Curú. Un pequeño palacio de la naturaleza en Costa Rica

Alejandro Ipiña - 08-03-2019

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Pertenezco a una pequeña tribu dispersa por el mundo, la tribu de los curús. Nuestra sede se encuentra en Costa Rica, al sureste de la península de Nicoya, es una reserva de la naturaleza, se llama Curú.

 

Ingresé en la tribu gracias a una siesta interrumpida. Era mediodía y dormitaba en mi cabaña para recuperar fuerzas después de un baño y una caminata mañanera. Una dulce siesta en el trópico cuando hasta las chicharras se callan. Pero ese mediodía no todo el mundo dormía en la reserva, un tremendo ruido me despertó, algo estaba cayendo sobre la cabaña. Salí aturdido, empapado en sudor, y me encontré con una familia de monos que se estaba divirtiendo arrojando cocos sobre el pequeño tejado de zinc. Eran los capuchinos carablancas diciéndome: ¡Ojo, estás en nuestro territorio!

 

Uno de los machos bajó del árbol, se encaramó sobre la ducha al aire libre, una delgada cañería terminada en un grifo que estaba asegurada al tronco de un árbol, saltó varias veces sobre ella. Más que jugar parecía que intentaba romperla. Hice aspavientos para ahuyentarlo, pero no sirvió de nada. Me miró y me dio la sensación que se reía de mí, no lo puedo asegurar, pero ese mono carablanca parecía feliz diciendo a su familia: “Veis, aquí mando yo”.

 

Cuando el juego le empezó a aburrir brincó a una rama, después a otra y a otra. El resto de carablancas le siguieron y se fueron saltando, casi se puede decir volando, algunas hembras llevaban con ellas bien aferradas a sus crías.

 

Los carablancas desaparecieron y me dediqué a contemplar, desde el pequeño porche, la playa tras la hojarasca. La calma total se había adueñado de Curú: brisa, olor a salitre, mar. Al fondo del decorado, cerca de Isla Tortuga, cruzando la bahía, una masa azabache aparecía y desaparecía entre las olas, una ballena jorobada de mediano tamaño investigaba las aguas de Curú. Su lomo emergía resoplando. Estas ballenas se acercan por temporadas para reproducirse en las cálidas aguas tropicales.

 

Volví a mirar de nuevo la ducha de fortuna, un revoloteo me llamó la atención y en ese instante, en el pequeño grifo se posó un ave de vivo plumaje. No quería ni pestañear. Me convertí en una estatua de mármol tratando de evitar por todos los medios que un movimiento mío asustara a semejante criatura. Era un quetzal. Antes solo lo había visto en fotos. Tenía delante un quetzal macho, libre en plena naturaleza, exhibiendo su larga cola y su cresta mohicana. Para mi felicidad, hizo un posado completo, bebió unas gotas de agua, giró la cabeza hacia todos los lados y se fue. Pero no acabó el espectáculo, de pronto cambió por completo su vuelo y se lanzó en picado, con precisión de ave rapaz atrapó con sus garras una imprudente lagartija que estaba cruzando el camino de acceso a la cabaña. La cogió con el pico por el cuello y levantó el vuelo de nuevo.

 

Los popes de la ornitología consideran al quetzal como un ave de belleza superlativa. Lo pude comprobar, y lo pude disfrutar durante los dos o tres minutos que duró el posado, hasta que esa maravilla emplumada decidió partir con su vuelo ondulante hacia otro lugar.

 

Las iridiscentes plumas verdes del quetzal, en especial las de la cola, fueron usadas como adornos por los reyes aztecas y mayas. Su caza se castigaba con la muerte, estaba reservada para los nobles. Todavía hoy son muy codiciadas y motivo de su persecución por los furtivos. Su atractivo plumaje que les facilita aparearse y camuflarse en los frondosos bosques de hojas verdes es a la vez su perdición.

 

Esa secuencia me reveló con total nitidez lo que Costa Rica puede ofrecer a un visitante despistado. Si las olas hubieran depositado en ese momento una sirena de refulgente cola en la arena parda de Curú no me habría impresionado más. Ese mediodía ingresé en la tribu de los curú, y es como si te administraran un sacramento que imprime carácter. Los carablancas fueron los culpables.

 

Tenía que contárselo a alguien, así que me acerque a ver a doña Julieta, la matriarca de Curú, para contarle mi feliz avistamiento y no dudó ni un segundo en decirme: “Amigo mío eso es imposible, por acá no se ven quetzales, será una lapa colorada”.

 

La intenté convencer, le dije que las lapas son más grandes, y con el plumaje rojo. Que las conocía, que había visto esos días una bandada volando por lo alto de las palmeras. Que esta era verde con el pecho rojo. También le conté que me había impresionado cómo se había lanzado sobre una lagartija: “No he visto un quetzal en la finca en los cuarenta años que llevo viviendo en Curú. A los guacamayos los repoblamos con la ayuda de una asociación de amigos de las aves. Lo de la lagartija es buena señal, suponiendo que sea un quetzal, quiere decir que sabe buscarse la comida. Si fuera un ave criada en cautividad, que la han soltado por aquí cerca, sería incapaz de reaccionar de esta manera”, me dijo.

 

Un día después, a la misma hora, volvieron los carablancas y repitieron la escena. Aguanté estoicamente el estruendo provocado por el bombardeo de cocos y el juego del macho equilibrista en la ducha. Estaba enfermo de ansiedad rezando por una nueva aparición del quetzal. No apareció. En su lugar hizo acto de presencia una pareja de pájaros con alas y cresta azul, pecho grisáceo casi blanco y una línea negra a modo de collar, que por turnos se posaron en la misma percha y bebieron las pocas gotas de agua dulce que dejaba escapar aquella ducha de fortuna. La humilde ducha resultó ser un verdadero filón para el avistamiento de aves. Era una pareja de urracas azules, según me informó después doña Julieta, que por aquella época se habían convertido casi en miembros de la familia, se las podía ver por todas partes, en especial en el porche del pabellón comedor, esperando por si caía algo que llevarse al pico. Me volvió a recordar que no creía que hubiera visto un quetzal: “Ellos viven por Monte Verde, en los bosques nubosos a más altura. Curú está muy bajo. Una pena que no sea este su hábitat, pero a mí me gustan todas las aves, hasta el madrugador yigüirro”.

