Donato Ndongo-Bidyogo en su despacho, conversando con el autor

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    El escritor en su laberinto: crónica de un encuentro con Donato Ndongo-Bidyogo

    Texto y fotografías: Johari Gautier Carmona - 20-04-2018

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    Desde Murcia, Donato Ndongo-Bidyogo dibuja y desdibuja su camino. Puede parecer sorprendente que un escritor como él, en pleno exilio, invitado habitual de diversas cátedras universitarias en el mundo y autor de algunas de las obras en español más ilustradoras de la realidad del África Occidental, haya elegido esta ciudad septentrional de medio millón de habitantes para vivir, y sin embargo él lo ha querido así: es una etapa elemental de un laberinto que se construye a diario. 

     

    El saludo esbozado en la entrada del hotel JC1 no deja espacio para la duda. Es un gesto de afecto, y de familiaridad, quizás tal vez de curiosidad. La visita del periodista fue anunciada poco antes y acordada sin otros detalles que un simple correo electrónico en el que quedaba reflejado el deseo de conversar. Ninguna agenda prevista, sólo un encuentro para conocer al hombre detrás de El poder de la tempestad o Las tinieblas de tu memoria negra.

     

    Frente a una Coca-Cola bien fresca, la ciudad vuelve a retomar el protagonismo. Su presencia es inevitable. Aunque una serie de escándalos económicos y administrativos la hayan azotado en los últimos años, a pesar de las múltiples construcciones fantasmas que han marcado su rostro, y la ausencia de un AVE que se resiste a llegar, Murcia ha brindado al escritor ecuatoguineano la tranquilidad necesaria para ver crecer a sus dos hijos y adelantar su labor creativa. Es la tierra “sin ruidos” y bucólica que él deseaba.     

     

    Antes de ella estuvieron Madrid y Barcelona, dos ciudades ineludibles de la cartografía española que completan el entramado de más de 50 años de exilio del escritor. Cinco décadas de un rechazo a la dictadura en Guinea Ecuatorial, cinco décadas de observar su propio país en la lejanía, desde un mirador, pregonando las verdades de un sistema que se complace al tenerlo en la distancia, en el anonimato, y no por simple oposición, sino por compromiso con la justicia. 

     

    La ironía hizo que Donato dejara una dictadura para encontrarse con otra, la de Franco. En la ciudad condal, adonde estudió durante unos años, Donato Ndongo-Bidyogo fue testigo de los últimos quejidos del caudillo, y de lo mucho que la gente lo aclamaba en las calles –no todo es lo que parece, insiste–. Conoció también el impacto de la transición democrática en la Península Ibérica, sus falsas promesas o incoherencias, fue testigo de cómo un mundo anticuado como el franquismo se deshacía y caía en las redes del olvido, y cómo un país aislado como la España de Franco actualizaba sus instituciones y se integraba de repente en una estructura continental. No obstante, pese a todos esos capítulos entusiasmantes, el hombre todavía sigue a la espera de lo que más anhela: la transición democrática de su país natal.

     

    La bebida que dio apertura a la conversación se terminó hace tiempo. El hielo se rompió (si es que en algún momento lo hubo). Donato expone ahora las amenazas que supone para Guinea Ecuatorial el plan de Francia y su agresiva política de la Francofonía que quiere incluir a Guinea Ecuatorial en ese gran golfo en el que también sobresale Gabón. Se reconoce como un defensor del idioma español y de su legado. Su escritura se encamina a eso: reavivar la memoria en este territorio. Donato Ndongo-Bidyogo tiene muy claro que la defensa del idioma español no va en contra de su identidad africana, y del idioma fang que sigue cultivando en casa con su esposa y sus niños.

