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    Al Qaeda, 25 años de odio

    Luis Calderón - 18-07-2013

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    En Enero de 2002 el periodista sirio nacionalizado español Tayseer Allouni consiguió entrevistar a Osama Bin Laden mientras los servicios de inteligencia de medio mundo pretendían localizarle. En esa entrevista Bin Laden afirmó: “Somos los hijos de la nación islámica, cuyo líder es el profeta Mahoma. La situación no es pues la que describe Occidente. No hay una organización a escala mundial con el nombre específico de Al Qaeda. Ese nombre en concreto es muy antiguo y surgió de manera ajena a mí”. ¿Entonces, qué es Al Qaeda? Es la base, es el principio de esta historia. Es el movimiento que inspira a la galaxia de grupos terroristas de corte islámico radical, y que asume todos los éxitos de los mismos como propios aunque no intervenga siempre en su ejecución.

     

    La organización que lideró Bin Laden fue la consecuencia de una serie de acontecimientos en el mundo musulmán a lo largo de las últimas décadas. En primer lugar, la creación en Egipto por Hassan Al Banna de los Hermanos Musulmanes, grupo pionero en el islamismo político (donde el Estado y la religión son inseparables). Originariamente este grupo no ejecutaba actos violentos, pero abogaba por la separación entre hombres y mujeres en las escuelas, por la desaparición de los partidos, por la censura del cine, la música y el teatro… Los Hermanos Musulmanes han sido oposición a los gobernantes de Egipto desde la caída del Imperio Otomano e inspiración de todo el islamismo político posterior. Además, los Hermanos Musulmanes mantienen contactos con Hamás, y con grupos radicales en otros países como Siria, Sudán o Jordania.

     

    En las últimas semanas los Hermanos Musulmanes de Egipto han sido expulsados del poder al que habían accedido de forma democrática. Se puede concluir que han pagado su inexperiencia política en un país ampliamente polarizado donde los militares siguen teniendo la última palabra. No obstante, el golpe de Estado que ha alejado a los Hermanos Musulmanes del poder los ha proporcionado argumentos para subsistir como opción política alternativa durante muchos años.

     

    Otro acontecimiento en el mundo musulmán que pudo inspirar al radicalismo islámico, y en concreto a Bin Laden, fue la revolución iraní (que no únicamente islámica) de 1979. Un ejemplo de éxito relativo del islamismo político, que había llegado al poder tras derrocar al Sha Mohammad Reza Pahlevi y enviar al ostracismo político y social al resto de grupos no islamistas que apoyaron la revolución. Hasta el momento, salvando las enormes distancias, existe cierto paralelismo entre la revolución iraní de 1979 y la primavera árabe. La revolución es realizada por un conjunto muy heterogéneo de colectivos pero son los islamistas (mejor financiados y organizados) los que han ido recogiendo los frutos de la misma en los países árabes.

     

    El último hecho y el más determinante para la aparición de Al Qaeda fue la estrategia adoptada por Estados Unidos en la guerra de Afganistán de 1978-89. Durante ese conflicto miles de muyahidin financiados por Washington lucharon contra la Unión Soviética dentro de la denominada Operación Ciclón.

     

    Durante esta guerra, el palestino Abdulá Azaam, apoyado por Bin Laden, fundó la Maktab Al-Khadamat (la Oficina de Servicios), encargada de reclutar muyahidin para la guerra contra los soviéticos. Esta oficina de reclutamiento contaba con el apoyo del servicio secreto de Pakistán (ISI) que a su vez estaba profundamente respaldado por la CIA. Todo era válido en la lucha contra la Unión Soviética. Las consecuencias de financiar grupos radicales se siguen pagando muchos años  después.

     

    Sayyid Qutb, militante egipcio que en su libro Signos del camino desarrolló algunas ideas de corte muy radical, tuvo un gran impacto Osama Bin Laden. El militante egipcio señalaba a todas las sociedades musulmanas que aplicaran leyes seculares como infieles e ignorantes del mandato divino. La necesidad de crear una vanguardia que marcara el camino hacia un Estado Islámico basado en la sharia (ley de Dios) es uno de los pilares ideológicos de Al Qaeda.

     

    Sayyid Qutb justificaba la violencia en nombre del islam y negaba la legitimidad de todo sistema político que se atribuyera una soberanía que sólo podía recaer en Dios. El hombre que tanto inspiró a Bin Laden fue ejecutado en 1966, pero su influencia perdura sobre los radicales islamistas. Siguiendo las ideas radicales de Sayyid Qutb podemos llegar a explicarnos cómo los partidarios de Bin Laden son capaces de inmolarse en un espacio público repleto de musulmanes a los que consideraban impuros. 