 

Pronto aprendí que allí dentro no hace falta despertador, justo antes del amanecer comienza el canto de los yigüirros, y por si esto no fuera suficiente enseguida se desperezan los congo –también conocidos como aulladores–, unos monos que empiezan el día con unos potentes rugidos, profundos, roncos, que pueden oírse en todo el bosque. El primer día que los oí pensé que estaba rodeado de jaguares.

 

El yigüirro es un ave de color pardo y de apariencia humilde, casi como nuestros gorriones aunque de mayor tamaño, nada que ver con los ostentosos quetzales, las lapas o los tucanes. A pesar de esta aparente desventaja fue elegido en 1977 ave nacional de Costa Rica. Su canto mañanero es algo que llevan grabado los “ticos” en su memoria hasta el día del juicio final. Tienen más de siete bellos cantos, nada que ver con el chip-chip de nuestros gorrioncillos, pero uno en concreto es el que utilizan cuando va a llover. Los campesinos reconocen ese canto, por eso lo consideran de buena suerte. En realidad lo que pasa es que coincide el comienzo de la época de lluvias con el celo de los yigüirros, los machos lucen sus mejores trinos para impresionar a las hembras y al poco llega el diluvio, el monzón neotropical. Un diluvio intermitente que no desmerece en nada al que se registra en Kerala al sur de India. Ese sonido de la lluvia sobre las hojas que puede llegar a hipnotizar o volverte loco.

 

Costa Rica tiene en el ecoturismo su mayor fuente de ingresos, más que la exportación de banano y café juntos. Los ecoturistas son en su mayoría gente de ciudad que van, que vamos, a la naturaleza de vez en cuando, para maravillarnos con lo que se esconde en esos bosques, lejos de la jungla de asfalto. Entre ellos acuden camuflados algunos investigadores del trópico del nuevo mundo: el neotropico.

 

La primera vez que visite Curú, hace unos veinte años, yo no era un ecoturista, era un iluso que iba tras la pista de un pequeño El Dorado. No entraba en mis cálculos la observación de aves con plumajes de vivos colores o pasear por playas paradisíacas. Mis intenciones eran más prosaicas. Carlos, un conocido de Bilbao, ingeniero, decidió un buen día hacer una pausa en su bien trazada carrera profesional dentro el tejido industrial vasco y aceptar una oferta para trabajar en el Hotel Barceló Tambor, que estaba dando sus primeros pasos en Costa Rica. Quería vivir su sueño tropical, por lo menos intentarlo.

 

Llevaba viviendo en la península de Nicoya unos cuantos años. Había dejado de trabajar en el gran hotel y montado una empresa de ebanistería y de diseño de viviendas de madera orientada en especial a los gringos que recalaban por Nicoya. Millonarios o jubilados de lujo, buscando también sus propios sueños tropicales. El trópico hace soñar, en especial a los que no viven en él.

 

Carlos, en una de sus visitas navideñas, me había hablado de la oportunidad de negocio que él creía que había en la elaboración de artículos de lujo para exportar a Europa y quizás a Norteamérica. Artículos hechos con algunas de las preciadas maderas de Costa Rica: cenízaro, nazareno (una madera color violeta), ron-ron (de un marrón casi negro), coco-bola o la muy popular madera de teca que se había introducido recientemente por esas tierras.

 

La idea era fabricar objetos pequeños casi de colección: cajas para puros, pequeños biombos, posavasos, cubertería en madera, incluso delicados palillos chinos como si estuvieran destinados a los cortesanos de la dinastía Ming. Habíamos intercambiado diseños y faltaba ver cómo se domaba ese potro, cómo se articulaba todo.

 

De paso también quería investigar si quedaba algo en la zona de la industria del tinte que se extraía a partir del caracol múrice endémico en el Golfo de Nicoya. Los chorotegas, que eran los indios que ocupaban la región del Gran Nicoya antes de la llegada de los españoles, eran los grandes proveedores del color púrpura desde los tiempos de los tatarabuelos de Moctezuma. Un color apreciadísimo por la realeza azteca. Ellos sabían ordeñar el preciado tinte a los múrice. También quería estudiar si existía alguna posibilidad de revivir la famosa industria perlera que existió en el Golfo. Todavía hoy aparecen perlas de vez en cuando en las ostras del Golfo. Perlas irregulares y rosadas, algunas de gran tamaño, para mi gusto más bonitas que las perfectas esferas que salen de los cultivos perleros japoneses o australianos, y estas sí que son auténticamente salvajes. Pero ya no quedaba nada de todo eso. La extracción sin medida y los nuevos tintes artificiales acabaron con todo ese saber hacer. Como me dijo una antigua alumna de doña Julieta, ya abuelita también, de visita en la Reserva: “Nos hemos vuelto tontos, ya no sabemos hacer nada”. Esta misma mujer me contó que un abuelo suyo vendía, no hace demasiado tiempo, botes llenos de perlas que extraía él mismo en Puntarenas. Y me regaló una leyenda de una señora avariciosa como una urraca que escondió una gran cantidad de perlas a lo largo de su vida, nadie sabe dónde, todavía hoy hay gente que busca ese tesoro. Lo contó en el lecho de muerte, pero no se acordaba del escondrijo donde las metió.

 

Volviendo al culpable de mi primera visita a Nicoya, el ingeniero metido a diseñador, ese hombre que vivía en Paquera junto con su amor, una chilena llamada Macarena, en unas cabañas diseñadas por él mismo, situadas al borde de la jungla. Cada cabaña era una habitación: la cocina, el salón comedor que me pareció de inspiración balinesa, el dormitorio; el pasillo que las unía era un caminito al aire libre, que a veces lo cruzaban los animales que salían del bosque. Se conocieron trabajando en el hotel Barceló Tambor, se enamoraron y vivieron su amor bajo el sol y la lluvia del trópico.

