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    La vieja crónica se encontró con internet. Historia de un género

    Xavier Gómez Muñoz - 05-01-2018

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    Para contar esta historia hay que acudir a dos momentos: la invención de lo que hoy se llama de muchas maneras pero es esencialmente una historia real, filtrada por la mirada particular y la voz de un narrador, sin escatimar en el buen uso de la palabra ni en recursos aprendidos de la ficción y el periodismo, la crónica. El otro momento está dado por una serie de innovaciones en la informática, los sistemas de comunicación y las telecomunicaciones, que hicieron posible internet. Desde mediados de los años noventa, ambos mundos se encontraron. Pero su hibridación ha sido más bien lenta. ¿Internet es para la crónica una mera extensión del papel o puede sacarle otro provecho a ese “lugar” al que los académicos le han dado un nombre un tanto robótico, un poco estelar: el ciberespacio?

     

    Por orden de edad empezaremos por la crónica. Sus orígenes son tan antiguos como la humanidad misma, o casi: se remontan a esa necesidad humana por contar el mundo –exterior e interior, el que lleva a ser como son a las personas– usando como soporte la escritura. Juan Carlos Gil González, de la Universidad de Sevilla, recuerda en uno de sus estudios que la crónica ya era una herramienta usada por la realeza y los nobles para transmitir acontecimientos extraordinarios desde la Europa medieval. De hecho se consideraba de buen gusto tener un cronista al servicio de una familia o doctrina, por cuanto se deduce que la crónica se desarrolló particularmente entre los siglos IX y XIV. Los cronistas de indias contaron la conquista de América desde finales del siglo XV. José Martí, Rubén Darío, Joseph Roth, Josep Pla y compañía le aportaron nuevos bríos entre el siglo XIX y XX. Y Tom Wolfe reclamó para la crónica un lugar en el arte, en su libro El Nuevo Periodismo, publicado en 1973.

     

    Pero el nuevo periodismo, acuñado por Wolfe en Estados Unidos, no era nuevo. Incluso en ese mismo país le antecedió una generación de periodistas escritores desde finales del siglo XIX, con nombres como Lincoln Steffens y Stephen Crane, según se menciona en El nuevo Nuevo Periodismo (2005). Como si fuese una novela breve o un cuento largo, John Hersey ya había contado en 1946, para la revista The New Yorker, los horrores de los sobrevivientes de la bomba atómica, en Hiroshima, su gran reportaje. Gabriel García Márquez ya había publicado en 1955 Relato de un náufrago, en el diario El Espectador de Colombia –aunque en formato libro no salió sino hasta 1970–. Y en la Argentina de 1957 Rodolfo Walsh ya había publicado Operación Masacre, nueve años antes que Truman Capote lanzara A sangre fría, en 1966.

     

    Lo que quiero decir es que eso que se ha llamado de muchas maneras pero es esencialmente una historia real, filtrada por la mirada particular y la voz de un narrador, sin escatimar en el buen uso de la palabra…, no nació de un autor único o de una generación determinada, ni siquiera en una geografía específica o en un solo momento histórico. Sus orígenes son tan dispersos como sus nombres y conceptos, que van desde crónica, nuevo periodismo y periodismo narrativo o literario, hasta reportaje interpretativo, periodismo de autor, literatura de no ficción o documental, y la lista sigue. Lo que en América Latina se conoce como crónica en algunos países de Europa bien podría ser catalogado como reportaje. Y aquella falta de unidad conceptual o desacuerdo ha servido para socapar imprecisiones y todo tipo de vanidades y excesos.

     

    En tanto a su arquitectura, quizá la definición más completa –y manoseada– sea la que le hizo el escritor mexicano Juan Villoro cuando la definió como el ornitorrinco de la prosa: “De la novela (la crónica) extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos (…); del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona”.

     

    La cronista Leila Guerriero ha dicho que la crónica es “ante todo, una mirada –ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven– y una certeza: la certeza de creer que no da igual contar la historia del cualquier manera”. Y el escritor Jorge Carrión se ha referido a la crónica como una insistencia. La insistencia por contar la historia. La “historia de la memoria”.

     

    La crónica llegó al periodismo en el preciso momento en que los antiguos cronistas debieron adaptar su trabajo a los periódicos, recuerda en su investigación Géneros periodísticos en prensa (2008) la profesora Sonia Parratt, de la Universidad Complutense de Madrid. Luego vendría la separación entre los hechos y las opiniones del periodismo estadounidense y su influencia global, el cuento de la objetividad, el sensacionalismo, el entretenimiento travestido de información –o viceversa–, la prensa del corazón, la carrera atolondrada por la instantaneidad... Y la vieja crónica quedó relegada de la prensa diaria –y de masas– que prefirió la información fría –despersonalizada–, la noticia y el reportaje de actualidad.

