Pergamino Vindel

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    Psiquiatría y poemas, un retorno enamorado al Vigo del siglo XII por el mar de Martín Códax

    Amaia Mauleón y Rogelio Garrido - 19-01-2018

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    1264. Un joven vigués pasea por el monte do Castro. Desde esa atalaya admira la bahía de Vigo, que se extiende hasta encontrarse con unas formidables puertas naturales: las islas Cíes. En su creativa mente el trovador de nombre Martín Códax observa el horizonte mientras va poniendo en boca de una enamorada canciones dedicadas a su amante ausente. Ella le está aguardando al pie de la Ría. Le añora. Pregunta al inmenso mar por él. Implora noticias. Suplica… Y suspira.

     

    Ondas do mar de Vigo,

    Se vistes meu amigo

    E, ¡ai Deus!, se verrá cedo

     

    Ondas do mar levado,

    se vistes meu amado

    E, ¡ai Deus!, se verrá cedo.

     

    Se vistes meu amigo,

    O por que eu sospiro,

    E, ¡ai Deus! , se verrá cedo.

     

    Se vistes meu amado,

    O por que ei gran coidado,

    E, ¡ai Deus!, se verrá cedo.

     

    El Vigo de Martín Códax es un mosaico de aldeas que se extiende alrededor de iglesias, caminos y campos de cereales. En este dédalo de casitas y leiras comienza a tejerse el embrión de una urbe de crecimiento asombroso, en torno a los templos de Santa María y Santiago de Vigo.

     

    El gallego es la lengua natural. Se habla en los hogares más humildes y en los centros de poder. Se canta, se cuentan historias y se escriben leyes en esta lengua. Y la palabra hablada, acompañada de gestos, música o imágenes, es la forma esencial para transmitir la memoria, la tradición, la fe y el saber. Y también los sentimientos. El amor. Sin embargo, solo una mínima parte de esta rica cultura de la Galicia medieval llegó a plasmarse en escritura. El resto se perdió en el olvido. De ahí la trascendencia de las cantigas de nuestro cantor enamorado.

     

    Martín Códax es un juglar popular, solicitado y admirado. Él no solo canta en plazas y cortes, sino que también compone sus propias piezas. Es un creador cuya obra se incluye en los principales cancioneros. Hoy diríamos que Martín Códax era una suerte de estrella de la canción. Un ídolo seguido por una legión de fans que reclamaban su poesía y su voz, cuyos ecos vuelven ahora a sonar en la Ría, junto al mar al que cantó y suspiró.

     

    Esta es la azarosa historia del manuscrito medieval que atesora las cantigas del trovador del mar de Vigo. Es la fascinante peripecia de un anónimo librero que lo redescubrió en 1914, cuando el valioso pergamino protegía otro libro, hermoso también pero mucho menos valioso que la obra que ejercía el modestísimo papel de cubierta. Y es, sobre todo, el mejor ejemplo de cómo la pasión y la tenacidad de un solo hombre consiguieron algo que no habían logrado grandes instituciones: devolver el Pergamino Vindel desde la prestigiosa Morgan Library de Nueva York, de donde no había salido en 40 años, al Vigo en el que nació su autor y al que dedica la mayoría de sus cantigas para que por un tiempo pueda disfrutarlo el pueblo gallego. Este es el viaje de regreso de Martín Códax a su hogar.

     

    2015. Cipriano Jiménez es un reputado psiquiatra en Vigo, entregado a la presidencia de la Fundación Menela, organización que atiende a personas con autismo. Pero Cipriano es un tipo curioso, inquieto y tenaz, que siempre encuentra tiempo para satisfacer sus inquietudes intelectuales. Miembro de la asociación cultural Pertenza, una idea le rondaba la cabeza durante años: “Conseguir que Martín Códax tuviera más que una calle o una estatua en la ciudad; que los vigueses conocieran realmente su valor”.

     

    Cipriano tiene los ojos claros, ávidos. Parecen escrutar a su interlocutor en busca de historias continuamente. Quizá deformación profesional. O un ADN que le empuja a la caza. Hoy cuenta la suya. Solo un retazo de su larga y provechosa vida. Pero un fogonazo de inspiración que ha conseguido alumbrar hoy a todo un país, devolviéndole un esplendoroso pasado cultural.

