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    Anatomía del fascismo

    Robert Owen Paxton - 17-05-2019

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    Introducción. La invención del fascismo

     

    El fascismo fue la innovación política más importante del siglo XX y la fuente de gran parte de sus padecimientos. Las otras corrientes importantes de la cultura política occidental moderna –conservadurismo, liberalismo, socialismo– alcanzaron todas su forma madura entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX. El fascismo, sin embargo, aún era inconcebible a finales de la década de 1890. Friedrich Engels, cuando escribe en 1895 un prefacio para su nueva edición de La lucha de clases en Francia, de Karl Marx, estaba convencido de que una ampliación del derecho de sufragio proporcionaría inexorablemente más votos a la izquierda. Engels estaba seguro de que el tiempo y los números estaban de parte de los socialistas. “Si eso [el crecimiento del voto socialista] continúa de este modo, a finales de este siglo [XIX] conquistaremos la mayor parte de los estratos medios de la sociedad, la pequeña burguesía y los campesinos, y nos convertiremos en el poder decisivo del país”. Los conservadores, decía Engels, se habían dado cuenta de que la legalidad estaba operando en su contra. Por el contrario, “nosotros [los socialistas], bajo esta legalidad, criamos firmes músculos y rosadas mejillas y damos una impresión de vida eterna. Lo único que pueden hacer ellos [los conservadores] es quebrantar esta legalidad” (1). Engels esperaba, pues, que los enemigos de la izquierda lanzasen un ataque preventivo, pero no podía imaginar en 1895 que ese ataque pudiese obtener un apoyo masivo. Dictadura contra la izquierda en medio del entusiasmo popular: esa sería la combinación inesperada que el fascismo conseguiría poner en pie en el breve espacio de tiempo de una generación.

     

    Solo hubo unos cuantos atisbos premonitorios. Uno procedió de un joven e inquisitivo aristócrata francés, Alexis de Tocqueville. Aunque Tocqueville halló muchas cosas que le parecieron admirables en la visita que hizo a Estados Unidos en 1831, le pareció inquietante que el poder de la mayoría en una democracia impusiese una conformidad mediante la presión social, en ausencia de una élite social independiente.

     

     

    “El género de opresión que amenaza a los pueblos democráticos no se parecerá en nada al que le precedió en el mundo; nuestros contemporáneos no hallarán su imagen en sus recuerdos. Yo mismo busco en vano una expresión que reproduzca y contenga exactamente la idea que me formo; las viejas palabras ‘despotismo’ y ‘tiranía’ no son adecuadas. Se trata de algo nuevo; hay que intentar, por tanto, definirlo, puesto que no lo puedo nombrar” (2).

     

    Otra premonición es de fecha muy posterior y procede de un ingeniero francés convertido en comentarista social, Georges Sorel. Sorel criticó en 1908 a Marx por no darse cuenta de que “una revolución conseguida en tiempos de decadencia” podría “considerar un regreso al pasado o incluso la conservación social como su ideal” (3).

    La palabra fascismo (4) tiene su raíz en el italiano fascio, literalmente, un haz o gavilla. La palabra evocaba, más remotamente, el latín fasces, un haz de varas con un hacha encajada en él que se llevaba delante de los magistrados en las procesiones públicas romanas para indicar la autoridad y la unidad del Estado. Antes de 1914, el simbolismo de los fasces romanos se lo había apropiado insólitamente la izquierda. Marianne, símbolo de la República francesa, solía representarse en el siglo XIX portando los fasces para simbolizar la fuerza de la solidaridad republicana contra sus enemigos, los clericales y los aristócratas (5). Los fasces aparecen expuestos de forma destacada en el Sheldonian Theatre –1664-1669– de Christopher Wren en la Universidad de Oxford. Estaban presentes en el monumento a Lincoln de Washington –1922– y en la moneda estadounidense de 25 centavos acuñada en 1932 (6).

