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    Carta de Zacatraz. Historia de un pandillero salvadoreño

    Texto: Roberto Valencia / Fotos: Isabel Muñoz - 04-05-2018

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    Capítulo IV

    Secuencia uno. La banda del Vago

    24 de febrero de 2004 

     

    Sin contar la comunidad terapéutica de Costa Rica, Gustavo pasó por tres centros de internamiento de menores: Tonaca, Gotera y Barrios. Como adulto conocería nueve cárceles.

     

    Después de aquella detención frente al centro comercial Metrocentro, el juez lo había remitido en piloto automático a Quezaltepeque, un penal hacinado hasta la crueldad y con presencia abrumadora de la Mara Salvatrucha; allá permaneció diecisiete días, aislado como un apestado. De Quezalte lo movieron a la cárcel de San Francisco Gotera, otra jungla sectorizada permeada por la corrupción y sometida a la voluntad de las bandas del crimen organizado y de las pandillas; allá permaneció más de dos meses, hasta que la abuela Juana gestionó la fianza hipotecaria y recobró por última vez la libertad.

     

    Tras el balazo, lo mandaron al Centro de Cumplimiento de Penas Ciudad Barrios, el mismo recinto en el que lincharon a Catacho y en el que a punto estuvo de morir linchado él. Gustavo regresó tres años y cinco meses después. Barrios había dejado de ser un centro para menores, y ahora era un coliseo con cientos de gladiadores dispuestos a abrirse en canal. Faltaba apenas medio año para que la segregación de pandillas, la entrega de cárceles completas a la MS-13 o al Barrio 18, deviniera política de Estado. Barrios se entregaría a la Mara Salvatrucha en septiembre.

     

    Pero cuando Gustavo llegó todavía era febrero. Los emeeses, si bien mayoría, aún compartían el tavo con civiles y pesetas, cada grupo en sectores estancos, enemistados a muerte unos contra otros, aunque en el interior de cada sector tampoco se respiraba tranquilidad.

     

    Con la M y la S como dos faros en su frente y la reputación que le precedía, tuvo que batirse para convencer a los funcionarios de que moriría si lo encerraban con sus antiguos homies.

     

    Accedieron a sus ruegos, pero antes le obligaron a estampar la huella del dedo índice de su mano derecha y a escribir sus iniciales sobre un documento: “Yo, Gustavo Adolfo Parada Morales, por este medio hago constar que ya no pertenezco a la Mara MS. Manifiesta tener problemas con la Mara MS. Manifiesta haberse retirado de la Mara MS hace cinco años”.

     

    Lo enviaron al Sector 1, el sector de los pesetas.

     

    La paternidad inminente, las visitas asiduas de Dora Alicia y Rosa, y la creencia firme en su liberación le ayudaron a sobrellevar los primeros días, pero no tardó en reafirmarse en la idea de que alguien con tanto color nunca podría pasar desapercibido. Tatuado en la conciencia colectiva del país entero, su taka, el Directo, era su tarjeta de presentación. Los mitos rara vez mueren.

     

    En el Sector 1 operaba un grupo de matones que sometía al resto, sin importar que a todos los uniera el hecho de saberse depositarios de los odios más viscerales de la Mara Salvatrucha, y que tendrían que cuidarse las espaldas si estallaba un motín de los gruesos.

     

    La banda la lideraba un emeese retirado llamado Salvador Antonio Barahona Dueñas, (alias) Vago, de veintinueve años, capitalino, detenido un año atrás por degollar a una homegirl, lo que le valió la luz verde. En el grupo tenía voz Carlos Díaz Euceda, (a) Muñeco, de La Unión, también un peseta de la MS-13, al que Gustavo recordaba de los multitudinarios meetings noventeros en San Miguel. Muñeco lo promovió como alguien útil para la estructura. Su fama de asesino múltiple le ayudó a ganarse la simpatía del Vago y, cuando tuvo que elegir entre el papel de víctima o victimario, Gustavo no lo dudó.

     

     

    Seis semanas y media llevaba en Barrios cuando el nacimiento de Mayra Alicia Parada Coreas le hizo sentir la felicidad irrepetible de la primera paternidad. Pocos lugares en El Salvador están tan bien comunicados como los patios de una cárcel, así que Gustavo lo supo el propio 4 de abril.

     

    Tener descendencia se había convertido en una obsesión para Gustavo desde los tiempos de silencio de Tonaca. La promiscuidad extrema en los años de palabrero de la Pana Di Locos y la celebridad posterior habían creado un terreno fértil para atribuirle paternidades; la más sonada, el hijo de una amante ocasional que tuvo en los años de la vida loca. Ese niño se brincó púber en la Mara Salvatrucha, bautizado con la taka de Liro Whisper, y cuando lo detuvieron a mediados de 2010, la prensa local aireó que se trataba del hijo del Directo.

     

    Pero Gustavo nunca dio importancia a ese ni a otros rumores, mucho menos sintió como propios los bebés de aquellas niñas o mujeres con las que se había acostado. El sentimiento de paternidad lo estrenó –lo disfrutó– a los veintidós años, recluido en Barrios.

     

    La alegría desbordada por el nacimiento no tardó en transformarse en responsabilidad delirante. Quería a su hija con locura, y se prometió a sí mismo que nunca le faltaría nada, que por su bienestar haría cualquier cosa. Cualquier cosa.

     

    —Que a sus hijos los quiere exageradamente –me responderá Rosa nueve años después cuando le pregunte cuál es la principal virtud de su esposo.

     

     

    El primero de junio de 2004 finalizaron los cinco años del presidente Paco Flores. Lo remplazó un locutor deportivo devenido poderoso empresario radial llamado Elías Antonio Saca González, Tony Saca, de treinta y nueve años, correligionario del derechista partido ARENA, y que había logrado en primera vuelta el 58 % de los votos en unas elecciones con cuatro candidatos. Su quinquenio arrancó con el manodurismo por bandera, una fórmula vendida como exitosa por los medios de referencia y que la sociedad salvadoreña aplaudió al punto de convertirse en la piedra angular del aplastante triunfo electoral. En su Administración, el presidente Tony Saca intensificó el manodurismo –incluso en el plano semántico rebautizado Mano Superdura–, apuesta que resultaría clave en la metamorfosis de las pandillas en general, y en la vida de Gustavo en particular.

