Entrada a la exposición "Tentativas de agotar un espacio", que tuvo lugar en el Centro Tabacalera (Madrid), del 01 de diciembre de 2017 al 4 de febrero de 2018.

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    Sobre el espacio. Veintinueve notas y un poema de Rilke

    Alberto Ruiz de Samaniego - 06-04-2018

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    ¡Respirar, invisible poema!
    Espacio cósmico puro, incesantemente
    trocado por el propio ser. Contrapeso
    donde rítmicamente me produzco.

     

    Única ola cuyo
    lento mar soy yo;
    tú, el más rico en reservas de todos
    los mares posibles,
    ganancia de espacio.

     

    Cuántos de estos sitios de los espacios
    estuvieron                     ya
    dentro de mí. Más de un viento
    es como mi hijo.

     

    ¿Me reconoces, aire, tú que estás lleno aún de lugares,
    que antaño fueron míos?
    Tú, lisa corteza un día,
    redondez y hoja de mis palabras.

     

    R. M. Rilke, Sonetos a Orfeo (II, I)
    (Traducción de Eustaquio Barjau)

     


    La primera sensación del espacio es prenatal. Dimensión porosa de un absoluto interior donde todavía no hay dentro / fuera. En esa indistinción todo es un puro flotar, o una inmersión. La pura inmanencia en la suspensión. Flotar inmóvil que se produce, como dice Nancy, “en el seno de un elemento, de un mundo en el cual todo se relaciona con todo, todo tiende hacia todo y se distancia de todo”. En “la indiferencia viscosa de las direcciones”. Casi diríamos que, propiamente, no podríamos hablar de espacio. Cuando todo es nada más que inmanencia, inmersión, inmovilidad: indistinción. Inespacio, pues, o reino absoluto del IN, del adentro, la neta interioridad sin ningún afuera, ninguna trascendencia. Por tanto: no-espacio. De él hay que salir, para entrar en la luz, y en la ex-sistencia.

     

     

    *     *     *

    Como en la Noche de Walpurgis de Goethe, ese espacio ha de tener un carácter larvario, genésico, eruptivo: “Aquí viene a trote corto una banda de pigmeos… bullendo como un hormiguero de gusanos relucientes” (Fausto).

     

     

    *     *     *

     

    Pero vivir es extensión. Extenderse. En el espacio que es elástico. Rítmico, como el mar. Una eterna distensión: un ente en eterna expansión (ley de Hubble). El espacio construye la transitividad, que es relación en la extensión.

     

     

    *     *     *

     

    Así pues, todo ser es un Da-sein. Está en un ahí, va hacia y en la exterioridad. Respira. Con lo Otro y con los otros. Cada yo es (en) el acto de su relación tendida hacia el afuera y el mundo, hacia eso que llamamos lo otro.

     

    *     *     *

     

    Osper sárma eíkhe kechrouménon ó kállistos ó cosmos: Como polvo esparcido al azar es el más hermoso cosmos (Heráclito).

     

     

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    Posibilidad (del) laberinto: visión de líneas que desvarían, como si el ojo vagase por una sucesión que lo desorientan. Entonces nos perdemos a través de las orientaciones innombrables del espacio: es el laberinto. Precisamente por ello el laberinto es el lugar cuya capacidad para la generación de formas es abismal. No se le puede poner límite.

     

     

    *     *     *

     

    Teoría del confín. Horizonte. El sentido, cualquier sentido, no comienza más que por su fin.

     

     

    *     *     *

     

    Declives del silencio, espacios del tiempo.

     

    —¿Qué es la voz?

    —Aquello que clama en el desierto.

     

     

    *     *     *

     

    El espacio (se) expresa. En sus pliegues resuena la fecunda violencia de la presencia y la presión. La materia prensada. El rostro geológico con mirada de fuego, como en el propio semblante de Schelling.