 

El negocio que imaginamos no se materializó, se quedó en una bonita idea, una de tantas que burbujeaban en aquellos tiempos. Pero yo gracias a esa visita descubrí algunas de las maravillas que se esconden por esas latitudes.

 

Pedro, el encargado del taller de ebanistería que con el tiempo se quedó al mando de la empresa y que allí sigue desde entonces, me recomendó que me alojara en Curú, una reserva cerca de Paquera: “Pura vida, chico”.

 

Allí fui, me recibieron los venados dando brincos por los potreros y las vacas jorobadas de ojos rasgados, grandes orejas caídas y capas de pelaje colorado o castaño; al pasar cerca de ellas se quedan mirando, casi parece que coquetean. Dentro ya de la reserva hay un altarcito dedicado a San Francisco patrón de los animales, puro kitsch. Desde la cancela de la entrada hasta el altarcito hay que cruzar por el potrero, después el bosque y al final casi a ras de playa las cabañas, cuatro o cinco cabañas camufladas entre los árboles, detrás de una barrera de cocoteros y de hibiscos. Y después una lengua del Pacífico, la pequeña bahía de Curú.

 

Las cabañas están situadas paralelas a la playa. Son un auténtico lujo sin concesiones: sin espejo, ni agua caliente, ni casi luz, una batería de coche acumula energía solar, un tejado de zinc y unas paredes raseadas, poco más. Eso sí, enfrente del rudimentario porche, entre los árboles, se abre una playa de arena grisácea, y en uno de los extremos, un riachuelo: el Curú. En el que según dicen habitan caimanes, no he conseguido verlos en ninguna de mis estancias en la reserva.

 

Sentado en un tronco desgastado en la playa de Curú se puede pasar el tiempo viendo corretear a los cangrejos ermitaños, cada uno se ha hecho con una casa diferente. Son okupas que se alojan en conchas vacías de cualquier tipo, se protegen así de sus enemigos. Está prohibido llevarse las conchas vacías, son los futuros hogares de los ermitaños.

 

Los troncos varados desgastados por las aguas del Pacífico son una imagen que se repite en casi todas las playas de Costa Rica. Son como esculturas vivas en permanente transformación, abandonadas a su suerte, que se van modelando cada día un poco más, ejemplos de Land Art, esculturas trabajadas por el mar y la arena.

 

Hacia las seis de la tarde anochece. En el trópico el día y la noche tienen la misma duración casi todo el año, doce horas, y casi no hay estaciones. El termómetro varía poco, las estaciones las marca el agua, más o menos agua. Un eterno verano húmedo y verde, con o sin el sonido de la lluvia sobre las hojas.

 

Difícil explicar a esta gente del trópico lo que sentimos con los cambios de las estaciones. La inquietud ante la llegada de la primavera, la melancolía del otoño, el recogimiento del invierno y la dolce far niente del verano.

 

En Curú, paseando por el bosque o sentado en la cabaña, en cualquier momento aparecen los congo (aulladores), los carablanca, las ardillas, los mapaches con sus antifaces, los pizotes, las iguanas, las lagartijas. Protegidos por una cerca viven unos cuantos monos arañas recuperándose de años de cautividad. En un programa que trata de educarlos para valerse por sí mismos en el bosque. Y si uno tiene la paciencia necesaria, esa paciencia de la que están dotados los ornitólogos, se pueden avistar más de dos centenares de aves diferentes. Mi lista de avistamientos en Curú solo llega a una veintena, ni el diez por ciento. Las que viven en el bosque son difíciles de observar, puedes estar días detrás de ellas y no ver nada y un buen día te ves rodeado por decenas de pájaros de diferentes especies, y cada una especialista en un tema: larvas en los troncos, frutos, insectos… Es como si se pusieran todas de acuerdo para hacer una limpieza a fondo por zonas, pero al poco vuelven a desaparecer, como si se movieran a toque de corneta.

 

Es bastante desesperante la vida del ornitólogo, hay que tener una paciencia a prueba de monjes benedictinos y sin embargo son miles los fisgones de aves que acuden a los bosques neotropicales para intentar verlas. Las más de las veces los avistamientos duran segundos. Pero ellos inasequibles al desaliento allí van, como en una peregrinación. Avanzan por los senderos en pequeños grupos con sus prismáticos siempre preparados, sus gorritos para protegerse del sol, algunos con cámaras que pesan una tonelada y siempre dispuestos a quedarse quietos mirando hacia arriba con la boca abierta. Suelen ir guiados por un experto que conoce secretos: donde anida alguna pareja especialmente rara, en que parte del arroyo suelen estar unas garcetas azulonas pillando todo tipo de pequeños bichitos, en que tronco pelado se suele posar un zopilote para solearse las plumas de sus alas, y cosas así.

 

Quizá por eso, yo que no gozo de esa bendita paciencia, tengo debilidad por las aves marinas, entre otras cosas porque se pueden observar con mayores posibilidades de éxito. Y además puedes bañarte rodeado por ellas. En Curú tuve una experiencia un tanto inquietante. Me bañé varias veces junto a cientos de pelícanos que se estaban dedicando a lanzarse en picado para hartarse con los cardúmenes de sardinas. Por increíble que parezca no se equivocaban nunca, me refiero a que no ensartaban a ninguno de los pocos humanos que nos atrevíamos a bañarnos en su compañía. No se tiene registrado ni un ataque a personas por parte de los pelícanos, para compensar sí se tienen registrados infinidad de ataques de los humanos a los pelícanos.

 

El espectáculo no acababa con las zambullidas de los pelícanos, mientras ellos atrapaban y engullían exquisitas sardinas; las fragatas, unas preciosas aves de plumaje negro brillante, con la garganta escarlata los machos y blanca las hembras, una cola en forma de tijereta, y un vuelo elegante y veloz, con una habilidad asombrosa se dedicaban a robar los peces a los pelícanos directamente de su enorme pico. Una especie de carteristas voladores. Mientras tanto algunos gaviotines blancos se cruzaban con ellos y hacían lo que podían en medio de esa peculiar guerra. Más arriba aprovechando las termales daban vueltas vigilantes los zopilotes, esperando su oportunidad en los potreros.

