Retrato de Jordi Vilaseca Rodríguez, mecánico de la BAE Juan Carlos I. Isla Livingston, Antártida, 2016. De Paco Gómez & Hilo Moreno, Volverás a la Antártida, Madrid, Fracaso Books, 2017.

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    Crónica de la Antártida por WhatsApp

    Javier Ortiz-Echagüe - 02-03-2018

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    “Solo unas líneas antes de zarpar”, escribía el 2 de diciembre de 1914 uno de los miembros de la Expedición Imperial Transantártica liderada por Ernest Shackleton. “Lo hemos pasado muy bien hasta ahora y creo que lo haremos bien. Espero estar en casa dentro de diecinueve meses y desde allí ir directamente al frente. ¡En qué gloriosa época vivimos!”. Una despedida dirigida a la familia, justo antes de embarcarse en el Endurance, junto a una tripulación seleccionada entre los más de 5.000 hombres que, según se cuenta, respondieron la famosa convocatoria para reclutar a los miembros de la expedición: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.

     

    Algunos piensan que este anuncio es apócrifo, pero en cualquier caso refleja la sorprendente euforia que vivió la juventud europea en los años previos a la Gran Guerra, que podía pasar de la exploración polar al frente de batalla sin solución de continuidad. “Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande”, escribía Ernst Jünger al comienzo de Tempestades de acero (1920).

     

    No está claro qué era peor. La guerra, que algunos se prometían breve, se alargó más de cuatro años, hasta noviembre de 1918. Y los diecinueve pretendidos meses del viaje antártico también fueron algunos más: Shackleton no consiguió regresar a Londres hasta abril de 1917, después de casi treinta meses de travesía. Sobrevivió de un modo casi milagroso. El Endurance quedó atrapado en la banquisa, que lo aplastó hasta dejarlo inutilizado. Sus tripulantes tuvieron que hacer una larguísima travesía por el hielo y luego viajaron hasta la isla Elefante en los botes de salvamento. Desde este lugar inhóspito e incomunicado, un pequeño grupo consiguió alcanzar Georgia del Sur y, desde allí, enviar ayuda para rescatar a los 22 supervivientes. A pesar de todo, la guerra en Europa se había alargado tanto que los exploradores llegaron a tiempo para alistarse.

     

    Todo esto es demasiado conocido para que aquí sea necesario contarlo en detalle: hay libros y películas, documentales y de ficción, que ya lo han hecho. Sin embargo, la hazaña de Shackleton sigue siendo una fuente de hallazgos sorprendentes: por ejemplo, el mero hecho de que se hallan conservado las fotografías realizadas por Frank Hurley, contratado para documentar su expedición. Los diarios de Hurley están llenos de referencias al archivo y a las dificultades para evitar su destrucción. “Antes de salir, he dado un vistazo final al cuarto oscuro donde están sumergidos, bajo cuatro pies de agua, mis valiosos negativos e instrumentos”, anota el 30 de octubre de 1915, una semana después de que el Endurance comenzara a inundarse. El 2 de noviembre hubo que empezar el rescate: “Los equipos van y vienen del naufragio, trayendo al campamento montones de madera y lienzos, aunque muy poca comida… Durante el día, me introduje a través de las paredes gruesas del refrigerador para recuperar los negativos. Estaban bajo cuatro pies de hielo blando, me tuve que desnudar y sacarlos buceando. Afortunadamente, están soldados en un doble revestimiento de estaño, así que tengo la esperanza de que no hayan sufrido por la inmersión”. Luego vendría el momento más doloroso: la selección.

     

    “Sir Ernest y yo revisamos juntos los negativos –cuenta Hurley en Argonauts of the South, su libro de memorias antárticas–, y cuando uno era descartado, lo rompía contra el hielo para evitar la tentación de volver atrás. Finalmente, cuando la decisión estuvo tomada, las películas y placas que consideramos indispensables fueron almacenadas en uno de los botes, colocadas en dos cajas selladas herméticamente. Unas cuatrocientas placas fueron descartadas, y ciento veinte sobrevivieron”. Esto era solo el comienzo: luego vendría la odisea de sobrevivir un año más sin alimentos ni ayuda en el invierno antártico, transportando los negativos de cristal que hoy se conservan, milagrosamente, en la Biblioteca Nacional de Australia. 

