agustín y Luis Goytisolo. También con éstos en el Delta del Ebro o con José Agustín en Ciudad Real. El interés de Ferlosio por el indefenso animal, en el que sobresale el lobo, su verdadero numen, ha quedado plasmado en algunos de sus cuentos: ‘Dientes, pólvora, febrero’, ‘Carta de provincias’, ‘El reincidente’ o ‘De los orígenes del perro’. Y abunda la presencia de ese mamífero en los comentarios sobre Los niños selváticos. No son pocos admiradores los que creen que sus mejores relatos son los protagonizados por lobos.

     

    Hay quien sostiene que la película La caza (1965), de Carlos Saura, está inspirada en un cuento de Ferlosio y que Elías Querejeta, el productor, le propuso participar en el guión, pero que Rafael se negó a colaborar porque el proyecto comenzaba en una gasolinera. El propio Saura lo niega con rotundidad y Querejeta lo desmintió terminante. 

     

    Hasta finales de los años sesenta Ferlosio cargó con la escopeta al hombro y descargó pólvora y perdigones sobre perdices, conejos, patos, fochas, tórtolas, becadas, zorros... Fue hasta que un día su hija Marta, de gran ascendiente sobre su padre, le preguntó qué le habían hecho esos animalitos, por qué los mataba. Rafael sufrió un espeluzno y no tuvo más argumento que la renuncia a la caza.

     

     

    El taurino

     

    Desde muy joven, desde los años cincuenta, Rafael Sánchez Ferlosio ha tenido una gran afición a los toros. Ha sido devoto de Rafael Ortega, de Juan Belmonte –“el más grande y el más inteligente de todos”– y de Curro Romero –“uno de los caballeros más elegantes y más educados que han pisado los ruedos españoles”–. En El Jarama hay referencias a figuras del toreo como Cocherito de Bilbao, Rafael Ortega, Belmonte y Manolete. Y durante muchos años tuvo en el recodo del vestíbulo de la casa de Doctor Esquerdo, cuando estaba casado con Carmen Martín Gaite, un póster gigante de don Tancredo, ese emblema del toreo del que espera inmóvil al toro a la salida de chiqueros sobre un pedestal, y pintado íntegramente de blanco, en medio del coso taurino. Su madre, la italiana Liliana Ferlosio, tuvo en Coria una ganadería de reses bravas de segunda.

     

    Tan desmedida era la afición de Rafael, que ha soportado en compañía de sus amigos muchas horas de cola, provisto de silla plegable y termo con café, en la madrileña calle de la Victoria 3, donde se encuentran los despachos de entradas para Las Ventas.

     

    En los años ochenta Ferlosio tenía una tertulia en el sótano del Lums, un barucho sin ningún encanto situado enfrente de la plaza de toros, en la calle de Alcalá 202. Allí se reunía el clan, formado, entre otros, por Demetria Chamorro, Javier Pradera, Miguel Ángel Aguilar, Ignacio Álvarez Vara, Barquerito, Agustín Díaz Yanes... Asimismo, en mayo de 1980, con motivo de la feria de San Isidro para la que le facilitaron un abono, tenía una columna en Diario 16 a petición de Miguel Ángel Aguilar, director del periódico. Cuando destituyeron a Aguilar, Ferlosio, por fidelidad, cesó en la colaboración. Aquellas columnas fueron muy celebradas, incluso por los críticos taurinos. Por esos años, una tarde oscura y amenazando tormenta, en una feria de San Isidro, cuando salió el primer toro, que le correspondía a Curro Romero, el respetable montó la bronca y se puso alguacilesco. Un clamoroso griterío invadió la plaza: “¡Cojo, cojo!”. El presidente seguía la escena impávido. Curro en la barrera, el público en pie impaciente y fuera de sí. Entonces Ferlosio, sublime como sólo él sabe serlo, cachaba en mano y a voz en cuello, erguido se dirigió a la manada: “¡Dejadle en paz! ¡No está cojo! ¡Es su forma de andar!”. La anécdota, contada por Fernando Savater, revela muchas cosas, entre otras hasta qué punto Rafael detesta al público taurino. “Los españoles, que ya en la calle son bastante despreciables, se llevan a la plaza de toros lo más despreciable que tienen”, escribió Ferlosio, que asegura tener un escrito de gran extensión contra los toros. Pero es por el respetable por lo que Rafael en la actualidad no es que no profese ninguna simpatía por la fiesta de los toros, es que la odia. No por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres.  

