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    Fui a ver la frontera sur y no me dio ninguna pena. Regreso al Tarajal

    Texto y fotos: Miguel Espigado - 07-09-2018

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    Hace unos meses me uní al viaje a Ceuta organizado por la Caravana Solidaria para denunciar las violaciones de derechos humanos en la frontera sur, con motivo del cuarto aniversario de un triste suceso: el 6 de febrero del 2014 una carga letal de pelotas de goma y botes de humo lanzadas por las fuerzas de seguridad españolas alcanzó a un grupo de migrantes que luchaba contra el mar y la noche para cruzar la valla, a la altura de la playa del Tarajal. Los políticos y cargos de seguridad responsables mintieron sobre los hechos hasta que las grabaciones de las cámaras no dejaron espacio a sus manipulaciones. Pero ninguno sufrió represalia alguna, y todos los policías participantes han quedado absueltos. (La Audiencia Provincial de Cádiz acaba de reabrir el caso).

     

    Me he acordado de mis impresiones de aquel viaje en estos días en que la derecha populista compite por ver quien moviliza a más votantes con los viejos y tendenciosos prejuicios sobre la inmigración, y el PSOE emplea las mismas políticas ilícitas de fronteras que tanto criticaba cuando se encontraba en la oposición. Entonces me centré en conocer la labor y motivación de los activistas en la valla. Me guiaba la intuición de que dar a conocer la historia de quienes realmente se enfrentan a esta crisis humanitaria, tanto a nivel íntimo, como profesional y de voluntariado serían el mejor espejo en el que los demás podemos mirarnos.

     

    Todo comienza una noche de febrero de 2018, en un autobús repleto de activistas estacionado en Atocha, Madrid, a punto de partir hacia Algeciras. Las organizadoras se dirigen a todos con el plural femenino. ¿Estamos todas? Estamos. Entablo charla con mi compañera de asiento, socióloga especialista en género y miembro de SOS Racismo. Esta no es su primera acción con la Caravana Solidaria: “en Melilla pasar tiempo con los chavales de las CIES llenos de heridas me cambió la perspectiva. Tuve que ir a la valla para comprenderlo, tuve que entrar en contacto con los migrantes para salir de la deshumanización del show televisivo de la frontera”.

     

    Más tarde, en una cafetería del puerto de Algeciras atestada de policías y activistas, Francesca, una de las organizadoras, me cuenta que se crio en un pueblo italiano con mucha población migrante, y ya hizo abogacía pensando en dedicarse a temas sociales. “Frustración, sí, mucha. Porque parece que no consigues casi nada. Pero también hay pequeñas victorias. Mis padres no piensan como yo, pero casi no discuto con ellos. Me gusta, disfruto. Ahora soy abogada de extranjería. ¿Que de dónde viene esa sensibilidad? Carácter, supongo”.

     

    Al revés que Francesa, yo solo he vivido la realidad de la frontera sur por la tele. Pero mientras cruzamos el Mediterráneo nos llega la noticia de que noventa migrantes han muerto hoy en el paso de Libia a Italia, y los dos escenarios, el real y el mediático, se funden en mi cabeza. Al día siguiente, otro ferry se encontrará las aguas salpicadas de chalecos salvavidas, que señalan cuarenta cuerpos de quién sabe cuántos más ahogados. Con cuarenta mil muertos en el agua y treinta mil en el desierto contabilizados desde 1992, los cadáveres definen el paisaje de nuestra puerta a África como definen el de un país en guerra. 

     

    Ceuta no ha salido indemne de su aislamiento colonial. Mientras desembarcamos, Sofía, una técnica de Transparencia de Podemos, que trabajó cuatro meses en la cadena Ser local, me da cuenta de la fuerte segregación racial que opera aquí: “incluso los nacionalizados españoles de rasgos raciales africanos están muy marginados. En Ceuta hay gente que nunca ha estado en Marruecos y ni desea estar. Y es la ciudad con más violencia de género de España”.

     

    Mientras se organiza el grupo que pasará la noche en la sede de Podemos, le pregunto a Gosia, reportera polaca con aspecto de intelectual del siglo XX, de dónde surge su motivación para venir a estas citas. “Mi loquera dice que las personas que hacen estas cosas es porque han sufrido discriminación”. ¿Y te convenció su explicación? “No, me enfadé muchísimo con ella”. Gosia tiene poco dinero, así que se marcha con el grupo que dormirá gratis en la sede, y yo me voy a desayunar (por tercera vez) con un grupo de activistas más asentados.

     

    “Un te pal morito”, dice el camarero árabe cuando sirve su bebida a Almudena, una mujer ya entrada en años que lleva militando en estas y otras causas desde los diecisiete. “Nosotras las mujeres lo vivimos de otra manera. Estamos educadas en los cuidados y lo vivimos desde las emociones y no desde el razonamiento. Yo siempre recomendaría a la gente hacer un viaje al lado más oscuro del mundo”. El vaso de Almudena sigue demasiado caliente, y cuando el camarero se lo cambia con la mano, ella se alarma. “Señora, soy morito”, bromea él de nuevo.

