Francisco Alburquerque. Foto: Lucía Anabitarte

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    Francisco Alburquerque y la economía bajo la lupa: “Con José Luis Sampedro volví a nacer”

    Lucía Anabitarte - 06-04-2018

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    Francisco Alburquerque Llorens (Córdoba, España, 1944), doctor en Ciencias Económicas y Empresariales y especialista en Desarrollo Económico Local con una larga trayectoria en el centro y sur de América, nos cuenta su experiencia vital en el campo económico. Discípulo de José Luis Sampedro, apunta que a lo largo de la vida se nace varias veces, “de a poquitos, a medida que vas comprendiendo dónde estás”. Él lo hizo con su profesor. Su figura fue básica para Francisco a lo largo de la carrera: “Sampedro me abrió la cabeza, fue mi matrona”. Sus estudios y averiguaciones le han llevado a convencerse de que “el sistema económico es un subsistema del sistema ecológico”. Nos encontramos en un pequeño bar de la plaza madrileña de República Argentina, donde realizamos un recorrido de su carrera como profesional de economía. Desde sus inicios hasta ahora.

     

    Aunque su primera idea fue estudiar Bellas Artes, Alburquerque terminó cursando Económicas en la Universidad Complutense de Madrid. De familia humilde y republicana, necesitó trabajar en Córdoba los primeros años de carrera. Durante este tiempo solo iba a Madrid para hacer los exámenes, pero al tercer año se trasladó a vivir a la capital. Allí se conformó como un líder rebelde: “Tenía que serlo”. El movimiento estudiantil tenía mucha presencia y Alburquerque llegó a ser delegado de la facultad de Ciencias Económicas. Desde esta posición luchó contra la elección por parte del Gobierno de los representantes en el SEU (Sindicato Estudiantil Universitario). Al terminar la facultad entró en la cátedra de Sampedro como profesor ayudante y en 1970, dos años después de terminar la carrera, comenzó a dar clases en Somosaguas. Sin embargo, él ya era consciente de que “enseñar a aprender no formaba parte de los méritos docentes. El sistema educativo está más para que la gente memorice cosas o respuestas conocidas y no para estimular a reflexionar”.

     

    Durante esos años trató de llevar a cabo nuevos métodos que trataran de ahondar en la materia desde un nuevo punto de vista, algo que los alumnos le terminaban agradeciendo. “Un buen profesor necesita estar en el oficio todo el tiempo”. En aquel momento Sampedro había tomado una posición a favor de tres profesores que habían sido deportados por el régimen: Enrique Tierno Galván, José María Valverde y José Luis López Aranguren. “Con esta situación, José Luis decide dejar la universidad, por lo que solo coincidimos un año. No volvió nunca a las aulas. Él podía dejar más impacto escribiendo novelas que siendo docente”.

     

    Como profesor no numerario siguió muy implicado en de la universidad. Junto con otros compañeros formó un movimiento para tratar de cambiar el sistema de posición vitalicia del que disfrutaban los catedráticos. “Era una secuela del franquismo que promovía a los que memorizaban unos temas en un momento de su vida y nunca más eran revisados. Debía haber un periodo de rodaje en el cual los estudiantes opinaran sobre los profesores. Es decir, defendíamos un contrato laboral normal y no administrativo”. Estas luchas paralelas de profesores y alumnos llevaron a una cierta complicidad entre ambos grupos: “todos buscábamos una nueva universidad democrática”.  

     

    En los 70 entró en escena el cambio climático y sus consecuencias con el informe Los límites al crecimiento del Club de Roma, publicado en 1972. La economía tradicional que se estaba enseñando, alejada de la relación entre el ser humano y la naturaleza, debía adaptarse a nuevos factores. “Ese libro me causó una gran impresión y desde entonces siempre he tratado de incorporar esa necesidad de comprender que el sistema económico es un subsistema del sistema ecológico. Me di cuenta de que la ciencia económica está hecha para un supuesto que no parece demasiado presentable”.