     

    Como en todos los grupos terroristas, en Al Qaeda también existían tensiones internas entre sus dirigentes. Muchos acusaron al que es hoy líder del núcleo duro de la organización, Al Zawahiri, del asesinato en 1989 de Abdulá Azaam. La desaparición de Azaam provocó que la figura de Al Zawahiri adquiriera mucha más relevancia dentro de la cúpula de Al Qaeda.

     

    Todos los grupos terroristas necesitan financiación para llevar a cabo sus acciones. En un principio provenía de donantes muy importantes que se fueron retirando a medida que crecía la presión de Estados Unidos. Algunos de estos nombres estaban reflejados en un documento llamado La cadena de oro, encontrado en la sede de una ONG musulmana en Sarajevo. Mencionados los Balcanes es necesario añadir que al final de la guerra librada contra los ultranacionalistas serbios la decisión final de la OTAN de atacar sus posiciones en torno a Sarajevo, que puso fin al sitio de la ciudad, hizo que de alguna manera Occidente se alineara junto al gobierno bosnio, apoyado por algunas unidades de muyahidin. Un ejemplo más de la multitud de conexiones que a veces se establecen entre los yihadistas y los intereses de Occidente a finales del Siglo XX.

     

    La financiación de la Base también provenía del dinero de Bin Laden, pero a diferencia de la retórica de los medios de comunicación occidentales, el jeque saudí llevaba ya muchos años sin ser millonario cuando fue ejecutado. La fortuna de Bin Laden disminuyó considerablemente después de la Primera Guerra del Golfo, cuando se produjo la ruptura entre el líder terrorista y el régimen saudí a consecuencia del apoyo a la intervención de Estados Unidos contra Sadam Hussein. Curiosamente esta es la única “conexión” entre Saddam y Bin Laden, lo que acaba de desmentir otro de los argumentos esgrimidos por George W. Bush en 2003 para justificar la invasión.

     

    Para Osama Bin Laden permitir la presencia de tropas estadounidenses en Tierra Santa era una afrenta imperdonable. La monarquía saudí impidió que Bin Laden siguiera recibiendo los intereses de las acciones de empresas en poder de su familia. Esta decisión provocó que el fallecido líder de Al Qaeda perdiera gran parte de su dinero, pero le hizo ganar prestigio entre el islamismo más radical.

     

    Podemos señalar que los líderes del núcleo duro de Al Qaeda no eran en absoluto ignorantes ni habían sido castigados por la pobreza. Por tanto es un mito que organizaran la lucha contra Occidente debido sus circunstancias personales. Bin Laden pertenecía a una familia muy poderosa, Al Zawahiri era médico y muchos otros dirigentes de Al Qaeda estudiaron en Estados Unidos, claro indicador de altos niveles de vida.

     

    En 1998 Bin Laden y Al Zawahiri anunciaron en un nuevo documento la creación de un Frente Islámico Mundial para luchar contra “judíos y cruzados” hasta expulsarlos de suelo musulmán. El 7 de agosto de ese mismo año varios terroristas hicieron estallar vehículos cargados de explosivos en las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania. Ese año los grandes medios de comunicación occidentales dieron a conocer al “jeque Osama”, pero lo peor estaba por llegar.

     

    El 11 de septiembre de 2001 varios terroristas instruidos en los campos de entrenamiento de Afganistán ejecutaron la mayor acción terrorista de la historia: secuestraron cuatro aviones de pasajeros, derribaron las Torres Gemelas de Nueva York e impactaron contra el edificio del Pentágono en Washington. Bin Laden se convirtió en un icono radical a escala mundial, un individuo capaz de golpear a la superpotencia en su propio terreno. Muchos lo mitificaron, otros lo utilizaron para limitar los derechos humanos y civiles en todo el planeta. Después de estos atentados comenzaba la “guerra contra el terror” de George W. Bush y ese banderín de enganche la ocupación de Afganistán e Irak. El mundo irremediablemente había cambiado.

     

     

    Dos países, una historia

     

    A finales del siglo XX se estableció una alianza entre los talibán (los estudiantes) y Al Qaeda. El mulá Omar (líder de los talibán afganos) y cientos de militantes musulmanes lucharon contra las milicias de la Alianza del Norte, milicias que resultarían muy útiles a lo Estados Unidos en la guerra posterior a los atentados del 11-S. Tras estos enfrentamientos y la victoria talibán el Emirato islámico de Afganistán era una realidad.

     

    Las represalias de Estados Unidos por los atentados de Kenia y Tanzania no minaron esta alianza entre Omar y Bin Laden. Aunque aislado internacionalmente a finales del siglo XX, el Emirato Islámico de Afganistán pudo desarrollar su rigorismo religioso sin ser amenazado. Mientras tanto, en suelo afgano se multiplicaban los campos de entrenamiento en los que cientos de jóvenes de diversas partes del mundo recibían instrucción militar en Khost o Jalalabad. Estos jóvenes compartían instrucción con terroristas de diversas organizaciones como Lashkare-Tayiba (responsables de los atentados contra hoteles de lujo en Bombay). En estos campamentos también se pretendía adoctrinar en la pureza del islam alejándose de placeres mundanos y ejerciendo una represión brutal contra todo tipo de disidencia.