     

     

    El 16 de junio trasladaron de urgencia a Gustavo desde Barrios al Centro Penal Apanteos, en la ciudad de Santa Ana, el otro extremo del país. Otra vez más, a empezar de cero en un ambiente de violencia extrema, con el tormento adicional de intuir que su hija de dos meses y su esposa malvivían de la caridad.

     

    Gustavo sabía que el joven Palacios Sorto, el hombre que le disparó por la espalda, había recuperado la libertad. El Plan Mano Superdura daba sus primeros pasos con bombo y platillo, y la condena de Gustavo sería un eficaz golpe mediático para inaugurar la nueva era represiva. Con el antecedente de la pistola, su encarcelamiento emergió como certeza, tanto que se entusiasmó con los efectos balsámicos de la venganza contra el joven que le había disparado.

     

    —Él era un sicario –me dirá Gustavo en Zacatraz, por el joven Palacios Sorto.

    —No tiene mucho sentido. ¿Quién querría contratar a un sicario para matarlo a usted?

    —Creo saber quién, pero es alguien del sistema, una jueza, y prefiero no decirlo, porque pueden ser más problemas para mí.

    —A ver, usted dice que quisieron matarlo, pero terminó condenado por robo.

    —Él corriendo iba con el mortero cuando lo agarró la policía. Yo me fui al hospital por mi cuenta, herido, y al rato, estando en la camilla es que llegaron unos investigadores y me preguntaron si andaba robando con dos compinches más. Ahí me dicen que han agarrado al que me disparó. Los policías me dijeron: “Mirá, la onda es que vos sabés quién te disparó y por qué”. Y sí, a ese loco me lo podía de La Presita, pero no quise echarle rata, y al policía le digo: “No, fijate que no sé nada, me dispararon por la espalda y corrí”. Así le dije, pero lo que quería era otra cosa: ese loco me había jodido y quería arreglarme fuera.

    —La sentencia dice que José Rigoberto Quintanilla Quintanilla era tu cómplice en el robo.

    —¡Eso es paja! Yo estuve dos semanas en el hospital, y salí directo a bartolinas. Ahí me encuentro con el compadre ese que me pusieron de cómplice. Llega el loco que me disparó y dice: “Ese es”. Y lo agarran y lo meten conmigo, por la cara. Pero sale que era dieciocho, aunque sin tatuajes, y me empieza que si Bicha Directa, que si me iba a hacer esto y lo otro. Estuvimos juntos poco tiempo, pero así terminamos, insultándonos.

    —Usted con el balazo encima.

    —Yo con el balazo, cabal. Y el asunto es que él por su lado y yo por el mío. No nos volvimos a ver hasta la audiencia inicial.

    —El primero de julio de 2004, en el Tercero de Instrucción.

    —La cuestión es así: yo me quería desquitar del loco aquel, y le dije al dieciocho [a Quintanilla Quintanilla]: “Mirá, vamos a ir a juicio, y este cabrón nos va a joder a los dos, cuando este no es tu palo ni mío tampoco, así que algo le voy a hacer”. Y le dije que iba a llevar una cuchilla la próxima vez.

    —Al propio día del juicio, el 22 de julio.

    —A la audiencia, cabal. Llevé mi cuchilla desde Apanteos, escondida para que no me la hallaran. Ya en la sala, le digo al dieciocho: “Vos hacete el resistente, y en lo que la seguridad se va contra vos, me voy por el loco”. ¡Pero viene el cabrón y se lo cuenta a los de Traslado de Reos!

    —Que usted quería matar a quien le disparó.

    —Matarlo… no, pero sí lesionarlo, para desquitarme del balazo. Si aunque hubiera querido, a mí entonces todavía solo me servía el brazo izquierdo. Pero va el otro y los avisa. Y me caen, me quitan la cuchilla, y le ponen régimen de protección a él, que era un pandillero de La Mirada contratado para matarme… ¡un sicario! Y ahí quedó su palabra contra la mía. Él, sin expediente y sin tatuajes; y yo, el Directo, y con una cuchilla. Lo que sí que a mí el nombre de ese loco no se me olvidará nunca: William Alexander Palacios Sorto.

     

    El 22 de julio, en la sala de audiencias del Tribunal Segundo de Sentencia de San Miguel, sentado en un silla metálica gris plegable y con la mirada escondida bajo una cachucha azul cielo con el logo de Adidas, Gustavo escuchó resignado la sentencia: “Declárase al señor Gustavo Adolfo Parada Morales, de generales expresadas en el preámbulo de esta sentencia, responsable directo del delito de robo agravado en perjuicio patrimonial de la víctima identificada como Testigo A, y se le condena a cumplir la pena de ocho años de prisión”.

     

    Ocho años confinado en cárceles salvadoreñas por un supuesto intento de robo de una cadena de oro en el que él había recibido un balazo por la espalda.

     

    —Yo fui parte del tribunal que lo condenó a ocho años por un robo –dirá una década después Jorge González Guzmán, el juez que más causas del Directo verá como adulto.

     

    Ocho años confinado, más los tres reactivados por haber incumplido las medidas sustitutivas. Le esperaban once años de condena, lejos de Mayra.

     

    Lo menos que un hombre podía hacer –quizá pensó– era demostrar que incluso encarcelado podía ser un buen padre, alguien capaz de garantizar tres tiempos de comida a su hija y a su esposa.

     

    El viaje de regreso desde los juzgados de San Miguel hasta Apanteos Gustavo lo hizo ensimismado, mascullando en silencio la loca idea que días atrás le habían planteado: su regreso a la Mara Salvatrucha.

     

    Secuencia dos. El Diablo me habla del Directo 

     

    No todos los días uno almuerza con la Mara. Arroz en salsa, carne, tomate y lechuga y un par de tortillas; para tomar, Pepsi y Mirinda al gusto. Un almuerzo similar en sabores y cantidad al que se vende por un par de dólares en cualquier mercado salvadoreño, pero en el penal de Barrios, cortesía de la ranfla de la Mara Salvatrucha.

