Aimé Césaire

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    Aimé Césaire, el padre de la ‘negritud’

    Antonio Puente - 02-11-2018

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    Quien no me comprenda no comprenderá el rugido del tigre.

     

                                                               A. C.

     

     

     

    Los títulos de sus libros hablan de la telúrica y dramática soledad africana, manando como un negro hongo nuclear, hacia latitudes inconexas y aherrojadas: El sol guillotinado, Cuerpo perdido, Herrajes, Y los perros callan... Con su poesía de vanguardia, busca devolverle las señas de identidad a la anónima, dispersa y silente “negrería, que huele a cebolla frita”. Y hacerlo desde su antillana isla natal (85 x 30 kilómetros cuadrados), por donde “el Ecuador piruetea hacia el África”, y con unos mimbres así de paupérrimos: “Lo que me pertenece son estos cuantos miles de moribundos que giran sin cesar en la calabaza de una isla”.  

     

    Jean-Paul Sartre, que apoyó su causa de emancipación de la negritud, definiéndola, con su habitual pirotecnia, como “la negación de la negación del hombre negro”, dijo de sus potentes versos: “Un poema de Aimé Césaire estalla y gira sobre sí mismo como un cohete del cual surgen soles que giran y explotan en nuevos soles [...] La densidad de esas palabras lanzadas al aire como piedras por un volcán, es la negritud que se define contra Europa y la colonización”. Y si André Breton, tan enamorado de las máscaras africanas, situó en su Martinica encantadora de serpientes el confín del circuito atlántico, que había inaugurado en Tenerife con El castillo estrellado, ello se debió, en parte, al deslumbramiento que le produjo la lectura del precoz poemario inicial de Césaire, Cuaderno del regreso al país natal (1939), acogiéndolo como un valioso exponente de su movimiento surrealista. Encomiándolo en aquel texto como “un gran poeta negro”, advierte que Césaire encarna “el mejor momento lírico de la época” y que “su palabra es hermosa como el oxígeno naciente”.

     

    Con esa reconocible voluntad de los surrealistas de convertir el orbe en un callejero y emanciparlo por todos sus pasos de cebra, escribe Césaire en ese Cuaderno:


    “Así como hay hombres-hiena y hombres-pantera, yo seré un hombre-judío, un hombre cafre un hombre-hindú-de-Calcuta, un-hombre-Harlem-sin-derecho-a-voto. El hombre-hambre, el-hombre -insulto, el hombre-tortura: se le podría prender en cualquier momento, molerlo a golpes-matarlo por completo sin tener que rendirle cuentas a nadie. Un hombre judío un hombre-progom un perro de caza un pordiosero…”.

     

    Y concluye:

     

    “Pero, ¿es que puede uno matar el remordimiento, bello como la cara de sorpresa de una dama inglesa al encontrar en su sopa un cráneo de hotentote? Yo reencontraría el secreto de las grandes comunicaciones y de las grandes combustiones. Diría tempestad, diría río. Diría ciclón. Diría hoja. Diría árbol, mejorarían todas las lluvias, me humedecerían todos los rocíos. Me revolcaría como sangre frenética sobre la lenta corriente del ojo de las palabras, en caballos locos, en niños tiernos, en toques de queda en vestigios de templo, en piedras preciosas, lo bastante lejos como para descorazonar a los menores. Quien no me comprenda no comprenderá el rugido del tigre”.

     

    Aun a costa de que el refrendo de popes como Sartre o Breton vulneran las críticas del hombre que proclamó “¡Soy negro, negro desde el fondo del cielo inmemorial!”, para combatir justamente, la palabra autorizada del amo blanco metropolitano, las citas refuerzan la importancia de un intelectual tan caído en el olvido como el propio movimiento de emancipación de la negritud que propagó –y hasta acuñó–, ahora eclipsado, al parecer, por reivindicaciones más visibles e inmediatas. Discutido hoy día por un exceso de candidez y simplificación, incluso por otros intelectuales de su misma raza –como el premio Nobel nigeriano Wole Soyinka, quien ironizando sobre el término de negritud, ha proclamado “El tigre no declara su tigritud; salta sobre su presa y la devora”–, el contexto inicial del martiniqués Aimé Fernand David Cesáire (Basse-Pointe,1913–Fort de France, 2008), de cuya muerte se cumplió una década el 17 de abril de este año, hay que situarlo en el París de entreguerras. Allí coincide, en los años 30, con quien sería siempre su amigo y correligionario en la reivindicación de la negritud, el senegalés Leopoldo Sedar Senghor, también político –más tarde presidente de su país– y poeta, y otros intelectuales negros de la burguesía africana y antillana, como el guyanés Leon Damas, con quienes funda la revista L'etudiant noir (El estudiante negro), influyente en medios universitarios. Su abuelo había sido el primer profesor negro que hubo en Martinica y su padre era inspector de Hacienda y profesor del Liceo de Fort de France. Muy culto y superdotado, al joven martiniqués no lo costó ingresar en la Escuela Normal Superior de París. Concebido como “un proyecto que intentó definir una identidad cultural y social africana y caribeña, que articulase la tradición negra con un lenguaje de vanguardia”, sería Césaire quien acuñaría el concepto en aquella publicación, para desarrollarlo, tras su retorno a Martinica, en su legendaria revista Tropiques. Al término de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, el poeta se convertiría en alcalde de la capital de la Isla, primero como miembro del Partido Comunista Francés, y una década después, por desavenencias con el apoyo al estalinismo de sus correligionarios parisinos, fundando su propio partido. Durante 56 años, hasta 2001, permaneció en el cargo, simultaneándolo con su condición de poeta e intelectual de vanguardia, y dando preponderancia a la cultura, pues “sin una concienciación cultural previa –señaló– la política no resuelve nada”. Con todo, el movimiento se mantuvo álgido hasta la irrupción de las políticas involucionistas de los años sesenta, cuando la negritud se empieza a considerar anacrónica, y “demasiado teórica e idealista”.

