Ahora y en la hora. El tiempo de la escritura está por debajo de la tela

Miguel Ángel Hernández Saavedra

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Roma, 1993. En el interior de la Basílica de San Pedro, un joven se topa con un reloj de arena. Se agacha, da un salto hacia atrás, fotografía la imagen. Se trata de una imagen paralizada, pétrea. La paraliza doblemente al tomarla, se detiene. No sabe que se trata de la tumba de Alejandro VII, no sabe que la obra es de Bernini. Debería saberlo. Ni siquiera miró de frente, al pedestal. Imaginó que estaba frente a un monumento, un mausoleo, una tumba, pero no dio importancia a esa imaginación. Habría bastado con leer para saber; sin embargo, sentía. Lo que le sucedió está suficientemente documentado. Algunos lo llaman “éxtasis”; otros, “estupefacción”; los más pedantes, “fruición estética”. (Los términos han de figurar entre comillas si el suceso y su narración no coinciden en el tiempo).

 

¿De verdad no lo supo? Estaba rodeado de maravillas; ese conocimiento se da por descontado. Aquí se quiere decir otra cosa, que no es menos obvia: algo se detuvo. O algo se puso en marcha para que algo o alguien se detuvieran pasado el tiempo sin necesidad de hacerlo, es decir: nunca en la forma de un destino o de un oráculo, sino, a lo sumo, de una coalición de elementos susceptible de ser interpretada. De algún modo. Sobre la marcha.

 

Veinticinco años después el hombre de cuyo joven aún puede acordarse rememora ese instante. Cree verse dando un salto hacia atrás, agachándose. Alberga ciertas dudas razonables sobre la naturaleza del pasmo, que empiezan por el hecho de que se recuerda así: agachado, capturando una imagen que solo el tiempo revelará. ¿Se pasmó de veras? ¿Acaso un suceso de estas características no exige la paralización de toda empresa, incluidos los movimientos que permiten fotografiar un instante? Estas dudas, y otras, convierten la fuente en un testigo poco fiable. La fuente, esto es: el joven. El joven de cuyo rostro aún no puede olvidarse. ¿Quién es el testigo?, se pregunta el hombre, ¿el joven o él? ¿No sigue siendo él, pese a todo, el testigo advenido del joven que fue?

 

De repente, según lo escribe, cae en la cuenta de que es ahora, en esta hora, cuando el suceso adquiere el sinsentido que le permite, a él, al testigo, procurar un significado a lo que, probablemente, no sucediendo del todo, aconteció. Se las ingenia entonces, me las ingenio, para que coincidan a destiempo el suceso y la narración. Es una industria poco planificada, sin ser azarosa, el ingenio de la revelación. El genio de la memoria tiende sus brazos a la imaginación.

 

El testigo ha caído en la cuenta. El joven no se agachó tanto, apenas retrocedió. Le impactaron sin duda el esqueleto broncíneo, las alas del ángel óseo, caído y carcomido en su fantasía, la calavera ausente, la tela que une y separa dos mundos, la posición elevada del orante, su gesto trascendente. De inmediato supo que todo eso había sido objeto de mil y una descripciones, interpretaciones, comentarios. Estaba en la Basílica papal, ¡cómo podría desconocerlo! (Su estancia en Roma obedecía a que el trabajo fue seleccionado, premiado. Aunque el hecho de ser seleccionado, intelectualmente escogido, no significa que uno no sea un completo imbécil, el joven no se tenía por tal, o no se tenía a sí mismo por el paradigma de tan extendido atributo. Lo pudo comprobar con solo emplear la intuición, también un don comparativo, sin necesidad de llevar a cabo un análisis exhaustivo de los participantes en el congreso). Tal era su idea de la inteligencia por aquel entonces: la idea de un cascarón flexible que aumentaría y se rompería con el tiempo.

 

No dudó de que debía captar esa imagen y posponer el pasmo para otra ocasión, quizá, en la que él mismo, el joven, y su testigo, digamos que yo, coincidieran, pasado el tiempo, y con el paso del tiempo como último testigo.

 

No recuerda el testigo si fue esa misma noche cuando Cejas, el hagiógrafo de la Obra, lo condujo a un saloncito apartado. Quiere su memoria que el saloncito sea una biblioteca; está seguro de que había, al menos, una librería y de que los libros eran volúmenes encuadernados en forma rústica. Los anaqueles brillaban como esputos de ángeles. Lo quiere su imaginación (porque los testigos imaginan). Recuerda que el señor Cejas le sacó a relucir aquello de Unamuno: que si hambre de Dios, que si sed de razón, o viceversa. Y que el joven, entre cándido y arrogante, le espetó que mal estaba vender el alma al diablo, pero que a Dios ¡ni pensarlo! Ahora no está el testigo seguro de haber acertado en la respuesta. Quién sabe lo que puede hacer Dios con un alma vendida y dispuesta, no obstante, a hacer bien su trabajo. Entre tanto calzonazos espiritual tal vez un poco de arrogancia sea grata a los ojos ciegos del Supremo.