     

     

    A su aire

     

    El autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí siempre ha sido radicalmente independiente, sensu estricto. Lo sentenció en la década del sesenta Miguel Delibes: “Haga lo que haga –vivir o escribir– lo hará siempre a su aire, desdeñando las rutinas y las convenciones sociales”. Y así ha sido. Ferlosio ha osado enmendar la plana al mismísimo Fernando Lázaro Carreter, lingüista y director de la Real Academia de la Lengua (1991-1998), por poner un caso. Para Ferlosio, “la doctrina ortodoxa ortográfica y semántica establecida por [el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua] no es, en modo alguno, de obligado cumplimiento: nadie –salvo tal vez determinadas instituciones estatales– está legalmente obligado a obedecer sus prescripciones, como, por ejemplo, la de usar para el ordinal eso tan culto y distinguido de ‘decimocuarto’ en lugar del común ‘catorceavo’”. De este modo Ferlosio, pro domo sua, escribe “el veinticincoavo aniversario de su publicación. Nota: Sic; siempre lo he dicho así y lo tengo por más castellano que ‘duodécimoquinto’”. Tras la lectura de un texto de Rafael, un buen amigo suyo, convencido de que lo correcto habría sido utilizar en una frase del mismo la locución adverbial “cuanto más”, le preguntó afectuosamente al escritor: “¿Y eso de ‘contra más’?”, a lo que Ferlosio declaró: “Es verdad, tendría que haber escrito contri más, que es como se dice en Coria”.

     

    Siguiendo los criterios de transcripción de su respetado Agustín García Calvo, porque cree que la grafía debe reproducir del modo más exacto la lengua hablada, Ferlosio anota: “Chéspir de Jámbled” por “Shakespeare de Hamlet”, “chespiriano”, “Dostoyesqui”, “La chica había andado sabe Dios por dónde porai por esos campos”. Al papa Juan Pablo II le bautiza como “don Carlos Votila”. Como también apunta “espotes (imposible decir ‘spot’ en castellano)” o “israelís” o “escati de baldosines, donde yo solía patinar entre los quince y los diecisiete años”, del inglés to skate (patinar). Y al referirse a cargos del género femenino lo hace del siguiente modo: “El actual ministro de Cultura, doña Esperanza Aguirre” o “Si el presidente Aznar o su ministro de Exteriores, doña Ana Palacio” o “El académico de la Historia doña Carmen Iglesias es uno de los principales promotores…”. Y quizá para no parecer un periodista escribe “los dos rascacielos iguales” en lugar de “las Torres Gemelas”. Rafael Sánchez Ferlosio en estado virginal.   

     

     

    El pensador

     

    Rafael Sánchez Ferlosio, como su padre, tiene una curiosidad intelectual inagotable y jamás deja nada al albur. Al contrario: con una prosa sublime indaga hasta lo indecible, acumula precisiones hasta la prolijidad, argumenta y explora con la minuciosidad de un entomólogo. Constantes en su obra son la infancia, la hidráulica, lo fluvial, la polemología, la naturaleza… Le obsesiona la historia, la ética y la teodicea.