     

    El hablar de bilingüismo y de salvaguardia del español en África, justo cuando Cataluña se ve envuelta en una espiral separatista, no es un detalle anodino. El mismo día del encuentro la noticia de la huida del presidente de la Generalitat a Bruselas sacude los medios de comunicación de todo el país con un aire de surrealismo. Carles Puigdemont traslada su oficina (y su desafío a la Corona española) con un golpe de efecto digno de esas obras de Molière de final improbable, y entonces las preguntas se hacen más evidentes: ¿Cómo y por qué se ocasionan las rupturas territoriales? ¿Cuándo y quién realmente decide romper esos equilibrios que permiten la convivencia?

     

    La obra El sueño y otros relatos acapara de repente del protagonismo. Sin otra explicación que la siguiente: la literatura siempre surge en esos momentos en que la política se hace incomprensible. Es el antídoto. O una luz en la penumbra. En todo caso, el autor ecuatoguineano explica que acaba de publicar ese libro junto a otro de poesía. Todos ellos son textos que fueron publicados hace muchos años y que vuelven a tomar un sentido, una lectura y un público.

     

    Ndongo-Bidyogo reconoce ser un gran lector de narrativa y ensayo, aunque, en lo que se refiere a la poesía, sólo lee a los grandes. Wole Soyinka y Aimé Césaire son algunos de ellos. Los recomienda vivamente por ser excelentes poetas y se distancia de Paul Sédar Senghor a quien, además de la superficialidad de sus versos, también le achaca el hecho de haber sido el defensor de los intereses franceses en el continente africano: “Sédar Senghor fue quien dinamitó la Federación de Malí”, dice.

     

     

    Caminando se habla mejor

     

    Donato lleva mucho tiempo sin salir a cenar. Lo admite mientras anda en busca de un restaurante. Su paso es seguro y dubitativo a la vez, conoce el barrio, sus calles y edificios, pero parece que no se haya paseado por él en muchos años.

     

    ––No sé muy bien qué ha abierto y cerrado últimamente –explica con un poco de culpabilidad luego de comprobar que ninguno de los locales que pensaba sugerir están abiertos.

     

    En Espinardo, el barrio que eligió el escritor para vivir, la noche resalta por su languidez. El Hotel JC1 se levanta como un faro en medio de unas construcciones modernas, perfectas para atraer familias que buscan un lugar sereno. Aquí se instalaba Donato en 2002 con su esposa y su primer hijo, tras siete años en Los Alcazares. Un año después nacía su hija. Murcia se convirtió entonces en la isla en la que pudo apaciguar los ardores del exilio.

     

    Lo extraño es que después de tanto tiempo, Donato ha mantenido unas ciertas distancias con el entorno, como si fuera imposible olvidar su Guinea Ecuatorial. Cuando se le pregunta cómo es la vida en Murcia, el escritor repone con gracia: “No sé, nunca salgo”, y luego explica que tiende a encerrarse en sus proyectos y en la vida familiar. El destino –ese misterioso laberinto– le ha llevado a encerrarse en una especie de burbuja que asume con entereza: esa burbuja le ha permitido construir su oficio de escritor comprometido pese a todas las dificultades. 

     

    A estas alturas queda claro que el restaurante en el que pensaba Donato es el recuerdo de otra época, y la solución de bajar por la avenida Juan Carlos I se impone como alternativa natural. Paso a paso el escritor retrata la situación política del estado ecuatoguineano, sus palabras reconstruyen la brutalidad y corrupción de un sistema, pero también, de manera inevitable, retratan el asfixiante exilio en el que se encuentra. Los espacios que antes disponía para vivir, para impartir clases o para expresarse se le cierran paulatinamente debido a la maquinaria diplomática. El laberinto se cierne sobre el escritor como una tenaza punzante.

     

    ––Ya no sé qué será de mí en unos meses –admite.