     

    Hoy es 27 de septiembre de 2012. Dos semanas han pasado desde que finalizó el carrusel de entrevistas al Directo en Zacatraz. El último día que hablamos me contó algo fascinante y verosímil sobre su relación con la Mara Salvatrucha: que el mismísimo Borromeo Henríquez, (a) Diablo, le propuso reintegrarse a mediados de 2004, cuando ambos coincidieron en el penal de Apanteos. Me sonó al ejemplo perfecto para retratar el maquiavelismo en las relaciones de una pandilla, pero creí que terminaría siendo una de esas informaciones imposibles de contrastar. Por eso cuando José Luis Sanz y Carlos “Chele” Martínez, dos compañeros de la ‘Sala Negra’ de El Faro, me comentaron que tenían amarrada una entrevista en Barrios con la ranfla –en la que la voz del Diablo pesa–, intuí que era una oportunidad única y me les pegué como garrapata.

     

    Los emeeses son huraños con los periodistas, mucho más desconfiados que los dieciocheros, pero la coyuntura juega a nuestro favor. En marzo pasado, Mara Salvatrucha y Barrio 18 alcanzaron una tregua histórica, auspiciada por el Gobierno y apadrinada por la Organización de Estados Americanos y la Iglesia católica. A las pandillas les interesa que el tema se airee, y el Ministerio de Seguridad Pública lo está permitiendo: en los últimos seis meses, los palabreros más connotados de la MS-13 y el Barrio 18 han brindado media docena de conferencias de prensa dentro de las cárceles, además de entrevistas a periodistas locales y extranjeros. La gestionada por el Chele y José Luis está pactada de hecho para hablar sobre la Tregua, pero me les he sumado con la idea de poder apartar al menos unos minutos al Diablo, para preguntarle por el Directo.

     

    El control del Estado en esta penitenciaría –como en todas las entregadas a las pandillas– se limita a las áreas administrativas y al muro perimetral. Los internos dominan el interior y, cuando uno entra, sabe que lo hace bajo su propio riesgo, y esto no es apelar a una frase hecha. Los custodios te llevan hasta el portón de alguno de los sectores, lo abren, y ahí te abandonan.

     

    Este centro se construyó para albergar a ochocientas personas y ahora hay más de dos mil trescientas, todos activos que viven en condiciones infrahumanas, aunque los que están en los peldaños más altos del escalafón salvatrucho tienen sus privilegios. Las cuatro horas que llevamos adentro se han estirado para dar un tour por la cárcel, luego para almorzar con los ranfleros más entusiastas de la Tregua, y más luego para la plática –larga y muy tensa– con una veintena de ranfleros, algunos cuarentones o casi. Justo ahora estamos terminando.

     

    El Diablo es de largo quien más ha hablado. La Mara Salvatrucha se ha esforzado por vendernos la idea de que en la ranfla todas las voces pesan idéntico, pero la realidad es tozuda. El Diablo tiene aura. Su hablar es tajante coherente intimidante, pero sabe envolverlo en un velo de conciliación, de empatía incluso. La Asamblea Legislativa y los despachos ministeriales están repletos de oradores más torpes.

     

    Damos por finalizada la entrevista sobre la Tregua cuando el contador de mi grabadora indica ochenta y tres minutos. Yo aprovecho la distensión para acercarme al Diablo antes de que se levante de su silla.

     

    —Borromeo, no tiene que ver con lo que hemos hablado en la entrevista, pero quisiera hacerle unas preguntas… Son sobre el Directo.

    —A ver, dale.

     

    Y le cuento la esencia de lo que el Directo me contó hace dos semanas.

     

     

    El Directo lo dijo como si la historia de la humanidad estuviera llena de tratados de Versalles.

     

    —Los de la Mara me quisieron incorporar de nuevo.

    —¿¡Regresar a la Mara Salvatrucha!? ¿¡Cómo fue eso!?

    —En Apanteos. En ese tiempo el Diablo también estaba preso allá y controlaba toda la Mara, más que ahora. Un día vino y me dice: “Mirá, la onda está en que se ha hecho un ‘Borrón y cuenta nueva’ para arreglar las broncas entre las clicas de Sanmaicol. Hay gente hablando por vos, y quieren que se te ofrezca la posibilidad de regresar. Te doy palabra por la Mara de que no te va a pasar nada”.

     

    El Directo y yo justo antes hablábamos sobre su primera noche en el viejo cuartel de Gotera, cuando le confirmaron la luz verde, y que eso no cambió a pesar de que lo corrigieron con saña, que una cosa no quita la otra. “Y eso así sigue siendo: en la Mara pasa que homies que llevan años con una bronca, encerrados como si nada con los demás, un día van a hacer limpieza o cualquier cosa, y ahí los matan, cinco o siete años después”, me dijo. Parece que detonó sus recuerdos de cuando la Mara quiso reincorporarlo.

     

    —¿Usted le creyó al Diablo? –pregunto–. ¿Le sonó honesto el ofrecimiento?

    —Él me dio palabra. Y lo consideré, porque acababan de condenarme por lo de la cadena. Le dije que si regresaba a la Mara, sería con los panas, no con otra clica. Me respondió que no, que tenía que ser con la Hollywood, porque la Pana Di nunca nadie ya podría levantarla. Luego supe que los sailors fueron los que más se opusieron a que yo regresara.

     

    El manodurismo desatado por el presidente Paco Flores y refinado por el presidente Tony Saca fomentó la cohesión interna en las pandillas, hasta entonces atomizadas y desarticuladas. Con la represión, el Estado logró encerrar a la mayoría de los palabreros, luego los segregó en cárceles exclusivas, y no pudo impedir que la comunicación fluyera; la medida ayudó a que el crisol de clicas comenzara a unificar criterios. Los liderazgos de los tavos se fortalecieron, y se creó algo así como una gremial, una junta directiva de la Mara Salvatrucha que pasó a llamarse ranfla nacional o rueda. Para aquel nuevo alto mando emergente, acabar con la guerra fratricida de San Miguel, que acumulaba un lustro de emeeses asesinados por emeeses, fue una prioridad.

