Auschwitz en silencio

Texto: Anne Serrano / Fotos: Ernesto Pallestrini - 05-01-2018

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No imaginé el silencio. El silencio de quienes visitan Auschwitz. Había leído en internet que aquello era un circo. Pero yo no vi eso.

 

Un grupo de escolares con kipá y bandera de Israel colgada al cuello eran la única nota discordante con sus voces y modos bravucones. En las camisetas dibujada una mano que agarra la bandera de Israel y sin embargo parecen ajenos a esta historia.

 

Hay mucha gente. En los barracones vamos en fila unos detrás de otros. Caminamos. Nos detenemos. Una procesión lenta. Como si hubiéramos pactado el ritmo.

 

Observamos todos los mismos objetos en las vitrinas. Hay también quien fotografía todo el tiempo, sin mirar. Recorremos el espacio del horror con respeto. Montones de pelo humano. Uniformes de rayas. Gafas. Zapatos. Cucharas. Brochas para afeitarse. Latas vacías de gas Zyklon B. Documentos. Alianzas. Maletas con nombres y una historia. Huellas de un vacío difícil de soportar.

 

Pasillos cubiertos de fotos de muertos en vida que desde las paredes nos miran. Cada uno una pregunta. También el Papa Francisco visitó Auschwitz en silencio. ¿Dónde estaba Dios en aquellos días? Este homenaje se rinde en silencio, con la cabeza baja.

 

Llegamos tarde al campo, aunque habíamos dormido la noche anterior en Oswiecim, como nos aconsejó un amigo, para entrar antes de que llegaran los autobuses de escolares y turistas. Oswiecim está a tres kilómetros del campo de exterminio. Es el nombre polaco que luego los nazis cambiaron por el alemán Auschwitz. Un pueblo bonito, tranquilo y ordenado que se extiende alrededor de una gran plaza cuadrada rodeada de edificios de dos plantas. Los jóvenes toman grandes cervezas en el bar de la plaza. Gente despreocupada. Nos hospedamos en la pensión Pierrot, que es donde duermen los que van a visitar el campo. Alrededor de la lámpara vuelan las moscas. Una empleada baja al supermercado a comprar insecticida. Nos hace salir un momento del cuarto. Cuando volvemos a entrar ya no queda ni una.

 

No hay mucho que hacer hasta mañana. Recorremos el pueblo varias veces porque es pequeño. Visitamos las iglesias. Siempre presente el retrato de Juan Pablo II, el Papa polaco. En Polonia las iglesias están siempre llenas. Los feligreses a menudo escuchan la misa de rodillas y algunos se golpean el cuerpo al rezar, como suelen hacer los musulmanes. Iglesias llenas y fronteras cerradas a los refugiados. Pero el hijo del carpintero dijo “por sus obras los conoceréis”.

 

En algunas fachadas de Oswiecim hay reproducciones de fotos antiguas. Soldados de la Segunda Guerra Mundial que posan con sus bicicletas. Veraneantes de otras épocas en la orilla de un lago. Pero ni un solo indicio de que solo a tres kilómetros de allí se encuentre el mayor campo de exterminio del Tercer Reich donde murieron cerca de un millón y medio de personas entre judíos, gitanos, prisioneros de guerra soviéticos y ciudadanos de otras nacionalidades. Ni un cartel. Ni una placa. Ni una indicación. Ni un recuerdo de aquello.

 

Aquella noche cenamos en un restaurante digno de una gran ciudad. Los comensales en la terraza se cubren con mantas, aunque estamos a finales de agosto. Hablan bajo y no fisgan lo que pasa en las otras mesas.

 

De regreso a la pensión tardo en conciliar el sueño y cuando lo consigo duermo un sueño ligero e inquieto. Hace tiempo que organizamos la visita que tendrá lugar mañana. Mi marido, que es italiano, tiene origen judío por parte de madre. Su abuelo tuvo que esconderse durante la Segunda Guerra Mundial. La abuela, su mujer, me contaba las llamadas de teléfono de su marido en el corazón de la noche sin decir dónde estaba para no poner en peligro a la familia. El abuelo Basevi tuvo que huir cuando se promulgaron las leyes raciales fascistas por un apellido de origen judío que ya había sido cambiado cuando la familia se trasladó desde el este de Europa a Italia. Dos hermanos acabaron en un campo de concentración y su madre vivió la guerra escondida en un escondrijo practicado en el hueco de una escalera. Allí confeccionó una manta con trozos de diferentes telas que le procuraba un comerciante amigo de la familia que la escondía. Es la Anna Frank de esta familia. Mi suegra, su nieta, quiere legarla a la sinagoga de Génova.

