Ilustración: Lantus Kwikpen

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    Planta vista en alzado y los fantasmas

    Eugenia Angulo - 21-09-2018

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    Una casa suele consistir en un cierto número de paredes limitadas por un techo y un suelo. Tengo tendencia a imaginar, quizás por pereza geográfica, el techo mirando al norte, el suelo al sur. Mi casa desplegaba esta arquitectura sobre la tercera planta de una calle ni tranquila ni especialmente ruidosa, una calle sin aspiraciones, cuyo mayor interés residía en la puerta en el número ocho, que los espectadores del desaparecido cine Tívoli atravesaban para volver a la realidad desde el recogimiento de las sombras.

     

    Desde hace pocos meses, y a pesar de que andábamos avisados, la arquitectura de mi casa se ha transformado en dos piernas impacientes por dominar el suelo, dos brazos que aletean tanto como les permite su tierna longitud, una sonrisa sin dientes, una tripa redonda como un girasol abierto a la mañana, unos ojos que yo también llevo. Mi casa ahora es tu piel delicada y blanca que beso, beso, beso, beso y beso y no me canso. Por la noche, se oscurece con tus sueños desvelados y en mi casa no amanece hasta que tu respiración se tranquiliza. A centímetros de ti, sueño contigo. Obvia decir que tu hogar siempre serán mis brazos, aunque quizá quieras saber que este cierto número de paredes que te envuelven, limitadas por un techo al norte, un suelo al sur, está lleno de fantasmas. Pero no temas, jamás permitiré que te susurren al oído.

     

    Amanece despacio. La casa duerme, mecida por el viento que se arremolina en el patio. Solo se escucha el leve crujido de la madera bajo mis pies mientras cruzamos el pasillo hacia el salón, alguna ventana se cierra de pronto en otro piso. Aún en pijama, apenas despiertos, recorremos el mismo pasillo que la tía Adelaida recorrió desde que acabó la guerra. Todos sus dientes eran postizos porque un buen día se levantó y fue a un dentista a que se los extirpara de uno en uno.

     

    Vivió una vida intensa un tanto descentrada con su tiempo, si en la vida eran las dos de la tarde, por ejemplo, para la tía Adelaida eran las dos y siete minutos: se casó con un hombre que la abandonó, conoció a otro con el que convivió sin casarse y con apenas cincuenta años se quedó completamente ciega. Anduvo la tía Adelaida desde entonces entre tinieblas, casi como ahora lo hacemos nosotros. Pero un momento. Silencio. Creo que acabo de verla, o aún estoy dormida o una sombra alargada está cruzando el salón hacia el piano. Observa detenidamente los jarrones de cerámica china que fueron de su hermano, mi abuelo. Levanta la sombra la cabeza hacia la lámpara de cristal que cuelga del techo. Quizá recuerde.

     

    Su historia es la misma que la de tantas mujeres a lo largo de los tiempos: un día, quién sabe si rutinario o con las nubes cargándose de electricidad, su marido cerró la puerta anunciando que se iba a por tabaco y no volvió. De forma tan aséptica se han cerrado cuevas, casas humildes, puertas de madera, hasta de oro, castillos. Si nos mantenemos muy callados, extremadamente callados, quizás escuchemos el portazo. ¿Puedes oírlo? Convendrás conmigo en que, necesariamente, la tía Adelaida tiene que haberse convertido en un fantasma, mujeres así tienen que ser inmunes a la nimiedad de la muerte. La sombra, que ahora mira al patio desde la ventana, se diluye con la luz que por fin entra desde el patio. El día se levanta.

     

    Para la tía Adelaida el abandono significó depender de la bondad y la economía de sus parientes, especialmente de mi abuelo, tu bisabuelo. A todos los efectos seguía siendo una mujer casada y, por tanto, contaba con las supuestas ganancias que aportaba su marido ausente. El único camino para arreglar la situación pasaba por conseguir la nulidad del matrimonio que otorgaba un tribunal de tres estrictos jueces, un tribunal que hace temblar las almas de los maridos y mujeres que un día se amaron y hoy se odian. Un tribunal, en definitiva, que hace que nos castañeteen los dientes solo de pensar que tenemos que ir a visitarlo. El tribunal se llama de La Rota. Mucho cuidado con sus fantasmas. Además, está lleno de abogados.

