Nasreen Sheikh

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    Nasreen Sheikh, ser mujer en Nepal

    Pablo Fernández Fernández - 17-08-2018

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    Cada persona que llega a Nepal, en un instante primerizo, cada persona, sufre la misma sensación. Una respiración en la que no entra aire en los pulmones. Como, si a pesar de estar en el Himalaya, el aire tuviera tanta agua que ahogara. La humedad y el calor son demasiado fuertes.

     

    —¿Por qué estoy aquí? ¿Esto? Por ella –contesta Nasreen. Ella se gira.

    —Yo podía no haber estado ahí. Podía no haber pasado por esa calle. Podía, simplemente, no haber estado en Nepal –dice Carmen.

     

    Se miran. Poco antes, Nasreen ha contado una historia. La de su vida. Ante un numeroso grupo de mujeres, de todas las edades, que escuchaban con atención en el madrileño barrio de Lavapiés. Carmen la llamó... y ella, por fin, pudo ir.

     

    —Entré en su tienda. Nasreen ni si quiera estaba. Conocí a su hermana. Y lo que me contó... teníamos que volver a vernos. Aunque no nos habíamos visto todavía.

    —Sí. Así nos conocimos. ¿Esto? Por ella –reafirma Nasreen.

     

    Esto es Local de Mujeres y yo me llamo Nasreen Sheikh. Esta es la historia de cómo llegué hasta aquí.

     

    Nasreen nació un día sin fecha de nacimiento, como todos los niños nacen en un pueblo pequeño, de 2.000 habitantes, de Nepal. Cerca comienza la India. En ese pueblo no hay escuela. Tampoco hospital, coches ni electricidad. De la misma manera que los nacimientos no tienen fecha, tampoco las muertes son recordadas. Allí Nasreen tuvo su primera prueba, con tres años. Tal vez cuatro. Una neumonía la dejó gravemente enferma, y no había médicos cerca. “Un médico homeopático le dijo a mi madre que si fuera un niño habría muerto”. La historia no terminó.

     

    —A mí siempre me gustó mirar las estrellas. La astronomía. Estudiar astronomía.

     

    Cuando tenía siete años, tal vez ocho, llegó el momento de que su hermana mayor se casara. Tenía ya 16. “Incluso si mueres, morirás en la casa de tu marido, así es nuestra cultura, yo lo hice, mi madre lo hizo, y tú lo harás”, dijo la madre. El 57 % de las mujeres nepalíes se casan antes de los 18 años. No había vuelta atrás. En ese mismo pueblo de 2.000 habitantes, unos años antes, una mujer desapareció. Nadie había visto nada, nadie conocía, nadie hablaba. Pero todos lo sabían, y el culpable... No había culpable. Otras mujeres, directamente, se suicidaban. “Esa era mi orientación para ser mujer”, recuerda Nasreen. Inmutable como el paso del tiempo, inamovible como sus costumbres, así era la vida. Y así entraba, pronto, por la puerta de casa. “Mi hermana tenía sueños”.

     

    —Allí, las mujeres somos impuras cuando menstruamos. Apenas bebemos. No podemos salir a la calle –dice. Por aquel entonces, su hermano contaba historias de Katmandú, la capital, pero las chicas jamás habían estado. —No sabemos lo que son los Derechos Humanos, no sabía lo que era la esclavitud infantil.

     

    Muchas escuelas de Nepal son muy caras, privadas. Las públicas están muy lejos de dar abasto. En el centro de Katmandú, en un orfanato del Gobierno, viven Bikram y Sunil. Un olor característico se desprende por la basura, quemada con una mezcla de queroseno y gasolina. No es un olor raro. Bikram viste su camiseta del Inter de Milán. Sunil, su camiseta de cuadros, que él mismo recortó y que tanto le gusta. Son sus prendas habituales. Es el día para estar contento. Sunil verá a su padre. Agita y levanta las manos. Está en Jal. ¿Un pueblo? Agita las manos, mientras no pierde en la sonrisa. En “jal”. Las manos, las levanta y junta las muñecas. En “jail”. Está en la cárcel, por haber matado a su madre. Sunil es uno de los afortunados, está en el orfanato con amigos como Bikram que, con 12 años, asumió la responsabilidad de cuidar a toda la camarilla. Otros niños, los últimos de los últimos, están en la calle. Más tarde se descubrió que el director de ese orfanato se quedaba con parte de lo que llegaba. Era corrupto. Mucho. Y, sin embargo, no había recibido paga alguna del Gobierno durante dos años. ¿Cómo se esperan que no sea corrupto?