     

    Un grupo de escritores del llamado boom latinoamericano cultivó también la crónica. Gabriel García Márquez dio un paso más y creó en Colombia la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en 1995. Empezaron a proliferar nuevas voces –y otras no tan nuevas–, además de un puñado de revistas, antologías, premios y editoriales que apostaron por un fenómeno al que unos pocos –gente de la industria editorial, supongo– quisieron darle de nuevo la categoría de boom, aun cuando lo inusual sigue siendo encontrar crónicas trabajadas a pulso en los grandes medios de la región. O como dice el argentino Martín Caparrós: “la crónica será marginal o no será”.

     

    Al margen de los grandes medios, la crónica halló su soporte en libros, revistas y últimamente también en internet. Pero para hablar de internet conviene volver en la historia unas tres o cuatro décadas, cuando el común de los actos humanos no precisaba la intermediación de una computadora.

     

     

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    Internet no hubiese sido posible sin dos inventos específicos: la computadora y la red mundial de informática WWW (World Wide Web). Por orden de edad empezaremos por la computadora. La existencia de las primeras computadoras, enormes y astronómicamente caras, puede rastrearse desde los años cuarenta del siglo XX. Pero no fue hasta el desarrollo de la computadora personal o PC, en cuya historia reciente figuran nombres como Ed Roberts, quien lanzó en 1975 una de las primeras computadoras para aficionados: la Altair; Bill Gates y Paul Allen, que desarrollaron el lenguaje Basic y fundaron Microsoft ese mismo año; y Steve Jobs y Steve Wozniak, creadores de la Apple I en 1976, entre otros, cuando la computadora se hizo accesible y fácilmente utilizable para el común de los mortales, casi un electrodoméstico más en el hogar.

     

    Por encargo del Departamento de Defensa de Estados Unidos, en 1969 se creó una red de comunicación entre computadoras llamada Arpanet (Advanced Research Projects Agency Network). Y veinte años más tarde, entre 1989 y 1990, se desarrolló la red mundial de informática WWW, cuya virtud principal radica en hacer amigable la navegación –usando browsers o navegadores– a través de un sistema de páginas y documentos entrelazados –hipertextuales– que además es interactivo y multimedia: textos, imágenes, sonidos, vídeos y todos los formatos de la comunicación, en el mundo digital, no son más que códigos traducidos por un lenguaje informático.

     

    La computadora y la WWW hicieron posible internet. La Web 2.0, que promueve la participación de las audiencias, sumada al auge de los dispositivos de internet móvil –teléfonos celulares, tabletas, ordenadores portátiles y demás– consolidaron su impacto actual. De ahí que no resulta exagerado pensar en internet, en términos globales, como el principal espacio de interacción social. Y no sorprende tampoco, como recuerda la profesora María Ángeles Cabrera, de la Universidad de Málaga, en Evolución de los cibermedios. De la convergencia digital a la distribución multiplataforma (2013), que en la lucha que los periódicos llevan desde el siglo XX por la audiencia y la publicidad –contra la radio y la televisión– estos hayan sido los primeros en volcar sus contenidos a internet. Después de todo significaba la oportunidad de rentabilizar sus publicaciones en una nueva plataforma, aunque en un principio se limitaran a reproducir textos y fotografías con las mismas lógicas que utilizaban para el papel. 

     

    Así, entre 1994 y 1996 aparecieron los primeros medios digitales o cibermedios en Iberoamérica. La crónica latinoamericana experimentaba su momento desde finales de los años noventa e inicios del nuevo siglo. No tardaron en aparecer, entonces, los blogs y medios digitales dedicados a la producción de crónicas. Algunos se crearon exclusivamente para internet –nativos digitales–; otros eran la extensión de revistas especializadas en el género. Para ambos casos, significó el encuentro de la vieja crónica –y toda su arquitectura, historia, cánones, estilos, referentes…– con el apenas inaugurado internet. El medio, plataforma o soporte que se pensaba en sus inicios como el salvador de la prensa escrita y últimamente es, más bien, presentado con el traje de verdugo.

     

     

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    A internet se le han endosado atributos y culpas que conviene no dar cien por ciento como válidos. Por ejemplo: aquello de ser responsable de la denominada crisis del papel, de la cual ha sido un factor importante, sin duda, pero no el único. Al respecto, el autor de El nuevo Nuevo Periodismo, Robert S. Boynton, recuerda que la caída en las ventas de ejemplares y publicidad ya había empezado antes de la masificación de internet, debido a que fueron los mismos periódicos quienes devaluaron su información en precio y calidad. Su argumento es sencillo: el objetivo de los periódicos siempre fue atraer lectores y para ello “no dudaron en cobrar un precio artificialmente bajo”, que compensaban con los ingresos que dejaban los anunciantes, que eran quienes en verdad sostenían el negocio. Con la información devaluada –entendida casi como un “marco para la publicidad”–, los periódicos dependieron “cada vez más de lectores que solo tenían un interés superficial en el periodismo. Estos lectores eran poco leales a marcas o a modos particulares de presentar el periodismo (como leerlo en papel)” –y he ahí un primer argumento que a los periodistas no siempre nos gusta escuchar.