     

    Ahí los tenemos: la tía Adelaida, sola y con dientes postizos, pero aún con vista. El marido ausente es el hueco a su lado. Mis abuelos, tus bisabuelos, se dan la mano dos filas atrás, en los asientos de los testigos. Enfrente los tres jueces miran severos a la tía a través de los estrictos muros de sí mismos y de sus convicciones.

     

    —¿Puede asegurar frente a nosotros, representantes de Dios en la tierra, y frente al mismísimo Dios, alabada sea su presencia, que su marido fue a por tabaco y no volvió?

    —Lo juro –contesta ella.

    —De acuerdo, Dios siempre muestra su eterna benevolencia. Acordamos que el matrimonio nunca tuvo lugar. Vuelve usted a ser soltera.

     

    Suspiros aliviados de la tía Adelaida, de los abuelos y del hueco del marido ausente.

     

    Tengo un recuerdo un tanto desenfocado de la tía Adelaida: una silueta muy alta y muy delgada, muy seria, vestida de negro riguroso, el pelo recogido en un moño bajo gris, gafas de sol, también muy negras. Las manos eran largas y angulosas. A los cincuenta años sufrió una degeneración ocular extremadamente agresiva que consumió la retina de sus ojos hasta dejarla completamente ciega. De médico en médico, recorrió las calles de Madrid agarrada a la mano de la abuela, tu bisabuela, para recibir siempre el mismo diagnóstico: sus retinas se deshacen como la tierra, ni operar se puede. Para entonces ella sabía bien de los atardeceres rosados que tantas tardes buscamos en la esquina entre la calle Alcalá y la del Príncipe de Vergara; conocía cada matiz de la luz brillante que deslumbra nuestro dormitorio, su dormitorio, a la hora de la siesta; la bruma azulada suspendida en el aire tras romper a llover en la ciudad, que los tres, madre, hijo y tía fantasma, salimos a oler desde nuestro único balcón. Dicen que tenía un carácter fuerte. Dicen que fue una mala persona. Seguramente sea cierto, pero ansío preguntarle a su fantasma, si alguna madrugada volvemos a encontrarlo mientras recorremos el pasillo en busca de tu sueño, cómo demonios, en su vida terrenal, sobrevivió a la oscuridad. Pasó sus horas finales en un hospital donde el marido que no fue apareció de pronto para un reencuentro con el telón medio bajado. La última persona a la que no vio. Supongo que fue entonces cuando ella se convirtió en fantasma.

     

    Te abrazo apesadumbrada por haber ensombrecido esta mañana en la que te has dado un buen golpe contra un libro de tapas demasiado duras para tu frente. Ha sido tu primer impacto con la literatura. Sé que habrá más y de muy variada naturaleza. De momento vuestra relación está siendo turbulenta: libro que pillas, libro que aporreas mientras yo intento pasar las páginas; aporreados, te los echas a la boca, consigues romper una esquina llena de letras y tengo que salir corriendo de miedo a que te atragantes –¿podría uno morirse de palabras?–; entramos en el paseo de coches de la Feria del Libro, apoyas la cabeza y duermes, feliz e indiferente a los fantasmas que pasean sus cuerpos translúcidos. Pero ahora tenemos que andarnos muy despiertos. Dejemos los libros a un lado y sequemos tus lágrimas. Abramos nuestra puerta. Busquemos fantasmas.  

     

    Lo primero que vemos es un cartel en nuestro descansillo que anuncia un escueto: Piso tercero B - Escalera derecha. Interpretarás que existe una escalera izquierda. ¿Cierto? Lógicamente, no. En nuestro edificio sólo hay una escalera que se enrolla entre dos ascensores, a cada cual más inútil y a pesar de los cuales todos los habitantes de los pisos interiores, como nosotros, tenemos que subir once peldaños. Once peldaños arrastrados por los ladrillos de Jara y empujando un carrito donde un bebé de siete meses, que recuerda sospechosamente a ti, analiza con precisión de cirujano los alrededores. Este edificio, siendo benévolos, fue construido por el mismísimo Herodes. Espero no encontrarlo.