     

    —Y el Gobierno también lo es, muchísimo. El dinero apenas llega. Por eso la gente no confía en la política, en general. Confía en la sociedad. En los que están a su lado –dice Nasreen.

     

    Con once años Nasreen dejó, temporalmente, el pueblo y se unió a su hermano en Katmandú. Los atascos, la gente con mascarillas protegiéndose de los tubos de escape, las aglomeraciones... También la Plaza Durbar, los templos budistas que otrora fueron visitados por multitud de hippies en busca del nirvana, el Swayambhunath, el templo de lo monos nacidos de los piojos de Manjushree... La ciudad era abrumadora, y la Nasreen de 11 años estuvo dos meses sin pisar si quiera la calle. Todo era demasiado grande. Hasta que un día salió. Y lo que encontró fueron mujeres independientes. Claro, eso no fue de un día para otro. Comenzó a trabajar, de 12 a 15 horas al día. Por cinco dólares. Al día. Veía, mientras, a otras niñas ir a la escuela, algo muy lejano. ¿Quiénes son las personas que te inspiran?

     

    —La gente que entra en la tienda. Y de repente te dicen, mira, piensa esto. Y esto. Y esto. Así aprendo. Toda esa gente me inspira.

     

    Un día, cuando veía a otras chicas yendo al colegio, lo encontró. “Un hombre de 50 años pasaba caminaba a mi lado. Le pregunté, tío, ¿puedes enseñarme? No sabía que se convertiría en mi padre, mi maestro, mi luz”. Ante ella se encontraba un profesor americano que respondió a la petición de una niña nepalí. “Ese hombre me enseñó inglés, historia, ciencia, espiritualidad”. Empezó a aprender todo con él, durante largas y largas horas.

     

    —La edad es tan solo una cifra. Son tus experiencias, lo que vives, lo que marca verdaderamente.

     

    Cuatro años y miles de horas después, con 15 años, salió del taller en el que trabajaba. Tuvo una idea, iba a montar su propio taller. Comenzó a hacer sus propias costuras, ella misma las enviaría a las tiendas. “Todo empezó a ir genial”. Siguió adelante, y decidió abrir su propia tienda. Se llamaría Local de Mujeres. Funcionó. Tenía tantos pedidos que no daba abasto. Contrató a otras mujeres, que guardaban la misma historia que ella. “Tantas veces me han dicho que mi historia es valiente. Me hacen reír. Tantas veces he tenido tanto miedo, tan cerca de rendirme”. Entonces llegaron los 18 años.

     

    Para su familia había llegado el momento. La habían dejado hacer. Su proyecto de vida iba bien, demasiado bien. Nasreen incluso les mandaba dinero. De todas maneras, era el momento.

     

    —¡Cómo vamos a cambiar una tradición de miles de años en tan poco tiempo! Pero lo estamos intentando. La gente lo está intentando –dice.

     

    Era el momento de casarse. Sus padres arreglarían un matrimonio con un hombre al que no conocía. “Entonces, con la ayuda de muchos amigos, me negué. Pude negarme. Me convertí en la primera mujer de mi pueblo en escapar del matrimonio forzoso. No sé el día de mi nacimiento, pero ese día nació mi autodeterminación”. Pasaría el tiempo y se convertiría en una mujer vieja para casarse, lo que había querido. Cuando tenía 23 años, ya lo era. Fue el año del terremoto.