 

Hasta que llegué a vivir a Italia para mí la Segunda Guerra Mundial era un tema poco visto en el libro de historia del colegio. En 1994, cuando vine a Génova por primera vez, todavía quedaban edificios en ruinas de la guerra. Como mi padre al hablar de la Guerra Civil Española, lo mismo hacían la abuela y la madre de mi marido al referirse a la Segunda Guerra Mundial en Italia. Visitar Auschwitz es también nuestra forma de rendir homenaje a los antepasados de esta familia.

 

En mi duermevela me pregunto si el olor de las cámaras de gas no llegaría hasta el pueblo. Pero Oswiecim y sus alrededores fueron desalojados. Los nazis destruyeron 1.200 viviendas. Fueron evacuados los judíos, que era el 60 % de la población, y luego internados en guetos. A gran número de polacos los trasladaron a Alemania para realizar trabajos forzados. En torno al campo se montaron anexos: talleres, almacenes, oficinas y cuarteles para los nazis. Parte de los edificios desalojados fueron asignados a los oficiales y suboficiales de la SS que con frecuencia se instalaban con sus familias.

 

Llegamos tarde a pesar del madrugón. Perdimos tiempo para salir del pueblo. Casi nadie hablaba inglés y parecía que no nos entendían cuando preguntábamos cómo llegar al campo. Por fin alguien nos ayudó. Caminamos mucho y deprisa. Habíamos reservado las entradas para las ocho de la mañana. Pero evidentemente para mí tres kilómetros no eran lo mismo que para Piotr Malarek, el taxista que nos señaló la distancia entre Oswiecim y el campo. Lo habíamos conocido el día anterior en la estación de tren nada más llegar al pueblo. Perdidos como estábamos, sin un alma que hablara una lengua distinta al polaco, vino en nuestra ayuda. Nos llevó a la pensión y se ofreció para acompañarnos a Cracovia al día siguiente, una vez terminada la visita al campo.

 

Desde Cracovia a Oswiecim habíamos viajado en tren. Me dijeron que lo cogiéramos porque hace el mismo trayecto que hacían los deportados. Una hora y media para recorrer 68 kilómetros. Nada que ver con el tren moderno y rápido que nos había llevado desde Varsovia a Cracovia. Los asientos estaban tapizados de terciopelo ajado y sucio que acrecentaba la sensación de calor. Los viajeros habituales conocían el percal y ni se inmutaban. Daban ganas de bajarse y ponerse a andar al lado del tren. De haberlo hecho no creo que hubiera llegado a destino mucho después.

 

Pasamos por pueblos de nombre impronunciable. Uno de estos apeaderos aparecía en La lista de Schindler. Un niño se atravesaba el cuello con el pulgar de lado a lado para avisar a los judíos, que estaban siendo deportados en tren, del final que les esperaba. Pocas casas, pero muchos campos cuidadosamente cultivados. Bosques de abedules. Abedul es el significado de Birkenau, el nombre que le dieron al campo Auschwitz II, el que construyeron cuando Auschwitz I se les quedó pequeño. El primero surgió en un cuartel abandonado del ejército polaco, con la idea de que acogiera a los prisioneros procedentes de las cárceles de Silesia, que ya demasiado llenas no podían albergar a los nuevos prisioneros de una ola de arrestos planeada por los nazis. Su comandante fue Rudolf Hess. Los propios prisioneros aumentaron el número de barracones del que llegaría a ser el mayor centro del genocidio hitleriano. Pasó de alojar 13.000 prisioneros a los 20.000 que alcanzó en 1942, distribuidos en 28 barracones, sótanos y desvanes. Se convirtió en el campo base para la red de nuevos campos. En 1941 se empezó a construir Auschwitz II-Birkenau a tres kilómetros del campo base, en el lugar donde antes había un bosque de abedules. Ocupaba una superficie de 175 hectáreas, con más de 300 barracas de las cuales se conservan 45 de ladrillo y 22 de madera. En agosto de 1944 llegó a tener 100.000 prisioneros. Las barracas de madera, que servían antes como establos de campaña para 52 caballos, llegaron a contener hasta 400 prisioneros. En 1942, en terrenos del consorcio Fabenindustrie, surgió Auschwitz III, donde estuvo prisionero Primo Levi. En los años 1942-1944 se creó una red de 47 subcampos subordinados a Auschwitz III, ubicados cerca de grandes fábricas y minas, donde se utilizaba a los prisioneros como mano de obra barata.