     

    Esquivamos pues los ascensores y subimos, cargando sólo con nuestra valentía, la única escalera hasta el cartel que dice: Piso sexto B - Escalera derecha. Aquí vivió un hombre que agotó todas las profesiones: escritor, dramaturgo, historiador, lexicógrafo, crítico literario, historiador de la literatura, folclorista, bibliógrafo y ensayista. Tenía un nombre fantástico: Federico Carlos Sainz de Robles y Correa y su casa debió de estar atestadita de musas. Si nos encontramos con su fantasma deberíamos preguntarle qué relación tuvo con la inspiración y qué pactos firmó con todas ellas para que le visitaran cada noche. No podemos abrir la puerta verde carruaje porque sus actuales habitantes llamarían a la policía, pero Jara se pone a dar vueltas, inquieta, y olisquea. Gruñe un poco, grrr, grrrr. La sombra debe de andar cerca. Apuesto a que si la abriéramos veríamos la siguiente escena: el escritor, afanado, corrige y corrige altísimos montones de páginas que se alzan sobre la mesa. Lee algo en voz alta. Le gusta. Las musas giran en círculos por encima de su cabeza, una detrás de otra con sus largos vestidos blancos creando un remolino de aire que agita el pelo del escritor. Seguro que se detestan, que echan el día peleadas en ver cuál de ellas merece tiempo. La musa de la crítica le diría a la del folclore que deje ya de susurrarle al oído, que corte un poco con la inspiración, vaya, que a quién demonios le interesa el folclore. O quizá planeen algo más audaz, reservado solo para aquellos que han perdido la contención de puro aburrimiento: ¿y si las musas, bajo sus blancos vestidos, bajo la pureza de sus intenciones, se hubieran cansado de inspirarle? ¿Y si organizan en secreto un plan de escape? ¿Y si las más atrevidas hablan, incluso, de una forma definitiva de acabar con la situación?

     

    Si estoy convencida de que nuestro vecino ha tenido que quedarse unido a la tierra en forma de fantasma es por los muchos cables que fue trazando con la vida: oposiciones de archivero-bibliotecario-arqueólogo –¡qué título más apetecible!– en el Ayuntamiento de Madrid, director de la Hemeroteca Municipal, miembro del Instituto de Estudios Madrileños del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CISC), cronista oficial de la Villa, estudioso de la Generación del 98… Todas ellas comparten algo: son profesiones de la memoria y el tiempo, que es básicamente a lo que se dedican los fantasmas. Las hemerotecas dicen que tuvo un carácter fuerte, famoso por la ironía, el sentido del humor y sin problemas de corrección política. Sobre la escultura Encuentros III que cuelga bajo el puente del Paseo de la Castellana que una de estas tardes te llevaré a ver, popularmente conocida como La sirena varada, nuestro vecino fantasma dijo:

     

    “La sirena varada, de Chillida, ni es sirena, ni es varada, ni es escultura; es una mierda. Yo no digo que Chillida sea un mal escultor, digo, únicamente, que La sirena varada es una birria: tres bloques unidos por un pico. Y espero que eso nunca se cuelgue en Madrid”. Añadió: “La última vez que la vi la tenían los catalanes achantada a un lado de la autopista de Barcelona a Gerona, medio olvidada. Y allí creo que debería seguir”.

     

    La sirena se quedó, literalmente, varada durante varios años mientras arquitectos y políticos se ponían de acuerdo. Resolvió entonces Joan Miró, otro artista, que no daría ninguna escultura a Madrid mientras no volviera a su sitio la sirena. A nuestro vecino fantasma le pareció admirable: “Así –dijo–, si no traemos la obra de Chillida, nos libramos de paso de Miró. Porque el nuestro es un país de papanatas, en donde nadie se atreve a decir algo tan elemental como que un pintor genial, como Picasso, ha hecho también muchas tonterías. Entre ellas el Guernica, que, por mí, pueden quedárselo los americanos”. Creo que estas frases resumen bien la potencia de su carácter. “Habrá que ir con cuidado no vaya a ser que te tome por arte contemporáneo” –te digo mientras bajamos las escaleras hacia el portal–. “Haz que duermes”.