     

    —Gírate, me dijo Jaume con la cara en blanco. La tienda, de música popular nepalí, está completamente abierta, llamando a los turistas que visitan Thamel, el barrio céntrico de la ciudad. Salíamos del orfanato de Bikram y Sunil. Me giré. Allí, enfrente, se encontraba un niño. Con sus manos, se estaba lavando con el barro de la calle. Estaba sentado. No tenía piernas. Era uno de los últimos. Entonces te sacude una ola de culpabilidad, silenciosa. El niño está fuera de la tienda, tú estás dentro. No hay justificación ante lo real, lo que no puede esperar. Eso fue antes de que la tierra comenzara a temblar. Y un día, tiempo más tarde, la tierra comenzó a moverse, avisando a los que habitan arriba, más, más y más, y siguió, y las cosas empezaron a caer, y llegaron las portadas, y las fotos y los desaparecidos y la angustia y la aceptación. El terremoto dejó tras de sí un número incontable de muertos y edificios destruidos. ·En muchos pueblos, la gente comenzó a compartir sus habitaciones con aquellos que ya no tenían techo. En las ciudades fue más complicado. Algunos tenían para sobrevivir, a otros no les llegaba ni arroz...”, relata un chico nepalí. Mientras, Nasreen y el Local de Mujeres se pusieron manos a la obra. Llegaron a ayudar a 800 familias. “... Pero después de un tiempo, la gente aprendió a vivir de nuevo. Como habían hecho siempre”, terminó de contar el chico. La tierra volvió a su cauce.

     

    Nasreen, soltera, recibía mensajes, uno tras otro, de hombres que decían que la iban a cuidar. Que no le faltaría de nada. Que no se preocupase. Tenía que bloquear multitud de números de teléfono. Desde 2015 tenemos a una mujer presidenta de Nepal, Devi Bhandari. Del Partido Comunista de Nepal. ¿Hay algún cambio?

     

    —El Gobierno no llega a nosotros. Poca gente cree en política.

     

    Apenas hay Estado. Todo se concentra en la comunidad, en la gente que se encuentra a su lado, al igual que tras el temblor. En el orfanato, Sunil y Bikram, con sus camisetas y unos pantalones como únicas pertenencias, cuidan a los niños más pequeños. Y corren para ayudar a gente que no volverán a ver, como a nosotros. Alguna gente, sigue diciendo, que el gran temblor está por llegar.

     

    “No necesitas viajar miles de millas para salvar Nepal. ¿Quién hizo tus ropas? ¿Tus zapatos? ¿Las cosas cotidianas que usas en tu vida diaria? ¿Quién eres? Creo que estuviste en el taller en el que me explotaron, conmigo. Solo que tuvimos diferentes trabajos. Yo estaba obligada a producir los bienes que tú estuviste obligado a comprar. Cada uno de nosotros puede tomar conciencia mirando profundamente, no importa las circunstancias”, asevera Nasreen. Piensa en Kalpana Chawla, mujer que nació en la India y llegó hasta el espacio, piensa en ella mirando las estrellas. Ahora, junto al Local de Mujeres, construyen un edificio, y la primera planta está lista. Están un poquito más cerca. Por ahí ya pasaron más de 100 mujeres para tomar conciencia.

     

    ¿Y tu madre?

     

    —Mi madre todavía espera que me case algún día.

     

    Se ríe. Carmen y Nasreen se miran.

     

    Finalmente, todas las personas de alrededor aplauden. Gracias a la Asociación Aspasia, de la Universidad Complutense, Nasreen comparte sus experiencias en Lavapiés. Todas aplauden. El sitio se inunda. Todo deja paso ante el avance de la fraternidad entre ellas.

     

     

     

     

    Pablo Fernández Fernández (Vigo, 1994) estudia Periodismo y Comunicacion Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha trabajado para Diario de Pontevedra, y participado en el Tercer Sector de la Comunicación a través de Onda Merlín Comunitaria y Radio Almenara. En el movimiento estudiantil impulsa plataormas como Estudantes sen Futuro y campañas como Faltan 45.000, en la que dirige un reportaje documental y otras resposabilidades. En FronteraD ha publicado Caminar por Ankara, Ponerse una camiseta en Lesbos y Anatolia hacia lo irreversible. La vida-fácil de Izmir (Esmirna) y Erdogan. En Twitter: @PabloAweiga

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