     

    Pocos años después pensó en dejar la universidad, pero siguió impartiendo clases hasta 1985. “Me di cuenta de que estaba jugando al tenis solo. Lanzaba la pelota, pero ya nadie iba a por ella”. Los alumnos no respondían y el profesor decidió que debía dar un cambio de rumbo en su vida. Además, la diferencia de edad entre profesor y alumnos era cada año el doble del tiempo real que transcurría: generacionalmente cinco años se convertían en diez. “Me voy dando cuenta de que tengo delante a un público con el que ya no soy yo. Los alumnos ya eran todos del entorno de Madrid porque había más facultades de económicas en España. Esto hizo que se pasara de una universidad a una continuación del instituto. Los alumnos deben romper el cordón umbilical e irse a otra ciudad o país si tienen oportunidad”.

     

    Cuando murió Franco la universidad siguió siendo un espacio en el que se luchaba por conseguir unos objetivos de autonomía y democracia. “La llegada de la democracia hizo que muchos de los que estaban de profesores pasaran a ser políticos. Así consiguieron resolver algunos problemas pendientes como el de la selección del profesorado. Sin embargo, esto despobló de buenas cabezas la universidad”.

     

    En esta misma época, Alburquerque formó parte del comité sobre América Latina. Estaba integrado por profesores que voluntariamente colaboraban en tareas de recepción y ayuda a profesores latinoamericanos que venían huyendo de las dictaduras de sus países. Entre otros muchos, este comité acogió a Osvaldo Sunkel, Pedro Paz, André Gunder Frank y José Déniz Espinós. Este último llegó a trabajar como profesor en el Departamento de Estructura Económica Mundial y Desarrollo en la Universidad Complutense de Madrid.

     

    La experiencia dentro del comité le permitió forjar un trato muy cercano con ellos. “Aprendo que se tenían que incorporar los estudios del desarrollo y del subdesarrollo a la ciencia económica”. Finalmente esta idea llegó al claustro, donde, junto con otros profesores no numerarios, Francisco Alburquerque consiguió que se votara a favor de incluir estos conocimientos en el plan de estudios. Según el economista, este avance le dio a la facultad de económicas una nueva posibilidad de reflexión y estudio, “frente a la mediocridad que siempre se movía. Con algunas excepciones…”. Posteriormente se formaría el Departamento de Estructura y Desarrollo que Alburquerque dirigiría durante entre 1983 y 1985.

     

    En el año 1986 se convocaron dos plazas en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) sobre América Latina Contemporánea. Alburquerque obtuvo la referida al Desarrollo Económico de América Latina y Juan Maestre la dedicada al Desarrollo Social y Político de América Latina. Aferrada a la tesis de “encuentro y bondad”, el economista no encontró conexión en esta escuela con lo que él había conocido de los profesores latinoamericanos exiliados.

     

    Lejos de lograr hacer allí un grupo de trabajo, en 1994 se pone en contacto con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Va a pedir la excedencia al CSIC para dedicarse a este proyecto desde el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES). A partir de este momento inicia lo que va a ser mi trabajo profesional hasta prácticamente hoy. “Me impactó mucho firmar el juramento hipocrático en el que te comprometes a no ponerte de parte de ningún gobierno y velar por la estructura del sistema de mediación de Naciones Unidas. Y hasta hoy lo he cumplido”.

     

    Francisco Alburquerque Llorens ha estado trabajando sus últimos veinticinco años laborales con la CEPAL en todos los países de América Latina y Caribe, excepto Belice. Los proyectos de desarrollo económico eran allí novedosos y comenzó a trabajar in situ en ellos. Desde el área de desarrollo local y trabajando de forma directa sobre el terreno se dio cuenta de que los problemas que tenían en pequeños núcleos de población “no estaban expresados en el indicador del PIB”. Se hablaba de desarrollo económico en términos muy genéricos a nivel del país, pero “es la gente y sus carencias. Tengo que aprender otro tipo de acercamiento a la economía y a la sociedad de abajo a arriba y a partir de la gente”. Señala que contaba con la ventaja de que la gente confiaba en su ayuda: “Les intereso, pero yo tengo que ganarme su confianza”.