     

    Bin Laden y Al Zawahiri ya contaban con una base desde donde planificar sus acciones terroristas. Llegaron a la conclusión de que la mejor manera de golpear al enemigo americano era armar una acción tan brutal (11-S) que hiciera temblar los cimientos de Occidente. Para la operación fueron seleccionados 19 kamikazes, de los cuales 15 fueron reclutados en Arabia Saudí. Bin Laden confiaba en que esto deteriorara las relaciones entre la monarquía saudí y el gobierno estadounidense, pero no contaba con que la enorme magnitud de los negocios bilaterales han hecho inquebrantable dicha relación.

     

    Tras los atentados del 11-S el mulá Omar se negó a entregar a Bin Laden, lo cual terminó por aislar completamente al régimen talibán que perdió el apoyo del por entonces presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. La guerra de Afganistán reflejó que la capacidad de resistencia de los talibán ante una ataque externo era infinitamente menor de lo que el mulá Omar imaginaba. El Emirato Islámico de Afganistán se desplomó y los talibán optaron por replegarse a la espera de tiempos mejores para expandir su ideario radical.

     

    Después de la caída del régimen talibán Bin Laden y el mulá Omar repitieron la misma estrategia que había funcionado contra el ejército soviético. Miles de muyahidin se dirigieron desde múltiples países para luchar contra el ejército invasor instrumentando cientos de atentados por todo el país.

     

    Doces años después la violencia en Afganistán sigue muy presente, los ejércitos aliados permanecen atrincherados con el único cometido de mantener la estabilidad y apoyar a Karzai al frente del país.

     

    La situación caótica de Afganistán y la necesidad de Estados Unidos de sacar sus tropas cuanto antes de la región han suscitado que se establecieran negociaciones entre el Gobierno de Barack Obama y los líderes talibán. Es curioso comprobar cómo en 2012 Washington decidió eliminar al mulá Omar de la lista negra de terroristas potencialmente peligrosos. Todo un gesto de cara al futuro diálogo.

     

    No parece por tanto descabellado pensar que los talibán recuperarán cotas de poder una vez que las tropas extranjeras, encabezadas por Estados Unidos, abandonen el país dejándolo fuera del foco internacional. Esto puede dejar desamparados a los ciudadanos de Afganistán que han apostado por la democracia y las libertades civiles, especialmente a las mujeres.

     

    El error de Estados Unidos fue no eliminar los santuarios yihadistas en Afganistán y Pakistán durante la guerra en 2001. Los intereses económicos llevaron a las tropas estadounidenses a ocupar Irak en 2003, desviando la mayor parte de la capacidad militar y de inteligencia hacia este nuevo objetivo. Sin la guerra de Irak el fin de Al Qaeda estaría más próximo, debido a que Bin Laden no habría podido expandir su enfermiza ideología durante más de una década. Por otro lado, es preciso añadir que la guerra de Irak, sumada a las atrocidades de Guantánamo y Abu Graib, tuvieron como consecuencia la expansión del discurso antiamericano en todo el planeta, especialmente en el mundo musulmán.

     

    La espectacular maquinaria propagandística del Gobierno de George W. Bush unido a la connivencia de muchos medios de comunicación occidentales permitieron la invasión de Irak. Analizando brevemente el contexto regional podemos comprobar que no existía conexión entre Al Qaeda y Sadam Hussein; es más, para Bin Laden el dictador iraquí era un apostata merecedor del peor de los castigos. Esta teoría se puede confirmar con el ya citado ofrecimiento de Bin Laden al régimen saudí para luchar contra Sadam cuando las tropas de éste invadieron Kuwait.

     

    Tras la caída de Sadam fue Abu Musab al Zarqawi el que aprovechó el vacío de poder en Irak para alimentar la resistencia. Para desestabilizar el país enfrentó a la minoría suní contra la mayoría chii con la que Estados Unidos comenzaba a relacionarse. Los medios de comunicación reforzaron la notoriedad de la figura de Zarqawi, que se encargó de teñir de sangre durante dos años las tierras de Irak hasta que fue eliminado en 2006.

     

    El caso del Zarkawi es similar al del mulá Omar en Afganistán, figuras secundarias en esta historia de violencia encargados de combatir en una guerra de guerrillas fratricida contra las tropas occidentales. Personajes que adquirieron tanta dimensión que se ha independizaron de las directrices de Bin Laden para convertirse en auténticos líderes en ambos conflictos.