     

    Acaso ese truncamiento se debió al exceso de universalismo de sus postulados, que no eluden, además, la autocrítica, y mejor enunciados siempre por el poeta que por el político. En su importante Discurso sobre el colonialismo (1950), Césaire muestra incluso su condolencia por los propios colonizadores. “La colonización trabaja para descivilizar al colonizador, para embrutecerlo en el sentido literal de la palabra, para degradarlo, y despertar en él instintos reprimidos, incitándolo a la concupiscencia, a la violencia, al odio racial, al relativismo moral…”, señala. Y explicita ahí también que la lucha por la negritud es inherente a la lucha por cualquier otro oprimido: “África ya no es, por el diamante del infortunio, un negro corazón que se estría; nuestra África es una mano fuera del guante del púgil, una mano derecha con la palma hacia delante y los dedos muy juntos; es una mano tumefacta, una-herida-mano-abierta, tendida, blancas, morenas, amarillas, a todas las manos, a todas las manos heridas del mundo”.

     

    En su Cuaderno de un regreso al país natal, Césaire muestra la necesidad de llegar a un justo medio dialéctico, entre denuncia y pacifismo. Su arranque es, sí, contundente: “Al morir el alba.../ Ándate, le dije, hocico de policía, hocico de vaca, ándate, detesto a los lacayos del orden, a los abejorros de la esperanza”; pero, al mismo tiempo, no elude la crítica a la inercia de los africanos. Dice, por ejemplo: “Y puesto que juré no ocultar nada de nuestra historia (yo que admiro tanto al carnero paciendo su sombra de la tarde), quiero convenir en que fuimos, en todos los tiempos muy ramplones lavaplatos, limpiabotas sin envergadura, y considerando las cosas lo mejor posible, hechiceros bastante concienzudos, siendo el único récord indiscutible que hemos batido el de la paciencia en soportar el látigo…”.

     

     

    Un Ariel mulato

     

    La búsqueda de la ecuanimidad trasciende a sus escritos emblemáticos. Entre las varias obras teatrales que escribió sobresale, sin duda, Una tempestad. Adaptación para un teatro negro (1969), una trama paródica de La tempestad de Shakespeare, cuyos célebres personajes de Próspero y Calibán le sirvan para denunciar los arquetipos, respectivamente, del colonizador y el colonizado. Su originalidad radica en el tratamiento dialéctico que establece, sin el maniqueísmo al uso de ambos mitos en la literatura poscolonial. Se aleja, por ejemplo, del convencional modelo empleado luego por el cubano Roberto Fernández Retamar, en su persistente saga de calibanes, desde Calibán (1971) a Todo Calibán (2003), que con la facilidad que le otorga la perspectiva castrista frente al “bloqueo del imperialismo yanqui” y la “gusanera” de Miami, cuenta con un esquema bipolar servido de antemano. Más apegado al guión de Shakespeare, para Retamar también Ariel es el espíritu compinchado con Próspero en su tarea de colonización y destrucción del nativo Calibán. Entre Próspero (Estados Unidos) y Calibán (la población latinoamericana en su conjunto, pero con ingredientes idealizados del mismísimo libertador José Martí) se situaría Ariel, que, en según qué etapas, estaría constituido por la Europa colaboracionista del rodillo imperialista, y por los intelectuales y escritores disidentes, tanto vernáculos (literalmente, Cabrera Infante o Severo Sarduy…) como externos (literalmente, Borges o Carlos Fuentes…). Aimé Césaire, que le echa un pulso al mismísimo William Shakespeare, forjando una pieza teatral con idénticos personajes, otorga a Ariel la condición de “mulato”, como un híbrido del negro nativo Calibán (la esclavitud de procedencia africana) y del blanco colonizador Próspero. Lo interesante de su enfoque es que Ariel (los mandos intermedios, por así decirlo, en cualquier cultura insular atlántico) no es un compinche de Próspero, sino también su esclavo. A los idénticos personajes de Skakespeare, Césaire agrega otros de la rica mitología africana, como Eshú, una ambivalente deidad, que es al mismo tiempo dios y diablo negro… No es ocioso que Cesaire escoja a los dos personajes que ostentan el máximo poder en el relato shakesperiano, Alonso, el rey de Nápoles (poder continental) y Próspero (poder insular), para dar cuenta de esa sujeción colectiva a una suerte de superchería e interdependencia coral. Así: “Me parece que hemos caído en manos de potencias que juegan con nosotros al gato y al ratón. Es una cruel manera de hacernos sentir nuestra dependencia”, reconocerá el primero. Y “no soy, en el sentido vulgar del término, el amo, como cree este salvaje (por Calibán) sino el director de orquesta de una larga partitura...”, argumentará el segundo. En ello hará hincapié también, por la base, su Ariel mulato, al reconocer que “cada uno de nosotros oye su propio tambor”, y cuando, mucho más hermanados que en La tempestad originaria –pero sin el cainismo radical que le otorga Fernández Retamar–, le increpa a Calibán: “A fin de cuentas somos hermanos en el sufrimiento y en la esclavitud. Hermanos también en la esperanza. Los dos queremos la libertad, sólo nuestros métodos difieren”.