 

Arriba, la solemnidad del oratorio. Debajo, el tiempo implacable. Entre medias, en una línea imaginaria, vertical e imperceptible, la señal del madero filosófico (sin el travesaño que marca la diferencia, el cruce, entre lo visible y lo invisible, las consecuencias y las intenciones, lo de aquí y lo de allá). Y así pasaron los años, enseñando a los jóvenes, más jóvenes que el joven de San Pedro, a persignarse en pos de una coherencia trascendental. ¡Levantaos! “En el nombre de lo que se piensa”, y se tocaba la frente con el pulgar; “en el nombre de lo que se dice”, y se tocaba los labios; “en el nombre de lo que se siente”, y se tocaba el corazón; “en el nombre de lo que se hace”, y extendía las manos con las palmas hacia arriba. ¿Por qué así? ¿Por qué no mostrando los puños? ¿Por qué no una mano abierta y la otra cerrada? ¿Por qué hacia delante y no hacia atrás? El testigo sospecha que se trata del corazón. Del corazón del joven que todavía late en el pecho del testigo. Pero tal vez se trate de otra sospecha autoindulgente. (Demasiado “no”: el testigo y el joven lo sabemos). Falta un órgano principal: el estómago. En el nombre de lo que nos reconcome.

 

Las virtudes que rodean a las dos figuras principales, el pontífice y la muerte, no aparecen en la imagen. (Un joven está en proceso de adquirirlas, las virtudes, si no las ha perdido del todo). ¡Caridad!: protección. ¡Verdad!: desnudez. ¡Prudencia!: un cierto ocultamiento. ¡Justicia!: un cierto aburrimiento. El malogramiento de las virtudes o su continua postergación son el componente secular de la historia. Son medios respecto a dos fines, a dos gestos: el gesto de la oración, de la elevación, y el gesto broncíneo, con alegrías doradas, que pone fin al esfuerzo, al repliegue y a la emulación. La muerte es la costilla rota del tiempo. Y, de esa pieza sempiterna, nace el espacio. Un espacio de tiempo.

 

Los pliegues de la tela: la sinuosidad. La señal se quiebra, pierde su pretensión trascendental, curtida en heterogeneidades que no dan como resultado un producto estable. Falta el aprendizaje de la lealtad. De nuevo, las palmas del hombre que acarrea sobre sí toda la santidad posible, arruinada. Queda el gesto del gesto, el resto del reconocimiento improbable. La espera de un brote de dulzura, sencillamente un brote. Acaso reza para que un último absurdo, una postrera contingencia, no arruine también el goce del repliegue interior, obtenido con muchos esfuerzos y construcciones. Para que otra deslealtad no venza la frágil rigidez con que se espera la llegada del más absoluto afuera. La deslealtad empieza y acaba por uno mismo. Solamente los fieles lo saben, porque no se lo plantean.

 

Sabe el testigo que las virtudes se construyen y destruyen al ritmo de la vida. Los valores son las ratas que sobrevivieron al último ataque contra el acorazado Conciencia. Si no abandonaron el barco, ellas las primeras, fue porque conocían su destino fuera de él: el ahogamiento, la congelación, las fauces del tiburón soberano. ¡Caridad!, te ahogas a cincuenta millas de la costa. ¡Verdad!, dejaste de adecuarte al entendimiento de las cosas. ¡Prudencia!, te convertiste en argucia. ¡Justicia! ¿Justicia? Los valores son los roedores últimos del árbol del Bien y del Mal, con ciencia o sin ella. Domesticados y mercantilizados, mudaron su piel frutal para convertirse en bellotas. Una ardilla es una rata con buena conciencia.

 

El testigo se siente y se reconoce pusilánime ante la magnificencia del joven que, rozando la soberbia, en un acto desenfadado que hoy juzga temeridad, le envía una imagen que de sobra conoce. ¿Qué pretendías, joven, vestido con tejanos grises y camisola blanca? ¡Bendito optimismo el tuyo! ¡Bendita caridad, la tuya con el testigo! ¡Bendita verdad! Pero la justicia… ¡A fe que su veredicto no es el que esperabas! Y esta confianza es lo que te hizo joven, lo que te hace joven a los ojos de una cansada conciencia. De sobra conoce el testigo la prueba, la reconoce sin esfuerzo. Sin embargo, es ahora y solo ahora, en la hora del relato, cuando Fabio Chigi y Gian Lorenzo se cobran su pieza.