     

    En la actualidad, en Irak continúa el enfrentamiento entre suníes y chiíes. La situación sigue sumida en la inestabilidad tras la salida de las tropas de Estados Unidos y el juego en la sombra de las dos potencias regionales enfrentadas: Arabía Saudí (mayoría suní) e Irán (mayoría chií), lo que complica todavía más el futuro del país. 

     

    Los dirigentes saudíes observaron con temor la caída del régimen de Sadam Hussein porque podría facilitar el ascenso de la mayoría chií en Irak y un considerable aumento del dominio de Irán en la región. Para el analista militar Brian M. Downing, “varios grupos de la vieja insurgencia han sido coordinados por dirigentes suníes iraquíes y los servicios secretos saudíes”. Así pues, la guerra fría entre Irán y Arabia Saudí se estaría librando en las calles iraquíes. Se debe recordar en este punto que los gobernantes saudíes profesan el wahabismo, siguen por tanto una interpretación muy radical del islam suní hostil al chiísmo que practican más del 90% de los iraníes. 

     

    Dos son las conclusiones que podemos extraer de ambos conflictos. La primera es que se ha dejado pasar la posibilidad de acabar con los bastiones de Al Qaeda en Afganistán y Pakistán permitiendo la extensión de la red ideológica de Al Qaeda por todo el mundo. La segunda conclusión es que se ha abierto un nuevo frente contra Al Qaeda donde antes no existía, Irak. Dos grandes errores en la lucha contra el terrorismo islamista que la administración Obama intenta subsanar. La lucha contra el terror ha sufrido un cambio estratégico; el espionaje, la diplomacia y las operaciones a pequeña escala vuelven a marcar los pasos de Estados Unidos.

     

     

    El efecto Obama

     

    Para Al Qaeda la elección de Barack Obama fue una sorpresa que desactivó al menos inicialmente parte de su propaganda. Bin Laden esperaba otro halcón en la Casa Blanca, otro entusiasta de las guerras, otro hombre duro que continuara invadiendo países musulmanes hasta ahogarse en el avispero yihadista. Pero no ocurrió así, la carta de la provocación al islam quedaba fuera de la mesa. Obama apuntó cambios en la estrategia antiterrorista, alianzas y objetivos definidos frente a invasiones mal planificadas.

     

    El general Petraeus tomaría las riendas y conseguiría reducir la presencia de Al Qaeda en Irak, alimentando a Al Sahua (ex insurgentes iraquíes que colaboran en la lucha contra Al Qaeda). Poco a poco, Al Qaeda fue perdiendo presencia en Irak y transfiriendo efectivos a Afganistán y Pakistán, buscando la protección del escarpado terreno y las milicias locales.

     

    Obama, bien aconsejado, derivó los esfuerzos en inteligencia a Afganistán y Waziristán, donde aviones no tripulados y acciones del ejercito pakistaní presionado por Washington han ido minando el santuario de Al Qaeda. Pese a que en la actualidad esta zona del mundo sigue en manos de radicales, las tribus locales han comenzado a observar a los miembros de Al Qaeda como incómodos vecinos para su supervivencia regional. Otra decisión importante por parte de Barack Obama fue suavizar el discurso sobre el islam, asegurar que Estados Unidos está en guerra contra el terrorismo, no contra la religión. El viaje a El Cairo escenificó esta reconciliación con el islam no radical y la separación total en el discurso entre la fe y el terror. Para millones de musulmanes este fue un gesto muy importante. Mientras Obama, cargado de retórica, les tendía la mano, Al Qaeda continuaba atentando contra otros musulmanes en Irak y Afganistán. Por último, y pese a saltarse todos los principios morales y las relaciones bilaterales con Pakistán, la eliminación de Bin Laden fue un rotundo éxito estratégico de la administración Obama.

     

    La información que tenemos sobre la operación que terminó con la vida del jeque Osama es muy parcial y está completamente condicionada por los intereses norteamericanos. Subsisten muchos puntos oscuros. Bin Laden residía en un complejo de edificios fortificado, pero sin demasiados defensores y muy cerca de una academia militar pakistaní. Parece absurdo pensar que el servicio secreto de Pakistán (ISI) desconociera que en ese complejo residía el hombre más buscado del mundo desde que consiguiera huir de Tora Bora. A nadie se le escapa que dentro del servicio secreto pakistaní existen dos corrientes muy diferenciadas: quienes defienden un acercamiento a Occidente y los que mantienen estrechas relaciones con el islam más radical.

     

    Esto tiene una explicación. Pakistán continúa viendo a la India como su principal enemigo y sólo en los últimos años el Gobierno y el ejército han visto peligrar su posición ante el avance de los radicales. Debemos entender por tanto esta radicalización del ISI en el contexto de una lucha eterna contra la India en la que se intensificaron las relaciones entre grupos terroristas, el ejército y el ISI.

