Andrés Lewin

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    Andrés Demian Lewin, el músico que devoraba diccionarios

    Daniel Fernández de Miguel - 25-02-2016

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    El 5 de enero falleció en Madrid el cantautor Andrés Demian Lewin, a los 37 años de edad, debido a un raro problema cardiaco que no fue posible diagnosticar a tiempo. Su trágica muerte, tan repentina e inesperada, ha llegado en el momento en que Lewin se disponía a mostrar al mundo lo mejor de su talento: La tristeza de la Vía Láctea. Un conjunto de canciones dotadas de una insólita belleza, irradiadoras de un magnetismo irresistible. La publicación póstuma de este disco permitirá acercarse a su universo creativo. El 16 de marzo, en la Sala Galileo Galilei de Madrid, tendrá lugar la presentación del disco con la interpretación de sus canciones por parte de amigos y admiradores suyos: Luis Ramiro, Conchita, Marwan, Pablo Cebrián, Marino Saiz, Alejandro Martínez, Tontxu... en lo que promete ser un concierto para el recuerdo.

     

    Aunque ha sido en la música donde Andrés Lewin ha obtenido mayor reconocimiento, su capacidad creadora, prolija y multidisciplinar, nunca entendió de límites. En todo lo que hacía dejaba constancia de una sensibilidad e ingenio fuera de lo común que se manifestaba, sobre todo, en su pequeño microcosmos: un círculo de amigos y seguidores que le acompañaban, maravillados por la riqueza del mundo lewiniano, donde lo sublime y lo absurdo compartían existencia. 

     

    La infancia de Andrés, tumultuosa y atípica, prefiguró lo que sería su vida. Nació en Buenos Aires en 1978, de familia judía. A muy corta edad fue abandonado por su padre. La figura de María, su madre, luchadora incansable, fue fundamental para él. Dotada también de una fuerte singularidad (fue una de las introductoras de la risoterapia en España), educó a Andrés en un ambiente ajeno a toda clase de convencionalismos, de imaginación desbordante. Fue ella la que compensó algo que Andrés aprendió demasiado pronto y que arrastraría toda su vida: una sensación de soledad radical. En una cabeza siempre en ebullición como la de Andrés, sus mejores recuerdos eran los del sosiego de su infancia en Argentina: una quinta en el campo, en el sofá con su madre, acompañado del fuego. Las canciones dedicadas a ella en su primer disco, María y Volver, tras su prematura muerte a causa de un cáncer, constituyen un homenaje conmovedor.

     

    En 1988 madre e hijo se trasladaron a Madrid, tras vivir una temporada en Israel. Andrés pasó así del cosmopolitismo judío de sus orígenes a establecerse en la periferia de Madrid, en el humilde barrio de San Cristóbal de los Ángeles. La vida y personalidad de Andrés siempre estuvo marcada por la contraposición. Una contradicción enriquecedora que estaba en la base de su manera tragicómica de ver el mundo. Junto a una suerte de perenne malestar vital, de tristeza íntima, había una persona con un sentido del humor absurdo y disparatado.

     

    En su barrio madrileño, con el que mantuvo una intensa relación de amor y odio, acabaría por rodearse de un grupo de amigos incondicionales. Andrés hizo de la amistad su forma de vivir, el plato principal en el banquete de la vida. Tuve la suerte de conocerle a los 14 años, cuando estudiábamos en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid. Me sorprendió de inmediato su peculiar personalidad en una época en la que la mayoría de los adolescentes vivíamos con la obsesión de sentirnos integrados y aceptados por la manada. Andrés tenía otras preocupaciones. Estaba encandilado por el lenguaje, por las palabras. Se dedicaba a leer el diccionario como si de una novela se tratara. En sus exámenes de literatura tenía la costumbre de explicar al profesor o profesora de turno, mediante asteriscos, el significado concreto que tenían sus palabras. Su pasión por el lenguaje la plasmó años después en un delirante vídeo, Síndrome de María Moliner, que se puede ver en Youtube.

     

    Andrés era un genio disparatado. Capaz de crear un indefinible blog, Lancé una mandarina, donde todavía pueden encontrarse algunas de sus maravillosas historias familiares, como la tremenda Carta para mis fantasmas. De pronto decidía emprender el Camino de Santiago como terapia de adelgazamiento, y compartía su experiencia mediante unas surrealistas crónicas, a medio camino entre La conjura de los necios y El bosque animado, en las que un particular “mártir de la obesidad” recorría la geografía peninsular maravillándose ante cada rincón que aparecía en su camino. Andrés vivía la vida al máximo, sin aceptar jamás la medianía, con sus propias reglas. Significativo de su personalidad era su relación con el cine, al que era gran aficionado. Cuando se topaba con alguna película que le impactaba tenía la imperiosa necesidad de verla 4 o 5 veces seguidas. Dancer in the Dark, Melancolía, Gravity y tantas otras eran devoradas con fruición por una persona con una capacidad de apasionamiento sin fin.  

     

    Después de publicar sus dos primeros álbumes, tras ser consciente de que vivir de la música es casi una entelequia en la España de hoy, Andrés estuvo varios años trabajando de teleoperador en una empresa como tantas otras del capitalismo actual, especializadas en vampirizar a sus empleados. No creo que haya habido en España mayor desperdicio de talento que el paso de Andrés por aquella empresa. Afortunadamente hace dos años apareció en su camino Magdalena Vadell, una mujer de Barcelona que animó a Andrés a que abandonara las galeras, proporcionándole apoyo material y, sobre todo, complicidad para que diera rienda suelta a sus capacidades. El resultado final de la amistad entre Magdalena y Andrés ha sido el álbum que, gracias al excelente trabajo del productor Pablo Cebrián, verá la luz próximamente. El mejor legado que nos ha podido dejar Andrés Lewin.

     

    Decía Leopoldo María Panero que uno se hace mayor cuando las ilusiones que tiene uno de niño, de serlo todo o morir, dejan de tener sentido. Lewin murió siendo un niño. Un niño que, por las noches, siempre miraba al cielo en busca del cometa Halley. La noche del 5 de enero reinó la más absoluta oscuridad. Desde entonces somos muchos los que, cada noche, nos asomamos a la ventana en busca del Halley, recordando a un genio irrepetible, añorando a un amigo inolvidable. 

     

     

     

     

    Daniel Fernández de Miguel (Madrid, 1978) es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado diversos artículos y colaboraciones sobre la imagen norteamericana en España. Ha publicado el libro El enemigo yanqui (Genueve Ediciones, 2012), del que FronteraD publicó un fragmento: El enemigo yanqui. La guerra hispano-estadounidense de 1898. Colabora en revistas académicas como Ayer, Historia y Política, Cuadernos de ALDEEU... Aparte de su labor académica, coordina una fundación que lleva a cabo proyectos de cooperación al desarrollo en Mozambique. 

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