 

El tiempo de la escritura está por debajo de la tela, en los espacios intercostales de la osamenta, y por encima, en el aire que habita entre las palmas. Está entre la manta y el pontífice, donde se puede leer lo que el joven no recuerda haber observado: el nombre, el homenaje. O lo que el testigo no recuerda que el joven registrara, a diez palmos de sus narices. Con una aspira, con otra espira. Gracias a todo lo que no leemos, aún se puede escribir sin caer en la vergüenza de lo que ya fue escrito. Escribir es postergar la expiración, o al contrario: hacerse el muerto.

 

¡No apabulles al joven! ¿Por qué hacerle saber, a estas alturas, lo poco que sabes o cuánto has olvidado? ¿Le darás un rosario de nombres? ¿Le hablarás de Hegel? El joven no había resuelto aún la lectura, el estudio del fin (réquiem) con que dan comienzo las filosofías de la Historia. Ya barruntaba que la Historia es, además de un error, un pasatiempo burdo, impropio de mentes entregadas a lo verdadero, lo bueno, lo bello. (La Historia: no la historia de la Filosofía, o la sombra de esa historia; no la historia del Arte, cuya mayúscula menudea; no la historia del Ajedrez al que juegan las damas; no la historia de las Creencias no objetivadas o socialmente fracasadas; no la historia de las diosas irreductibles al Padre y Señor de los entes, arregazadas en los pechos de la memoria. Demasiados no). ¿Le hablarás de Simone Weil? ¿Con qué manos agrietadas? ¿De Ibn Rushd o de Sigerio? Te faltan dobles verdades, te sobra una bravata. ¿De Celan en Mirabeau? No has emprendido el viaje decisivo, del que después no se habla. ¿Vas a hablarle de Kant? Categóricamente, mejor te callas. El joven sabe más que tú (recuerda la mirada atigrada de Wojtyla). No lo intentes, testigo. O a la condena le seguirá tu ejecución, sin corredor de la Suerte. Y no será una pena. No hay pena sin alma.

 

 

*     *     *

 

Roma, 1993. Un año antes, en Los Ángeles, San Pedro entrega las llaves de la ciudad a latinos, negros y coreanos. En la licorería del cielo, brinda espirituoso el cuerpo de policía. (La obra de arte es un fractal, un disturbio que emula lo que oculta: la guerra. Ningún artista vive en paz). Faetón tira del carro; la tierra es testigo de su descuido, se hiela, arde. La Tierra: planeta de la vida y, por tanto, de la muerte.

 

 

*     *     *

 

Veinticinco años después, la tumba de Alejandro VII se antoja solo un nombre. Bernini se antoja un nombre. Roma es un nombre al que todos los nombres conducen, sin saber adónde. El esqueleto sigue ahí, alado y desangelado, mientras la muerte no lo separe de su propia muerte. El reloj sigue ahí, mientras el espacio no pierda su última batalla contra el tiempo. Permanecen la tela que separa el mundo del submundo y el gesto ultramundano que impacienta a la piedra, y al revés, al que la piedra eterniza, perpetúa a la medida del hombre, según la talla de su mirada, en una composición que es a la vez dolorida, casi desesperanzada, y trascendente, casi demostrativa. La vida está tranquila (el orante); la muerte está inquieta, pero segura de sí misma. Sigue ahí, sobre todo, la calavera ausente. En la hora en que se revela doblemente, vieja ya de nacimiento, descolorida, desazonada y feliz, la imagen que es su propio recuerdo; en esa hora que es ahora, sigue el testigo en pie. ¡No! Arquea las piernas, se agacha, retrocede. Nunca se niega lo suficiente... Llevas el ¡sí! muy adentro, joven de mi afuera. Concluye el juicio, a la espera de sentencia.

 

Asciende el silencio, desciende la arena.

 

 

 

 

Miguel Ángel Hernández Saavedra (Madrid, 1969) es doctor en Filosofía y profesor. Entre sus publicaciones figuran el libro Ortega y Gasset: la obligación de seguir pensando (Dykinson, 2004) y numerosas colaboraciones en revistas y libros colectivos (Pólemos, Shangrila, etcétera), incluyendo ensayo, poesía y otros géneros sin género. A lo largo de su vida ha tomado tres o cuatro decisiones, como casi todo el mundo, y, como casi todo el mundo, no sabe ni cómo ni cuándo.

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