     

    Sobre la puerta de hierro que da entrada a nuestro edificio hay una placa que dice: “Sainz de Robles escribió por y para Madrid”. En el idioma de tu padre, for and for Madrid, pronunciando Madrid con un deje final interesante, una intencionalidad en la d. Le encanta hacer esa broma. Todavía no te he hablado de él, pero tu padre es ese hombre al que conociste solo unos segundos después que a mí. Suya es la cara de piel tan pálida como la tuya que se asoma al borde de la cuna, suyos son los brazos que te sostienen con tanta delicadeza que a veces, te confieso en secreto, se me escapa una lágrima que trato de que no vea. Sé que la ve, por supuesto. Entonces me besa. Tu padre te hace reír muchísimo. A mí también.

     

    Él viene de un país a muchos kilómetros al norte de aquí famoso por sus fantasmas. Se llama Escocia y es, ni más ni menos, un desierto verde. Un desierto verde y ondulado que se extiende bajo un cielo gris en el que las nubes se amontonan, atraídas por una fuerza a la que son incapaces de resistirse. Miles de años llevan intentándolo, miles de años con la voluntad doblegada. Como todo desierto, aunque sea verde, intimida. A pesar del medio hostil, sus habitantes son sorprendentemente cálidos y hacen cosas graciosísimas como freír todo aquello que de ninguna manera es susceptible de ser frito como la pizza, la mantequilla o las barras de chocolate. Que no caigan inmediatamente fulminados dice mucho de su estoica actitud ante la vida que la eterna lluvia ha moldeado como cera.

     

    Quizá ahora no sea el momento, pero déjame hablarte un poco más de Escocia. Escocia carga con una historia terrible de sangre a sus espaldas y algunas noches, algo de este pasado sale en erupción a la superficie. Las calles de Glasgow en las que tu padre y yo nos conocimos, donde yo sentí por primera vez la alegría de la libertad a la que ahora me es tan difícil renunciar, y de donde tú, en parte vienes, se llena por las noches de una violencia dura que se mezcla con el olor a take away, a fish and chips de madrugada. Repugna, pero es imposible dejar de mirar. Los fantasmas de allá son bastante aterradores. Una noche sentí que algo me miraba fijamente antes de entrar en mi calle, Cathedral Street. Apreté el paso, eché a correr, escalé como el viento las escaleras. Tirité de miedo bajo el edredón y creí escuchar unos pasos avanzando decididos a mi habitación. La mañana amaneció alegre, por una vez, y me reí de mí misma, hasta la siguiente noche.

     

    Cuando llegas a Escocia atravesando, por ejemplo, Inglaterra, sorprenden dos cosas. Por una parte, la cantidad de espacio libre. En Inglaterra todo, pueblos, carreteras y personas, se apretujan en cada milímetro de espacio como en un gran termitero que zumba de actividad, a veces, sin ton ni son. Por fortuna, mis pies son pequeños pero tu padre calza un 45 –y los tuyos van por el mismo camino– así que pasa medio viaje andando a la pata coja, permíteme la exageración. Lo segundo es que el tiempo se detiene, o retrocede, o da vueltas, qué se yo. La cuestión es que todo adquiere un aire levemente adormecido, de pálido trabajador de aparcamiento o de quien pasa el día cobrando en los baños públicos.

     

    De nuestro último viaje por Escocia te he traído uno de sus fantasmas, para mí el más querido. Lo descubrió Ian, tu abuelo, una noche de verano escocés en que la luz persistía hasta las tantas en el pueblo en el que viven, Falkirk, the speckled church, la iglesia puntiaguda. Veía Ian la televisión cuando sintió la sombra de Charlotte. Avisó a tu abuela Lynn que, digamos, le mandó a freír vientos, pero Ian sabe muy bien lo que vio: una mujer madura, alta, vestida con un traje de época de color oscuro, el pelo recogido con cierta elegancia.

     

    Veo mucho en ti de la pureza, casi infantil, de tu abuelo. Es un hombre que puede dormir todas las noches, que se preocupa lo justo y que, por mi condición mediterránea, sube constantemente la calefacción cuando vamos de visita. De Charlotte poco se sabe. Tampoco su nombre. Dice Ian que se lo sugirió una noche que apareció en la cocina y debió de parecerle bien porque no le echó una risa helada que agitó los cimientos de su casa ni rompió los cristales de las ventanas. A pesar de Charlotte, o precisamente por ella, tu abuelo Ian sigue durmiendo cada noche. 

