La anti-España

Mario Coll

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“España, madrastra inmunda con sus hijos. Tierra de amos y de siervos”, escribió Juan Goytisolo, apátrida consecuente en Marruecos, ciudadano de Marrakech, enterrado en Larache. Antonio Machado, abatido por la tristeza, muere en una pensión de Colliure en 1939. En sus manos había un papel en el que había escrito: “Este cielo azul y este sol de la infancia”.

 

El 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, ante una jauría de lobos que querían su sangre tras haber escuchado a Millán Astray –cofundador de la Legión junto a Francisco Franco– aullar: “¡Viva la muerte, abajo la inteligencia; mueran los intelectuales!”, Miguel de Unamuno, a la sazón rector de dicha universidad, se atrevió a contestarle entre abucheos e insultos harto ya de los fusilamientos y desapariciones de compañeros de vida académica:

 

“Este es el templo de la sabiduría, yo soy su sumo sacerdote y vosotros lo estáis profanando. Acabo de escuchar el necrófilo grito de un mutilado no sólo de cuerpo sino de alma y digo que venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta para hacerlo, pero no convenceréis porque para convencer hay que persuadir y para persuadir hay que contar con la razón y el derecho de los que carecéis por completo. Me parece inútil pediros que penséis en España”. Es sabido que la mujer de Franco se acercó a Unamuno y le cogió del brazo evitando con seguridad que un exaltado Millán Astray disparara la pistola que había desenfundado. A los pocos meses Unamuno moriría en arresto domiciliario.

 

Miguel Hernández muere víctima de una tuberculosis a la que difícilmente podía sobrevivir al ser trasladado de cárcel constantemente. Federico García Lorca es fusilado un amanecer de julio de 1936 y lo único que había hecho en su vida era escribir teatro y poesía. Poetas como Luis Cernuda, León Felipe, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez,  compositores como Pau Casals, pintores como Picasso, directores de cine como Luis Buñuel, pensadoras como María Zambrano o el psicoanalista Ángel Garma, así como un número demasiado largo de intelectuales, poetas y creadores emprenderán el camino del exilio sin olvidar a un pueblo derrotado, cumpliendo así la profecía de Unamuno. Pero lo de irse de España porque te echan o simplemente porque no quieres que te maten o te metan en la cárcel por una razón religiosa y/o política viene de lejos.

 

Los judíos españoles son expulsados definitivamente en 1492, aunque ya habían padecido constantes pogromos. Aparte de la avaricia de los Reyes Católicos y el celo inquisitorial de Torquemada, una de las razones para la expulsión fue que la mayoría católica pensaba que el judío hispano –no podemos hablar de España todavía tal como la entendemos– no era hispano, a pesar de que su presencia se remontara ya a la ocupación romana en el siglo II antes de nuestra era, por tanto era sospechoso potencialmente de deslealtad.

 

Los moriscos de las Alpujarras son expulsados definitivamente de España a principios del siglo XVII por Felipe III, ya que tampoco se les consideraba españoles y eran sospechosos de operar como quintacolumnistas del poder turco en el Mediterráneo. La reforma luterana que conmovería los cimientos de la Iglesia católica no entra en España evidentemente, pero aparecen otro tipo de reformistas religiosos como los llamados alumbrados o erasmistas que serán perseguidos por considerárseles sospechosos de complicidad con las potencias  de Holanda, Alemania o Inglaterra, como el conquense  y erasmista Alfonso de Valdés, que morirá en Viena en 1532, y su hermano gemelo y protestante Juan, en Nápoles en 1541, ambos exilados para evitar problemas con la Inquisición.

 

La suerte del gran humanista valenciano Juan Luis Vives fue más cruel. Morirá en la ciudad belga de Brujas en 1540. Su padre fue quemado vivo y los restos de su madre exhumados y carbonizados también. Pagaban así su condición de judíos relapsos. Esto es, conversos para poder seguir practicando su religión clandestinamente. Vives nunca regresaría a España.

 

En el siglo XVIII y principios del XIX los ilustrados y librepensadores eran considerados “afrancesados”, es decir, ya en la misma calificación se les desposeía de su condición de españolidad. Y así Goya morirá en Burdeos hastiado de la miseria moral de Fernando VII. Un rey que a principios del siglo XIX cerraba universidades y abría escuelas de tauromaquia.

 

Espronceda, Argüelles, Fermín Caballero, Meléndez Valdés, Alberto Lista y el consabido etcétera de liberales se exilará y aunque retornen a España, salvo Meléndez Valdés, que morirá en Montpellier, siempre gravitará sobre ellos la sospecha de anglofilia o afrancesamiento por abrazar las ideas de libertad que recorrían inevitablemente Europa. Es decir, eran traidores a la patria.

 

Cuando el socialismo fue cuajando y creciendo, en la sociedad española las fuerzas de la reacción vinculaban al socialista con el oscuro poder foráneo encarnado por la masonería. Los comunistas no eran más que fieles agentes de Rusia y el franquismo en general basó su legitimidad en la defensa de los intereses patrios frente a una pérfida izquierda que obedecía a siniestros intereses extranjeros. En un discurso cínicamente perverso un régimen que se había alzado con el poder gracias al apoyo de nazis alemanes, fascistas italianos y levas marroquís acusaba insistentemente a la oposición democrática de no ser patriota y de conspirar junto a potencias extranjeras en el llamado complot judeo-masónico o el pacto de Múnich.

 

Que los líderes de Podemos sean vinculados a los intereses de Venezuela o de Irán no es más que la continuación del argumentario históricamente conocido. Sólo el que encarna la posición conservadora o reaccionaria y se oponga a cualquier progreso que por lógica histórica corresponda merece la condición de españolidad; al Otro se le desposeerá de esa condición o en el mejor de los casos será sospechoso de no identificarse con ella por la sencilla razón de que estos patriotas no sólo son patriotas, sino que se sienten dueños de un país que confunden con un cortijo de su propiedad. Nos guste o no, en este momento hay españoles que han huido de España y no han matado a nadie.  Transgredieron la Ley. Pero todos los nombres mencionados también lo habían hecho según los legisladores y las leyes de su momento histórico. ¿No va siendo hora de que todo el mundo esté a gusto en España? ¿De darle un giro al aserto unamuniano que parece sintetizar una maldición histórica y que venza el convenceréis y no el venceréis?

 

Lo que verdaderamente ha subyacido durante siglos y aún subyace, provocando una profunda y contradictoria angustia identitaria, es la arraigada creencia de que el verdadero español en la historia es católico y de derechas y en lo posible sólo habla castellano. Ese es el verdadero español, el verdadero patriota, el que vive con devoción lacrimógena la Semana Santa y el Corpus, el que presume de bandera roja y gualda, el que se conmueve con el himno de la Legión y el relato de la conquista de América por Cortés y Pizarro, el que lleva a sus hijos a misa antes del aperitivo y quiere orden a toda costa aunque luego saquee del país 40.000 millones de euros cada año y lo guarde en  paraísos fiscales. Y lo que es peor, todavía muchos españoles les votan.

 

 

 

 

Mario Coll es psicoanalista y autor del Dicciomario (Vértice). En FronteraD ha publicado Otra manera de ver las cosas, Mahoma o el fanatismo y Larache, Jean y Juan. 

 

 

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Unamuno, 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de Salamanca. El testimonio de Nikos Kazantzakis, por Carlos García Santa Cecilia

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