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    El pensar con uno mismo de Hannah Arendt ante el puro asombro de la existencia

    Jerome Kohn - 05-10-2018

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    Prólogo[1]

     

     

    Lo que quiero es comprender. Para mí, escribir forma parte

    del proceso de comprensión.

    Hannah Arendt

    ‘¿Qué queda? Queda la lengua materna’

     

     

    “Es una maldición vivir en tiempos interesantes”, reza un antiguo proverbio chino que Hannah Arendt, en los últimos ocho años de su corta vida, solía citar cuando discutía el desastre nacional o la crisis internacional más recientes. Lo hacía de forma irónica o pensativa, como si el significado fuera del todo obvio y no requiriera ninguna explicación. No obstante, resultaba difícil no verse sorprendido por algo paradójico, no solo en el proverbio mismo, sino también en el hecho de escuchárselo a ella, dado su profundo compromiso con los asuntos humanos. Y es que Arendt trató de entender los acontecimientos del “terrible siglo XX” con una pasión que, durante muchos años, ha inspirado a académicos, artistas, escritores, intelectuales, personalidades públicas y muchos otros lectores de su obra a afrontar sin sentimentalismos, y sin equívocos, los sufrimientos de “este mundo no demasiado bello”, incluso en “los tiempos más oscuros”. Las palabras entrecomilladas son suyas, y es debido a ellas que hoy, de forma retrospectiva, el proverbio chino parece extrañamente evocador e incluso representativo de esta mujer profundamente reflexiva y reservada.

     

    Hannah Arendt (1906-1975) es conocida en muchos lugares del mundo como una filósofa política, pese a que ella repudiaba en su mayor parte esta etiqueta, al igual que las tesis y los fundamentos de la filosofía política. No es fácil decir qué era. Si bien algunos comentaristas han enfatizado los aspectos sociológicos e históricos de su obra, y otros, su calidad literaria e incluso poética, más han sido los que han escrito sobre ella como politóloga, una etiqueta que la autora aceptó durante muchos años. Más tarde, cuando ya era famosa y le pidieron que describiera lo que hacía, lo definió en un sentido amplio como “teoría” política o “pensamiento” político. Arendt ha sido aclamada, justificadamente, como una liberal deseosa de cambios y, al mismo tiempo, como una conservadora que ansiaba estabilidad, y se le ha acusado tanto de albergar una nostalgia irrealista por el pasado como de ser una revolucionaria utópica. Estas variadas caracterizaciones (y se podrían añadir otras mucho más sutiles) reflejan los diferentes intereses de quienes las han formulado, pero también muestran la genuina perplejidad que experimenta todo lector imparcial que trata de formarse una opinión sobre Arendt desde la perspectiva de las disciplinas académicas o las categorías políticas tradicionales. Puede ser desconcertante descubrir que, por naturaleza, la autora no se sintió personalmente atraída por la esfera política, ni en un principio ni tal vez nunca: incluso su extraordinaria comprensión de la acción política se debía, según ella mismo dijo, al hecho de que “observaba desde fuera”.

     

    No obstante, lo que está fuera de toda duda es que, desde el principio hasta el final, sintió una atracción irresistible por la actividad de comprender, una actividad mental infinita y circular, cuya importancia primordial residía para la autora en la actividad misma y no en sus resultados. Sin duda, Arendt tuvo muchas opiniones e ideas; propuso nuevas distinciones, introdujo conceptos nuevos y transformó las viejas categorías del pensamiento político tradicional. Tales son los resultados de su trabajo, que han demostrado ser útiles para otros. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los pensadores políticos, Arendt no estaba interesada principalmente en resolver problemas, pues sus incesantes aventuras de comprensión no eran para ella más “fundamentales” que la propia vida. Aquello que resulta más difícil de captar en su trabajo es que la actividad de comprender le procuraba cierta reconciliación con el mundo en el que vivía. Si otros llegaban a comprender, en el sentido en que ella emplea este término, estaba satisfecha y se sentía como “en casa”, lo cual no significa que deseara o creyera posible transmitir sus propios pensamientos a otra persona. Tal cosa habría sido un sinsentido para Arendt, pues consideraba que el pensamiento –la comprensión, el dotar de sentido a un acontecimiento– era un compromiso consigo misma, solitario y privado. Su vida, que ha sido contada una y otra vez, fue ejemplar, pero, en última instancia, solo mediante la luz que su comprensión del mundo arrojó sobre este podemos hacernos una idea de quién fue realmente Hannah Arendt.