 

Son momentos que se quedan incrustados en esa parte del cerebro que guarda los mejores recuerdos. Pero hay que tener un poco de suerte, los pelícanos no son residentes de la pequeña bahía de Curú. Aparecen detrás de las sardinas y entonces sí, acuden a cientos, quizá miles. Cuando no se zambullen se les ve volando en perfecta formación o planeando justo a ras de mar, como escuadrones de caza. 

 

 

El bosque

 

Humedad, calor, bochorno, los caminos que bordean la playa cargados de cocos, no los recogen, los dejan en el suelo para ir creando abono orgánico y para alimento de los animales. Antes se comerciaba con el coco, para extraer aceite, jabón, para comer, incluso para hacer tejidos con la fibra de coco. Esa industria se abandonó. Pude ver a un pizote abriendo un coco y comiendo su interior, le llevó su tiempo, pero lo consiguió. Los cocoteros no son nativos americanos, pero en Curú es como si llevaran desde los tiempos de la creación.

 

Un placer pasear despacio, en silencio, mirar y oír con calma lo que te rodea. Impregnarte de bosque. Los hijos de Federico Schutt y Julieta del Valle crecieron en la Reserva. Adelina la hija mayor, con la que he hablado largo y tendido sobre la historia de Curú lo recuerda así:

 

 

“Desde mi punto de vista vivir en Curú mis primeros años fue algo increíble y una de las bendiciones en mi vida. Mi papá sabía que no teníamos reloj y que no podíamos determinar que tan tarde era, entonces me enseñó que algunos árboles me podían decir que tenía que irme para la casa: el guanacaste, el cenízaro, el quebracho; son árboles que cierran sus hojas cuando llega la tarde y se acerca la noche. Aprendimos a andar por todos lados sin temor a serpientes o animales silvestres, el miedo no era parte de nuestras vidas.

 

 

A la par de la mesa del comedor mi padre mantenía una caja de madera con tierra fértil, y la política era que cualquier cosa que comiéramos debíamos depositar la semilla en la caja para que naciera un árbol y llevarlo a sembrar. Solo Dios sabe cuántas semillas de manzana y uvas sembré sin ninguna suerte. Cada determinado tiempo llevábamos la caja a alguna parte de la finca y trasplantábamos los arbolitos, generalmente de aguacate, naranja, mandarina, limón dulce o limón agrio.

 

 

Mi padre dedicó casi 50 años de su vida a Curú, caminar por los senderos o potreros es estar caminando con mi padre que murió en 1982. A esta experiencia no se le puede poner un precio. Caminar y encontrarse una manada de saínos (cerdos salvajes negros), o una venada cola blanca con sus gemelos, o ver un nuevo pájaro que no teníamos en la lista de aves del área. Caminar por la playa sin que haya humanos, en compañía de Dios y la naturaleza... no hay precio”.

 

También le pregunte a su madre, doña Julieta, qué sentía cuando andaba por el bosque: “Para mí pasear por el bosque me genera paz y tranquilidad, hace que me traslade a épocas pasadas, cuando recién llegaba yo a Curú. A veces me siento absorbida por el bosque y quisiera hablarle a los árboles. Mis hijos me dicen que estoy un poco loca. En el bosque no siento temor a andar sola, no le temo a la fauna. Voy y camino en el bosque y ni siquiera pienso en una culebra o algún otro animal peligroso”.

 

Sensaciones parecidas a las expresadas por otros dos naturalistas. Karen Mogensen, la pequeña danesa que se enamoró de Moctezuma, dijo en una entrevista que le hicieron para el libro Los viejos y los árboles, de Luko Hilje, que al caminar por el bosque sentía que estaba en el cielo: “No siento el tiempo, no pienso en el pasado ni en el futuro. Es como un momento extraño, algo así siento. Algo muy lindo”.

 

Otro enamorado de Costa Rica, el gran ornitólogo y naturalista Alexander Skutch, que vivió los últimos sesenta años de su vida, llegó a vivir cien años en su finca de Los Cusingos estudiando a los pájaros. Creía que el bosque hay que disfrutarlo con tranquilidad, sentir sus encantos, experimentar la luz y la sombras, algo profundo, no evidente a primera vista. Viene a ser como leer un buen libro, hay que ir despacio, volver a leer los mejores pasajes.

 

Este hombre cuando entraba en el bosque, recitaba unos versos de Francis Thompson:

 

 

“Esta es mi mansión
Construida con el sudor de los siglos,
Árboles entrelazados forman su techo
Tejido de verde para mi principesca comodidad”

 

El mismo poeta, curioso poeta, dejó escrito: “No es posible mover una flor sin estremecer a una estrella”. Un antecedente de Lorenz y su teoría del caos. Algunos investigadores metidos a Sherlock Holmes han llegado a afirmar que este delicado poeta fue nada menos que Jack El Destripador.

 

Por el bosque de Curú andan los carablancas a sus anchas, son los reyes del mambo del bosque, lo mismo se dan un atracón de mangos o de bananas que hacen cosas no tan agradables de ver. Una noche de charleta en un hotelito palofito, levantado sobre el agua en Golfito cerca de Puerto Jiménez, un guía turístico me contó cómo en una excursión que hizo con un grupo a Curú vio cómo un carablanca le arrancaba la cabeza a una ardilla y se la empezaba a comer delante de sus narices: “Me quedé loco, chico, pero loco”, decía llevándose las manos a la cabeza al recordarlo. Este mismo guía, que se había recorrido varias veces todas y cada una de las reservas de Costa Rica, me dijo que Curú era su segundo sendero preferido y que era una suerte que todavía no fuera muy conocido para poder disfrutarlo con mayor tranquilidad.

 

También Adelina, la hija mayor de los Schutt, fue testigo de un asesinato de ardillas. Los carablancas habían dado con un nido y vio cómo dieron cuenta de los bebés ardillas que no habían podido proteger sus desolados padres.

 

Por completar los relatos sobre los crímenes de los carablancas, un día me apunté a una visitada guiada con Carolina, una bióloga que fue a Curú para hacer una tesis fin de carrera. La hizo, y también hizo algo más: se enamoró del carpintero de la finca y se casó con él. El trópico y sus peligros para los asuntos del corazón.