     

    La pasión –en Galicia diríamos teima de Cipriano por Martín Códax viene de muy lejos. Todavía hoy, con 76 años, recuerda cómo cantaba poemas del trovador medieval cuando era un joven estudiante en el Instituto de Pontevedra y formaba parte del coro que fundó su director, Xosé Filgueira Valverde, un gallego de saberes enciclopédicos. Ese fue su primer contacto con las Cantigas de amigo. Y también su flechazo, aunque en ese momento ni él mismo lo sabía.

     

    Porque la vida de Cipriano le fue llevando por otros derroteros. Estudió Psiquiatría en Madrid antes de viajar a Suiza siete años para completar su formación. Pero la “morriña”, esa fuerza invisible que atrapa a muchos gallegos, ejerció su poder magnético y en 1973 decidió volver a Vigo. Ahí, además de trabajar en varios hospitales, fundó Menela, un proyecto pionero que ofrece atención a personas con trastorno autista desde que nacen. Una maravillosa criatura que hoy se ha convertido en un símbolo del trabajo bien hecho.

     

    Pero Cipriano quería algo más. Su mente bulliciosa seguía buscando… Y entonces reapareció la imagen del trovador. Y se lanzó a su conquista.

     

    “Martín Códax aparece en algunos rincones de la ciudad: una estatua, una calle… Leí referencias sobre él en algunos libros… Todo va dejando su poso y, cuando iniciamos esa tertulia de amigos (en alusión al grupo Pertenza) que luego se transformó en asociación cultural, su figura volvió a hacerse presente”. Así, el primer objetivo que se marcó fue dar a Martín Códax el lugar que merecía en Vigo. ¿Cómo? Pues “repatriando” su obra.

     

    El psiquiatra ya conocía la existencia del Pergamino Vindel, la obra que reúne los siete cantares de Códax (seis de ellos acompañados por música, un rasgo que lo convierte en una pieza única), en una biblioteca de Nueva York. Años atrás ya había querido consultarlo pero el documento era de muy complicado acceso: no se podía ver ni siquiera a través de la página web de la institución. Cipriano, que no acepta un no con facilidad, preguntó aquí y allá y realizó gestiones durante meses. Pese a su insistencia, le explicaron que para que a un estudioso se le permitiera conocerlo en persona se exigían acreditaciones de instituciones culturales. Parecía un objetivo imposible para un profesional ajeno a ese ámbito. Cipriano era psiquiatra, no un erudito medievalista. ¿Había llegado, pues, al fin del camino? De ninguna forma.

     

    Armado de una admirable perseverancia consiguió el aval de prestigiosos catedráticos de Filología de la Universidade de Santiago y, con ellos, la llave para conocer la obra. Así que aprovechando un viaje a la Gran Manzana, en marzo de 2015, concertó la fecha con la biblioteca y se pertrechó con un extenso informe.

     

    Él lo cuenta así mientras remueve con una cucharilla un café caliente y apunta a su interlocutor con una mirada brillante: “Hay dos momentos emocionantes en mi vida: uno fue la oportunidad de contemplar el cuadro La última cena, de Leonardo Da Vinci en Milán y, el otro, mi encuentro con el pergamino”.

     

    Como si entrara en una sala de operaciones, el 23 de marzo los responsables de la Morgan Library le escrutaron centímetro a centímetro. Comprobaron que tuviera las uñas cortadas y ningún objeto punzante consigo. Abrigado, ya que la temperatura en el Reading Room era fría, por motivos de la conservación, recibió por fin el preciado documento, una joya única, un verdadero tesoro. ¡Lo había logrado! “Me dejaron a solas con el pergamino, todo el tiempo que desease. ¡Fue tan emocionante!”, recuerda.

     

    Pero verlo, tocarlo, sentirlo era solo el principio. Él quería más. El milagro completo. Su misión era mucho más ambiciosa. Aquel día el psiquiatra no pudo hablar con el conservador jefe del departamento de Manuscritos de la Edad Media y Renacimiento de la Biblioteca, Roger Wieck, porque estaba fuera de Nueva York. Pero su secretaria, una mujer intuitiva y comprometida, percibió que el interés de Cipriano era extraordinario y se implicó en la causa. Fue su gran aliada. Así que en cuanto su jefe apareció, le convenció para concertar una cita y avisó rápidamente al médico. Cipriano acudió raudo a su despacho para hacerle la gran pregunta: “¿Sería posible exponer el Pergamino Vindel en Vigo?”-

     

    “¿Por qué en Vigo?”, le interrogó, extrañado, el comisario. “Porque es el lugar en el que nació el poeta, y porque Vigo aparece en seis de las sietes cantigas de su obra”. La noticia impresionó al responsable, que no conocía el origen exacto del pergamino, para él quizá solo uno más de los miles de documentos valiosos que conserva la institución: “Sí, entonces sería posible”, respondió sencillamente el señor Wieck. ¡Eureka!