     

    El primer evento de esta jornada reunirá a cientos de interesados venidos de toda España en el frío salón de actos de un instituto, donde también han acudido chavales subsaharianos de los centros de internamiento, cuyas fisonomías y gestos me producen una curiosidad enorme. Allí proyectarán un par de documentales de denuncia, ninguno de los cuales nos convence. Uno de los filmes trata de captar nuestra empatía contándonos la historia de una víctima anónima del Tarajal. El otro se propone hacer sentir muy culpable al espectador acusándolo directamente de los crímenes de la frontera. Mi amigo Gabriel y yo, muertos de sueño y con bastante frío, dudamos de que esos enfoques sigan teniendo efectividad para sensibilizar a la población. Los relatos se queman y con ellos su poder movilizador. Hasta las invocaciones a los derechos humanos han dejado de funcionar, según revelan los estudios de captación de las ONG.

     

    El único testimonio que me impresionará esta mañana será el de Paula, una histórica activista local que participa en la mesa redonda, y ha prestado asistencia a más de quince mil migrantes: “tenemos que guardar en nuestras mentes y nuestro corazón las muertes. Que si no viven en sus cuerpos vivan en nuestros corazones”. La mera idea ya me sobrecoge. No podría soportar un solo día la carga que lleva sobre los hombros esta mujer increíble, de expresión tan grave como el drama humanitario en que vive inmersa. Pienso que nuestro ánimo hoy aquí debería parecerse al suyo. Si no, habremos pasado por esta historia de puntillas.

     

    Por la tarde emprendemos la manifestación que seguirá la línea de costa desde el centro urbano hasta la playa de El Tarajal. El azul impoluto del cielo y el mar oscuro marcan las dos rayas en este lugar definido por sus límites, tan afilados y precisos como las cuchillas que coronan la valla a la que nos dirigimos, esa misma que una noche cruzaron los adolescentes africanos que hoy encabezan la marcha, gritando por la libertad en diferentes idiomas.

     

    Nos acercamos. Algunas mujeres nos observan desde ventanucos (apenas se ven sus ojos tras coladas, visillos y velos), y también nos observan nuestros queridos policías. Gritamos animados las consignas, hacemos fotos. Me mezclo con los muchachos negros de los centros de internamiento que marchan al frente, pero no nos comunicamos, ni creo que podamos. Ellos son niños que han vivido un infierno de muerte, terror y penurias inimaginable para mí, un castellano con doctorado que de la pesadilla africana solo conoce la teoría.

     

    Ya reconozco la arena negra del Tarajal, que ahora lanza destellos de basura al sol. Allí celebraremos el acto conmemorativo, mientras la policía se alinea a un lado de la valla, y algunos chicos, algunos de los que la franquearon en una noche no muy lejana, se encaraman al otro lado, y clavan sus ojos en los de los policías. Se leen discursos en francés y español para homenajear a los fallecidos, y durante todo el tiempo esos muchachos y la policía se miran frente a frente, a escasos centímetros, solo separados por la malla de la verja.

     

    No, estos chicos no me dan ninguna pena. Se los ve demasiado llenos de dignidad para necesitarla. Pero, ¿es que acaso necesito sentir algo por ellos para no querer que les maten? No, no siento ninguna pena por estos jóvenes feroces, de durísima mirada, y no necesito sentirla para querer que no les maten. Y yo quiero que no les maten, que no se ahoguen, que la policía marroquí no les abandone en el desierto, que la policía española no los hunda con pelotas de goma. Pensar en arreglar las fronteras es pensar en cómo arreglar nuestra época entera, y yo no sé cuál es la solución para este mundo, pues eso excede cualquier entendimiento. Pero sí podemos exigirnos que los migrantes no mueran a las puertas de nuestro país; sí podemos exigirnos eso, o no seremos mejores que la basura que brilla en la arena negra del Tarajal.

     

     

     

     

    Miguel Espigado (Salamanca, 1981) ha publicado las novelas El cielo de Pekín (2011), La ciudad y los cerdos (2013) en Lengua de Trapo, La vida de los clones (2017) y Enciclopedia de las cosas buenas (2018) en Aristas Martínez, y su ensayo Reír por no llorar (2017) en Prensas de la Universidad de Zaragoza. También colabora como crítico cultural en diversos medios nacionales, ahora sobre todo en CTXT. En la última década su vida ha transcurrido a caballo entre España, Reino Unido, la República Checa y China, país donde pasó cinco años de docente universitario. En la actualidad vive en Madrid y se dedica a escribir y a enseñar a escribir en la USAL y en Fuentetaja. Además realiza performances de literatura sonora y alimenta su perfil de Facebook. En Twitter: @MiguelEspigado

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