     

    Ha llegado a un punto en el que todo se ha vuelto impredecible, no tiene control sobre los elementos que marcan el camino. Está cansado. Es una soledad difícil de aguantar. Siente que debe hacer un cambio, renovarse profundamente, pero le cuesta. En realidad, lleva toda una vida cambiando y adaptándose. Donato es el ejemplo de superación. Desde los 14 años vive fuera de Guinea Ecuatorial y, desde entonces, ha pasado su vida viajando de ciudad en ciudad, llegando incluso hasta Missouri en Estados Unidos. Ahora, después de más de cinco décadas sorteando la nostalgia en España, el cuerpo le pasa factura. Busca los ánimos, y la noche murciana, una noche tan oscura de otoño, le ayuda a sincerarse. Donato no es un hombre de máscaras. O por lo menos aquí no la lleva puesta.

     

    En un restaurante asiático se sientan los dos caminantes. Los recuerdos afloran. Aquí venía Donato hace unos años con su familia. El tiempo ha pasado sin que él se diera cuenta. Se pregunta quizás cómo y en qué momento estos espacios se han ido. La cotidianidad nos deslumbra a veces. Y así funciona la paradoja del laberinto: sólo al estar dentro se percata uno de lo difícil que es salir. 

     

    El estar sentados frente a la mesa, o simplemente la virtud del vino blanco, abre una ventana al acercamiento. Hasta entonces el periodista se había limitado –por cortesía– a comentar los temas de actualidad y literarios, pero ahora se decide a alentar al escritor en su lucha, a animarlo a seguir en el camino que ha emprendido desde muy joven. De nuevo vuelve la idea de ese laberinto existencial e incomprensible que el escritor ha construido alrededor de sí mismo y que tantas personas alaban en la distancia y el silencio. Donato no está solo, ése es el mensaje. Su lucha, la de contar el África que incomoda, ésa que se diluye en las garras de los poderosos y la corrupción, vive a través de sus escritos y a través de él.

     

    Donato Ndongo-Bidyogo recibe las palabras enmudecido. Quizás le hayan tocado. Quizás hayan despertado algo. Su respuesta es una mirada profunda y una invitación a su casa: “Tenemos que hablar”, dice. Evidentemente, la conversación no puede terminarse aquí.

     

     

    El hogar, el mejor de los refugios

     

    En el camino a casa, el autor de Las tinieblas de tu memoria negra expresa su indignación con la corrupción en Guinea Ecuatorial y la inclemencia de un régimen que no perdona ni suelta en su retórica. No se olvida del sistema corruptor español que legitima esa maquinaria hostil, ni tampoco de algunos compatriotas intelectuales que endulzan su discurso por razonas enigmáticas. “Siento que no puede vivir en un mundo de mentira”, comenta en voz alta. Sus palabras repican en el aire con un difuso eco. Es, en realidad, la conciencia que habla y contrasta. Donato no puede colaborar con esto. Simplemente no puede.

         

    En el interior de la casa todo se apacigua. Las máscaras africanas y otras obras sudamericanas de reconocidos amigos artistas dan solemnidad al entorno y hacen pensar en un pequeño museo. El escritor presenta cada pieza, luego evoca algunos de sus numerosos viajes, siempre en voz baja para no despertar a la familia. Señala la cocina que tuvo que diseñar a medida, y el patio “que no sirve para nada”. Donato siempre tan cristalino.  

     

    En el último piso se encuentra su despacho. Le cuesta abrir la puerta, pero, tras insistir, se abre camino al refugio. Aquí puede encerrarse hasta 14 horas seguidas. Combina escritura con investigación, busca los temas sobre los que escribe, y, si todo confluye, libera la inspiración.

     

    A un lado del cuarto se acumulan montañas de libros, y entre las obras apiladas se hallan algunas que sobresalen por su volumen (como la novela El metro). El escritor indica la terraza y la vista del hotel JC1 que construyeron hace poco. Luego, explica que le quitaron toda la vista que tenía sobre la ciudad. “¿Qué se va a hacer?”, se lamenta.

     

    Ya sentado detrás de su escritorio, frente a su invitado, Donato Ndongo-Bidyogo enciende un cigarrillo, se lo lleva a la boca y suelta el humo con evidente placidez. Agarra el ratón de su ordenador, y se empeña en revelar cómo se conecta a internet y mantiene contacto con sus lectores a través de Facebook. El periodista le pregunta por sus hijos: “Ellos pueden entrar cuando quieren”, explica, aunque enseguida matiza y reconoce que son respetuosos, y que tienden a preservar este espacio.  