     

    Nacida a principios del siglo XX en una familia de judíos alemanes no religiosa y bien establecida, Arendt era extraordinariamente inteligente, poseía una vasta educación y había heredado una antigua y rica cultura de la que, quizá, fue la última encarnación. En los años veinte, dos acontecimientos de naturaleza fundamentalmente opuesta desempeñaron un papel crucial en el desarrollo de su pensamiento y de su carácter. El primero fue su contacto inicial como estudiante, que se transformaría en un vínculo de por vida, con dos grandes pensadores de la vanguardia de la filosofía existencial: Martin Heidegger y Karl Jaspers; el segundo, la consolidación del movimiento nacionalsocialista en Alemania.

     

    Para Arendt, la revolución en la filosofía consistía en un giro hacia el interior, pero no en el sentido introspectivo, psicológico, sino en el sentido de que la facultad de pensar de la autora se había visto liberada de las racionalizaciones sistemáticas de los mundos histórico y natural heredadas del siglo anterior. Arendt experimentó aquello que definiría como un “shock filosófico”: el puro asombro ante la existencia, que no debe confundirse con la mera curiosidad. De ese shock surgió un intenso proceso de autorreflexión, o de pensar con uno mismo, que para ella sería en adelante la característica distintiva de todo filosofar auténtico. Por lo tanto, además del contenido del pensamiento de Heidegger y Jaspers, se abrió para la joven Arendt una esfera espiritual interior, invisible e inmaterial, que ella podía habitar, literalmente, en soledad.

     

    Un movimiento opuesto tuvo lugar en el mundo exterior, aparente. Sus radicales intenciones no consistían en modificar las estructuras e instituciones de la sociedad civil desarrolladas a lo largo de los siglos, sino en destruirlas, y Arendt definió el auge de este movimiento políticamente revolucionario como el “shock de la realidad”.

     

    No se trata de que la autora experimentara por separado la aproximación del nacionalsocialismo y una retirada espiritual, un distanciamiento del mundo, para entregarse a la autorreflexión. La joven Arendt no era uno de aquellos intelectuales “profesionales” que podían abandonar Alemania y, en un país más libre, seguir trabajando como antes en sus ámbitos académicos. No obstante, le horrorizaba la facilidad con la que algunos miembros de la comunidad intelectual elegían nadar a favor y no en contra de la creciente ola del nazismo, o que no se apartasen directamente de dicha ola. Así, cierta desconfianza con respecto a la tendencia de los intelectuales a dejarse arrastrar en cualquier dirección por las corrientes políticas ya no abandonaría a Arendt durante toda su vida.

     

    En cierta ocasión, la autora subrayó que ella no era una escritora “nata”, una de esas personas que “desde el principio de sus vidas, desde su temprana juventud, saben que eso es lo que desean hacer, ser un escritor o convertirse en un artista”. Arendt afirmaba haberse convertido en una escritora por “accidente”, por el accidente de los “extraordinarios acontecimientos de este siglo”.[2] Con ello, quería decir que intentar comprender y juzgar el totalitarismo no era algo que ella había elegido, sino que más bien no podía evitarlo. Dicho de otro modo, en su mente, cuya actividad se hallaba condicionada por el retiro del mundo, estaba muy presente el hecho de que, a finales de los años veinte y principios de los treinta, un mundo convulso había estallado de manera ineluctable.

     

    Más tarde, la autora diría que se trataba de un mundo en el que, incluso antes de que Hitler llegara al poder, ella ya era “consciente del fatal destino del judaísmo alemán”, del fin de aquel “fenómeno único”, de aquella historia y aquella cultura que eran las suyas (cfr. Rahel Varnhagen, 17). Fue así como Arendt tomó conciencia de algo que era distinto a las formas de antisemitismo que habían afligido durante siglos al pueblo judío, y a las que este, de algún modo, se había resistido y había sobrevivido. (Después, la autora se daría cuenta no solo de que la enormidad de la destrucción de la comunidad judía europea diferenciaba al totalitarismo nazi de formas anteriores de persecución, sino también de que el antisemitismo era solo un aspecto de una ideología racista global).

     

    La originalidad del pensamiento político arendtiano deriva del hecho de que aquello que se revelaba de manera fenoménica como nuevo, sin precedentes, estaba sucediendo en realidad ahora, en el mundo ordinario que con anterioridad había tenido poca relevancia en la vida reflexiva de la autora. Así pues, lo político devino una realidad para ella, no solo como arena de la “política”, donde los políticos se encargan de gobernar, utilizar el poder, fijar objetivos y formular e implantar los medios para conseguirlos, sino también como la esfera en la que puede surgir la novedad, para bien o para mal, y en la que se establecen las condiciones de la libertad y la falta de libertad humana. De un modo u otro, la realidad política orientaría a partir de entonces todas las tentativas arendtianas de comprensión –incluso cuando, al final de su vida, la autora buscó la fuente de dicha comprensión en las actividades mentales reflexivas del pensamiento, la voluntad y el juicio.