 

Carolina nos llevó por un camino que conduce al bosque primario, el Toledo, señalando los árboles: pochotes, indios colorados o pelados, guanacastes, los ficus gigantes, los manglares pata de elefante; las palomas, los caminos de las termitas. Y nos contó que una vez vio un ataque de carablancas a crías de mapaches solo para hacer daño, no las mataron, las dejaron malheridas. Quizá una manera cruel de señalar su autoridad en ese territorio. Como su rutinario bombardeo de cocos a la hora de la siesta.

 

Los carablancas, aparte de saber tirar cocos contra los tejados, darse atracones de frutas, asesinar ardillas e incluso bebés de sus primos los congo (aulladores), tienen otras habilidades. Mary Baker, miembro destacado de la tribu de los curús, es una investigadora de la Universidad de Rhode Island, primatóloga, que lleva estudiando a los carablancas desde hace más de veinte años. Esta mujer ha descubierto que utilizan algunas plantas con fines medicinales. Las utilizan como repelentes contra los insectos, para curarse eczemas o simplemente a modo de jabón para lavarse la piel. Se ha comprobado que son las mismas plantas que usaban los indígenas y con los mismos fines. No se sabe a ciencia cierta quién enseñó a quien sus propiedades. También saben distinguir una gran variedad de hojas comestibles, no tantas como los congo, que son los máximos expertos en este tema, y como pude comprobar yo mismo saben utilizar herramientas y proyectiles. Son unos supervivientes del bosque y creo que son lo suficientemente listos como para no atacar a las personas, estoy seguro que saben que les va la vida en ello.

 

El bosque es su casa y se mueven por ella a gran velocidad, como los congo, aunque estos son más esquivos, viven un poco más alto. Se trasladan por las copas de los árboles, al verlos desplazarse asombra la fortaleza de sus cuerpos. ¿Cómo no se caen? Es la pregunta que viene a la mente cuando los ves saltar de rama en rama. Pues a veces se caen, bien porque están enfermos, porque han sufrido algún ataque o incluso porque sin darse cuenta se han drogado. Los monos a veces se colocan.

 

El bosque es una farmacia de guardia, está abierta las veinticuatro horas del día y hay de todo como en nuestras boticas. Pero hay que saber mucho, pero mucho, para diferenciar las propiedades de las hojas, de los árboles y de las raíces. Es un mundo que poco a poco se nos va desvelando. Suponemos que los monos, en especial los congo, que comen unos trescientos tipos de hojas, saben muy bien diferenciar sus propiedades y cuáles deben evitar.

 

Hay un libro muy ameno y muy didáctico, escrito por John Kricher –Un compañero neotropical–, que recomiendo leer a cualquier persona que viaje al trópico del nuevo mundo. Después de su lectura se ve todo de manera diferente, como si te levantaran un velo que te nublaba la vista. En el libro hay un precioso capítulo dedicado a la farmacia neotropical. En él se recoge un caso documentado de un colocón de una hembra congo que viajaba con su cría, y que se cayó de una altura de unos diez metros desde la copa de un árbol. Esta hembra había comido por error unas hojas muy cargadas de alcaloides, esta misma hoja de joven no acumula la suficiente cantidad de drogas disuasorias. Las hojas las utilizan para defenderse de sus enemigos herbívoros que los hay de toda calaña y condición. Sin esas sustancias los árboles estarían pelados.

 

La historia tiene su miga. Si yo hubiera visto la caída desde el árbol de esa hembra, hubiera pensado: Vaya no se ha agarrado bien y se ha resbalado, y hubiera seguido con mi paseo sin más. Pero dio la casualidad de que andaba por allí un señor llamado Kenneth Glander, un especialista en bosques tropicales, que pensó que el asunto era muy raro y le dio por averiguar por qué se había caído esa mamá congo con su cría de un árbol llamado madera negra. Transcribo casi literal lo que dice Kricher en su libro:

  

 

“Glander descubrió algunos congo muertos en la misma zona. Se preguntó si estos monos se habrían envenenado con compuestos defensivos presentes en el follaje que habían comido. Sabía que la gente local usaba las hojas machacadas del árbol madera negra (Gliricidia sepium), para obtener rotenona, un veneno para ratas. Las hojas del madera negra también contienen diversos alcaloides y los congo comen sus hojas.

 

 

Este hombre pasó 5.000 horas en el campo observando a los congo. Marcó cada uno de los 1.699 árboles en el área de estudio para poder documentar los árboles exactos de los que se alimentaban. Observó que los congo eran extremadamente selectivos. De un total de 149 árboles madera negra en el área de estudio, el grupo solamente se alimentaba de tres, ¡y siempre eran los mismos tres!

 

 

Encontró que las hojas de estos árboles estaban libres de alcaloides y glicósidos cardiacos. En cambio otros árboles madera negra tenían altas concentraciones de compuestos defensivos. Por lo visto los congo habían aprendido qué árboles eran seguros para comer.

 

 

Glander descubrió que los congo preferían las hojas jóvenes, cuyo valor nutritivo es relativamente alto y aun no están cargadas de compuestos defensivos. Cuando no tenían otra alternativa que comer hojas maduras, sólo comían un poco y luego se iban a otro árbol”.

  

Conclusión esa hembra se había equivocado de hojas y lo pagó con un tremendo golpe, se salvó, pudo volver a subirse al árbol, pero por poco no lo cuenta. La historia sigue, pero creo que con esto es suficiente, para darse cuenta de lo complicada que es la vida en esos bosques tropicales, para todos los seres que viven allí, sean árboles, monos, guacamayos o termitas. Todos en la lucha por sobrevivir como pueden y saben, nada es fácil.

 

Desde que leí ese capítulo del libro, miro a los árboles, a sus hojas, incluso a sus raíces de manera muy diferente a como lo hacía antes, con mucho más respeto, no me imaginaba ni de lejos que usaran mecanismos tan depurados para defenderse. Pero bueno, mi ignorancia es casi infinita, así que voy a volver a la historia de mi querido quetzal por un momento.