     

    Cipriano sonrió, emocionado, nervioso, también atónito por una respuesta tan deseada como improbable. Sin embargo, quedaba otra pregunta esencial que, como hombre práctico y resolutivo que era, no podía dejar en el tintero: “¿Cuánto nos costaría?”.

     

    De nuevo, la sorpresa. La biblioteca, le explicó el señor Wieck, no cobra nada por el préstamo, solo los costes del traslado correrían a cargo de Vigo y los seguros. Eso sí, la institución exigía garantías sobre la seguridad de su traslado y que la obra se expusiera arropada por otras piezas, conferencias, foros, etcétera. Se debía crear un contexto idóneo para la mejor comprensión de la obra. El Pergamino no se expondría en soledad sino arropado por su mundo medieval.

     

    “Me llamó mucho la atención la advertencia del señor Wieck de que el organismo que se encargara de la gestión no fuese una entidad política”, explica Cipriano. Un matiz, por otra parte, con gran sentido. El Vindel era un tesoro en sí mismo, ajeno a batallas o medallas políticas.

     

    El psiquiatra regresó a Vigo entusiasmado y ya con una institución en mente a la que debía inyectar esa misma pasión para que se hicieran cargo del traslado y la futura exposición: la Universidad de Vigo. “El rector lo vio claro casi al instante y, a partir de ahí, aunque he seguido de cerca el largo y complicado proceso, decidí echarme a un lado y dejarles a cargo de las gestiones”, apunta con una modestia admirable.

     

    Dos años y medio después de aquella visita de Cipriano a la Morgan Library, el Museo del Mar de Vigo inauguraba el pasado octubre la exposición. Martín Códax regresó a casa de la mano del Pergamino Vindel y arropado por decenas de piezas de relevancia histórica y cultural de la Galicia de los siglos XII, XIII y XIV.

     

    Pero ¿por qué Vindel? ¿Quién lo bautizó así? Esta es otra historia tan fascinante como la protagonizada por Cipriano Jiménez.

     

    El pergamino fue descubierto en 1914 en Madrid por el librero anticuario Pedro Vindel, un emigrante conquense, semianalfabeto pero enérgico y de memoria portentosa. Vindel había comenzado a trabajar como mozo en la Estación Norte de Madrid. Ahí aprendió a leer de forma autodidacta y, empujado por su amor a las letras, se inició en el negocio de la compraventa de libros viejos en el Rastro, una experiencia, más que un trabajo, que lo haría pasar a la historia de la literatura universal. No como autor, claro, sino como descubridor.

     

    Paradójicamente, el pergamino estaba tan a la vista que no se veía. Porque formaba parte de las tapas que encuadernaban un códice del siglo XIV que contenía una copia manuscrita del tratado De Officiis, de Cicerón. Vindel sabía que entre los siglos XV y XVIII se empleaban pergaminos medievales carentes de interés para forrar otros libros valiosos. Sin embargo, quizá impelido por la inspiración, por una corazonada o simplemente por el destino, el librero desencuadernó el volumen, despegó las guardas y estiró las dobleces. Su sorpresa fue mayúscula: en un pliego de 34 por 45 centímetros, a cuatro columnas y en caligrafía gótica redonda estaban transcritas siete Cantigas de amigo en gallego, seis de ellas acompañadas de la notación musical correspondiente. En la parte superior izquierda, en letras rojas, se recogía el nombre del autor: el juglar y compositor Martín Códax.

     

     

    En busca de un comprador

     

    La primera noticia del descubrimiento la dio a conocer ese mismo año el propio Vindel en la revista Arte Español. El librero, ávido de ingresos con el que mantener su negocio, se aventuró en la búsqueda de un comprador, así que publicó la primera edición del facsímil del manuscrito bajo el título Las siete canciones de amor, poema musical del siglo XII.

     

    Pero el interés, al parecer, era limitado y nadie ofrecía una cantidad digna de la joya. Dos años después, cuando la necesidad le acuciaba, Vindel recurrió a la escritora y aristócrata gallega Emilia Pardo Bazán. La autora de Los pazos de Ulloa realizó gestiones con el millonario norteamericano A. M. Huntington en un loable intento de que el manuscrito no saliese de España. Al mismo tiempo en Vigo también surgieron voces que reclamaban su adquisición para que permaneciese en la ciudad que inspiró las cantigas. El 23 de febrero de 1917 el diario Faro de Vigo publicaba un artículo titulado 'Una gloria viguesa: Martín Códax', en el que abogaba por la compra del pergamino. “Esos trozos de pergamino que hoy posee el señor Vindel y que contienen el genuino Martín Códax, debieran, creemos nosotros, venir a la posesión de Vigo, para aquí guardarlos y conservarlos”. Todos los esfuerzos fueron en balde.