     

    Los revolucionarios italianos utilizaron el término fascio a finales del siglo XIX para evocar la solidaridad de los militantes comprometidos con la causa. Los campesinos que se sublevaron contra los terratenientes en Sicilia en 1893-1894 se autodenominaron los Fasci Siciliani. Cuando a finales de 1914 un grupo de nacionalistas de izquierdas, a los que no tardó en unirse el socialista proscrito Benito Mussolini (7), intentaron que Italia entrase en la Primera Guerra Mundial en el bando aliado, eligieron un nombre destinado a comunicar el fervor y la solidaridad de su campaña: el Fascio Rivoluzionario d’Azione Interventista –Liga Revolucionaria de Acción Intervencionista– (8). Al final de la Primera Guerra Mundial, Mussolini acuñó el término fascismo para describir el talante del pequeño grupo de exsoldados nacionalistas y revolucionarios sindicalistas (9) partidarios de la guerra que se estaba formando a su alrededor. Ni siquiera entonces tuvo el monopolio del uso de la palabra fascio, que siguió siendo de uso general entre los grupos militantes de diversos matices políticos (10).

     

    Oficialmente el Fascismo nació en Milán el domingo 23 de marzo de 1919. Esa mañana, poco más de un centenar de personas (11), entre las que se incluían veteranos de guerra, sindicalistas que habían apoyado la contienda e intelectuales futuristas (12), amén de algunos periodistas y de simples curiosos, se reunieron en el salón de actos de la Alianza Comercial e Industrial de Milán, que domina la Piazza San Sepolcro, para “declarar la guerra al socialismo [...] porque se ha opuesto al nacionalismo” (13). Mussolini denominó entonces a su movimiento los Fasci di Combattimento, que significa, muy aproximadamente, “hermandades de combate”.

     

    El programa fascista, emitido dos meses después, era una mezcla curiosa de patriotismo de veteranos y experimento social radical, una especie de “socialismo nacional”. En el aspecto nacional, pedía la materialización de los objetivos expansionistas italianos en los Balcanes y en el Mediterráneo, que acababan de verse frustrados unos meses atrás en la Conferencia de Paz de París. En el aspecto radical, proponía el sufragio femenino y el voto a partir de los 18 años de edad, la abolición de la cámara alta, la convocatoria de una asamblea constituyente que redactase una nueva Constitución para Italia –presumiblemente sin la monarquía–, la jornada laboral de ocho horas, la participación de los trabajadores en “el manejo técnico de la industria”, la “expropiación parcial de todo tipo de riqueza” a través de un gravoso impuesto progresivo sobre capital, la expropiación de ciertas propiedades de la Iglesia y la confiscación del 85% de los beneficios de guerra (14).

     

    El movimiento de Mussolini no se hallaba limitado al nacionalismo y a los ataques a la propiedad. Se caracterizaba claramente por la predisposición a la acción violenta, el antiintelectualismo, el rechazo de las soluciones de compromiso y el desprecio a la sociedad establecida que caracterizaban a los tres grupos que componían el grueso de sus primeros seguidores: veteranos de guerra desmovilizados, sindicalistas partidarios de la guerra e intelectuales futuristas.

     

    Mussolini –él mismo un exsoldado que se ufanaba de sus 40 heridas (15)– aspiraba a un retorno a la actividad política como dirigente de los veteranos. Un núcleo firme de sus seguidores procedía de los Arditi, selectas unidades de comando endurecidas por la experiencia de primera línea del frente que se consideraban con derecho a regir el país que habían salvado.

