Monumento a Roma en Cluj

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    Viaje por Transilvania y alrededores

    Texto y fotos: Jesús J. Prensa - 02-03-2018

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    Trayecto Cluj–Madrid

     

    Al volver de Rumanía vuelve también a España Emilia. Ella es una mujer de unos cincuenta años de Vișeu de Sus, su pueblo de la región de Maramureș (fronteriza con Ucrania), al noroeste del país. Me dice (debemos estar sobrevolando Italia) que es la última vez que hace el trayecto, que en abril vuelve para siempre, que se acabó, que ya está bien. Lleva doce años (seis en Portugal y seis en Ponferrada) trabajando y viviendo fuera de su familia y su país, volviendo sólo por Navidad y Semana Santa, teniendo que hablar cada día con sus padres e hijos por teléfono, enviando dinero cada mes. Su marido trabaja ahora de revisor de trenes en Satu Mare, su hijo estudia arquitectura en Cluj y su hija va al instituto en Baia Mare, así que es el momento para volver y estar con ellos; porque el dinero, explica, no es lo más importante, sino la familia y el tiempo que tenemos o nos queda. 

     

    He estado hablando todo el viaje con ella, el avión va lleno de rumanos que vuelven después de Navidad a España a trabajar y vivir. Hay casi 700.000 rumanos en España, la comunidad extranjera más numerosa. Poco sabemos de ellos y el país que dejan. 

     

     

    Roma Imperio

     

    En el último capítulo de El Danubio (1986), libro que recorre el curso del gran río europeo desde Alemania a Rumanía, el escritor italiano Claudio Magris dice: “Pero los rumanos, que le honran como campeón de su identidad oprimida, se consideran tan hijos de él [Decébalo, el rey de los dacios, siglo I] como de su enemigo [Trajano, emperador romano], de los dacios invadidos como de los latinos invasores; la síntesis dacio-rumana es, en Rumanía, el fundamento de la idea y del sentimiento nacional”. Esta identidad sigue presente todavía hoy en los monumentos erigidos a Roma, la loba del mito del Imperio elevada en un pedestal. Hay por todo el país. En Satu Mare, muy cerca de la iglesia ortodoxa, la inscripción, en latín, dice Romanae Virtuti In Dacia Redivivae Sacrum MCMXXXVI, o en Cluj, en pleno centro, se puede leer en italiano Alla Città Di Cluj Roma Madre MCMXXI

     

    El rumano es una de las seis grandes lenguas latinas, la única fuera de la Europa Occidental, la única aislada. Se siente en su nombre: Rumanía en rumano se escribe y dice România. La lengua es limba română. El hombre rumano es român y la mujer rumana româncă. Mes se escribe lună, pero sí es da, como en ruso, o ciorbă, sopa, viene del turco.

     

    Escribe Magris: “Orgulloso de su propia latinidad, orgulloso de ser una cuña en el mar eslavo”. Y el historiador argentino Armando Alonso Piñeiro, en su libro sobre la Historia rumana: “Difícil papel histórico le ha tocado a este país de tan sonoro nombre latino, que a pesar de su ancestral vinculación con imperios coetáneos –vinculación a menudo conflictiva, como ocurriera con el Otomano–, logró siempre rescatar el lábaro inmarcesible de esa mentada latinidad, hasta el punto de que aquel espíritu fundacional de Trajano parece flotar en todo su largo pasado y en su presente humano y social”.

     

     

    Los de aquí

     

    La María era rumana, fue la mujer que cuidó de mi abuela durante sus últimos años; cuando íbamos a verla al pueblo había en la mesa un plato rumano a base de berenjena asada, cebolla cruda y sal, salată de vinete. La pareja que vive cerca de mi casa es de Rumanía, los dos trabajan en el Carrefour de la urbanización desde hace tres años; muchas veces, al pasar ante su casa, veo la ropa de trabajo colgada y al hombre hablando en rumano a la pantalla de un portátil; cuando me vuelva a encontrar con ellos, en vez de decirles hola y adiós, les saludaré con sus bună y la revedere. El pescadero es rumano, el taxista del otro día, la chica que va en el autobús y se descubre al hablar su lengua materna por teléfono; la chica de la que estuve enamoriscado hace muchos años, Diana, que era de cerca de Sibiu y estudiaba Matemáticas y Geodesia. También lo es una de las mejores amigas de mi hermana, Izabela, rumana y húngara, porque su familia es de cerca de Brașov, región (Transilvania) que estuvo bajo control húngaro (otro imperio que sometió a Rumanía) durante siglos, su abuela apenas habló rumano, siempre dijo nyúl, y nunca iepure, para conejo. 