     

    —¿El “Borrón y cuenta nueva” solo a usted se lo ofrecieron?

    —No, fue general en San Miguel, y cabal, con eso se paró la guerra entre clicas.

     

    Aquella guerra migueleña no puede explicarse sin mencionar la Pana Di Locos; era inevitable que el nombre de la clica y el de su último ranflero se pusieran sobre la mesa.

     

    El Directo le dio muchas vueltas. La oferta del Diablo era tentadora para alguien en su situación: luz verde, once años, Mayra, Rosa, la nostalgia hacia las letras, la posibilidad de ganar el respaldo de la pandilla más poderosa.

     

    —Al Diablo le dije que regresaba, pero con dos condiciones: poder quitarme las manchas de la cara, y volver a parar la Pana Di Locos.

     

     

    Diablo o Diablito es la taka de Borromeo Enrique Henríquez Solórzano, ranflero de la Hollywood Locos, una de las clicas de mayor abolengo en la Mara Salvatrucha, con label angelino, con su propio programa, uno de los más influyentes dentro de la pandilla.

     

    Diablo nació en El Salvador, migró a Estados Unidos y lo deportaron, aunque no es de las primeras oleadas. Su ficha en el Sistema de Información Penitencia, la #20495, asegura que nació en 1979, que terminó la educación primaria y que al momento de su detención residía en la colonia San Felipe de Ilopango, en el área metropolitana de San Salvador. Está encerrado desde 1998, y la más alta de las condenas que acumula son treinta años por homicidio doloso. Es uno de los reos que más tiempo ha pasado en Zacatraz, de febrero de 2005 a marzo de 2012, adonde lo regresarán en febrero de 2015. Pero ahora lleva seis meses en Barrios. Su traslado fue una concesión del Gobierno a su pandilla por ser uno de los líderes más involucrados con la Tregua.

     

    —Sí, al Directo se le mencionó en su momento que podía regresar –me dice Diablo.

    —¿Y no quiso?

    —Él me dijo: “Está bien”. Ya cuando recapacitó, no quiso, pero eso fue a los días.

     

    Diablo no llega al metro setenta y ronda los setenta y dos kilos. Tiene espaldas anchas y brazos poderosos, aunque no luce musculoso en exceso. Con una camisa de manga larga cubriría todos sus tatuajes, algo extraño en un ranflero con una condena tan elevada. El rostro lo tiene limpio, quizá porque cree que hay vida después del tavo, quizá porque tema el efecto impredecible de la tinta sobre una de sus señas de identidad: la mirada. Ahora lleva el pelo rapado, un arete en cada oreja y viste camisa de tirantes blanca y chores amplios azul oscuro. El uniforme de pandillero lo apuntala con unas impecables Nike Cortez negras con el logo blanco. Cuando terminemos de hablar, el fotoperiodista Pau Coll pedirá a los ranfleros que se dejen tomar un cuadro todos juntos, para ilustrar la entrevista. Diablo se irá a su celda y regresará sin el elegante reloj que carga ahora, y enfundado en una camiseta beisbolera oscura que en el pecho dice “Los Ángeles”, y con una cachucha también azulona con las inscripciones MS y LA. Al Diablo le importa su imagen.

     

    —¿Quién buscó a quién? –le pregunto.

    —Él a mí no me conocía. Hicimos la consulta y se decidió darle la oportunidad para que se defendiera. Yo me presenté y se le tuvo que decir: “Vos debés esto y esto y esto y esto, y tenés a tu favor esto y esto y esto y esto otro”. Como en todo proceso disciplinario, tenía cosas favorables y cosas en contra.

    —¿Fue un meeting? 

    —No. Se le dijo: “Aquí estamos”. Y él me mandó decir esto y esto y esto y esto. Hasta puso testigos de que las acusaciones que tenía en contra eran falsas, porque entre nosotros hay gente que se lo podía. Entonces, hice las consultas con los demás, y dije: “Esto y esto”. Y así. A él se le dio esa oportunidad, pero se le dejó claro que no podía ser pana, porque la Mara Salvatrucha decidió que los panas desaparecían, y que, si regresaba, tenía que buscar el apoyo de otra clica.

    —Entonces, es cierto que pidió parar de nuevo la Pana Di.

    —Pero desde el principio se le dijo que los panas ya no iban porque habían sido los que habían derramado la sangre. Pero no es lo importante. Lo importante es que se le dijo: “Aquí está la oportunidad para que te defendás, aquí estamos nosotros, y todos vamos a escuchart”. Y él dijo: “Lo voy a pensar”.

     

    El Directo lo pensó y rechazó la oferta. A las pocas semanas fue removido de urgencia de Apanteos al Centro Penal Sonsonate.

     

     

    El 14 de abril de 2011 estuve también en Barrios, con Daniel Valencia Caravantes, otro compañero de la ‘Sala Negra’. Vinimos en busca de voceros válidos de la Mara Salvatrucha y nos atendieron Hugo Armando Quinteros Mineros, (a) Flaco de Francis, que hoy también ha estado en la entrevista con la ranfla, y otro homeboy que nos dijo que su aka era Viejo Bigotudo. Aquella reunión fue en una salita del área administrativa y lo mismo: apenas vi la oportunidad, puse al Directo sobre la mesa.

     

    —Él estuvo en Sonsonate, un lugar que está lleno de ratas, gente que a nosotros quiere hacernos daño, gente que habla, pues, y eso no lo permitimos –dijo Viejo Bigotudo.

     

    Les recordé que, cuando el boom mediático del Directo en 1999, en los diarios se llegó a publicar que llevaba la palabra de la Mara Salvatrucha en la zona oriental del país.

     

    —A él lo tildaron de líder y de esto y de lo otro, pero nada que ver –dijo enérgico Viejo Bigotudo.