 

Paseando una mañana por Playa Tambor me clavé un trocito de cristal que no era capaz de quitármelo por mi cuenta. Necesitaba un Androcles, aquel señor que quitó la espina a un león. Lo encontré en un ambulatorio situado en la pura esquina de una de las calles principales de Paquera, tal y como me indicó una amable farmacéutica. Me sacaron el cristalito, me curaron, me trataron madre, como dicen los mexicanos, en un centro asistencial cuidadísimo, y además gratis, no me pidieron ni un papel.

 

Al salir me fui a tomar un fresco, hecho a base de papaya a una pequeña soda. Pegué la hebra con el dueño, salió a colación mi historia del quetzal, y ese señor me proporcionó la pista definitiva para resolver el misterio. Me contó cómo hacía pocos días la policía tenía localizado a un traficante de aves, alguien le dio el chivatazo de que iban a ir a por él y ante la inminencia de su detención liberó las aves que tenía enjauladas: al menos dos quetzales, varios tucanes y bastantes colibríes. De vuelta en la reserva me apresuré en contárselo a doña Julieta: “Sí, puede ser, hay gente mala con los animales, es probable que tuviera intención de vendérselos a los turistas que se alojan en Barceló Tambor o mandarlos fuera. Hay comercio ilegal de aves y de otros animales, reptiles y pequeños mamíferos. Es una pena. Yo a veces si los veo en los mercados los compro para soltarlos en la reserva. Lo que más me duele son los malos tratos, a veces los emborrachan para que no los descubran al pasar las fronteras, son crueles, muchos mueren en los viajes”.

 

 

Los Schutt del Valle

 

Antes y después de mi encuentro con el deslumbrante quetzal tuve varias conversaciones con doña Julieta del Valle, la matriarca de Curú. Vive en una casa de madera con uno de sus hijos, Federico. Una casa situada junto a los pabellones de recepción y comedor. Está levantada un metro y pico del suelo a la manera tradicional. Julieta lleva viviendo en esa casa más de cincuenta años, una casa de madera que ya ha aguantado sus primeros cien años, cuando Federico Schutt llegó a Curú en 1932 la casa ya estaba allí.

 

Frente a esa casa tuve mi primer contacto con los monos carablanca, andaban merodeando en labores de aprovisionamiento, exhibiendo unos afilados colmillos. También andaban por allí, los pizotes y los mapaches a la busca de restos que dejan los turistas. Esto es así desde que Curú se declaró Reserva Silvestre en 1983, antes los perros guardianes de la familia mantenían a raya a todos estos animales, no les dejaban acercarse a la zona reservada para los humanos. Ahora no hay perros, ni gatos, así que estas nuevas mascotas han ocupado su espacio. “Todos los animales de Curú son nuestras mascotas”, me dijo Julieta.

 

Julieta del Valle de Schutt es una mujer menuda, abierta, le gusta recibir visitas y hablar. Si algo conoce bien es la Reserva de Curú, se puede decir que ahora es una veterana naturalista, pero lo es por casualidades de la vida, ella en realidad es una maestra que era feliz enseñando, la mandaron a dar clases a Nicoya, y en Nicoya se quedó para el resto de sus días por culpa del amor.

 

Nació en junio de 1933, en el mismo año que su futuro esposo decidía comprar Curú, por aquel entonces él tenía 32 años. Viene de una familia numerosa, sus padres parece que estaban convencidos de que la especie humana estaba en peligro de extinción, y decidieron aportar su granito de arena para solucionar el problema. Tuvieron diecisiete hijos, que nacieron todos en Guanacaste. Estos dos procreadores, especial mérito el de ella, claro, se llamaban Miguel Ángel del Valle Masis, dentista, nacido en Cartago, y Octavia Velásquez Ramírez, de Santa Cruz de Guanacaste. Todavía viven siete hermanos.

 

Cuando tenía 19 años llegó a Nicoya como maestra rural. Todavía le suelen visitar algunas de sus antiguas alumnas, ya convertidas en abuelas. Una de ellas, Lidiette, se encarga de cuidarla y hacerle compañía, ahora que ya está mayorcita.

 

Se casó con Federico Schutt, un americano de origen alemán. Federico nació en Cartago, camino de San José, y vivió hasta lo siete años en Costa Rica. Después la familia se trasladó a Estados Unidos, estudió ingeniero químico y llegó a tener dos tiendas de sombreros. Los veranos la familia volvía a Costa Rica de vacaciones. Eso de los sombreros no le debía gustar mucho, le tiraba el trópico. Con treinta y dos años vendió todo y decidió volver a Costa Rica con la intención de montar algún negocio y quedarse a vivir.

 

Para cuando Julieta apareció por Curú en el año 1956 los hermanos Schutt, Federico y Otto, llevaban 23 años gestionando la finca que compraron a la Pacific Lumber en el año 1933, una empresa maderera con intereses en toda América. Curú no era ni de lejos una reserva silvestre, los de la Pacific Lumber habían talado los mejores árboles para exportar su madera.

 

La historia del actual Curú empieza cuando la gente de la Pacific Lumber decide que no había mucho más que sacar de allí. Informaron a Federico Schutt de la disponibilidad de la finca, ya que igual le podía interesar. Fue a visitarla, tuvo que acceder por mar desde Punta Arenas en una panga, no había carreteras. Se encontró con el guarda de la finca muerto en la casa de la administración, los perros guardianes se lo habían empezado a comer. Se quedó petrificado. Así lo anotó en su diario. Además, habían dejado la finca como un charral, arrasada. A pesar de todo algo debió ver Federico en Curú que le gustó, porque al día siguiente decidió comprarla.

 

Para semejante aventura consiguió convencer a su hermano Otto. Estos dos hermanos no cayeron por Costa Rica porque eran unos locos de la naturaleza como podían ser los Wessberg de Cabo Blanco, una pareja de escandinavos que apareció por Nicoya veinte años después, buscando un Edén donde poder poner en práctica sus ideas naturalistas.