     

    Hurley usó sus fotografías para ilustrar el mencionado Argonauts of the South, publicado en 1925. La mayor parte de las imágenes están dedicadas a realizar una crónica de las actividades de los hombres de Shackleton durante los meses en los que el Endurance, atrapado, se fue destruyendo progresivamente. “Nosotros éramos la única mota negra en el cegador y caótico panorama de hielo”, dice el pie de una foto en la que se ve a un hombre con un trineo y varios perros y, al fondo, el barco con sus dos mástiles algo inclinados. Otras imágenes continúan esta exploración de los alrededores, y muestran de paso las transformaciones del hielo producidas por los cambios meteorológicos. Una de las fotos más impresionantes es la que muestra una imagen monumental y fantasmagórica del Endurance, de un blanco intenso provocado por un fuerte flash en medio del negro de la noche polar.

     

    Siguen algunos retratos de los perros, los campamentos improvisados con los elementos que pudieron rescatar de la embarcación, y los tripulantes, entre los que se ve al impasible Shackleton tratando de mantener la moral. Y, por fin, el grupo a su paso por la Isla Elefante, la expedición a Georgia del Sur, y el Yecho, el barco chileno que llevaría a los supervivientes hasta Valparaíso. A ellos precisamente está dedicado el libro: a “mis camaradas de peligro y aventura”, y “a la memoria de aquellos que hicieron el supremo sacrificio por la causa de la Ciencia”.

     

    Y así se cierra la catastrófica Expedición Imperial Transantártica, una de las últimas grandes misiones de la edad heroica de la exploración de la Antártida. Un tiempo que se considera cerrado desde entonces: el fin de una época de exploración, en la que científicos-aventureros se planteaban llegar a los lugares aún desconocidos del planeta. Lo que vendrían después son intentos de batir récords más o menos arbitrarios, y una presencia estable de científicos instalados en bases de investigación permanentes. Werner Herzog ha dedicado uno de sus documentales (Encounters at the End of the World, 2008) a hablar de uno de estos lugares: la estación norteamericana de investigación antártica McMurdo, que se parece más a una pequeña población minera, llena de excavadoras y máquinas quitahielos, que a una idílica cabaña rodeada de pingüinos que uno podría imaginar. Pero lo más interesante de la película de Herzog es la fauna humana: la Antártida es un lugar donde acaban, por selección natural, aquellos que tienen la intención de saltar “hasta los márgenes del mapa”, como dice uno de los personajes entrevistados, un místico que viaja por el mundo a la búsqueda de sí mismo como Ulises en la Odisea. Y siguen otros: un lingüista que, después de un contratiempo con la tesis, cosas de la vida, ha decidido instalarse en un continente que carece de lenguas; o un banquero de Colorado que abandonó su existencia convencional para dedicarse a una labor social en Guatemala y, después, a conducir un vehículo de transporte antártico. No está muy claro el motivo de esta peripecia vital, pero el banquero aclara: “Uno no hace esto por dinero”.

     

    Así que las cosas han cambiado bastante. Cuando los miembros de la Expedición Imperial Transantártica regresaron a Europa, habían realizado grandes sacrificios por la Ciencia, pero también buscaron “honor y reconocimiento”. Frank Hurley realizó exposiciones con sus fotografías, las publicó en la prensa, y recorrió Australia contando sus aventuras. En Londres, Shackleton impartió decenas de conferencias ampliamente ilustradas con proyección de diapositivas. “La empresa ha sido un fracaso, pero un fracaso glorioso”, decía el capitán Edward Evans en una carta al Times (10 de enero de 1920) escrita después de asistir a una de estas charlas. “Cada británico debería escuchar esta historia que, acompañada por estas imágenes puede, incluso en nuestra avanzada era de cámara y cinematógrafo, ser descrita como maravillosa”.

     

    Consciente de lo necesario que es seguir contando estas historias, incluso a los no británicos, Paco Gómez ha dedicado un libro (Volverás a la Antártida, 2017), a homenajear a los pioneros de la exploración polar. Sus medios para hacerlo son los propios de nuestra época: para la publicación, una campaña de crowdfunding (como en los demás proyectos de Fracaso Books), y para la elaboración del relato, el medio de comunicación más popular de la actualidad: el WhatsApp. El proyecto tiene su origen en un encuentro casual con Hilo Moreno, un “aventurero de profesión”, que trabaja durante el verano antártico en la base Juan Carlos I situada en la Isla Livingston. Después de tener noticia de la pionera conexión instalada en la base española permitía la comunicación, incluso por WhatsApp, surgió la idea de realizar un proyecto: un trabajo a dúo entre un fotógrafo aficionado a los viajes y a la literatura de aventuras, y un guía de las misiones científicas antárticas. Se trata de la “primera expedición virtual transantártica”, en la que Hilo Moreno hace de guía y Paco Gómez de relator.