    —Los periodistas le dieron una gran fama… y la verdad es que no era nada –complementó el Flaco, voz y personalidad más templadas que las de su homie–. ¿Y qué pasó con él? Él ya no es parte de nosotros. Él es parte de otra pandilla.

     

     

    Diablo sabe que el Directo es parte de otra pandilla. Lo sabe desde hace años.

     

    —Él está en La Mirada –me dice Diablo en Barrios con una rotundidad que no me atrevo a matizar–. No sé decirte si lleva palabra o no, pero sí sé que en algunas riñas que ha habido él ha estado delante. Recordate que tenemos amigos civiles en todos los centros, y ellos nos dicen si está liderando tal o cual problema en tal o cual penal. Lo tenemos bien identificado como un traidor.

    —¿No hay acá en este penal algún sailor con el que yo pueda hablar ahorita? –pregunto, alentado por la cordialidad y por el deseo de exprimir este encuentro–. Quisiera contrastar cosas que me contó sobre el pleito entre panas y sailors.

    —Sailors hay muchos, pero el Directo es un traidor, y nadie va a ayudar a un traidor, tenga o no tenga razón. O sea, aunque fuera verdad todo lo que te ha dicho, nadie va a hablar bien de él, porque para la Mara Salvatrucha es un traidor. ¿Cómo vamos a dar crédito a un traidor?

     

    Todavía en mayo de 2010, el expediente carcelario del Directo, en la casilla que señala la organización delictiva a la que pertenece, con información recabada por el Sistema de Inteligencia Penitencia, aparece identificado como “Ex Mara Salvatrucha”, y no como integrante de La Mirada Locos. Parece un detalle anecdótico, pero dice tanto sobre el desconocimiento que el Estado tiene sobre el fenómeno de las maras.

     

     

    Para conocer interioridades de una pandilla las fuentes más solventes son los pesetas, los que tienen la luz verde prendida. Se saben muertos en vida, conscientes de que los que algún día consideraron familia hoy les desean el final más cruel. Una de las reglas de disciplina interna que implementó la Mara Salvatrucha tras el manodurismo fue establecer la pena de muerte para toda la familia del peseta –madres, hermanos, abuelas, bebés…–, medida que solo se reconsideró cuando comprobaron que estaban masacrando familias de homies que no tenían clavos, solo porque un primo o un hermano se había peseteado.

     

    El 11 de septiembre de 2011, en Sendero de Libertad, rebautizado como “centro de inserción social”, conocí a Juan Ávila, (a) Tacua, un ex de la Mara Salvatrucha. Le faltaban dos años y medio de condena, y asistía a sesiones para quitarse los tatuajes del rostro con láser. No tenía ni idea de qué haría después de recuperar la libertad ni a dónde ir; quizá a Estados Unidos, dijo. Lo más seguro es que ya esté muerto.

     

    Le pregunté por el Directo, como he hecho en los últimos años con cuanto marero o conocedor del tema he tenido delante.

     

    —A él le permitieron regresar por ser de los más veteranos –me dijo Tacua–. Fue uno de los fundadores de la Mara Salvatrucha en El Salvador.

     

    Ni fue fundador ni se reincorporó ni es de los veteranos, pero me resultó significativo que alguien nacido en 1995 lo ubicara, porque tenía cuatro años cuando el caso estalló. Tacua dijo también estupideces como que La Mirada Locos “es una de las clicas de la Mara Salvatrucha en San Miguel”. Entre las nuevas generaciones, las surgidas tras los cambios que provocó el manodurismo, la realidad se ha atrofiado hasta el sinsentido. Me late que son minoría los que podrían argumentar por qué el enemigo es su enemigo, por qué están dispuestos a destazarlos, por qué el odio a las chavalas. Se mata por matar, porque una voz encarcelada lo ordena para grandeza del barrio. No queda apenas nada de la clecha que a mediados de los noventa daba cierto orden a lo inordenable, pero sobreviven los mitos.

     

    —Hasta donde tengo entendido –dijo Tacua–, ese Directo es un hijoeputa que se crio en una clica de la Fulton en Sanmaicol, se fue criando en clicas, pasó por la Sailors, y luego vino a Sívar y estuvo con los teclas.

     

    Casi todo es falso, pero ¿qué más da?

     

    Tacua empezó a caminar con la Mara antes de cumplir los diez años, se brincó a los doce, y el problema con su pandilla lo tuvo a los trece. Me sorprendió la naturalidad con la que me contó cómo destazaban a un rival.

     

    —Estábamos haciendo un encargo, ¿va? Un chavala que habíamos agarrado. Vos sabés que si agarrás un enemigo no lo podés dejar vivo, ¿va? Pero ese día estábamos con fierros, no había armas ni nada, solo cortopunzantes. Ni modo, ¿va?

    —…

    —Comenzamos a hacer lo que íbamos a hacer, y sin querer, pero a la vez con querer, le zampé un rambito aquí al bato. –Tacua se señaló su antebrazo derecho, pero se detuvo por mi cara de perplejidad–. ¿Vos sabés lo que es un rambito?

    —No.

    —Un rambito es un cuchillo, pero con dientitos atrás y un lado filudo. Y se lo zampé aquí. –Se volvió a señalar su antebrazo derecho.

    —¿Al chavala?

    —No, al chero, un bato que le dicen Sparky, de los teclas.

    —Pero sin querer, por la borrachera.

    —A la vez por quererlo hacer, porque me pasó en la mente que el bato andaba viendo a mi hermanita… Se lo llevaron al hospital, pero me dijo: “¡Órale, aquí mueres!”. Pero yo seguí libando esa noche. Al día siguiente mi clica, la Quezaltecos, me corrigió porque esa es una de las reglas de la Mara, no levantarle el fierro a un homie: un veintiséis me hicieron, gran taleguiada. Pero al bato no le bastó y después se hizo uno de los más locos de la Teclas. Cuando caí en Tonaca alcancé a oír que me iban a matar porque tenía ese clavo pendiente y me salí para el Sector 1, ¿va? Vaya, y ahí comenzó mi vida de aislado.