     

    Los sindicalistas partidarios de la guerra habían sido los más estrechos aliados de Mussolini en la lucha para conseguir que Italia se incorporase a la contienda en mayo de 1915. El sindicalismo era el principal rival de clase obrera del socialismo parlamentario en Europa antes de la Primera Guerra Mundial. Mientras que la mayoría de los socialistas estaban en 1914 organizados en partidos electorales que competían por los escaños del Parlamento, los sindicalistas estaban enraizados en los sindicatos. Mientras que los socialistas parlamentarios trabajaban por reformas parciales a la espera de que se produjera el proceso histórico que los marxistas predecían que dejaría anticuado el capitalismo, los sindicalistas, que desdeñaban los acuerdos de compromiso que exigía la acción parlamentaria y la adhesión de la mayoría de los socialistas a la evolución gradual, creían que podrían echar abajo el capitalismo por la fuerza de su voluntad.

     

    Concentrándose en su objetivo final revolucionario en vez de hacerlo en intereses mezquinos del lugar de trabajo en cada rama de la actividad económica, podrían formar “un gran sindicato único” y derribar el capitalismo de una vez por todas en una gigantesca huelga general. Después del hundimiento del capitalismo, los trabajadores organizados dentro de sus “sindicatos” serían las únicas unidades operativas de producción e intercambio en una sociedad colectivista libre (16). En mayo de 1915, mientras todos los socialistas parlamentarios italianos y la mayoría de los sindicalistas se oponían resueltamente a que Italia entrase en la Primera Guerra Mundial, unos cuantos espíritus fogosos agrupados en torno a Mussolini llegaron a la conclusión de que la guerra acercaría más a Italia a la revolución socialista que el mantenerse neutrales. Se habían convertido en los “sindicalistas nacionalistas” o “nacional sindicalistas” (17).

     

    El tercer componente de los primeros fascistas de Mussolini eran jóvenes intelectuales y estetas antiburgueses como los futuristas. Los futuristas eran una asociación informal de artistas y escritores que secundaban los Manifiestos Futuristas de Filippo Tommaso Marinetti, el primero de los cuales se había publicado en París en 1909. Los seguidores de Marinetti desdeñaban la herencia cultural del pasado recogida en museos y bibliotecas y ensalzaban las cualidades liberadoras y revitalizadoras de la velocidad y la violencia. “Un automóvil corriendo a toda velocidad [...] es más bello que la Victoria de Samotracia” (18). Se habían mostrado deseosos de participar en la aventura de la guerra en 1914 y siguieron apoyando a Mussolini en 1919.

     

    Otra corriente intelectual que proporcionó reclutas a Mussolini fue la formada por los que se mostraban críticos con los escabrosos compromisos del parlamentarismo italiano y soñaban con un “segundo Risorgimento” (19). El primer Risorgimento, según ellos, había dejado Italia en manos de una exigua oligarquía cuyos juegos políticos insulsos no se correspondían con el prestigio cultural italiano y con las ambiciones de gran potencia del país. Era hora de completar la “revolución nacional” y dar a Italia un “nuevo Estado” capaz de proporcionar la jefatura enérgica, la ciudadanía motivada y la comunidad nacional unida que Italia merecía. Muchos de estos que abogaban por un “segundo Risorgimento” escribían en la revista cultural florentina La Voce, a la que Mussolini estaba suscrito y con cuyo director, Giovanni Prezzolini, mantenía correspondencia. Después de la guerra, su aprobación proporcionó respetabilidad al creciente movimiento fascista y difundió la idea de una “revolución nacional” radical entre los nacionalistas de clase media (20).

     

    El 15 de abril de 1919, poco después de la reunión fundacional del Fascismo en la Piazza San Sepolcro, un grupo de amigos de Mussolini entre los que figuraban Marinetti y el jefe de los Arditi, Ferruccio Vecchi, invadieron las oficinas de Milán del diario socialista Avanti, del que el propio Mussolini había sido director de 1912 a 1914. Destrozaron las prensas y la maquinaria. Hubo cuatro muertos, incluido un soldado, y 39 heridos (21). El Fascismo italiano irrumpió así en la historia con un acto de violencia contra el socialismo y al mismo tiempo contra la legalidad burguesa, en nombre de un presunto interés nacional superior.