     

     

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    Contrapeso. Incesante intercambio. Retícula, celosía: cada mañana descubrir con la misma sorpresa el levantarse del día en el trazo ritmado de las luces y las sombras. “Ritmo incapturable, esbozo provisorio de todos los ritmos del mundo” (Henri Maldiney). Fuga perpetua del instante presente:

     

    ¡Respirar, invisible poema!
    Espacio cósmico puro, incesantemente
    trocado por el propio ser. Contrapeso
    donde rítmicamente me produzco.

    *     *     *

     

    Las primeras presencias cifradas del mundo: una sombra, una fisura, la exaltación de una luz primitiva. Sentimos que estamos en el mundo aún sin las cosas.

     

    *     *     *

    Incertidumbre esencial que reposa en la profundidad del espacio. Y el fenómeno ilocalizable de la ubicuidad del mundo en la movilidad de la mirada. En una percepción aún no tematizada, sin perspectiva, sin contorno.

     

    *     *     *

     

    Allí el espacio del mundo es un tejido y un contacto poroso, oscuro. No hay el aislamiento orgulloso y triste de la cosa. No se ha dado todavía (en) la distancia. Ambigüedad: unidad. Hay un arte que quiere ser el retorno a este lugar perdido, a esta pureza central.

     

    *     *     *

     

    Es este un movimiento en cierto modo sin arjé, sin principio ni fundamento, anarquitectónico. Movimiento abierto, ilimitado. No obedece en absoluto a ninguna voluntad de cierre o de definición. Más bien a la insinuación y las lejanías. Pasajes indivisibles y furtivos. Estallidos y temblores. Emanaciones. Vibración, dispersión más allá –antes– de toda forma asignable. Fuga de vida. Momento trémulo de la aparición, presencia perturbadora. No es posible aquí la acción, solo la escucha. La tensa atención, la vigilancia, la espera.

    La única respuesta: el gesto ritmado, un cierto impulso coreográfico. El contrapeso, el ritmo, modular la respiración.

     

     

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    A ese espacio de presencias impalpables algunos lo consideraron sagrado. Con temor y estremecimiento trataron luego de imponer los hombres una otra presencia: sus signos, los trazos frágiles de sus gestos. La mano, por ejemplo, abierta en la oscuridad de la piel de una caverna. Impregnación y ciframiento del espacio con un motivo humano, una caricia o un roce fraternal. Acaso el primer pacto.

     

     

    *     *     *

     

    Tal vez, también, en el fondo, se trate de una cuestión de escala, y toda materia sea, en fin, como un mar o una montaña en potencia. Pero también un muro: he ahí el límite, la figura arquetípica de la imposibilidad y, al tiempo, de la pura virtualidad.

     

     

    *     *     *

     

    Viejo tema, el del muro y la montaña como símbolo de un obstáculo ante la conciencia, como bloqueo de toda salida. Ambivalencia de la ayuda y del obstáculo que los seres resistentes siempre trazan: seres por dominar, seres que nos dan también el ser de nuestra pericia, de nuestra energía. El bloque o el muro encarna la prohibición del tránsito hacia una presencia que él mismo oculta o defiende, pero que a la vez, incluso, sugiere; siquiera sea por vía negativa, como quien dice: en su reverso.

     

     

    *     *     *

     

    Y sin embargo, ese carácter liminar es de todo punto determinante, regulativo; constituye, en fin, el principio mismo de la posibilidad de habitar.

     

     

    *     *     *

     

    El límite –decía Heidegger– no es aquello en lo que algo se acaba, sino aquello a partir de lo que algo inicia su esencia. Un espacio o un lugar significan, por tanto, algo encuadrado, dejado libre, en un límite. La arquitectura y la escultura, como la música, dan forma al ambiente, a lo que nos rodea o envuelve, a lo que también nos acosa. Música, escultura y arquitectura, artes del habitar y la protección, son la primera determinación de lo físico, de la materia elemental (la tierra en un caso, el aire en otro).

     

     

    *     *     *

     

    Música, escultura y arquitectura establecen, pues, las fronteras ontológicas de lo propio y de lo común, lo determinado, lo estable y formado frente al afuera, lo extraño o lo informe, lo impropio. Límite o umbral de la conciencia, para la conciencia, piedra y cimiento que nos separa de la primera y feraz, voraz naturaleza salvaje, sin cultivar, sin respiro, sin piedad. El equilibrio de la piedra nos protege, en fin, de la fusión o deglución hipnótica del limo originario.