     

    La historia de Tacua suena excepcional rebuscada obtusa, pero no. Para 2008 las maras ya eran lo que son. Los pandilleros que se brincaron después del manodurismo son los más locos. Es el escudo que usan los más veteranos cuando trasciende alguna aberración especialmente aberrante, como cuando quemaron un microbús en las calles de Mejicanos y diecisiete personas murieron calcinadas. “Acordate que hay cipotes que solo matar saben y no es tan sencillo que se calmen de un día para otro”, me respondió Carlos Alberto Rivas Barahona, (a) Chino Tres Colas, uno de los voceros del Barrio 18 cuando en julio de 2012 lo entrevisté en la cárcel de Izalco.

     

     

    Agradezco al Diablo sus respuestas y su tiempo, y sale disparado a acicalarse para la fotografía. Sus homies colocan dos sofás de madera tallada, uno a la par del otro. De la veintena de palabreros que estaban, algunos se han esfumado, sospecho que consecuencia de la tensión de la entrevista. Solo once posan; seis sentados y cinco parados. Cuando regresa de su celda, el Diablo tiene reservado un hueco justo en medio, a la par de Saúl Antonio Turcios, (a) el Trece, ranflero de la Teclas Locos, y a quien le echa el brazo sobre el cuello. La mayoría hace la garra con la mano derecha, un puño con los dedos índice y meñique extendidos, al límite de la dislocación. La mayoría viste azul y blanco, como la bandera de El Salvador. La mayoría calza tenis Nike Cortez, a setenta dólares el par en una tienda. Del techo cuelga una piñata a medio hacer de Winnie the Pooh, y tirada en una esquina hay otra piñata de Bob Esponja. El fotoperiodista Pau Coll dispara su cámara. Aquí, la Mara Salvatrucha.

     

     

     

     

    Glosario  

     

    Activo: Integrante de pleno derecho de una pandilla.

    Aka: Sobrenombre o alias; proviene del inglés ‘Also Known As’. La evolución fonética del vocablo ha hecho que hoy también se usen taka o taca.

    Bajado: Pandillero que se brincó en Estados Unidos y que ha migrado o ha sido deportado a El Salvador.

    Bajomundo: Franja de la sociedad salvadoreña que sufre las condiciones más severas de exclusión e inequidad, dos de los ingredientes del caldo en el que prolifera el fenómeno de las maras.

    Bandoso: Nombre despectivo con el que los pandilleros designan a los integrantes de bandas del crimen organizado que no son pandillas.

    Barrio: Pandilla.

    Barrios: Nombre con el que se conoce el Centro de Cumplimiento de Penas Ciudad Barrios, ubicado en el municipio homónimo del departamento de San Miguel. Desde el año 2004 solo acoge a pandilleros activos de la pandilla Mara Salvatrucha.

    Brincar: Verbo con el que se conoce el rito de ingreso en una pandilla, que consiste en recibir una paliza —sin posibilidad de defenderse— de parte de miembros activos y supervisado por el palabrero. Se deriva: brinco, brincado, brincarse…

    Bróder: Amigo íntimo.

    Bronca: Pelea multitudinaria; se usa para los motines carcelarios.

    Cagar el palo: Violar las reglas de la pandilla.

    Calmado: Retirado.

    Calle, ser calle: Saberse mover en el bajomundo.

    Caminar: Formar parte de la pandilla o de su entorno social.

    Cancha: Cada uno de los territorios controlados por una pandilla, y en los que opera una clica.

    Chavala: Palabra despectiva que usan pandilleros tanto de la Mara Salvatrucha como del Barrio 18 para referirse a los integrantes de la pandilla rival.

    Chequeo: Niño, adolescente o joven que está a prueba para poder formar parte de la pandilla.

    Cholillo: Nombre despectivo con el que las bandas de civiles llamaban a los pandilleros en los años en los que compartían cárceles; proviene de cholo.

    Cholo: Joven o adulto con una identidad pandilleril, definida a través de un look que por lo general consiste en pantalones muy holgados, tenis, camiseta sin mangas, pelo al rape y uso de pañoletas azules.

    Chores: Pantalones cortos, hasta la rodilla, de corte deportivo.

    Chota: La Policía, en cuanto institución.

    Civil: Nombre con el que los pandilleros se refieren a los no pandilleros.

    Clavo: Deuda pendiente.

    Clecha: Palabra propia del argot pandilleril que se usa para referirse al conjunto de reglas por lo general no escritas que engloban el sistema normativo y el legado histórico de una pandilla.

    Clica: Unidad básica de funcionamiento de la pandilla, que opera con diferentes grados de autonomía. Se trata de una célula con nombre propio, presencia territorial y un número variable de integrantes, dirigida por lo general por un palabrero en la calle, subordinado al palabrero encarcelado. Es común que distintas clicas de una misma pandilla se agrupen bajo un mismo objetivo o por cercanía geográfica, y creen lo que la Mara Salvatrucha llama programas, y el Barrio 18 llama tribus.

    Código de silencio: Castigo que la pandilla impone a alguno de sus miembros que consiste en que ningún otro pandillero puede dirigirle la palabra.

    Cola de gallo: Navaja con forma de garfio, pero plano, y de pequeño tamaño, dos o tres centímetros de filo.

    Corregir, corrección: Es la principal forma de aplicar disciplina dentro de una mara; consiste, por lo general, en una paliza de intensidad y duración variables, en función de la gravedad del error cometido.

    Correr el Sur: En California, correr el Sur es aplicar los códigos que la Mafia Mexicana, la eMe, impone a las pandillas bajo su paraguas, que son las que operan en la mitad sur del estado; referido a la cárcel y en cualquier otro país, correr el Sur es establecer una tregua de no agresión, incluso de complicidad ante enemigos comunes, entre las pandillas sureñas, que en El Salvador son la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y La Mirada Locos 13.

    Coyote: Persona que, a cambio de dinero, envía a otras personas de manera irregular al extranjero, por lo general a Estados Unidos.