     

    Regresamos cansados cuando nos encontramos con Carlos el portero. ¡Ay, Carlos el portero! ¿Qué te puedo decir de Carlos el portero, de todos los porteros del mundo, ya sean de Nueva York, de Roma o de Helsinki? Pues que trabaja lo justo, limpia lo menos posible, protesta por lo bajinis, es del Madrid –nunca olvides que nosotros somos del Atleti–, y jamás da unos buenos días sin antes haberlos recibido. Carlos el portero tiene la particularidad de representar la crónica negra del edifico, el portador de malas nuevas, la mismísima página de sucesos. A un primo suyo tuvieron que cortarle las manos y los pies por la gangrena; en la calle de al lado un vecino del doce ha atracado a una anciana; Perfecto no murió, Perfecto ha dejado de penar; ayer hubo un incendio y Dios no quiso que alguno no saliera con los pies por delante; va a venir la inspección para ver si estáis pintando la puerta con el mismo tono de verde, el mismo tono de verde y no otro parecido; no saques la basura antes de las ocho ni después de las nueve; que Jara no corra, que Jara no ladre, que Jara no pise el suelo. A Carlos el portero lo asesinaría con gusto si no fuera porque estoy segura de que su fantasma pasaría el día apareciéndose en los espejos y cambiándonos las cosas de sitio.

     

    En su portería no viven fantasmas, digamos de aquí, sino que se los ha traído del pueblo, un sitio que nunca recuerdo en algún punto de Castilla-La Mancha, una inmensidad de tonos ocres que se extiende al sur de nuestra casa. Cuenta que en su pueblo, hace bien poco, los padres pedían una asignación, una propina, a los hombres “interesados” en sus hijas. Lo que no dice es si él también la pagó antes de casarse con la Merce. Las mujeres fantasma que produjeron estos dineros con su encanto pasan estos días la primavera en Madrid. Se arremolinan en la portería de Carlos el portero intentando ponerse de acuerdo para lanzar la reclamación común de que los resultados de esas transacciones, sus transacciones, sean consideradas cotizaciones a la Seguridad Social. La Seguridad Social es un laberinto demasiado complicado para tus siete meses, pero diré que te conocen desde que medías tres centímetros. Comprendo que el dato es para que te dé vueltas la cabeza.

     

    Carlos el portero saca de sus casillas a tu padre y lo mismo hubiera hecho con el mío: de su portería sale el olor de la miseria mental de personaje de novela de Galdós, de esa miseria tan española que no aprende porque no quiere, que desprecia escuchar, que no ve nada que no sea a sí misma. Siento decirte que a tu abuelo Antonio, mi padre, nunca lo conocerás y a su fantasma tampoco lo veremos por aquí. Le pedí que jamás viniera. Cuando naciste vimos mucho de él en ti, pero desde entonces has cambiado mucho para ser inequívocamente tú.

     

    Vista de perfil, la pared de tu habitación en la que entramos con los ojos cargados de sueño, tiene a un lado el alegre desorden de tus juguetes, al otro, muchos de los libros que fueron de tu abuelo, ordenados escrupulosamente por nacionalidad, exactamente como él lo hacía. En un intento de hacer mío lo que heredé de él suelo reservar estantes aparte para el teatro, la filosofía, la poesía y los extraños, aquellas criaturas que no sé dónde demonios ubicar.

     

    La mayoría tienen algo o todo que ver con tu abuelo: bien fueron suyos, bien olvidé devolvérselos –en realidad jamás olvidé devolverle un libro, me los quedaba porque en ellos encontraba una parte de él– o compraba los mismos. ¡Qué gran victoria cuando ocurría! Tu abuelo estudió ingeniería y yo química y, aunque los dos aprendimos a admirar ambas profesiones, en nuestras profundidades los dos sabíamos que nuestros corazones latían con otro ritmo. Entre muchas cosas, lo que más echo en falta de él es su criterio, no solamente literario. Para alguien que se equivocó tanto es curioso cómo hice de su opinión mi brújula y desde entonces he dado algún que otro bandazo. Es por él que hoy escribo, cargando en mis manos con las únicas dos fuerzas que creo que hacen mejor la existencia: la búsqueda de conocimiento, y el amor.