 

Para llegar al campo desde Oswiecim atravesamos un bosque a orillas de un río. Vegetación exuberante. Verde freso e intenso. Flores y plantas de las que no conozco el nombre. Cisnes y patos que inauguraban la mañana. ¿Cómo puede ser tan bonito el paisaje que conduce al lugar del horror y la muerte?

 

Aunque llegamos ya pasadas las ocho de la mañana todavía no habían llegado todos los que llegarían después. Encontramos un par de grupos de estudiantes con sus profesores y poca gente más. El primer impacto me desmontó completamente la idea que me había hecho. De no haber sabido lo que sucedió allí, en aquella mañana radiante el campo casi vacío me hubiera parecido un lugar bonito. Los tejados de los barracones recortándose contra el cielo limpio. El verde de la hierba fresca y el olor de la madera bien cuidada. ¿No me habían dicho que olía mal? ¿Cómo me podía resultar agradable un lugar así?

 

Pero Auschwitz era también orden y milimétrica organización, como la estructura geométrica de la disposición de los barracones que formaban la ciudad de la muerte. Un espacio proyectado con regla sobre una mesa. Y Auschwitz fueron los experimentos de Josef Mengele. La esterilización de las mujeres judías. La enfermería denominada la antesala del crematorio. El paredón entre los bloques 10 y 11 de Auschwitz I, con las ventanas cegadas por cajones de madera para impedir que los prisioneros vieran las ejecuciones. Las exiguas y lúgubres celdas de la prisión. El patio donde aplicaban la suspensión a los prisioneros hasta romperles los miembros. El potro de los apaleamientos por coger manzanas de un árbol o hacer las necesidades fisiológicas durante el trabajo. La celda 18 donde iban los condenados a morir de hambre, como el padre Maximiliano Kolbe. Los hornos crematorios donde se incineraban cerca de 350 cadáveres al día. Los barracones sin cimientos de Birkenau construidos sobre tierra pantanosa donde convivían hombres y ratas. La piscina de cenizas humanas. Las salas donde cabían con dificultad 40 personas y dormían 200. El patio de la horca. Las chimeneas que calentaban los barracones de Birkenau y que ahora, destruidos la mayoría de ellos, todavía siguen en pie, últimos testigos de lo que fue aquella muerte en vida.

 

Cada rincón, objeto o documento pertenece ya a nuestra memoria. Muchas veces gracias a las imágenes del cine. La frenética limpieza de las cámaras de gas que los Sonderkomandos llevan a cabo en El hijo de Saúl después de haber acompañado a las supuestas duchas a los prisioneros recién llegados al campo. Los primeros planos del protagonista, víctima y verdugo a un tiempo, que logra sobrevivir tratando de salvar de los hornos crematorios el cuerpo de un niño que cree su hijo. La desolación con la que El pianista recorre las calles del devastado gueto de Varsovia después de haber dejado a su familia en los trenes que los conducirían a Auschwitz. Las imágenes que no muestra Ida. Lo que dejan imaginar los campos desolados de la Polonia comunista en los que las protagonistas desentierran a sus familiares fallecidos en un campo de concentración. La larga agonía del padre Maximiliano Kolbe muriendo de hambre en las celdas de castigo para salvar a un compañero. El pijama de rayas con el que el hijo de un oficial de la SS entra en la cámara de gas después de haber cambiado su ropa con la de un niño judío prisionero. La maravillosa e improbable traducción de las reglas del campo que Roberto Benigni hace a su hijo en La vida es bella. Los judíos a los que dispara aleatoriamente un oficial alemán para ejercitar la puntería en La lista de Schindler. La decisión de Sophie, obligada a condenar a la cámara a gas a uno de sus hijos para salvar al otro. Los soldados rusos que liberan un Auschwitz habitado por cadáveres en La tregua, pero que no supieron liberarse de los campos de concentración de Stalin.

 

Y Auschwitz, el deber de recordarlo para no llegar nunca más tarde, está en la advertencia que nos dejó Primo Levi en el poema que abre Si esto es un hombre:

 

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

al acostaros, al levantaros;

repetídselas a vuestros hijos.

o que vuestra casa se derrumbe,

la enfermedad os imposibilite,

vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

 

 

 

La exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos estará abierta hasta el 17 de junio de 2018 en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid.

 

 

 

 

Anne Serrano es actriz y profesora de español en la Universidad de Génova. En FronteraD ha publicado, entre otros, Enseñar español en Italia hablando de emigraciónItalia: S.O.S. migración, cuando la emergencia es cotidiana la respuesta llega del teatroPepe Henríquez, a la sombra de un sombrero que iba al teatroTodos son disidentes. (Cuba. Estampas de una isla en compás de espera).

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