    Criteriado: Delincuente al que la Fiscalía ofrece criterio de oportunidad, una figura jurídica que permite rebajar o suspender la condena propia a cambio de testificar contra los integrantes de la estructura criminal de la que se formaba parte.

    Cuete, cuetiar: Pistola o revólver; dispararla es cuetiar.

    Dar el pase: Dar el aval a un pandillero o grupo de pandilleros para fundar una clica nueva.

    Desconectarse: Morir.

    Descontón: Paliza que la clica aprueba en contra de un integrante por haber cometido alguna falta.

    Destroyer: Casa usada como centro de reunión de los pandilleros; el término aún se usa, pero la vigencia fue mayor en los primeros años de implantación del fenómeno.

    Dieciochero: Integrante de la pandilla Barrio 18; válido para las dos facciones dominantes: Sureños y Revolucionarios.

    Dogui: Perro.

    Emeese: Integrante de la pandilla Mara Salvatrucha.

    Escueliar: Enseñar.

    Frontera: Territorio que es el límite de las canchas de dos pandillas enemigas; puede ser una calle, un pasaje, un río, una carretera…

    Ganga: Pandilla.

    Gotera: Nombre con el que se conoce el Centro Penal San Francisco Gotera, de seguridad intermedia. También se llamaba así el Centro de Reeducación de Menores San Francisco Gotera, mientras operó en la ciudad homónima: de noviembre de 1998 hasta agosto de 1999.

    Homeboy, homie: Nombre genérico con el que los pandilleros se refieren a los miembros de su pandilla. El femenino (homegirl) está en desuso desde que en torno a 2006-2007 ambas pandillas optaron por no brincar a más mujeres.

    Jaina o haina: Novia de un pandillero.

    Jura: Agente de la Policía, si bien también se usa para referirse a la institución en su conjunto.

    Largo: Arma larga, bien sea fusil de asalto, carabina o escopeta.

    Letras (las): Forma coloquial de referirse a la Mara Salvatrucha.

    Libar, libadero: Beber alcohol; por extensión, un libadero es un lugar en el que se bebe, como un bar o una tienda.

    Libre (la): Estar en libertad, no encarcelado.

    Línea (tirar): Girar órdenes.

    Loco: Manera cariñosa de referirse a un amigo, conocido o alguien con quien se tiene cierta afinidad; es una expresión extendida entre la juventud salvadoreña, no exclusiva de las pandillas.

    Luz verde: La más severa de las condenas en el estricto código disciplinario pandilleril; tener la luz verde prendida es estar condenado a muerte por la propia pandilla.

    Manodurismo: Conjunto de políticas públicas que el Gobierno salvadoreño desarrolló a mediados de la primera década del presente siglo, caracterizadas por un fuerte componente de represión policial y jurídica contra los pandilleros. Tuvo sus años de mayor apogeo entre 2003 y 2007, años en los que se lanzaron los planes Mano Dura y Mano Superdura, aunque como el concepto sobrevivió a los planes.

    Marionas: Nombre con el que los pandilleros llaman a los civiles integrantes de La Raza, el más poderoso grupo delincuencial carcelario que existió en la década de los noventa, venido a menos con el paso de los años. Su plaza fuerte era el Centro Penal La Esperanza, conocido con el sobrenombre de Mariona.

    Mascota: Niño que se junta con los pandilleros, y que esporádicamente pueden realizar labores de apoyo.

    Meeting: Reunión de pandilleros a la que solo pueden asistir miembros activos; de carácter asambleario, un meeting puede ser de clica (el más habitual, por lo general se hace uno semanal), de programa, o de ranfla. En estos encuentros se giran o se aprueban instrucciones, se delibera sobre problemas grupales, se aplica disciplina y se brinca a los nuevos miembros.

    Mierdaseca, mierda: Nombre despectivo para referirse a los integrantes de la Mara Salvatrucha.

    Minuto loco: Con excepción de la luz verde, es el máximo castigo que la pandilla puede imponer en una corrección a un pandillero, consistente en golpear durante sesenta segundos.

    Misión: Históricamente es el encargo asignado por el palabrero a un pandillero o grupo de pandilleros; sin embargo, tras la radicalización del fenómeno después del manodurismo, comenzó a conocerse como misión la asignación encomendada a los jóvenes de nuevo ingreso, con la idea de demostrar valor y lealtad, prueba que por lo general consiste en asesinar a alguien.

    Mortero: Cualquier arma de fuego, aunque en especial se usa para referirse a armas cortas. Se usa también el verbo derivado: enmorterado, que quiere decir ‘armado’.

    Mota: Nombre con el que se conoce popularmente la marihuana en El Salvador.

    Muchachos: Pandilleros.

    Números (los): Forma coloquial de referirse al Barrio 18.

    Oveja, ovejita: Pandillero que dentro de la cárcel abraza la vida religiosa.

    Palabra: Respeto y honor dentro de la pandilla, que derivan en capacidad de mando. Un pandillero cabal presume de la firmeza de su palabra.

    Palabrero: Líder de una clica; por la evolución del fenómeno, se habla de dos palabreros: uno en libertad, y el otro encarcelado; estando el primero supeditado al segundo.

    Para, mata, viola y controla: Uno de los lemas que identifica a la Mara Salvatrucha.

    Pase (dar o pedir el): Autorización del palabrero de una clica para que un integrante de la pandilla que haya hecho méritos suficientes pueda crear su propia clica en otra cancha.

    Pegada: Incursión premeditada en territorio de la pandilla enemiga, generalmente para asesinar a pandilleros rivales.

    Perro: Pandillero que tiene como misión cuidar a otro de mayor rango, casi siempre porque existe una probada relación de lealtad o de amistad. Por extensión, también se usa dentro de la pandilla para referirse a cualquier homie al que se tiene aprecio.

    Pesear: Pedir un peso, algo que podría considerarse el embrión de la renta.

    Peseta, pesetear: Pandillero que se convierte en confidente de las autoridades; en los códigos de las maras él y su familia merecen la peor de las muertes.

    Placazo, placa: Grafiti hecho para señalar los dominios de una pandilla.

    Platina: Cuchillo.