     

    A día de hoy, cuando se produce un atentado en la India los dirigentes de Pakistán se apresuran a condenarlo. El gigante musulmán empieza a girar hacia intereses occidentales, pero es un proceso largo y complicado. El propio país debe darse cuenta de que el enemigo está en casa y no es sencillo utilizarlo sin sufrir graves consecuencias. Pakistán es clave para controlar la expansión de Al Qaeda en la región, además de fundamental a la hora de apoyar al Gobierno de Afganistán en la estabilización del país. Por este motivo Obama debe reparar las relaciones bilaterales muy dañadas desde la eliminación de Bin Laden.

     

    Respecto a Irak y Afganistán surge una pregunta: una vez que los ejércitos occidentales y la ingente cantidad de mercenarios abandonen por completo ambos conflictos ¿durante cuánto tiempo ocuparán portadas de los periódicos los atentados en ambos países? Si los muertos no son nuestros miramos para otro lado. Así de triste, así de real.

     

     

    Los errores de Bin Laden

     

    Los errores de Al Qaeda han sido probablemente provocados por dos motivos: un excesivo rigorismo en las ideas y una estructura de la organización sin una cadena de mando totalmente definida. Bin Laden y Al Zawahiri acabaron aceptando la macabra estrategia de Zarqawi en Irak: consistía cometer numerosos atentados con el objetivo de empeorar las relaciones entre chiíes y suníes llevando al país al borde de una guerra civil. Lo que no calcularon fue el coste para la imagen de Al Qaeda en el mundo musulmán: día tras día millones de musulmanes presenciaban en sus televisores cómo se atentaba contra la población en mercados y mezquitas.

     

    Tanto en Irak como en Afganistán los movimientos yihadistas locales terminaron por ver la yihad (guerra santa) mundial como un elemento extraño. La fuerza y repercusión de Al Qaeda en el mundo puso demasiado bajo el foco a Afganistán e Irak perjudicando los movimientos de resistencia locales hasta el punto en que estos comenzaron a cuestionar a Bin Laden y los suyos.

     

    Se puede determinar que el principal error de Al Qaeda ha sido provocar con sus acciones la muerte de miles de ciudadanos musulmanes en los diferentes países donde ha llevado a cabo sus acciones. Después de más de una década de actos terroristas Al Qaeda ha asesinado a más ciudadanos musulmanes que occidentales, minando gravemente las simpatías que despertaba por enfrentarse a Estados Unidos e Israel.

     

    El concepto de vanguardia que dirigiera a las masas ignorantes hacia un nuevo renacer del islam dejó de tener sentido cuando para reislamizar la sociedad musulmana se recurría a atentados indiscriminados. Esta contradicción debilitó el discurso ideológico de Al Qaeda dirigido a los propios musulmanes. Es entonces cuando comenzaron las declaraciones críticas de algunos de los impulsores de la Yihad global como Sayid Imam Al Sharif (doctor Fadel), quien condenó el asesinato de civiles y la autoridad de Al Qaeda para decidir quién era un buen musulmán. Fruto de su política del terror contra los propios musulmanes Al Qaeda también fue perdiendo el apoyo de muchos ulemas que antes no la cuestionaban.

     

    Al Qaeda se equivocó al considerar que el actual ejército de Estados Unidos sufriría el mismo desgaste que el ejército soviético. Pese al enorme coste de ambas guerras para Washington, en ningún momento el poderío militar estadounidense estuvo al borde del colapso. Por tanto, la estrategia de Al Qaeda de atraer al enemigo a suelo musulmán para allí poder infligirle sobre el mismo una cruel derrota no funcionó. Además, Bin Laden confió demasiado en el poder bélico del régimen talibán, que acabó derrumbándose en dos meses.

     

    Permitir que la figura de Bin Laden obtuviera demasiada notoriedad hasta el punto de eclipsar a cualquier otro líder ha resultado ser un importante fallo estratégico. Aunque Al Zawahiri, Omar y otros cabecillas locales también difundían mensajes, Osama Bin Laden era percibido como el único líder a ojos del mundo. Muerto Bin Laden, Al Qaeda carece de una figura que cohesione a la multitud de grupos que la conforman.

     

    Otro paso en falso fue no ser capaz de frenar los ataques contra la India, como el asalto al Parlamento de Nueva Delhi en 2002. Estas acciones de grupos afines a Al Qaeda provocaron que el presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, por miedo a las represalias de la India y por presiones de Estados Unidos, intensificara levemente la presión sobre los grupos radicales afines a Bin Laden.

     

    El último gran error de Al Qaeda hasta la fecha ha sido no intervenir de manera directa en las revoluciones árabes, probablemente por incapacidad organizativa. El hecho de que las sociedades árabes apartaran pacíficamente del poder a Mubarak o Ben Ali desmontó la teoría de Bin Laden sobre la eliminación violenta del enemigo cercano.