     

    El fascismo recibió su nombre y dio sus primeros pasos en Italia. Mussolini no fue, sin embargo, ningún aventurero solitario. En la Europa de posguerra estaban surgiendo movimientos similares independientemente del Fascismo de Mussolini, pero que expresaban de todos modos la misma mezcla de nacionalismo, anticapitalismo, voluntarismo y violencia activa contra los enemigos socialistas y burgueses.

     

    Poco más de tres años después de la reunión de la Piazza San Sepolcro, el Partido Fascista de Mussolini estaba en el poder en Italia. Once años después de eso, otro partido fascista tomó el poder en Alemania (22). Pronto en Europa e incluso en otras partes del mundo habría aspirantes a dictadores y escuadras en marcha que creían estar recorriendo el mismo camino hacia el poder que Mussolini y Hitler. Otros seis años más tarde Hitler había precipitado a Europa en una guerra que acabaría afectando a gran parte del mundo. Antes de que terminase, la humanidad había sufrido no solo las atrocidades habituales de la guerra, elevadas a una escala sin precedentes por la tecnología y la pasión, sino también un intento de extinguir a través de una matanza industrializada a todo un pueblo, su cultura e incluso su memoria.

     

    Mucha gente sensible y culta, al ver a Mussolini, exmaestro de escuela, novelista bohemio de segunda fila y antiguo orador socialista y director de prensa del partido, y a Hitler, antiguo cabo y fallido estudiante de arte, junto con sus rufianes encamisados, a cargo de grandes potencias europeas, supusieron simplemente que “una horda de bárbaros [...] ha plantado sus tiendas dentro de la nación” (23). El novelista Thomas Mann escribía en su diario el 27 de marzo de 1933, dos meses después de que Hitler se hubiese convertido en canciller de Alemania, que había presenciado una revolución de un género nunca visto hasta entonces, “sin ideas subyacentes, contra las ideas, contra todo lo más noble, lo mejor, lo decente, contra la libertad, la verdad y la justicia”. La “escoria vil” había tomado el poder, “con inmenso regocijo de las masas” (24).

     

    El eminente filósofo-historiador italiano liberal Benedetto Croce, que estaba en el exilio interno, en Nápoles, comentó desdeñosamente que Mussolini había añadido un cuarto tipo de desgobierno, la “onagrocracia”, es decir, el gobierno ejercido por asnos salvajes, a los famosos tres de Aristóteles: tiranía, oligarquía y democracia (25). Croce llegaría más tarde a la conclusión de que el fascismo era solo un “paréntesis” en la historia italiana, el resultado temporal de la decadencia moral magnificada por los trastornos de la Primera Guerra Mundial. El historiador liberal alemán Friedrich Meinecke consideró, asimismo, después de que Hitler hubiese llevado a Alemania a la catástrofe, que el nazismo había surgido de una degeneración moral en la que técnicos superficiales e ignorantes, Machtmenschen, apoyados por una sociedad de masas sedienta de emociones, habían triunfado sobre humanitarios equilibrados y racionales, Kulturmenschen (26). La salida, pensaban los dos, era restaurar una sociedad en la que no gobernasen “los mejores”.

     

    Otros observadores se dieron cuenta, desde el principio, de que estaba en juego algo más profundo que la ascensión casual de unos rufianes y más preciso que la decadencia del viejo orden moral. Los marxistas, primeras víctimas del fascismo, estaban acostumbrados a pensar en la historia como un gran despliegue de procesos profundos a través del choque de sistemas económicos. Antes incluso de que Mussolini hubiese consolidado plenamente su poder, tenían lista una definición del fascismo como “el instrumento de la alta burguesía para combatir al proletariado cuando los medios legales disponibles del Estado resultasen insuficientes para someterlo” (27). En la época de Stalin, esto se endureció en una fórmula férrea que se convirtió en ortodoxia comunista durante medio siglo: “El fascismo es la dictadura terrorista y descarada de los elementos más reaccionarios, patrioteros e imperialistas del capital financiero” (28).