     

     

    *     *     *

     

    Diríamos, por seguir heideggerianos, que en la juntura de cielo y tierra es donde parece surgir la manifestación de lo que salva. Que lo estable, el dibujo del mundo, se traza desde este horizonte (así, horizein significa dibujar en griego). En la co-implicación recíproca de lo más próximo, del aquí, y de su horizonte. El horizonte determina el espacio, lo cierra, traza sus límites, establece una medida, una mesura, un campo de visibilidad en lo abierto que de otra forma no habría de sentirse más que como puro abismo. Es tan sobrecogedor como simple: el horizonte hace el lugar.

     

     

    *     *     *

     

    Lo material sensible ha de buscar, pues, este su lugar; su habitación y hábito a través de la irradiación de aquella línea o límite de luz. Ha de clamar por su ventura y, una vez conseguida, concentrarse en su elocuencia y elogio. La oposición primordial es la que se da entre el fondo y el ritmo. Toda obra es un rítmico respirar, rítmico texto o tejido, o textura. Hecho ya única ola, onda única que avanza poco a poco. Pues la forma no existe más que en formación.

     

     

    *     *     *

     

    La obra también es, por ello, un llamamiento que invoca la presencia del dios del lugar, de los manes de tierra-cielo. Pasión de lo elemental. Y lo material sostiene así su vocación espiritual. Una obra, no hay duda, es un convocar ese espíritu, un clamar en el desierto antes del tiempo de la fecundación del material sensible por la idea del espíritu. Por eso la materia se tensa al máximo en esa espera en que ella misma fuerza sus lindes hasta la ruptura. La emanación de la forma forja el ritmo mismo de la materia, la articulación rítmica de sus potencias y sus resistencias.

     

     

    *     *     *

     

    Para arrancarse, acaso, de la desgracia de la finitud y de la deformidad del azar, se tensiona, se contrae en un clamor silencioso y excelso antes quizás de ese momento cumbre y final en que, grito originario de parto o partida, estallará en mil pedazos. El artista rotura, ordena la disposición más conveniente para ese acontecimiento por venir, cuya inminencia, sin embargo, debe contarse por siglos, pues no estamos ante un tiempo que pertenezca al hombre, sino que él, el hombre, habrá de ganárselo.

     

     

    *     *     *

     

    El poema, cada obra, supone esa ganancia: la ganancia de un ámbito, un mar hecho espacio, ya suyo. La fijación de un punto en el caos constituye el momento cosmogenético, dijo Paul Klee.

     

     

    *     *     *

     

    Pero no para encontrar, como quien dice detrás del muro de las apariencias sensibles, un fundamento que esté más allá de esa prohibición o límite –como si la materia no fuese más que la superficie donde reposan los vestigios de una realidad superior o trascendente–, donde culminase y se justificase de algún modo todo el sentido de lo real. Más bien, el sujeto dirige la mirada hacia lo que está muy cerca, lo más cerca de nosotros, a fin de ver a través de los gestos o los vestigios y las cosas aparentemente más insignificantes y más tenues. Se trata de una aproximación a la realidad por los caminos más angostos para llegar tal vez a su límite, pero, justamente, porque este límite bien podría ser el centro de otro comienzo del mundo, con certeza, como decimos, más secreto, más íntimo:

     

    Cuántos de estos sitios de los espacios estuvieron ya

    dentro de mí.  Más de un viento
    es como mi hijo. 

    ¿Me reconoces, aire, tú que estás lleno aún de lugares,

    que antaño fueron míos?
    Tú, lisa corteza un día,
    redondez y hoja de mis palabras.