 

Los Schutt tenían una mentalidad empresarial, volvieron a Costa Rica para invertir, y al final tras muchas dudas se decidieron por montar una empresa agropecuaria. Ellos habían nacido en Costa Rica, hijos de Richard Schutt Holtz, que vivía en Costa Rica construyendo los puentes del ferrocarril, era un ingeniero alemán, y de Adelina de la Croix de la Garcinier, una estadounidense con raíces en la aristocracia francesa. Sus padres la llevaron a Costa Rica unos años después de la guerra civil en Estados Unidos. Ella se fue a estudiar de nuevo a Luisiana, pero volvió y conoció a Richard y se casaron en Puerto Limón

 

La culpa de todo este enredo la tuvo Minor C. Keith, un personaje de novela, que consiguió, entre otras muchas cosas, construir el ferrocarril que unía San José con Puerto Limón, el tren de la jungla. Minor era uno de los jefazos de la gran compañía bananera, United Fruit Company, la famoso Mamita Yunai. Murió en 1929, justo antes de la gran crisis, quizá para ahorrarse disgustos.

 

Este hombre contrató a Richard Schutt para que se encargara de los puentes. Los traían de Inglaterra y Richard los armaba encima de unas bases muy firmes. Él mandaba a la Universidad de Hamburgo, en Alemania, las muestras de tierra en los barcos que llevaban café. Le devolvían los resultados unos meses después y decidía cómo tenían que ser los cimientos donde se iban a asentar los puentes. Uno de ellos fue declarado monumento nacional, el puente sobre el río Birris. Es espectacular.

 

Se hicieron grandes amigos. Tanto que Minor fue padrino de Federico Schutt. Cuando murió Richard, en 1913 en Nueva York, Minor se convirtió en el albacea testamentario. La familia Schutt tuvo acceso ilimitado a viajar en los buques de la United Fruit Company. Lo aprovechaban para ir de vacaciones en verano a San José.

 

Cuando Federico compró Curú todavía tenían un vinculo muy fuerte con la compañía bananera y mantuvo la relación comercial con ellos, por eso decidió sembrar plátanos para exportación.

 

Comenzaron con actividades en las cuales podían recuperar la inversión muy rápido, maíz, arroz, cría de cerdos. Con el tiempo introdujo la ganadería que requiere de tres a cuatro años para recuperar la inversión, y se continuó cortando madera de una manera más selectiva. Mantenían un inventario de árboles caídos o secos en pie, negociaban la madera y la llevaban al puerto de Puntarenas.

 

Utilizaba la parte llana de manera intensiva y mantenía las montañas como reserva, pero siempre sacando madera de manera sostenible. Respetaban la naturaleza, pero no eran preservacioncitas.

 

Si el barco llegaba a la bahía a tiempo se podía cargar toda la fruta lista para enviar a Estados Unidos. Sin embargo, había veces en que por razones meteorológicas el barco se retrasaba y mucha de la fruta se maduraba cerca de la casa principal. Los carablancas que andaban por allí se dieron cuenta y aprovechaban la ocasión para darse un festín.

 

Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial los dos hermanos se quisieron alistar como soldados, pero les vieron un poco mayores para esos menesteres. Se les encargó pescar tiburón y extraer los hígados que se mandaban a Estados Unidos para proporcionar a los soldados las vitaminas que necesitaban. La carne no la utilizaba el ejército, la cocinaban en Curú y se la daban a los cerdos junto con coco y cuadrado (de la familia del banano), una peculiar receta que quizá a más de uno le gustaría probar: guisado de tiburón con coco y plátano.

 

Otto era el “jardinero”, aunque él era marino mercante de profesión. Le encantaba traer plantas de otros países y adaptarlas a Curú. Por ejemplo, la uva de playa, que es una especie del Atlántico o algunos tipos de flores que fueron traídas desde Hawái vía el Canal de Panamá. Las palmas africanas iniciales que se sembraron en Costa Rica llegaron a través de Curú, ahí las aclimataron y las plantas pequeñas eran llevadas en barco hasta las plantaciones del sur de Costa Rica.

 

Poco a poco iban dando forma a Curú, iban corriendo los años y casi sin darse cuenta se plantaron en una edad respetable y no les había dado tiempo de formar una familia. Pero algo cambió. Un buen día apareció Julieta por Paquera, una joven maestra, y a Federico se le debió alterar alguna neurona o quizás muchas neuronas, porque fue capaz de proponerle que se hicieran novios. Pero añadió una condición; tenían que esperar a que muriera su madre antes de pasar por el altar. No parecía muy pasional el asunto, pero la madre tenía ya tenía noventa y tantos años, así que Julieta le contestó: “Está bien, no tengo prisa”.

 

Pero doña Adelina tampoco tenía prisa en dar por acabada su estancia en este mundo. Esa mujer era todo un carácter, hablaba cinco idiomas, a los ochenta años se quedó ciega. No se amilanó, aprendió el lenguaje braille para poder seguir leyendo, y alcanzó a vivir casi ciento dos años.

 

A la pareja de novios no les quedó otra que mantener un noviazgo largo, en el tiempo y en la distancia. Y por fin llegó la boda en el año 1964. Ella siguió trabajando en diferentes escuelas lejos de Curú, hasta que le asignaron la escuela dentro de la finca. En unas vacaciones el trópico hizo su trabajo y Julieta se quedó embarazada. Y así es como empezó a hacer acto de presencia la siguiente generación, los Schutt del Valle.

 

La primera en llegar fue Adelina, después Federico y el último Luis. Los apellidos de esta nueva generación son: Schutt del Valle De La Croix Velasquez Holtz Masis de la Garnicier Ramírez de Santa Cruz, un buen ejemplo del popurrí de orígenes que hay en Costa Rica. Reminiscencias alemanas, francesas, españolas y portuguesas. Eso a simple vista.

 

La nueva Adelina tuvo una llegada al mundo un tanto accidentada. Nació muerta, al menos en apariencia. Pero el médico que atendió el parto no se dio por vencido, le aplicó maniobras de reanimación, tuvo éxito, y Adelina pudo quedarse por este mundo un ratito más. Ahora vive en Ohio con su familia, aunque sigue los avatares de Curú a diario.