     

    Aunque se propusieron a lo largo de los años muchas más interpretaciones y definiciones, ni siquiera hoy, más de ochenta años después de la reunión de San Sepolcro, ha logrado ninguna de ellas consenso universal como explicación completamente satisfactoria de un fenómeno que pareció surgir de la nada, adoptó formas múltiples y variadas, exaltó el odio y la violencia en nombre de la gloria nacional y consiguió, sin embargo, atraer a estadistas, empresarios, profesionales, artistas e intelectuales cultos y prestigiosos.

     

    Los movimientos fascistas variaron tan notoriamente de un entorno nacional a otro, además, que incluso algunos dudan de que el término fascismo tenga más significado que el de una palabra ofensiva. Se ha utilizado de una forma tan imprecisa que prácticamente todo el que ostenta o esgrime autoridad ha sido fascista para alguien. Los que dudan proponen que tal vez sería mejor limitarse a eliminar el término (29).

     

    Este libro quiere proponer una forma nueva de enfocar el fascismo que permita recuperar el concepto para un uso significativo y explicar más plenamente su atractivo, su compleja trayectoria histórica y su horror último.

     

    Imágenes del fascismo

    Todos están seguros de saber lo que es el fascismo. El fascismo, que es, de todas las formas políticas, la más deliberadamente visual, se nos presenta en gráficas imágenes primarias: un demagogo patriotero arengando a una multitud extasiada; hileras disciplinadas de jóvenes en marcha; militantes que visten camisas de color que pegan a miembros de alguna minoría demonizada; invasiones sorpresa al amanecer; y soldados disciplinados que desfilan a través de una ciudad conquistada.

     

    Pero algunas de estas imágenes familiares, examinadas más detenidamente, provocan errores simplistas. La imagen del dictador omnipotente personaliza el fascismo y crea la falsa impresión de que podemos entenderlo perfectamente investigando solo al dirigente. Esta imagen, que aún sigue siendo poderosa hoy, es el último triunfo de los propagandistas del fascismo. Brinda una coartada a naciones que aprobaron o toleraron a caudillos fascistas y desvía la atención de las personas, los grupos y las instituciones que les ayudaron. Necesitamos un modelo más sutil del fascismo que explore la interacción entre Caudillo y Nación y entre Partido y Sociedad civil.

     

     

     

     

    Este texto corresponde al inicio del libro Anatomía del fascismo que, traducido por José Manuel Álvarez Flórez, acaba de publicar la editorial Capitán Swing.

     

     

     

     

    Notas:

     

    1. Friedrich Engels, prefacio de 1895 a Karl Marx, e Class Struggles in France (1848-1850), en e Marx-Engels Reader, ed. Robert C. Tucker, 2a ed., Nueva York, W. W. Norton, 1978, p. 571.

     

    2. Alexis de Tocqueville, Democracy in America, trad., ed. e intro. de Harvey C. Mans eld y Delba Winthrop, Chicago, University of Chicago Press, 2000, p. 662, (vol. II, parte 4, cap. 6).

     

    3. GeorgesSorel, Reectionson Violence, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pp. 79-80.

     

    4. Escribo con mayúscula Fascismo cuando me refiero al régimen, el partido y el movimiento italianos; dejo fascismo en minúscula cuando me refiero al fenómeno general.

     

    5. Véase Maurice Agulhon, Marianne au combat: L’imagerie et la symbolique ré- publicaine de 1789 a 1880, París, Flammarion, 1979, pp. 28-29, 108-109, y Marianne au pouvoir, París, Seuil, 1989, pp. 77, 83.

     

    6. Simonetta Falasca-Zamponi, Fascist Spectacle: e Aesthetics of Power in Mussolini’s Italy, Berkeley, University of California Press, 1997, pp. 95-99.