     

    Al Qaeda ha cometido muchos errores a lo largo de su historia, errores que han provocado una considerable reducción en su capacidad de maniobra. A pesar de esto, no nos debemos engañar: su capacidad de destrucción sigue siendo relevante.

     

     

    La estructura

     

    Al-Qaeda nunca ha funcionado como la típica organización revolucionaria, por tanto encontrar una estructura sólida con una cadena de mando totalmente definida y jerarquizada es muy complicado. No obstante, también es cierto que en sus inicios Al Qaeda contaba con varios comités que organizaban diferentes aspectos importantes como la financiación, la seguridad de Bin Laden o los asuntos religiosos. El comité de la sharia se encargaba de dotar de una base religiosa a Al Qaeda para justificar las atrocidades que cometían. La organización funciona como una red de redes, donde los múltiples nudos establecen contactos cuando se requiere. En otros casos ni existen dichos contactos, pues basándose en el mandato tergiversado de Dios pequeños grupúsculos cometen un único y despreciable acto terrorista.

     

    La estrategia de Al Qaeda se basa fundamentalmente en la centralización de las decisiones importantes o directrices y la consecución de actos terroristas ejecutados de manera descentralizada y local. La novedad que aportó Osama Bin Laden fue el concepto de yihad global, la lucha contra el enemigo lejano en su propio territorio.

     

    Para llevar a cabo los “golpes al enemigo lejano” Bin Laden utilizó los campamentos yihadistas de Afganistán, donde reclutaba y formaba a terroristas, y a su vez alentaba a ciudadanos musulmanes a ejecutar acciones violentas contra Occidente por todo el mundo en nombre del islam puro que él decía representar.

     

    Bin Laden conocía la importancia de los medios de comunicación y por eso se centró en alimentar la leyenda de Al Qaeda como grupo todopoderoso capaz de movilizar a millones de muyahidin. Por esta razón el jeque Osama enviaba esporádicamente comunicados en forma de vídeo o audio a influyentes medios de comunicación musulmanes.

     

    En la actualidad Al Qaeda se aprovecha de internet para difundir mensajes entre sus miembros, adoctrinar ideológicamente a sus seguidores y compartir información e instrucciones para cometer atentados. Son multitud los foros donde miles de simpatizantes de la yihad global intercambian opiniones, información, consejos… Podríamos preguntarnos por qué se permite la existencia de estos foros, el motivo por el que los servicios secretos no los cierran sin dilación. La realidad es que muchos están alojados en servidores de países que no permiten su cierre con facilidad. Además, los diversos servicios de espionaje pueden conocer los movimientos y tendencias dentro del radicalismo islámico e incluso  fingir ser parte del mismo para evitar actos terroristas. Algunos de estos foros son As-ansar, Tawhed o Hanein.

     

    Al Qaeda utiliza múltiples formatos para difundir su ideología, elabora carteles reivindicativos, realiza revistas (Inspire), podcast, emite comunicados y cuelga documentos al alcance de cualquiera mientras no sean eliminados por los servicios de alojamiento de archivos. En gran parte, en estos documentos se exponen algunas de las atrocidades realizadas por miembros del los ejércitos estadounidense o israelí, desde imágenes de civiles asesinados por bombas inteligentes en Gaza o Irak hasta violaciones de los derechos humanos en las prisiones de Abu Ghraib o Guantánamo.

     

    Además, cada facción ha desarrollado su propia productora audiovisual que graba, edita y difunde vídeos sobre sus acciones terroristas o declaraciones de sus dirigentes. Un ejemplo, la productora de Al Qaeda en el Magreb Islámico se denomina Al Andalus, toda una declaración de intenciones. Algunos de esos vídeos son producciones realmente bien realizadas que intentan resaltar la supuesta épica de la lucha de Al Qaeda.

     

    Para obtener verdadera repercusión Bin Laden ideó una macabra estrategia de acciones concretas, terroríficas y de gran repercusión que eclipsaran el resto de noticias a escala mundial. Esta es una de las diferencias con otros grupos terroristas: Al Qaeda no tiene ningún tipo de limitación moral, es capaz de asesinar a cientos de civiles en una única acción pues no los considera inocentes. El 11-M es un claro ejemplo de esta estrategia que pretende captar la atención mediática y provocar que los ciudadanos occidentales presionen a sus gobernantes.

     

    Con el paso de los años, debido a la repercusión mundial del grupo de Bin Laden y a la increíble difusión de sus ideas, numerosos grupos islamistas radicales del mundo se unieron a la yihad global incluso modificando su nombre (AQMI). A su vez, permitían que Bin Laden se atribuyera los éxitos de sus acciones terroristas.