     

     

    100 años de la Unión, 1918–2018 

     

    “La unión de Transilvania con Rumanía el uno de diciembre de 1918 significó el logro de la unión del Estado nacional del pueblo rumano. La pequeña Rumanía [Valaquia y Moldavia], creada en 1859, se convirtió en la Gran Rumanía a través de la sucesiva incorporación de Besarabia, Bucovina y Transilvania”, se puede leer en el libro de Alonso Piñeiro. Esta unión, que será celebrada durante 2018 en todas las ciudades de Rumanía, con cientos de miles de banderas tricolores en los balcones, farolas o edificios gubernamentales, se produjo en el contexto del fin del Imperio Austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial: varias naciones de Europa que estaban bajo el poder de aquel Estado dual alcanzaron su independencia o consiguieron antiguas reclamaciones territoriales, estableciéndose nuevas fronteras. 

     

     

    Ceaușescu y Müller

     

    Después de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, Rumanía perdió el territorio de Besarabia, pasando a estar bajo poder soviético (hoy día es la República de Moldavia). Fue la consecuencia de haber apoyado al eje Berlín-Roma-Tokio al inicio de la guerra.

     

    Hoy hay pintadas en las calles de Cluj que dicen Basarabia e Romania (Besarabia es Rumanía), algo así como el ¡Gibraltar español!, salvando las distancias. 

     

    La presencia de la URSS y el Ejército Soviético en Rumanía al final de la guerra hizo que el país derivase en una república comunista, estando gobernado el país bajo este régimen hasta diciembre de 1989, cuando el dictador Nicolae Ceaușescu, que gobernó desde 1967, fue ejecutado por el pueblo rumano junto a su mujer Elena, en Târgoviște, cerca de Bucarest. Sus cuerpos fueron enterrados en secreto, nadie sabe dónde están. 

     

    Herta Müller, escritora rumana de lengua alemana (perteneciente a la minoría germanófona del Bánato rumano, muy cerca de Serbia), recuerda aquella época: “Se hablaba de crisis del papel, y esto también servía como excusa a la censura. Yo me llevaba papel usado de la fábrica, por una cara estaban las listas y los números de la contabilidad, y la otra cara, en blanco, se podía aprovechar para escribir. En los últimos años de Ceaușescu, la miseria del país llegó tan lejos que hasta en las instituciones oficiales utilizaban papel de periódico en los retretes. En el colegio donde di clase antes de marcharme a Alemania, ponían a los niños a recortar periódicos en cuadrados del tamaño de la mano. Con tanta loa al partido y tanto culto a la persona del dictador como contenían los libros de texto, habría resultado funesto, traición al Estado incluso, degradar la imagen de Ceaușescu a la categoría de papel higiénico. Los niños responsables de recortar el papel tenían que examinar los periódicos al detalle y cortarlos de tal manera que ninguna parte del cuerpo de Ceaușescu acabase en un retrete”.

     

    La escritora tuvo que exiliarse en 1987 del país debido a lo que escribía en contra. Cuenta que los agentes del Servicio Secreto Rumano (Departamentul Securităţii Statului o Securitate) entraron durante semanas en su casa cuando no estaba y fueron cortando pedazos de una piel de zorro que tenía en la habitación, querían avisarla sutilmente de que podían hacer lo que quisieran, que no era grata en su Rumanía, que podían acabar con ella sin contemplaciones.

     

    Ceaușescu fue el único hombre de Estado ejecutado (después de una violenta revolución) por el pueblo a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando los Estados del Este de Europa se desligaron de la Unión Soviética y el comunismo e iniciaron Estados democráticos y capitalistas. 

     

    Hoy una de las calles principales en Cluj lleva el nombre 21 decembrie 1989, recuerda el mes de la revolución que acabó con la dictadura. El inicio de una nueva Rumanía. 

     

     

    El ejemplo del buen café

     

    En el Bulevardul Eroilor (de los Héroes) de Cluj, donde al inicio se puede leer (por el político transilvano del siglo XIX Ioan Ratiu, que defendió los derechos de los rumanos transilvanos bajo el poder de los húngaros) la siguiente inscripción: La existencia de un pueblo no se discute, se afirma (Existența unui popor însă nu se discută, ci se afirmă), y donde se encuentra el mencionado antes homenaje a Roma y su loba, hay también una cafetería llamada Narcoffee Roasters (2017). 

     

    En la Narcoffee se puede tomar uno de los mejores cafés de la capital transilvana. La cafetería está llena de gente joven y de mediana edad, recuerda a los barrios más modernos de cualquier ciudad de la Europa Occidental. Los baristas sirven un café de gran calidad (sólo variedad arábica) en un ambiente limpio, agradable y sereno, el expreso cuesta 7 lei (menos de dos euros), muy lejos del café por 2 lei que puedes encontrar en cualquier cafetería rumana de toda la vida, donde el café es mucho peor (variedad robusta) y sólo hay hombres (hablando entre ellos y sin móviles) que vivieron mucho tiempo bajo el régimen de Ceaușescu.