     

    Lo valioso del esquema de Aimè Césaire es que, sin vulnerar un ápice la complejidad de la trama de Shakespeare, la readapta para una lectura contemporánea, y a ras de suelo, desde una mirada mucho más arraigada en el espacio insular atlántico-caribeño. En su caso, Próspero no terminará por abandonar la Isla, una vez recuperado su legítimo ducado de Milán (amén de que su hija, Miranda, contraerá próximas nupcias con Fernando, el heredero de la corona de Nápoles), tal y como se anuncia al final de La tempestad, sino que opta por quedarse en ella. “Ya ves mi viejo Calibán, ya solo quedamos dos en esta isla, tú y yo. ¡Tú y yo! ¡Tú-yo! ¡Yo-Tú!...”, dirá Próspero al término de Una tempestad, perpetuando así una dialéctica de tándem irreductible. Mientras él le increpa al nativo insular: “¡Defenderé la civilización!”, la isla le impone sus telúricos dominios, exigiéndole que pacte con las leyes naturalistas y primigenias de Calibán: “A lo lejos, entre el ruido de la resaca y el piar de los pájaros, se oyen algunos trazos de la canción de Calibán: ¡La libertad ohé, la libertad!...”.

     

    Del mismo modo, Gonzalo, el anciano consejero, que sirve de depositario de las principales reflexiones sobre la isla en ambas piezas, acaba por mostrarse más ecuánime en la obra del autor de Martinica. Mientras que en La tempestad estigmatiza, finalmente, el suelo del naufragio: “¡Tormentos, asombros, estupefacción, todo revuelto, residen aquí! ¡Que algún poder celestial nos saque de esta espantosa isla!”, en Una tempestad pondera: “Si la isla está habitada, como creo, y la colonizamos, como deseo, habrá que guardarse como de la peste de aportar a ella nuestros defectos, sí, lo que llamamos civilización. Que se queden como son: salvajes, buenos salvajes, libres, sin complejos ni complicaciones. Algo así como una reserva de eterna juventud en donde periódicamente vendríamos a refrescar nuestras envejecidas y ciudadanas almas”. Sin embargo, la crítica es muy superior en este punto, pues lejos de la propuesta de abandonar a su suerte la “espantosa isla” de Calibán, como en el texto de Shakespeare, el consejero de Césaire postula la apropiación de la isla por parte del continente, convertirla en su “reserva” de ocio eterno, presagiando ya –a finales de la década de los años sesenta del siglo pasado, cuando se redacta la obra– el inminente crecimiento del turismo de masas, hasta componer en la actualidad –especialmente las islas caribeñas o pseudocaribeñas– el paradigma del lugar propicio para unas vacaciones en las lindes de lo exóticamente correcto...

     

    En el prefacio de la obra advierte que el verdadero protagonista-narrador de la obra es “¡Su Majestad el Viento!”, que es “el que dirige el juego”. Hay cierta premonición de la suerte que correrán sus propias tesis reivindicativas de “la negritud”. Pero si hay algo que permanece incólume en el legado de Aimé Cesaire es que solo perduran los escritos ajustados a la voluntad de estilo con mirada vanguardista, mientras que los meros panfletos (“prosa de almacén”, que diría el clásico) se los lleva el viento. Por lo demás, a cualquiera de sus congéneres insulares-atlánticos nos legó la bella definición del espacio, por igual numénica y erótica: la isla como “concha cerrada”, cuya perla estaría a perpetuidad por alumbrar…

     

     

     

     

    Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario. Escribe en los diarios La Razón y La Provincia, y en diversas etapas ha colaborado con El País y ABC. Es autor de ensayos como Poesía y posmodernidad y Crítica de la razón comunicativa, y de poemarios como Contraluz o el mar liquida su comercio, Agua por señas, Sofá de arena y Ojos de garza. En la actualidad es director de Comunicación de la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, en Las Palmas. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, T. S. Eliot, de cabo a rabo. Nueva edición con inéditos de la obra del autor de ‘La tierra baldía’, En la ‘montaña rusa’ de Nicanor Parra. El antipoeta como sacerdote que no cree en nadaCohen, Quebec, BarcelonaCuando el verano se va de veraneo.

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