     

    Como se ha comentado con anterioridad, Al Qaeda es una red de redes con diferentes expresiones en casi todo el planeta. Encontramos Al Qaeda en la península arábiga, Al Qaeda en Irak, Al Qaeda en el Magreb Islámico y diversos grupos repartidos por Somalia, Libia, Indonesia, Filipinas, Chechenia, Sudán… En Europa y Estados Unidos Al Qaeda cuenta con pequeñas células organizadas y con la presencia de individuos radicalizados que son adoctrinados a través de internet. Así pues, podemos afirmar que la estructura de Al Qaeda ha evolucionado hacia una mayor complejidad, pero esto no significa necesariamente que sea más peligrosa que en 2001.

     

    ¿Pero cuáles son los verdaderos objetivos de Al Qaeda? Básicamente expandir el islam puro, eliminar la presencia de “infieles” en territorio musulmán utilizando el argumento de un islam amenazado por “judíos y cruzados” y golpear en su territorio a Occidente.

     

    Osama Bin Laden hablaba de eliminar al “enemigo cercano”, es decir, a los gobiernos y dictadores pro-occidentales que mantienen el poder en muchos países musulmanes. Esta combinación de ataques al enemigo lejano y cercano era para el líder de la organización la mejor estrategia para dañar a Estados Unidos e Israel.

     

    Posteriormente, tras la importante ofensiva estadounidense contra los bastiones de la organización y la persecución de las vías de financiación la estrategia de Al Qaeda sufrió algunos cambios. La consigna en los últimos años de vida de Bin Laden era resistir a toda costa. El núcleo duro de la organización (situado en las áreas tribales entre Pakistán y Afganistán) se mantendría agazapado esperando tiempos mejores mientras otras facciones como Al Qaeda en el Magreb Islámico, Al Shabab o Al Qaeda en la Península Arábiga intensificarían sus acciones.

     

    Pese a le enorme repercusión de Al Qaeda en los medios de comunicación, según expertos como Jean Pierre Filiu o Fernando Reinares, en la actualidad el núcleo duro de la organización no cuenta con más de un millar de militantes activos. Podemos explicar esta amplificación del poder real de Al Qaeda principalmente por dos motivos. En primer lugar la necesidad de justificar acciones militares, de seguridad y de espionaje a gran escala por parte de los gobiernos occidentales. El segundo motivo es el impacto mediático de los actos de estos terroristas, visualmente muy atractivos para los medios de comunicación occidentales ávidos de audiencias morbosas.

     

     

    Un futuro incierto

     

    Cuando se habla del futuro Al Qaeda hay que tener en cuenta la enorme flexibilidad que ha demostrado desde sus inicios: su capacidad de adaptación a entornos muy hostiles indica que ni mucho menos va a desaparecer a corto-medio plazo. La muerte de Bin Laden no significará el final del terrorismo de corte radical islamista, pues los conflictos a nivel local siguen existiendo, así como la perversión del islam por parte de grupúsculos radicalizados. Al Qaeda asiste a un proceso de cambio interno donde su núcleo ha perdido capacidad para realizar grandes acciones terroristas, pero su ideología se ha extendido por el mundo de manera espectacular. Este es su principal éxito: ha sido capaz de conformar en torno al odio a Occidente una ideología violenta y global que sirve de bandera y unión al radicalismo islámico.

     

    Se puede aventurar que es difícil que asistamos a otro 11-S, pero sí parece probable que alguna de las facciones de Al Qaeda, grupos organizados o individuos radicalizados ejecuten acciones a pequeña escala en suelo occidental. Tampoco se puede descartar que alguna de estas facciones terroristas trate de inmiscuirse en la evolución de las democracias tras la primavera árabe. Por este motivo el golpe de Estado en Egipto proporciona argumentos a los islamistas más radicales, desde su óptica extremista la sombra del clientelismo hacia Occidente ensombrece la revolución en el país. No cabe duda de que el núcleo duro de Al Qaeda, con Al Zawahiri a la cabeza, intentará canalizar el descontento de los islamistas. La clave es si tiene la capacidad para realizar esto y sobre todo si los Hermanos Musulmanes se lo van a permitir. Parece poco probable que la poderosa organización islamista que aspira a recuperar el poder quiera verse mezclada con acciones terroristas. Es un caso similar al de Hamás en Gaza, donde la presencia de Al Qaeda está vetada.

     

    Otro escenario posible para Al Qaeda puede ser su confinamiento en espacios muy locales fruto de la división que puede haber generado entre los diferentes círculos la muerte de Bin Laden. Este ejercía hasta la fecha de su eliminación de cemento ideológico entre las diversas facciones repartidas por el planeta (AQMI, Al Qaeda en la península arábiga, Al Qaeda en Irak...). Su muerte ya está provocando tensiones estratégicas entre los egipcios de Al Zawahiri (designado sucesor) y los militantes de Al Qaeda en la península arábiga, principalmente establecidos en Yemen. Según el consejero de seguridad estadounidense John Brennan, Al Zawahiri no goza de la simpatía de todas las ramas de la organización ni es tan carismático como Bin Laden. Dentro de este hipotético confinamiento las acciones terroristas perderían el carácter global que alcanzaron con Bin Laden.