     

    La mediación de Pardo Bazán resultó infructuosa y el pergamino finalmente fue comprado por 6.000 pesetas por el diplomático y musicólogo español destinado en Suecia Rafael Mitjana y Gordón, quien lo depositó en su biblioteca de Upsala, donde permaneció años. A su muerte, en 1921, la biblioteca pasó a su viuda y posteriormente fue vendida por sus herederos. El rastro del Pergamino Vindel se perdió durante años. Su paradero fue un misterio.

     

    La obra parecía condenada al disfrute particular en la biblioteca de algún coleccionista millonario. Pero el pergamino regresó a la luz cuando se puso a la venta en Londres. Su comprador, Otto Haas, pagó solo 78 coronas. Sin embargo, su estancia en la vivienda del anticuario fue breve porque, finalmente, aquél lo vendió en 1977 a la Morgan Library & Museum de Nueva York. El precio nunca fue desvelado. Otro misterio que sumar al de Martín Códax. Porque pese a la fama, apenas se sabe nada del autor. Ni siquiera de su origen. Los expertos creen probable que las cantigas fueran compuestas fuera de Galicia, quizás en la Corte de Alfonso X o en alguna otra de Galicia-León. Pero solo son conjeturas sin base documental. Quizá mejor así. El misterio acrecienta la fascinación que despierta la obra y alimenta la imaginación.

     

     

    Suma de letra, música y misterio

     

    Lo realmente cierto, indiscutible e irrebatible es que el Pergamino Vindel es una joya única de la literatura y música medieval del mundo. Uno de los escasísimos documentos musicales con canciones profanas de la literatura galego-portuguesa de la época. Pero su singularidad radica en que, de toda la tradición profana de esta etapa, más de 1.600 cantigas, las únicas con música son seis de estas siete creadas por Martín Códax.

     

    Probablemente, el documento formaba parte de un libro más extenso, quizá un cancionero antológico colectivo. Los distintos tonos de las tintas y las diferencias en las formas de las letras delatan cuatro autorías diferentes, seguramente de dos copistas y dos publicadores, además de un músico autor de los pentagramas incluidos en el documento. Se convierte así en el primer ejemplo conocido de notación musical de poemas de la lírica profana medieval galego-portuguesa.

     

    Martín Códax revela que la poesía está vinculada al hombre desde tiempos inmemoriales. Somos animales poéticos, necesitados de imágenes. Buscadores de belleza y trascendencia. Devoradores de historias, de sentimientos y pasiones. Y nuestro trovador enamorado las contaba y las cantaba como nadie en su tiempo. Al pie del mar, con la mirada perdida en el horizonte. Con el corazón caliente y la inspiración impregnada del suave rumor atlántico.

     

    Mandad’ei comigo

    Ca vén meu amigo.

    ¡E irei, madr’a Vigo!

     

    Comig’ei mandado,

    ca vén meu amado.

    ¡E irei, madr’a Vigo!

     

    Ca vén meu amado

    E vén viv’e sano.

    ¡ae irei, madr’a a Vigo!

     

    Ca vén san’e vivo

    E d’el Rei amigo.

    ¡E irei, madr’a Vigo!

     

    Ca vén viv’e sano

    E d’el Rei privado.

    ¡E irei, madr’a Vigo!

     

     

     

     

    La exposición Pergamino Vindel. Un tesouro en sete cantigas se puede visitar en el Museo do Mar de Vigo hasta el 4 de marzo.

     

     

     

     

    Amaia Mauleón nació en Madrid en 1977 aunque vive y trabaja en Vigo desde hace casi veinte años. Es periodista especializada en temas humanos y culturales. Ha trabajado la mayor parte de su carrera en el periódico Faro de Vigo y colabora en revistas como Planeta Humano, Mas Galicia y Aladierno. En 2007 ganó el premio Tiflos de la ONCE. 

     

    Rogelio Garrido nació en Vigo en 1968. Es periodista y actualmente subdirector del periódico Faro de Vigo. Fue profesor asociado en la Universidad de Vigo cinco años en la facultad de Humanidades.

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