     

    Arendt escribió en una ocasión que “el ensayo como forma literaria posee una afinidad natural con [...] los ejercicios de pensamiento político tal como este surge de la realidad de los incidentes políticos”. Y añadió, en el prólogo de Entre el pasado y el futuro, que la unidad de los ensayos incluidos en dicho volumen “no consiste en la unidad de un todo, sino en una secuencia de movimientos que, como en una suite musical, están escritos en la misma tonalidad o en una afín”. Estas palabras también describen parcialmente otros libros de Arendt; Los orígenes del totalitarismo, Hombres en tiempos de oscuridad, Crisis de la república y, en menor medida, La condición humana, Sobre la revolución y La vida del espíritu son obras compuestas –tejidas y modeladas– a partir de ensayos y conferencias que, en versiones anteriores, habían sido publicados en revistas o pronunciadas en público. Por lo que respecta al presente volumen, el contenido, con una sola excepción, ha sido seleccionado de textos inéditos y dispersos, escritos entre 1930 y 1954. No es un libro que Arendt planeara publicar. Las palabras son suyas, pero no así la estructura. Está organizado en su mayor parte de forma cronológica, y su propósito principal es mostrar el desarrollo del pensamiento de la autora desde los veinticuatro hasta los cuarenta y ocho años.

     

    Debido al prestigio mundial de Arendt en la actualidad, prácticamente todo lo escrito por ella es de interés tanto para el gran público como para los especialistas. Durante más de dos décadas, la autora ha sido objeto de una atención creciente por parte de los académicos, y los comentarios críticos sobre su obra sorprenden por las profundas discrepancias con respecto no solo a la exactitud de las distinciones y los juicios arendtianos (algo previsible), sino también a lo que la autora quiso decir con ellos y a cómo encajan entre sí. Pese a la diversidad y la incompatibilidad de lo que han escrito los especialistas, el interés por la obra de Arendt sigue aumentando. La dificultad de interpretarla se debe principalmente a su originalidad como pensadora y, en menor medida, al hecho de que se nutrió de fuentes clásicas y europeas con las que muy a menudo no estaban familiarizados los lectores de su época. No obstante, la apasionada e independiente cualidad poética de sus escritos y, sobre todo, su reconocimiento de que los acontecimientos políticos de nuestra época no tienen precedentes históricos le han garantizado un lugar entre los pensadores más fecundos y fascinantes del siglo XX.

     

    La teórica política inglesa Margaret Canovan ha escrito un libro titulado Hannah Arendt: A Reinterpretation of Her Political Thought, una obra perspicaz y precisa que evita la polémica. Canovan declara su objetivo con una simplicidad engañosa: “descubrir y explicar de qué trata el pensamiento político de Arendt”. De especial interés es la tesis de que el pensamiento político de Arendt se revela como un todo cuando se comprende plenamente que su base es aquello que la autora define como “elementos del totalitarismo” –toda la serie de fenómenos así especificados–. Canovan no se refiere a que las distinciones y los juicios de Arendt exijan necesariamente nuestro asentimiento, sino a que son coherentes cuando se consideran en relación con los análisis fundamentales de las condiciones en las que surge el totalitarismo como forma de gobierno. Estas condiciones, sin embargo, ni fueron la causa de los regímenes totalitarios ni desaparecieron con su caída, y esa, en resumidas cuentas (como solía decir Arendt), es la crisis de nuestra época. Se trata de una crisis que es nuestra, que está constituida por nuestros dilemas, y eso hace que el pensamiento de Arendt sea hoy cuando menos tan relevante como en cualquier otro momento del pasado.

     

     

     

     

    Este texto corresponde al prólogo del libro Ensayos de comprensión. 1930-1954. Formación, exilio y totalitarismo que con edición, prólogo y notas de Jerome Kohn y traducción de Roberto Ramos Fontecoba, acaba de publicar la editorial Pagina indómita.

     

     

     

     

    Jerome Kohn es el director del Centro Hannah Arendt en la Graduate Faculty de la New School for Social Research de Nueva York.

     

     

     

     

     

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    [1] Traducción de Yolanda Fontal Rueda, revisada por Roberto Ramos Fontecoba.

    [2] La autora declaró esto con motivo de su ingreso en el Instituto Nacional de las Artes y las Letras, el 20 de mayo de 1964.

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