     

    Esto no era tarea fácil. Aprendió a cómo relacionarse en cada país, pero tenía que tener cuidado: “En Perú no podía decir que el método que iba a seguir había funcionado en Chile, porque sé que tienen sus piques. En Argentina tampoco puedo hablar de Chile…”. Además, debía tener en cuenta las diferencias en el carácter, “el andino es desconfiado, no te va a decir nunca (salvo en casos muy extremos) lo que está pensando; el chileno dice ‘más o menos’ y nunca ‘sí’ o ‘no’”.

      

    Su intención fue también la de enseñar que el sector público no es el único que impulsa el desarrollo, sino que lo privado juega un gran papel, un 80% aproximadamente. Debido a esto, era necesario un acuerdo entre los distintos “actores locales” y un conocimiento del territorio entendido como una matriz social. “Necesito empezar a trabajar con ellos para que vean que es un proyecto colectivo”.

     

    “¿Qué hacemos, doctor?”, le pregunta un alcalde al mostrarle los índices de pobreza del área. “Aquí me doy cuenta de que había empleado el tiempo en la universidad a investigar la historia, pero no cómo tomar iniciativas para salir de la situación en la que multitud de comunidades se encuentran”. Era una población que muchas veces no sabía ni leer ni escribir, pero sabían identificar los problemas y conocían la solución. Les faltaba tener las herramientas necesarias. “Empiezo a entender el mundo que la economía elude. Los planteamientos genéricos de la economía convencional me sirven de muy poco”.

     

    Trabajó mucho con la cooperación alemana y una de las integrantes le convenció para que colgara en internet artículos, informes y proyectos que iba llevando a cabo. “Yo no tenía mucha fe, soy más presencial, pero le hago caso”. De aquí va surgiendo la idea de recuperar el tiempo perdido en textos desenfocados. El proyecto termina materializándose en la obra que acaba de publicar, titulada Conceptos básicos de economía. En busca de un enfoque ético, social y ambiental. En su introducción hace una fuerte crítica al sistema educativo de economía: “Cuando terminé mis estudios de economía pensé en solicitar el ‘libro de reclamaciones’ para protestar contra algunas teorías que me habían explicado en la Facultad, ya que los supuestos básicos de la teoría económica vigente no me convencían. Hoy siento la necesidad de acudir a algún juzgado de guardia”.

     

    En el libro se plantean definiciones y conceptos de la economía explicadas a un público general interesado en esta área y a estudiantes de desarrollo económico o de cooperación internacional. Asimismo, se incluyen críticas a conceptos repetidos en las aulas desde una perspectiva tradicional. “Te das cuenta de que el mantenimiento de esquemas abstractos que no corresponden con la realidad se debe a que a alguien le beneficia una situación en la que se diga que son los mercados los que fijan los precios”, hablando de mercados de competencia perfecta.

     

    Alburquerque apunta que el sistema actual sigue anclado en esta perspectiva, incluso en los países en los que ha estado trabajando se siguen los mismos esquemas de educación económica. Frente a este sistema educativo a nivel general universitario ha habido algunos pronunciamientos de estudiantes y profesores que el economista apunta, “pero no deja de ser un pronunciamiento en un mar lleno de supuestos de la teoría económica tradicional”. Uno de estos ejemplos es la Declaración de Talloires, redactada en la localidad francesa de ese nombre en 1990. Han pasado casi treinta años desde que en ella se recogían diez acciones urgentes que apelaban a la movilización de las universidades en un momento de “degradación del medioambiente y agotamiento de los recursos naturales”.

     

    Jubilado desde 2009, Francisco Alburquerque Llorens sigue en contacto activo con proyectos en los que ha estado trabajando en América Latina sus últimos años laborales: “Estoy jubilado, pero no retirado”.

     

     

     

     

    Lucía Anabitarte es estudiante de Periodismo. En fronterad ha publicado Debemos, pero ¿Podemos? A cinco años del 15M y El armario de Narnia, abierto de par en par con la globalización.

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