     

    “Lo mío no se puede decir que sea ensayo. Son reflexiones, comentarios, observaciones”. Ferlosio expresa su pensamiento de manera literaria y, en opinión de Félix de Azúa, tiene una prosa de sabiduría babilónica. Ferlosio impregna de calmosos razonamientos, de minuciosas argumentaciones, de complicadas cogitaciones sus prólogos (“En torno al ‘Pinocho’ de Collodi), sus oceánicos artículos en la prensa (‘Discrepancias ante el V Centenario’, ‘Notas sobre terrorismo’), sus discursos (‘Carácter y destino’), sus conferencias (‘O religión o historia’), sus ensayos (Las semanas del jardín, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos) y sus pecios, gérmenes de ensayos todavía sin pulir, verdaderos chispazos de pensamiento crítico. En todos los géneros, en todas las facetas del escritor, aparece el pensador. Pero “en la obra de Ferlosio no hay un sistema de pensamiento ni una ideología”, como escribió su estimado Tomás Pollán. Sánchez Ferlosio tiene ideas, no tiene ideología, porque, lo dijo él, tener ideología no es tener ideas. Lo mismo elogia a Antonio Gramsci que denuesta a Santiago Carrillo. Cuando en 1962 empezó a escribir su primer ensayo, titulado ‘Personas y animales en una fiesta de bautizo’, Ferlosio sentó las bases del pensamiento que ocupará toda su obra posterior: guardar celosamente las distancias con las cosas, sin despreciar ninguna de sus aristas, sin desestimar ninguna conclusión. Ese es su afán, su rebelión. Como si despreciara todo lo que le rodea, como si la realidad estuviera trágicamente alejada de la verdadera actualidad –quizá por eso creo los pueblos barcialeos, de natural dignidad e integridad, gobernados por la lealtad; otro mundo, otra Historia–, su pensamiento individualista se rige por la ética y la moral sin límites, con fuerte arraigo en la razón y el sentido común. Y precisamente los conflictos morales de los hombres es uno de los grandes temas y casi el único que a él personalmente le interesa. Como a Publio Terencio, nada humano le es ajeno. El discurso ferlosiano va dirigido principalmente a embaucar al destinatario, comprometiéndolo con el contenido, porque al escritor le basta con tener razón e influir en la marcha de los asuntos públicos, lo que no es poco.

     

    Entre los autores que cita están: Flavio Josefo, Heródoto, Homero, Tito Livio, Polibio de Megalóplis, Panecio de Rodas, Posidonio de Apamea, Diógenes Laercio, Filón de Alejandría, Tertuliano, Plutarco, Fanon, Confucio, Lao Tse, Theodor W. Adorno, Max Weber, Karl Bühler, Thorstein Veblen, Walter Benjamin… O también Kafka y Juan de Mairena. Como Machado –asumo el exceso–, Ferlosio inventó un personaje que le acompaña en sus reflexiones: su amigo el malogrado poeta, autor teatral y maestro nacido en 1899 en Torrejoncillo (Cáceres), desterrado en la aldea Ocunuco, Estado de Morelos (México) y muerto en 1939, don Jacinto Batalla y Valbellido, de cierta afinidad interna con Juan de Mairena, heterónimo del poeta sevillano. Don Jacinto dejó el libro inacabado e inédito ‘Estampas mejicanas’, ‘Elegía por el Imperio Austro-Húngaro’ (poema histórico o endecasílabo libre), inédito, ‘Las banderas de Siffin o La Palabra de Alá no se discute’ (teatro histórico en verso), inédito e inconcluso, ‘Máximas mínimas’ (aforismos), inédito, inconcluso, desaparecido.

     