     

    7. Mussolini había sido una personalidad destacada del ala revolucionaria del Partido Socialista Italiano, hostil al reformismo y que miraba con recelo los acuerdos y compromisos del ala parlamentaria del partido. En 1912, con solo 29 años de edad, le nombraron director del periódico del partido, Avanti. Fue expulsado del partido en el otoño de 1914 por la mayoría pacifista de este debido a que propugnaba la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial.

     

    8. Pierre Milza, Mussolini, París, Fayard, 1999, pp.174, 176, 189. Mussolini llamaba ya en 1911 al grupo socialista local que él dirigía en Forlì un fascio. R. J. B. Bosworth, Mussolini, Londres, Arnold, 2002, p. 52.

     

    9. Este término se explica en las pp. 16-17.

     

    10.  Tras la derrota de los Ejércitos italianos en Caporetto en noviembre de 1917, un gran grupo de diputados y senadores liberales y conservadores formaron un fascio parlamentare di difesa nazionale para conseguir que la opinión pública apo- yase el esfuerzo bélico.

     

    11.  La lista creció más tarde con añadidos oportunistas cuando figurar entre los fundadores (los sansepolcristi) pasó a resultar ventajoso. Renzo de Felice, Mussolini il rivoluzionano, 1883-1920, Turín, Einaudi, 1965, p. 504.

     

    12.  Este término se explica en la p. 18.

     

    13.  Hay una versión inglesa de los discursos de Mussolini de ese día incluida en Charles F. Delzell, Mediterranean Fascism, 1919-1945, Nueva York, Harper & Row, 1970, pp. 7-11. Las exposiciones más concretas son de De Felice, Mussolini il rivo- luzionario, pp. 504-509, y Milza, Mussolini, pp. 236-240.

     

    14.  Texto del 6 de junio de 1919, en De Felice, Mussolini il rivoluzionario, pp. 744- 745. Versiones inglesas en Je rey T. Schnapp (ed.), A Primer of Italian Fascism, Lin- coln, NE, University of Nebraska Press, 2000, pp. 3-6, y Delzell, pp. 12-13.

     

    15.  Mussolini llegó a este número espectacular y exagerado contando todos los fragmentos, grandes y pequeños, que le hirieron en febrero de 1917 durante un ejercicio de instrucción con un lanzagranadas.

     

    16.  Una introducción útil al sindicalismo es Jeremy Jennings, Syndicalism in France: A Study of Ideas, Londres, Macmillan, 1990. El sindicalismo revolucionario atraía más a los trabajadores fragmentados y poco organizados de España e Italia que a los numerosos trabajadores bien organizados del norte de Europa, que tenían algo que ganar con la legislación reformista y con huelgas tácticas en apoyo de demandas en centros de trabajo específicos. En realidad es posible que atrajese más a intelectuales que a trabajadores. Véase Peter N. Stearns, Revolutionary Syndicalism y French Labor: Cause without Rebels, New Brunswick, NJ, Rutgers University Press, 1971.

     

    17.  Zeev Sternhell et al., e Birth of Fascist Ideology, Princeton, Princeton University Press, 1994, pp. 160 y ss.; David Roberts, e Syndicalist Tradition and Italian Fascism, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1979; Emilio Gentile, Le origini dell’ideologia fascista, Bari, Laterza, 1975, pp. 134-152.

     

    18.  Publicado en el diario de París Le Figaro el 15 de marzo de 1909. Citado aquí de Adrian Lyttelton (ed.), Italian Fascisms: From Pareto to Gentile, Nueva York, Harper Torchbooks, 1973, p. 211.

     

    19.  El primer Risorgimento, o resurgimiento, en elperiodo 1859-1870, habíaunido Italia, inspirado por el nacionalismo humanista de Giuseppe Mazzini.

     

    20.  Emilio Gentile, Il mito dello stato nuovo dall’antigiolittismo al fascismo, Bari, Laterza, 1982; Walter Adamson, Avant-garde Florence: From Modernism to Fascism, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1993.