     

    Por otro lado es cierto también que el paradigma de la escasez informativa se diluyó con internet y que la falta de una cultura de pago ha ido mermando el negocio de las empresas periodísticas. Grandes medios como The New York Times y The Washington Post han logrado rentabilizar sus contenidos en internet fundamentalmente por dos motivos: un gran público como resultado de una marca consolidada en el tiempo e información de calidad y especializada. Pero han sido más los medios cerrados o disminuidos. Y no hay que olvidar que los medios de comunicación son también organizaciones que precisan de rentabilidad para cubrir nóminas y crecer, no solo en el ámbito económico.

     

    Sin embargo, y a pesar de los números rojos, no han faltado todo tipo de emprendimientos en las dos décadas de existencia del periodismo digital o ciberperiodismo –el periodismo en internet tampoco es nuevo, aun cuando no ha encontrado todavía un modelo económico que funcione bien para la mayoría–. Algunos de esos cibermedios se mantienen y permiten distinguir rasgos propios, sobre todo en ciertos géneros. La noticia se ha beneficiado con la actualización constante que facilita internet. Algunos reportajes han logrado la categoría de multimedia e interactivos. La infografía digital es considerada un género renovado por sus niveles de interactividad y capacidad informativa… ¿Qué podemos decir de la crónica?, más allá del uso más o menos regular de hipertextos. ¿Le basta y sobra con la singularidad de su relato para encarar al nuevo medio? ¿Precisa únicamente de internet como un soporte para la publicación de lo mismo que ha hecho en papel desde el siglo XIX? ¿Es posible un modelo de crónica 2.0, que aproveche las características de internet sin echar al traste los atributos periodístico-literarios a partir de los cuales se han escrito sus mejores páginas?

     

    Los estudios coinciden en que, a diferencia de otros géneros, el desarrollo de la crónica en internet ha estado condicionado por factores que la han postergado. Tal y como fue heredada de la prensa escrita, la crónica depende de una linealidad para la narración escena por escena, los diálogos, descripciones, ambientes, argumentos, detalles significativos… Todo eso en una sola pieza informativa, cerrada y con un estilo particular de entrada y desenlace, lo cual entra en conflicto con la posibilidad de construir rutas propias –mediante nodos e hipertextos– que predomina en el consumo informativo en internet.

     

    Además está el componente estético que persiste, quizá como en ningún otro género informativo, a través de la escritura. Pero el factor determinante parece ser el escaso interés de los productores de contenidos que saben, de antemano, que la crónica es un género más costoso y demorado que la información del día a día, los géneros de opinión o el infoentretenimiento, y que el modelo dominante en la narrativa digital promueve precisamente lo contrario: información breve, fragmentada y directa. Una receta con la que la crónica –ojalá para bien– no cumple.

     

    En una conversación que tuvimos con el profesor Rafael Díaz Arias, de la Universidad Complutense de Madrid, coincidimos en que una posibilidad para la crónica en internet estaría en estructuras móviles como la de Rayuela, la novela de Julio Cortázar que, al prescindir de una secuencia única, permite varias lecturas. O en otros tantos referentes de la literatura, el periodismo, la radio, el cine… Pero para saberlo es preciso experimentar –y a veces equivocarse–, más allá de los purismos y los discursos grandilocuentes sobre las tecnologías de uso actual. No se trata de sacrificar el lenguaje en nombre de la novedad tecnológica, sino de aceptar y sacarle provecho a las características del nuevo medio, en donde –de una forma u otra– cada vez más personas interactuamos. De ese equilibrio dependerá el futuro de la crónica, al menos en su versión digital.

     

     

     

     

    Este artículo fue publicado originalmente en la edición del 15 de diciembre de 2017 de la revista Cartón Piedra, del diario El Telégrafo de Ecuador. Algunas de las fuentes y opiniones que aquí se leen forman parte de la investigación ‘Crónica 2.0. Periodismo narrativo en internet’, que el autor realizó como parte del máster en Periodismo Multimedia, en la Universidad Complutense de Madrid, durante 2017.

     

     

     

     

    Xavier Gómez Muñoz (Quito, Ecuador, 1982), como periodista de planta y freelancer ha colaborado con varios diarios y revistas, entre ellos, Soho Ecuador, Mundo Diners, Cartón Piedra, El Comercio y Hoy. Especializado en la elaboración de crónicas, reportajes y entrevistas, formó parte de la antología de crónica contemporánea La invención de la realidad. En Ecuador ha editado revistas y libros sobre turismo, inversiones, gestión pública… Tiene un máster en Periodismo Multimedia y cursa estudios doctorales en la Universidad Complutense de Madrid. Algunos de sus trabajos recientes se leen en su blog xaviergomezmunoz.wordpress.com En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, El extorero antitaurino. Relato del colombiano Álvaro Múnera7,8 grados en la escala de Richter. Historia del terremoto en EcuadorEsa voz en mi cabeza. Una historia de esquizofrenia, . En Twitter: @xavogomez  

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