 

Lo más curioso de este asunto es que su abuela, la longeva doña Adelina, también vivió un episodio parecido. Murió a los 23 años en México afectada por el tifus. En realidad murió toda la familia, ella, su primer marido y un bebé de tres meses en Santillo, México, donde habían ido a trabajar de maestros. Dada por muerta la metieron en el ataúd, cuando iban a cerrarlo para llevarla a enterrar se espabiló y lo hizo con ganas, porque vivió otros ochenta años más. O sea, que la primogénita de Curú ha heredado de su abuela aparte del nombre el llamado síndrome de Lázaro.

 

 

El Refugio

 

Julieta y Federico vivieron en Curú hasta que una neumonía acabó con la vida de Federico en 1982 a la edad de 81 años. Otto, aunque era más joven, había muerto antes, en 1969.

 

Julieta y su familia no tuvieron dudas y decidieron seguir con Curú y además le dieron un nuevo giro, la creación de la Reserva Silvestre, que se aprobó por un decreto del Gobierno en el año 1983. Y tomaron también otra decisión: abrir Curú al turismo. Una decisión que me permitió conocer ese pequeño paraíso.

 

Pero antes de llegar a la situación actual tuvieron que pasar por la prueba de las incursiones precaristas. El precarismo se basa en la figura del derecho de uso, que se obtiene a partir de un tiempo de ocupación. En concreto en Costa Rica se estableció un periodo de tres años para obtener los derechos. Los precaristas son una especie de okupas usufructuarios con una presencia constante en Costa Rica desde los años cuarenta, ejercieron mucha presión en el pasado, y no pocas tensiones a la hora de la creación de los parques naturales. Se tuvo que negociar con ellos y hacer concesiones o en su caso indemnizaciones en cada uno de los parques que se han creado. Hay un capítulo en el libro The Quetzal and the Macaw, de David Rains Wallace, en el que se relatan las negociaciones con los precaristas de Corcovado, tras el decreto de creación del parque, que parece sacado de una novela del mejor realismo mágico.

 

En 1974 invadieron Curú los precaristas y en 1975 tras muchas tensiones se llegó a un acuerdo con la cesión de 500 hectáreas que constituyen el asentamiento de lo que se llama Valle Azul.

 

Según Adelina, “desde esa fecha siempre hemos tenido algunos problemas con los habitantes de lo que hoy se llama Valle Azul. Ahora en menor grado, muchos de los cazadores son convencidos por sus hijos para desistir de esa práctica. Es el resultado de la educación ambiental de los años 80 y 90”.

 

En el Curú actual llevan varias actividades al mismo tiempo: protección de la vida silvestre, agricultura, ganadería, turismo y reforestación. Todas éstas actividades generan los ingresos para mantener el lugar siguiendo criterios de conservación. Cada área de Curú es un ecosistema diferente, los potreros son hábitat de muchas especies a las que no les gusta el bosque denso, el área costera alberga especies que no viven en tierra firme y así se logra dar oportunidad a muchas especies más que si fuera un área de solo bosque. “Los humanos hemos afectado mucho los ecosistemas, lo que tratamos de hacer en Curú es corregir en alguna forma lo que se ha alterado. Por eso también se han reintroducido especies que eran comunes antes y ahora están casi extintas”, me dijo Julieta.

 

Ella cree que el turismo en general es positivo, ya que el que visita Curú debe de pagar. Con estos ingresos se sostienen muchos proyectos. Es un turismo bastante selectivo, le gusta el medio ambiente y los recursos naturales.

 

La caoba es el árbol preferido de Julieta, un árbol que siempre está verde, su sombra es  acogedora en verano cuando la temperatura ronda los cuarenta grados. Su madera es muy fácil de manipular y muy bella: “En cambio mi marido tenía locura con el pochote. Sus hojas son comestibles junto con la flor, pero el sabor no es de los más agradables. Hay gente que lo toma en batido y dicen que es energético. A Karen Mogensen le gustaba así, a mí no”.

 

Los árboles de hoja caduca, como el Guanacaste, se adaptaron a sobrevivir con seis meses de lluvia intensa y seis de clima seco, absorben todo lo que pueden en la estación de lluvia y lo almacenan en sus corteza, cuando no hay  lluvia se deshacen de las hojas y dan las flores, frutos o semillas dependiendo de la especie. El no tener hojas en la época seca ayuda al árbol ya que no gasta energía en fotosíntesis ni pierde humedad por las hojas, todo se concentra en reproducir a la especie.

 

Curú significa, para los indios chorotegas, el árbol guanacaste y guanacaste es a su vez otro vocablo de otro grupo indígena que sirve para identificar al mismo árbol. Circula otra leyenda sobre Curú parecida a la del tesoro de las perlas escondidas. Dos grupos indígenas eran enemigos pero el hijo del jefe de una de las tribus se enamoró de la hija del jefe del otro grupo, acordaron escaparse juntos con el oro de cada grupo. Los persiguieron y cuando estaban a punto de ser atrapados escondieron el oro en la raíz de uno de los árboles de Curú. El tesoro sigue esperando ser descubierto. Como dice Adelina: “¡Es una versión tropical de Romeo y Julieta!”.

 

Curú es una mezcla de vida silvestre y vida domesticada, conviven las vacas y los caballos, con los monos y las boas constrictor, los turistas con los pelícanos, las lapas coloradas con los venados cola blanca y la familia Schutt del Valle en el centro de todo, controlando esa convivencia. Así es Curú, un buen resumen de lo que se ha dado en llamar el neotrópico, al menos eso me parece a mí, pero claro que va a decir un miembro de la tribu.

 

Danza de lapas

 

 

 

 

Alejandro Ipiña es economista. Ha colaborado en las secciones de opinión de El Correo y El País (en especial en la edición para el País Vasco). Ahora mismo lo que más le gusta es contar historias reales o imaginadas. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, A vela por la laguna de VeneciaTras la belleza del vidrio venecianoSueños birmanos. Del jade a Suu Kyi en un país en la geopolítica asiática y Adela, la hija de El Indio Fernández, en su voz más ínitma.

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