Figurín pintado por Adela Escartín, La Habana

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    Adela Escartín o el arte de la transfiguración

    Juan Antonio Vizcaino - 29-09-2010

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    Qué hubiera sucedido si Marlon Brando y Marlene Dietrich hubieran tenido una hija? Ruego disculpen la truculencia de la pregunta, pero encuentro que esa improbable asociación de progenitores producirá chispas que puedan iluminarnos en el conocimiento de cómo fue el arte de Adela Escartín. Se trata de una de las más grandes actrices que ha dado España al teatro del Siglo XX, de la talla de María Guerrero, o Margarita Xirgú, dotada de una extraordinaria capacidad para comunicarse con el público desde su transfiguración en el personaje.

           No resulta tan descabellada la pregunta inicial si consideramos que Escartín admiraba profundamente el arte de Brando. No en vano habían tenido la misma maestra en Nueva York -Stella Adler- que les había transmitido y cultivado el mismo sentido sacerdotal de la interpretación. El verdadero actor proyecta luz desde el escenario, por eso el público no puede dejar de mirarlo. Además, Adela sentía fascinación por Marlene desde siempre. La mujer misteriosa, sofisticada y elegante a la que dio vida la intérprete de El ángel azul tanto en las pantallas como en la vida real fue para ella toda una escuela. El arte de Adela Escartín sobre un escenario podría vislumbrarse pues como una manifestación concentrada del genio de Marlene y de Brando.

     

    –Hija legítima de su gran compatriota María Guerrero– la llamó la periodista Sara Hernández Cata-, sabe como ella transmitir al público todas las emociones con una palabra, un gesto, un movimiento, un gemido, un sollozo, una sonrisa.

     

           El éxito de sus interpretaciones radicaba en gran parte en la fascinación que producía en el público su personal uso de la voz, “el mejor instrumento que se plañía en Cuba” en los veinte años que permaneció Adela en la isla. Parecía que La Escartín se inventara y usara cuerdas vocales que vienen del centro del cuerpo –en el diafragma– y consiguiese articular desde ahí abajo, antes de llegar a la garganta. Una vez planteado este punto tan hondo de nacimiento, comenzaba a modular esa furia de voz como un encantador de serpientes hace bailar ante él a las cobras.

           Un poder estremecedor lo es porque puede fulminarte con su fuerza sobrenatural, sea un terremoto, un tsunami, o cualquier catástrofe. Algo así debía experimentar el público encerrado con la Escartín en un teatro. El escritor Orlando Quiroga -tras asistir a la representación de Yerma- lo confirmaba en 1960 con las siguientes palabras:

     

    “… entonces uno comienza a salir de la experiencia posesiva que la actuación de Adela Escartín produce, y comienza a darse cuenta que…”

     

    ¿No serán éstas manifestaciones irrefutables de la genialidad?

           El teatro español vive huérfano del conocimiento del arte genial de Adela Escartín. Nuestra historia del teatro debe fortalecerse con la constancia de la gesta de esta actriz española, moderna, adelantada y escandalosa, que llevó la interpretación hasta sus más altas cotas. En este artículo acuden a refrendar tan vehemente afirmación las palabras de los críticos cubanos que disfrutaron de su arte recién nacido, sin dejar de sorprenderse nunca ante la creciente capacidad de Escartín de hacer un teatro cada vez más grande.

     

    Los personajes de una vida

    No fue Adela Escartín una niña prodigio. Comenzó a  actuar en los escenarios en 1943, a los 29 o 30 años cumplidos. Años atrás, en plena juventud, tuvo que interpretar el personaje de la heroína que sufre una guerra civil, y afronta las tragedias familiares. Trabajando de enfermera fue La Macarena de los tiñosos” a los 23 años. Su primer contacto con el mundo del espectáculo fue ensayando un baile que acompañaba una actuación de títeres en Valencia (con telones pintados por el mismo García Lorca) donde la había recomendado como artista Clara Campoamor, sin que ella se hubiera subido nunca antes a un escenario.

           Adela, que no sabía bailar –o eso creía ella– se vio arropada por el bailarín que le había tocado como pareja, quien al notar la falta de pericia de su compañera fingió ante el coreógrafo una fatiga repentina, pidiéndole que fuera más despacio para no poner en evidencia la ignorancia supina de Adela. Quedó tan agradecida al muchacho que terminó casándose con él unos meses más tarde, cuando fueron evacuados a Barcelona por el Gobierno. Felipe Loewe era hijo de una bella alemana que había muerto cuando su hijo aún era niño. Lo había criado una barcelonesa rica, que vivía en el barrio de San Gervasio, una zona residencial que los aviones franquistas evitaban en sus bombardeos.

           El matrimonio de Adela con Felipe (que era homosexual, y que tenía un amante mucho mayor que él, en Alemania) le permitió a Adela –y a su madre con ella– sobrevivir en Barcelona al final de la guerra. Las cartillas de racionamiento beneficiaban a los casados. Aunque Adela comentó que nunca consumaron el matrimonio, sí decía con ternura que dormían juntos Felipe y ella en la misma cama todas las noches, protegiéndose, abrazados, contra el telón lejano de las bombas.

           No fue hasta su regreso a Madrid, cuando decidió que quería ser actriz de cine. Admiraba y adoraba a Marlene Dietrich, a la Garbo, a Paulette Godard... Ése era un mundo que le atraía lo suficiente como para concentrar en él todas sus fuerzas y esperanzas. Siempre le había gustado la ropa, disfrazarse, vestirse de otras en otros tiempos. Eso le divertía y estaba segura de que iba a conseguirlo, pensaran lo que pens