     

    Escribo estas páginas con la certeza de que te decepcionaré. Sé que ninguna madre puede competir con la imagen que sus hijos se hacen de ella, ninguna mujer logra ser la madre que sus hijos desearían. El tiempo las va despojando de parte de su brillo, de su sentido del humor, de su sabiduría, de su fuerza, que caen como las placas de hielo de un iceberg al frío del océano, hasta que acaban siendo, solamente, las mujeres que son. Te decepcionaré. Cuento con ello. Seguramente tú también me decepciones, pero salvo invasiones territoriales o asesinatos que den a luz a fantasmas prematuros, tus decepciones tendrán siempre menos importancia que las que yo te inflija.

     

    Escribo estas páginas con el terror aún presente en mi cuerpo tras tu parto. Dar a luz es violencia. No hay belleza ni romanticismo, no hay poesía, no hay luz. Hay sangre, agotamiento, fiebre y una pregunta que sobrevuela el paritorio: ¿Saldremos de ésta? Oigo tu corazón en el monitor y voy del terror a que se detenga el tuyo a que lo haga el mío. Creo ver a los fantasmas acechando en la puerta, vestidos de verde, con máscaras que les ocultan el rostro y confirmo que las mujeres no lloran tras dar a luz por alegría, es el grito que anuncia que han sobrevivido. Por favor, no creas que no me inundé de amor cuando te vi porque te he querido desde que solo eras una idea: pasaría por eso una y mil veces por haberte conocido. Solo te lo digo para que comprendas por qué, todavía hoy, me fallan un poco las fuerzas al cogerte. Por qué en algunas de nuestras primeras fotos parece que acabo de ver a un fantasma.

     

    Escribo estas páginas con el desasosiego de saber cómo el peso de la rutina, su férrea determinación, vuelve gris el tiempo. Cómo difumina sus aristas quitándole relieve, profundidad, al paso de los días que se suceden uno tras otro sin apenas paradas, hasta que, con suerte, con muchísima suerte, acabamos convertidos en fantasmas que alguien se empeña en encontrar. Considéralo si alguna vez sientes la inquietud de que tus días empiezan a volverse sospechosamente parecidos.

     

    Escribo estas páginas con serias dudas de que te vayan a servir. Son solo partes de historias deslavazadas que se encontraron por accidente, durante un tiempo determinado, en un espacio determinado, breve y frágil como un chispazo. Son fruto del caos, de la casualidad que a tanta gente se le resiste. Naciste a pocas calles de aquí y este es el mundo que te ha tocado en suerte. Te confieso que sufro imaginando que aquí es donde se desplegará tu futuro. Supongo que es éste un miedo viejo: el miedo de todas las madres, el miedo por los hijos amados.

     

    Te escribo con la esperanza de que cada vida pueda ser sorprendente, contradictoria, inesperada, humilde. Mi único requisito es que sea vivida con intensidad. Ésta es solo tu primera casa de una calle sin demasiadas aspiraciones, una planta que se alza en el centro de una ciudad que bulle de ruido, de energía y de fantasmas. Otras plantas se alzarán, quién sabe en qué puntos del mapa iluminado ahora, tenuemente, por la lámpara sobre tu mesilla de noche. Aún no has pronunciado palabra alguna, no sé del sonido de tu voz, pero no puedo esperar a que me cuentes qué fantasmas has descubierto en esas plantas que en algún punto se alzan. Tu respiración se tranquiliza. Acaricio tu frente hasta mañana. Duermes. Por fin duermes.

     

    Duermo.

     

     

     

    [Nota de la autora: Después de escribir esta crónica confirmo que no se puede trabajar con niños. Pasan el día comiendo cada dos horas y echando siestas larguísimas. Lo mismo ocurre con los escoceses. Los perros están bien].

     

     

     

     

    Eugenia Angulo (Madrid, 1979) es periodista especializada en ciencia y medio ambiente. Coautora de los libros de divulgación Nobel, el Olimpo de los científicos, El legado de la ciencia: Santiago Ramón y Cajal o Los elementos en píldoras, en 2015 publica junto a Paula Fernández su primer cuento infantil, La estrella fugaz. En un pasado más o menos reciente se licenció en química en la Universidad de Strathclyde, en Glasgow, trabajó brevemente en investigación y desde entonces echa tanto de menos Escocia que no deja de jurar que su próximo libro será solo para ella.

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