    Las inquietudes de Sánchez Ferlosio acerca de la pedagogía, el aprendizaje o la instrucción (‘Borriquitos con chándal’), las guerras, lo militar (Campo de Marte.1. El ejército nacional, La hija de la guerra y la madre de la patria, God &gun. Apuntes de polemología, Sobre la guerra), la infancia (Alfanhuí, los comentarios y traducción de Los niños salvajes, de Lucien Malson, y Memoria sobre Victor de L’Aveyron, de Jean Itard) se reiteran a lo largo de su obra. Por aludir a algunos de sus puntos de vista, tiene sus reservas contra la democracia de partidos y antipatía por el neoloiberalismo; nada le resulta más chocante que la Teología de la Liberación: ni un santo con dos pistolas, ni la espada o la metralleta entre los instrumentos evangélicos; el individualismo y el egocentrismo moral del objetor de conciencia le inspiran poca simpatía. “Beltranejo fui siempre, beltranejo sigo y beltranejo moriré porque Doña Isabel y Don Fernando empezaron a labrar la destrucción de España”. Las autonomías le parecen una peste catastrófica: “Ser y sentirse catalán es una decisión abstracta pasionalmente asumida, como ser del Atlético de Madrid o del Real Madrid. (Y no es que tenga nada yo contra las abstracciones; hacen un papel dignísimo en el órgano del conocimiento, pero no deberían bajar al corazón”. Quizá heredado de su padre, uno de los blancos de las disecciones de Ferlosio es José Ortega y Gasset, quien le parece cursi y amanerado en su escritura. A las citas del autor de España invertebrada les llama ortegajos, término ideado por su primera mujer, Carmen Martín Gaite, para referirse a las generaciones. Rafael Sánchez Ferlosio conserva la funesta manía de pensar; no es un filósofo, ni de campanario, pero sí un pensador. Un pensador, de indiscutible autoridad moral e intelectual, contra el dogma y la intolerancia. Como Ignacio Echevarría y Carlos Feliu, le considero “un pensador cuya agudeza crítica y capacidad de discernimiento lo alinean con los más grandes polemistas y ensayistas de la modernidad tardía”.    

     

     

     

    Agradecimientos                                                                                                                                             

     

    Este libro no se habría materializado de no haber sido por la generosa colaboración de las siguientes personas:

     

    Gonzalo Hidalgo Bayal –imposible encontrar a un ser más humilde–, José Manuel Caballero Bonald, Luis Goytisolo, Félix de Azúa, Soledad Puértolas, Juan Goytisolo, Luis Landero, Antonio Martínez Sarrión, Jesús Munárriz, Isabel Escudero (in memóriam), Pureza Canelo, Javier Cercas, Cristina Fernández Cubas, Javier Fernández de Castro, Antonio Muñoz Molina, Fernando Sánchez Dragó, Julio Llamazares, J. A. González Sainz —con quien germinó una buena amistad—, César Antonio Molina, Alfonso Sastre, Medardo Fraile (in memóriam), Francisco Rico, Raúl del Pozo, Manuel Vicent, Carlos Piera —por su interminable paciencia y su ilimitada largueza—, Julia Escobar, Víctor Campio, Ignacio Echevarría, Arcadi Espada, Alfonso Armada, Antonio Astorga, Ángel Sánchez Harguindey, Santiago Castelo (in memóriam), Miguel Ángel Aguilar, Juby Bustamante (in memóriam), Pablo Sebastián y Enrique Ybarra. Agustín García Calvo (in memóriam), Carlos París (in memóriam), Tomás Pollán, Carlos Peregrín Otero, Luis Caramés, Víctor Gómez Pin, Fernando Savater, Xavier Rubert de Ventós, Alberto González Troyano, Jacobo Cortines, José Luis Pardo, Javier Echeverría, Aurelio Arteta, Pedro Arrarás, Óscar González, Jorge Lozano, Luis Meana, Carlos García Gual, Pedro Carrero Eras, Javier Ozón, Mary Sol de Mora, Lurdes Auzmendi, Pilar de Miguel (in memóriam) y María Cruz Seoane (in memóriam). Ana Guardione, Ana María Martín Gaite, Carmen Valcárcel Calderón, María Luisa Cutanda, Gianlorenzo Pacini, Máximo Pradera Sánchez y Andrés Sánchez Guardione. Eduardo Martínez de Pisón, José Luis García Rúa, Clemente Auger, Fernando Ramón Moliner (in memóriam), Fernando Sáenz Ridruejo, Víctor García de la Concha y Ramón Tamames. Asunción Carandell, Mercedes de Azúa, Ana Puértolas, Marisé Torrente Malvido, Elisa Delibes de Castro, Miguel Delibes de Castro y Ramón Benet Jordana. Javier Aparicio Maydeu, Mauricio d’Ors, Juan Antonio Molina Foix, Xavier Folch, Javier Abásolo y Alfonso Carlos Saiz Valdivielso. Pablo Juliá, Raúl Cancio, Pedro Madueño, Antonio López, José María Jabato, Julio Zachrisson, Agustín Díaz Yanes, Carlos Saura, Manuel Matji, Javier Reyes, Juan Isasi, Edi Clavo, Ferni Presas y Jaime Urrutia. Ignacio Darnaude Rojas-Marcos, Narciso Darnaude Rojas-Marcos (in memóriam), Rufino Soriano Tena y Gabriel García Gómez-Ramos. Jesús Domínguez Domínguez, Julián Sánchez Albalá, Susana Aldecoa, Miguel Gutiérrez Cruz, Pedro Gutiérrez Cruz, Miguel Ángel Moreno Asenjo, Juan Sánchez Torrón, Serafín Rodríguez Teja, Pedro Pablo Vaquer, Iñaki Ábalos, Fernando Reigosa, Elena Llácer, María Dolores Avia, Isabel Sevilla, Milagros Cortés Encinas, Mariví Pinero, Leila Navarro Cordoni y Solita Plaza.