     

     

    *     *     *

     

    Por él fueron, en definitiva, creados, expresados (recibidos del mundo y al mundo de nuevo devueltos, depurados, respirados), recreados de nuevo como mundo. Porque el ojo hace el esfuerzo de buscar, sobre esa pared de las cosas, enfrentado a esos volúmenes sólidos o fugaces, a esas formas como pantallas o sombras aparentemente infranqueables, la oscura posibilidad de una falla, un punto de inserción; una brecha apta para dejar que se perfile la línea de la mirada. Lo que aquí se forma es, entonces, un conjunto de proyecciones que no sólo no niegan la condición de lo real, sino que se disponen con el objeto de propiciar una vía que permita precisamente concebirlo, profundizarlo, sutilizarlo. Un encaminamiento y a la vez una atención extremadamente exigentes que consisten en un dejar acudir al lugar toda la complejidad de un territorio con fronteras indefinibles y que dispone de toda su ambigüedad en la misma medida en que se mantiene y nos mantiene al margen de cualquier certidumbre confortable. Allí, en fin, el (entre)ver plástico se vincula con la paciencia, con la presteza, la perseverancia y el ardor suficientes para mantener la mirada, el cuerpo y la mano en medio de una relación que presupone la reciprocidad y al tiempo la fluidez del sujeto y del mundo. Coreografía estricta de las formas emergentes.

     

     

                *     *     *

     

    Sólo que este esfuerzo y esta concentración llevarán aparejados como una videncia y el surgimiento de una sobrenaturaleza que acabarán por (de)mostrarnos, finalmente, lo que siempre estaba ahí, como quien dice delante de nuestros ojos. La insurgente sedimentación de una perturbadora energía original que impregna las formas con que alzamos la realidad y que, ahora ya, tras estos ajustes, proyecciones y movimientos que el sujeto ha promovido, no se puede no ver, o dejar de ver: la presencia –acaso hasta entonces insensible– en que nace, efectivamente, y con eficacia, todo un mundo.

     

     

      *     *     *

     

    El espacio, cualquier espacio, solo está, en suma, dibujado por las tensiones que lo constituyen. Cada fibra o flujo de espacio es el lugar de reencuentro o de reajuste de sus horizontes. Respiración, contrapeso. De un ritmo de resistencias y de potencias nace el espacio mismo de la obra, un mar de espacio, el más estricto de todos los posibles. La obra deviene, entonces, no solo la liberación de una apariencia, sino la aparición misma de una esencia que se muestra. Y cuando ella entra, por decir así –y usando una expresión ya conocida– en el mundo de la vida, no queda retenida en esto cotidiano. Sucede, más bien, que lo cotidiano se sobrepasa o se supera hacia una nueva y más alta dimensión de la presencia, alzada como en una única onda que todo lo abarca, interior y exterior, el yo, el ser, las cosas, su dibujo, su gesto:

     

    Única ola cuyo
    lento mar soy yo;
    tú, el más rico en reservas de todos los mares posibles,
    ganancia de espacio. 

     

     

     

     

    Este texto se redactó para acompañar a la exposición Tentativas de agotar un espacio, que tuvo lugar en el CentroTabacalera (Madrid), entre el 01 de diciembre de 2017 y el 4 de febrero de 2018. Los artistas participantes fueron Belén Rodríguez, FOD, Irma Álvarez-Laviada, Miguel Ángel Delgado, Nicolás Combarro, Patricia Esquivias, Rodríguez-Méndez y Sébastien Rémy.

     

     

     

     

    Alberto Ruiz de Samaniego es profesor titular de Estética y teoría de las artes de la Universidad de Vigo. Crítico cultural y comisario de exposiciones, ha sido director de la Fundación Luis Seoane de La Coruña. Es autor de libros como Maurice Blanchot: una estética de lo neutro; Apuntes sobre algunas poéticas del inmovilismo; La inflexión posmoderna. Márgenes de la modernidad; Ser y no ser. Figuras en el dominio de lo espectral, y Las horas bellas. Escritos sobre cine. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, La mano que tiembla, la mano del artistaLos consejos de Sherlock Holmes para los jóvenes teóricosCuerpos de cristal. El licenciado Vidriera, una alegoría de la fragilidad en el mundo barrocoEl tiempo que pasamos mirando. Notas breves sobre la visualidad contemporáneaGeorges de La Tour, un poco de materia puesta a arder.

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