     

    Aunque se trata de un viaje realizado con medios contemporáneos, la influencia mítica de exploradores como Shackleton está presente desde el comienzo del libro: la primera petición que Hilo Moreno recibe desde España es realizar el retrato de un compañero según el modelo de Tom Crean, uno de los oficiales del Endurance, al que Hurley fotografió mirando directamente a la cámara mientras fumaba una pipa. A partir de esta imagen van surgiendo otras, que constituyen una especie de curso de fotografía por WhatsApp, centrado no solo en la técnica, sino también en todas las referencias que constituyen el universo de Paco Gómez: series de glaciares como los de Hurley, retratos que imitan los de Henri Cartier-Bresson, Edward Weston o Martín Chambi, paisajes como los de Hiroshi Sugimoto, o una exploración de la biblioteca de la base búlgara de San Clemente de Ohrid, que recuerda las imágenes estanterías de The Pencil of Nature, de William Henry Fox Talbot.

     

    Todo esto da a la narración de Volverás a la Antártida un aire de juego de ficción, en el que se cuentan las experiencias de Hilo Moreno y, al mismo tiempo, se trata de llevar a Josef Koudelka a la Antártida, recreando allí la famosa foto de la mano con el reloj en el momento de la invasión de Praga por parte de las tropas soviéticas. Un gesto excéntrico que muestra, sin embargo, de qué va todo este proyecto: de realizar un libro de viajes como los de Julio Verne, en el que realidad y ficción se mezclan gracias a las referencias míticas que no solo se refieren a la exploración polar, sino también al arte, la fotografía y la cultura popular, cuyo máximo exponente es, evidentemente, Mazinger Z.

     

    Lo más importante es la imaginación, como decía Xavier de Maistre en su famoso Viaje alrededor de mi habitación (1794), escrito durante una temporada de encierro para la que encontró una solución en esta travesía imaginaria realizada sin salir del propio cuarto, que parodiaba los grandes relatos de viajes de su época. Un método que tiene sus ventajas: “Podría comenzar el elogio de mi viaje diciendo que no me ha costado nada”, escribe Maistre. Algo parecido podría decirse de Volverás a la Antártida, que no ha supuesto ningún desplazamiento para Paco Gómez ni para Hilo Moreno, pero sí un cambio de actitud mental para los dos: uno, tratando de ponerse en sintonía con el lejano guía de montaña; el otro, atendiendo a las ideas y encargos llegados desde Madrid. Un intento de viajar a través de un medio que muchas veces parece banal y, por temporadas, agotador, pero al que se puede sacar partido si uno se deja llevar –como dice Paco Gómez– por las “bondades de la ficción”.

     

    “Hablas de la Antártida como si hubieras estado allí. Tú nunca has viajado a la Antártida”, cuenta Paco Gómez que le dijo su hijo en una ocasión. A falta de otra respuesta, escribió inmediatamente a la Antártida con una petición urgente: una fotografía de sus manos hundidas en la nieve. Hilo estaba casualmente conectado, así que la respuesta llegó en cuestión de un minuto. No parece que el chico quedara demasiado convencido pues, en fin, las manos no eran exactamente las de su padre. Pero este detalle importa poco: la posibilidad de comunicarse de modo instantáneo con los lugares más remotos del planeta sigue siendo, para algunos, un milagro inexplicable. ¡En qué época gloriosa vivimos!

     

     

     

     

    Javier Ortiz-Echagüe es historiador del arte. Es autor de Yuri Gagarin y el conde de Orgaz. Mística y estética de la era espacial (Museo Jorge Oteiza, 2014), y ha sido coordinador, junto a Horacio Fernández, de Fotos & libros. España 1905-1977 (RM/Museo Reina Sofía, 2014), y editor de la antología de textos de José Val del Omar, Escritos de técnica, poética y mística (La Central/Museo Reina Sofía, 2010). Ha sido comisario de la exposición Norte de África. Ortiz Echagüe (MNAC, Barcelona, 2012), y comisario asistente de Desbordamiento de Val del Omar (Museo Reina Sofía, Madrid, 2010). Actualmente es profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra.

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