     

    Otra posibilidad que se debe plantear en el futuro de Al Qaeda afecta directamente a Europa: en el viejo continente residen miles de musulmanes, principalmente jóvenes. Por este motivo es importante revertir la islamofobia que recorre Europa, pues una dinámica de enfrentamiento contra el islam en suelo europeo unido a la falta de oportunidades de estos miles de jóvenes puede provocar que decenas de ellos terminen siendo radicalizados por ex-yihadistas.

     

    Tampoco se puede descartar la intervención occidental en otro país musulmán. Hay varios escenarios a tener en cuenta en los próximos años. Yemen, donde se ha instalado la rama de la organización en la península arábiga, puede convertirse en el nuevo santuario yihadista desde donde volver a perpetrar una gran acción contra Estados Unidos.

     

    No podemos dejar de lado que frenar el programa nuclear iraní es todo un desafío para Estados Unidos e Israel, que observan con temor que la obtención de la bomba atómica por parte de Irán esté cada vez más cerca. Una intervención militar en Irán provocaría un aumento de la tensión con Israel, y por consiguiente con sus aliados occidentales, dando alas de nuevo a Al Qaeda, a pesar de no guardar ninguna relación con el régimen de los ayatolás.

     

    También se debe acercar la lupa a Libia. Se desconoce con total claridad la identidad de los diversos grupos rebeldes que se sublevaron contra Gadafi, pero diversos expertos y analistas occidentales han manifestado que mezclados entre estos combatientes se encuentran numerosos militantes de Al Qaeda. A estos militantes se les han proporcionado desde Occidente suministros y armas que pueden acabar en manos de terroristas. Parece que la geoestrategia occidental no tiene memoria para recordar lo que sucedió en Afganistán cuando Washington dotó de medios militares a islamistas radicales. Es relevante apuntar que uno de cada cinco muyahidin que fueron capturados en Irak procedía de Libia, pese a que la población de este país no alcanza los 6 millones de habitantes. Además, en territorio libio podemos encontrar el Grupo Islámico Combatiente en Libia que en 2007 se declaró oficialmente a sí mismo como una extensión de Al Qaeda.

     

     

    Pasos a seguir

     

    Para debilitar de forma irreversible a Al Qaeda las potencias occidentales deben seguir una serie de pasos sin demora.

     

    —Eliminar los santuarios de la organización mediante acciones específicas y en colaboración con los ejércitos locales, es decir, erradicar la presencia de Al Qaeda en el Sahel, Waziristán, Somalia y  Yemen. Tarea francamente complicada por la variedad de escenarios, la complejidad y la enorme inversión que supone llevarla a cabo.

     

    —No debemos cometer los mismos errores que en el pasado, abandonar Afganistán sin dotar a los afganos de medios para impedir la resurrección talibán sería un tremendo error. Pues este país volvería a ser refugio para grupos terroristas de toda índole. Si atendemos a las últimas informaciones, Estados Unidos parece decantarse por negociar con los talibán: todo un error a largo plazo para sus intereses y a corto para las libertades de los afganos a quienes se prometió defender.

     

    —Apoyar dentro del mundo musulmán a las opciones islamistas moderadas y/o laicas es fundamental, pues negociar con islamistas radicales y apoyar monarquías autoritarias como se ha hecho hasta ahora implica graves consecuencias a medio plazo.

     

    —Impulsar una estrategia de reconciliación con el islam es básico para debilitar los movimientos radicales islamistas. Es fundamental separar a Al Qaeda y su ideología del resto del islam, señalar a estos terroristas como simples delincuentes ha sido una de las claves para desmitificar su resistencia y convencer a muchos musulmanes de la necesidad de eliminar esta organización.

     

    —En los países democráticos no debemos caer en el error de continuar limitando el estado de derecho ante la amenaza terrorista porque este es uno de los fines que ansían estos criminales. No cometer otra vez el fallo de ocupar un país musulmán pues esto daría oxígeno a una organización en horas bajas que está lejos de desaparecer pero que pierde la guerra.

     

    —Por último, lo más complicado por la infinidad de intereses cruzados: se debe hacer todo lo posible para erradicar la enorme pobreza en el mundo musulmán principal semilla del fruto podrido del terrorismo.

     

    —Entender que el terrorismo se combate con la fuerza pero también con educación y posibilidades de desarrollo para los más jóvenes. Entender que el terrorismo se combate desde la base, desde el origen, desde su financiación, desde sus causas y sus fuentes es esencial para su erradicación.

     

     

     

    Luis Calderón es periodista y en FronteraD, donde se encarga de redes sociales, mantiene el blog Detrás del muro

     

     

     

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