     

    También he recibido inestimable ayuda de:

     

    Juan Martínez González (Colegio San José, de Villafranca de los Barros, Badajoz), Rafael Mateos, S.J., José María Díaz Moreno, S.J., Ateneo de Madrid, Agencia Balcells, Javier Goñi y Victoria Senén (Fundación Juan March), José María Martínez Alonso (Instituto Cervantes), Jaime Olmedo (Real Academia de la Historia), Javier Herrera (Filmoteca Española), Ana María Herrero Montero (Archivo Municipal de Oviedo), Susana Torreguitart (Archivo Municipal de San Fernando de Henares), Javier Tébar Hurtado (Archivo Histórico CCOO Cataluña), Sara García Monge y Federico Ayala Sorenssen (Abc), el extinto departamento de Documentación de El País, Ana García de Viedma (El Mundo), Diego Fernández (El Progreso), María Ángeles Miguel (El Norte de Castilla), Ana Jornet (Editorial Anagrama), Nahir Gutiérrez (Editorial Seix Barral), Librería Méndez (Antonio y Alberto), Juan Mantrana (café Manuela), Mateo García Rincón (bar Luz), Francisco Cumpián, Lisi F. Prada, Ángel Guinda, Mariano Antolín Rato, Francisco Ferrer Lerín, José María Guelbenzu, Rosa Regás, Danilo Manera, Román Gubern, Marcos Giralt Torrente, Raúl Cremades, David González Couso, Jordi Gracia, Santos Juliá, Miguel Aguilar, Alfonso Domingo, Salvador López Arnal, Jacobo Armero, Laura García Lorca, Álvaro Delgado, Graziella Fantini, Lola Lucio, José Melis Navarro, Raffaele Ottaviano, Aureliano Martín Alcón, Ana Puyuelo, José Félix Fernández, Alberto Fernández Liria, Luis Lianes, Jesús Muñoz Criado, Juan Martín Calatayud y Juan Antonio Tirado.

     

     

     

    Este texto forma parte del libro El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía, que acaba de publicar la editorial Árdora Ediciones.

     

     

     

     

    Considerado como un notorio biógrafo, J. Benito Fernández (Tomiño, Pontevedra, 1956) se dio a conocer con la muy celebrada El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero (Tusquets, 1999). Con Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído (Anagrama, 2005) quedó finalista del XXXIII Premio Anagrama de Ensayo. También en la estela biográfica publicó Gide/Barthes. Cuaderno de niebla (Montesinos, 2011).

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