     

    Muchos de estos rumanos dicen que antes no habría libertad, pero al menos nadie se moría de hambre, y que ahora hay mucha libertad de comprar lo que se quiera, pero no el suficiente dinero para hacerlo. 

     

    —¿Por qué no voy a poder comprarme esa barqueta de salmón que veo en el supermercado? ¿Porque no me da?

    —¿Pero antes había salmón?

    —Yo no lo recuerdo, antes sobre todo había patatas, y muy poca carne.

     

     

    Satu Mare, aldea grande

     

    En Satu Mare, la última ciudad rumana al noroeste del país (ya casi fronteriza con Hungría), Robert, dueño de la cafetería Red Hat y de origen lejano húngaro, nos lleva de paseo invernal por su ciudad, que fue húngara durante siglos (su abuela fue un ejemplo, nació bajo aquellos y vivió dos guerras mundiales). Nos enseña la enorme iglesia católica húngara (donde todo dentro está escrito en su lengua), la ortodoxa rumana, y la sinagoga medio abandonada (cientos de miles de judíos de toda Rumanía fueron deportados a los campos de concentración de Transnistria); el antiguo Hotel Dacia, abandonado hace años y construido por el Imperio entre 1901 y 1902, y el Edificio de la Pluma de Ceaușescu, una mole gris y triste y alta donde ahora hay oficinas del ayuntamiento y el gobierno de la región. Nos va contando que en verano volverá a poner la terracita en la plaza, aunque todavía quedan varios meses de frío y cielos encapotados, y que le demos algún consejo como españoles que somos, expertos en turismo. 

     

    Comemos juntos en un restaurante húngaro de la ciudad, una sopa de pescado riquísima y varias botellas de cervezas rumanas Ursus y Timișoreana. Hablamos de coches, porque el automóvil más utilizado en el país es de la marca Dacia, fundada en 1967 y perteneciente a la empresa francesa Renault desde 1999, pero el segundo que más se ve son de la marca Audi.

     

    —A muchos rumanos les importa demasiado tener un buen coche, de ahí que haya tantos audis y bemeuves por las calles, muchos de mis compatriotas se hipotecan durante años para comprarse un coche excesivamente caro y vivir, como consecuencia, en una casa diminuta y malamente. 

    —¿Y por eso hay también tantos coches con matrículas de fuera?

    —Sí, se los traen para presumir. De matrículas de España, Italia, Francia, Reino Unido, Alemania o Austria, hasta de Estados Unidos he visto. Pero muchos no somos así, nos preocupamos por nuestro país, queremos que vaya hacia delante, que sea un buen lugar en el mundo para vivir. 

     

     

    Baia Mare–Cluj 

     

    El último día de viaje, en el trayecto de Baia Mare al aeropuerto de Cluj, el autobús (bastante castigado y verde) ha circulado por España. Lo sé porque todavía lleva los rótulos de Ventana de emergencia (con el rumano al lado Ieșirea de urgență) y se ven incluso pintadas en español en los asientos de atrás.

     

    Voy leyendo en el diario Adevărul que el sueldo medio del país es de 2.363 lei, aunque las diferencias entre condados son enormes, en Bucarest la media es de 3.039, en Cluj 2.684, pero en Maramureș 1.866 o en Giurgiu 1.861. Muchos rumanos con los que he hablado explican que no les da para vivir bien, por ello emigran, aparte de los problemas de corrupción a pequeña escala, con la policía, la sanidad o la educación.

     

    Hay cerca de tres millones de rumanos fuera, sobre todo en España e Italia.

     

    En el aeropuerto Avram Iancu (en honor a un abogado rumano del siglo XIX que luchó por la defensa de los derechos de su pueblo en Transilvania) un hombre me dice que tengo que visitar la iglesia que están construyendo en Alcalá de Henares.

     

     

    La iglesia ortodoxa

     

    La iglesia ortodoxa rumana sigue en construcción, están metiendo los cables de la luz y pronto estará lista. Está al lado del colegio público Dulcinea y unas oficinas de la Cruz Roja Española, cerca del centro comercial Alcalá Magna y la plaza de toros. Será la primera levantada expresamente como iglesia ortodoxa rumana fuera de Rumanía.

     

     

     

     

    Jesús Jiménez Prensa (1989) estudió periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Madrid.  En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Sin título o Un castell y una uniónLas patrias de otros. Un viaje pendiente a BelfastEl ejemplo de la extraña AndorraOlvido y descuido del realizador… de un partido de fútbol. Mantiene el blog  https://gavanstaden.wordpress.com/.

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