     

    La familia es un motor que lo mantiene vivo. Lo motiva a superarse. De hecho, siempre interesado en recrear un espacio donde florezca el conocimiento, Donato cultiva el valor de la palabra con sus hijos. El diálogo es un elemento vital, y ellos responden a los estímulos: sus notas en el colegio son excelentes, destaca el escritor. Una de sus prioridades es preservarlos del racismo, algo que le ha marcado especialmente a él a lo largo de estas cinco décadas, y, de momento, cree que ha hecho un buen trabajo.

     

    ––¿Ha cambiado algo en España desde la época en que llegó? –le pregunta el periodista.

    ––No ha cambiado nada. 

     

    El racismo, la soledad, la incomprensión. Todo sigue igual, argumenta Donato. Estas sensaciones se han hecho incluso más grandes, han adoptado nuevas formas y absorbido nuevas problemáticas. Pero lo peor de todo, es que la situación política de Guinea Ecuatorial ha empeorado, y eso le tiene así, como si dentro de ese laberinto en el que se encuentra, los caminos se retorcieran uno sobre otro, se entrelazaran constantemente, asediando a Donato en el centro.

     

    ––¿Por qué escribe? –reanuda el periodista.

    ––Escribo para comunicar –contesta Donato–. Si me encuentro entre vecinos que no entienden intento escribir para que entiendan otras realidades.

     

    Su respuesta es sencilla y, sin embargo, condensa toda la realidad de una vida. En la escritura está la conciencia, quizás la salvación o la esperanza. Es el gran espejo de las luchas de un escritor comprometido, y aquí, en este pequeño refugio en el sur de España, Donato ha creado una fábrica de palabras donde se escribe la historia de quienes quedaron despojados del derecho a la palabra.

     

     

    Epílogo

     

    Esta crónica se escribió cuatro meses después del emocionante encuentro. La recepción de un correo electrónico en el que Donato Ndongo-Bidyogo informaba de algunas decisiones rotundas, convenció al periodista de la necesidad de publicar los pormenores de aquella noche.

     

    Sin alardes ni ambages, el escritor exponía en ese correo su intención de viajar a Guinea Ecuatorial, pese a todos los riesgos existentes, y reconocía, además, haber adelantado algunos trámites para la solicitud de la documentación que le permitiera entrar en su país.

     

    “Pretendo ir allí, por muchas razones; entre ellas: no es razonable que viaje a cualquier país y no pueda ir a mi propio pueblo. Como nunca hice mal a nadie y jamás he cometido delito alguno en parte alguna, no tengo nada que temer; si me reciben con hostilidad, es su problema; si me imputan cualquier falsedad –según su costumbre– confío en que quienes me conocéis defenderéis mi causa. Me niego a vivir con miedo a una sola persona, sea quien sea”, argumentaba Donato.

     

    La llamada que siguió lo confirmaba todo. Reivindicando la coherencia que siempre acompaña su pensamiento, explicaba que “España no le había hecho nada a él”, y que, ante las complicaciones que se le imponía en el exilio, lo más decente era ir a la raíz del problema y encarar los males que complican su existencia desde Guinea Ecuatorial, su tierra natal. “Lo peor es no hacer nada”, insistió Donato Ndongo-Bidyogo. “Los avances en el mundo se han conseguido a base de luchar”. 

     

     

     

     

    Johari Gautier Carmona Johari Gautier Carmona es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Colombia ante el reto de la reconciliación: el caso de la primera Escuela de Paz en la costa CaribeEl país de la teranga. Senegal en el espejo de ‘Ramata’, de Abase NdioneAlberto Salcedo Ramos o el rostro temperamental de la crónica. En Twitter: @JohariGautier

     

     

     

     

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