    Política: Dentro de la pandilla, habilidad para argumentar y ganarse el visto bueno de la clica con el uso de la palabra.

    Poste, postear: Persona a la que la pandilla asigna el cuidado de un sector de la cancha; por lo general, las vías de acceso.

    Programa: Conjunto de clicas de la Mara Salvatrucha que operan bajo un mismo mando y un mismo subsistema normativo. Hay programas de ámbito geográfico, como el programa de La Libertad; y programas que responden al crecimiento de una clica primigenia, como el programa de la Fulton Locos, por ejemplo.

    Putazos: Golpes.

    Rambito: Cuchillo de hoja gruesa y dentada en la parte no cortante, similar al que usaba el personaje cinematográfico.

    Rana: Soldado.

    Ranfla, ranflero: Organismo de decisión colectiva que funciona como cúpula de la pandilla, integrada por los líderes de clica o de programa o tribu. También se conoce como rueda.

    Rata (echar): Traicionar a los homies.

    Renta, rentear, poner la renta: Obligar a un negocio o persona que, de forma periódica, pague a la pandilla una cantidad de dinero.

    Respeto: Palabra que en la pandilla se usa con el mismo significa que le otorga el diccionario, solo que con connotaciones agigantadas; ganar respeto es uno de los valores máximos.

    Retirado: Pandillero que dejar de ser un miembro de la pandilla, algo que puede hacer con o sin la venia del grupo. Unos y otros se consideran retirados o calmados, aunque desde la pandilla no consideran retirados a los que se han alejado sin permiso explícito para hacerlo.

    Rifar (barrio): Mostrar la pertenencia a una pandilla, algo que se hace gesticulando con dedos, manos y brazos los signos identificativos propios.

    Rueda: Ranfla.

    Sanmaicol: Sobrenombre que se da a San Miguel, la ciudad más importante de la zona oriental de El Salvador.

    Simón: En argot, sí.

    Sívar, Sansívar: Sobrenombres que se dan a San Salvador, la capital del país.

    Soplón: Pandillero que traiciona a su pandilla; por lo general, ante la Policía o la Fiscalía. Como sinónimos, también están muy extendidos traidor y rata.

    Soldado: Pandillero que no tiene voz de mando.

    Taka o taca: Aka.

    Tamal: Trampa, juego sucio. Hacer o preparar un tamal es montar una estrategia premeditada para engañar.

    Tavo, tavear: Cárcel, estar encarcelado.

    Tintar (destintar): Tatuarse.

    Tonaca: Sobrenombre que recibe el Centro de Inserción Social Tonacatepeque, cárcel para menores de edad que desde el año 2000 acoge solo a internos de la Mara Salvatrucha.

    Traidor: Soplón.

    Trencito: Relación sexual que varios miembros de una pandillas y simpatizantes tienen con una misma joven o mujer, uno tras otro; el trencito puede ser consentido, o fruto de una violación multitudinaria.

    Ver, oír y callar: Expresión intimidatoria con la que una clica amedrenta a los residentes en la colonia o cantón que controlan; con frecuencia se escribe sobre las paredes.

    Verga (aguantar): Recibir una paliza o una corrección.

    Vergo, revergo, vergazal: Muchos, muchísimos.

    Vida loca: Expresión que se popularizó en la segunda mitad de los noventa y en la década siguiente, y que podría traducirse como ‘vida de pandillero’, con la violencia como uno de los motores principales; con el paso de los años su uso se ha reducido.

    Zacatraz: Sobrenombre que recibe el Centro Penal de Seguridad Zacatecoluca, cárcel inaugurada en agosto de 2003 ubicada en Zacatecoluca, departamento de La Paz.

    Zapateada, zapatear: Recibir una paliza a base de patadas; por extensión, suele usarse como sinónimo del brinco o bien de una corrección.

     

     

     

    Este texto corresponder al capítulo cuarto del libro Carta desde Zacatraz, que acaba de publicar la editorial Libros del K. O.

     

    Roberto Valencia (nacido en 1976 en Vitoria-Gasteiz, vive desde 2001 en El Salvador) forma parte del equipo ‘Sala Negra’ del periódico digital El Faro, un proyecto de cobertura de la violencia en Centroamérica, especializado en el fenómeno de las maras. Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación 2013 y el Premio Excelencia Periodística 2015 de la SIP en la categoría Crónica. Es autor y coautor de varios libros, entre los que destacan Crónicas negras. Desde una región que no cuenta (Aguilar, San Salvador, 2013), Hablan de monseñor Romero (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011) y Jonathan no tiene tatuajes (CCPVJ, San Salvador, 2010). En FronteraD alimentaba el blog Bajomundo. El prólogo de este libro, titulado ‘Un poco de luz’, arranca así: “La historia del Directo es lo que en América Latina llamamos una crónica de largo aliento, solo que el aliento se desparramó en casi cuatrocientas páginas. Es periodismo, sin licencias de ningún tipo, como el que ejercemos con orgullo en la ‘Sala Negra9 de El Faro. Reporteo hasta el agotamiento, documentación, contraste, verificación, elección de una estructura narrativa, escritura, autoedición, escritura, edición”. En Twitter: @cguanacas

     

     

     

    Nota al final del libro

     

    “Este libro terminó de imprimirse en abril de 2018, mientras los editores del K.O. aguardábamos la resolución definitiva de la Justicia española que, en una decisión insólita en democracia, había ordenado el secuestro cautelar del libro Fariña, Historias e indiscreciones del narcotráfico en Galicia. El secuestro editorial, el primero en una década en España, se ejecutó a petición de Afredo Bea Gondar, exalcalde de O Grove, quien consideró vulnerado su derecho al honor. En declaraciones al periódico El Mundo, Bea Gondar dijo sobre el autor de Fariña, Nacho Carretero: “Si yo no fuera creyente y tuviera un revólver, buscaba al tipo y le pegaba un tiro en la cabeza”. Una frase que recuerda poderosamente a la del narco gallego Sito Miñanco: “Menos mal que yo no creo en la violencia, porque si no os mataba a todos”. Los condicionales os delatan. Seguimos.

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