     

    21.  De Felice, Mussolini il rivoluzionario, p. 521.

     

    22. Se discute encarnizadamente si el Partido Nazi era “fascista” o algo sui géneris. Explicaremos en su momento por qué consideramos el nazismo una forma de fascismo. Ahora nos limitaremos a comentar que Hitler tenía un busto monumental del Duce en su despacho del cuartel general del Partido Nazi de la Casa Parda de Múnich (Ian Kershaw, Hitler 1889-1936: Hubris, Nueva York, Norton, 1999, p. 343). Incluso en la cúspide de su poder, cuando la mayoría de los nazis preferían no otorgar prioridad a Italia etiquetando a Alemania como “fascista”, Hitler aún se proclamaba “admirador y discípulo sincero” de Mussolini. Una carta en esos términos dirigida al Duce el 21 de octubre de 1942, el vigésimo aniversario de la Marcha sobre Roma, figura en Meir Michaelis, ‘I rapporti fra fascismo e nazismo prima dell’avvento di Hitler al potere (1922-1933)’, Rivista storica italiana, 85, 3, 1973, p. 545. El estudio más reciente de las relaciones de Hitler con Mussolini es Wolfgang Schieder, ‘The German Right and Italian Fascism’, en Hans Mommsen (ed.), The third Reich Between Vision and Reality: New Perspectives on German History, Oxford, NY, Berg, 2001, pp. 39-57.

     

    23. Palabras del propio Mussolini, burlándose de que sus enemigos no hayan sido capaces de comprender “la noble pasión de la juventud italiana”. Discurso del 3 de enero de 1925, en Eduardo y Duilio Susmel (eds.), Opera Omnia di Benito Mussolini, vol. XXI, Florence, La Fenice, 1956, pp. 238 y ss.

     

    24. Thomas Mann, Diaries 1918-1939, selección y prólogo de Herman Kesten, trad. del alemán de Richard y Clara Winston, Nueva York, H. N. Abrams, 1982, p. 136 y passim. La repugnancia que le inspiraba a Mann la “barbarie” nazi no le impidió confesar el 20 de abril de 1933 “cierto grado de comprensión por la rebelión contra el elemento judío” (p. 153).

     

    25. Citado en Alberto Aquarone y Maurizio Vernassa (eds.), Il regime Fascista, Bolonia, Il Mulino, 1974, p. 48.

     

    26. Friedrich Meinecke, Die deutsche Katastrophe, Wiesbaden, Brockhaus, 1946, traducido al inglés como The German Catastrophe, Cambridge, MA, Harvard Uni- versity Press, 1950.

     

    27. Resolución de la Internacional Comunista, julio de 1924, citada en David Beetham (ed.), Marxists in Face of Fascism: Writings by Marxists on Fascism from the Interwar Period, Manchester, University of Manchester Press, 1983, pp. 152-153.

     

    28. Roger Griffin (ed.), Fascism, Oxford, Oxford University Press, 1995, p. 262.

     

    29. El máximo escéptico es Gilbert Allardyce, ‘What Fascism Is Not: Thoughts on the Deflation of a Concept’, American Historical Review 84, 2, abril de 1979, pp. 367-388.

     

     

     

     

    Robert Owen Paxton (Lexington, Estados Unidos, 1932) es un politólogo e historiador estadounidense que ha dedicado toda su vida al estudio de la Europa de la Segunda Guerra Mundial, la Francia de Vichy y el fascismo, y en esta obra, Anatomía del fascismo, explora qué es el fascismo y cómo ha llegado a tener un impacto tan duradero y continuado en nuestra historia. Paxton ha sido profesor en la Universidad de California, Berkeley, y en la Universidad Estatal de Nueva York, en Stony Brook, antes de unirse a la Universidad de Columbia en 1969. Trabajó allí durante el resto de su carrera, y se retiró en 1997. Sigue siendo profesor emérito. Es colabordor habitual del The New York Review of Books.

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