Juan Manuel de Prada

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    Aperitivo en barroco. En torno a Juan Manuel de Prada

    Jesús Nieto Jurado - 26-03-2015

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    Las venas líricas de Juan Manuel de Prada van atrás, muy atrás. Hay quien lo entronca torpemente con Gómez de la Serna –que también– al aire de aquel éxito clandestino que fue Coños, pero su concepción de lo que ha de ser la página escrita arranca de unas lecturas muy tempranas por vía familiar; unas lecturas desordenadas pero provechosas según aquel adagio de Azorín (quizá Azorín nos diera algún refrán y de ahí su posteridad, tan canónica como inmerecida).

     

    Cuando uno se enfrenta a un animal literario como Prada sabe inmediatamente eso: que está ante un ser que exhala literatura y contra eso hay poco que hacer. Juan Manuel de Prada es, entonces, un barroco que va y viene de Valle-Inclán, que nunca desperdicia la página y que suele hablarnos del Eclesiastés como otros usan alguna frase celebrada de Simeone o de Ortega –si es que de algo les ha servido a estos intelectuales nuestros el Bachillerato o el As–. Con esto queremos decir que, a pesar de los conocimientos enciclopédicos de Juan Manuel de Prada, hay en él una vocación por transmitir pensamiento y estilo: bien mediante el artículo, bien mediante la novela.

     

    Como Pere Gimferrer, uno de sus referentes y de uno de sus principales valedores, ha escrito toda una genealogía literaria de los márgenes de la sociedad y de la literatura: de sus malditos de sus desgarrados y de sus excéntricos. Las máscaras del héroe y sus apuntes, Desgarrados y excéntricos, son una buena muestra de un ciclo sobre esa gallofa literaria que va de Pedro Luis de Gálvez a César González-Ruano, y que constituye ya un ciclo agotado por el autor.

     

    Juan Manuel de Prada nos recibe en un hotel cerca de su casa, cerca de El Boni, donde toda pitanza norteña tiene su asiento, y entre sofá y grabadora, entre el cuaderno y el agua mineral, explica las nervaduras que dan sentido a un escribir tan particular como el suyo. Para entrarle, uno le pregunta sobre esa socarronería que siempre hay en el trazo de sus personajes. A veces son quijotescos perdedores, otras héroes con no más ventura que la posteridad, pero el premio  Cavia de 2006 los humaniza con la coña marinera que en él no obedece a ningún fin humorístico, muy al contrario, pues cuando escribe “no pretende ser” un humorista, sino que la génesis de la sonrisa en el lector puede venir de “una vena mordaz” que ilustra su “profundo pesimismo”.

     

    El humor en Prada, según propia confesión, está ahí como una realidad para “no convertirle” en un “amargado”. Prada cuenta que efectivamente el humor, aun casual, tiene por objeto principal hallar la piedra última “del alma humana y de sus debilidades”, y en esta revelación tenemos ya  a un autor que conoce bien las virtudes humanas y sus defectos. Dice nuestro narrador que lo que en un principio, en Las máscaras del héroe, eran “guiñoles”, en la voluminosa Morir bajo tu cielo se convierte en tratado de psicología humana: de esa psicología en la que en el fracaso se ven mejor las querencias de nuestra especie.

     

     

    El estilo

     

    Hay que hablar con Prada del estilo, de esa venturosa escuela que no redacta sino que crea imágenes y narra algo que, primeramente, nos seduce por el oído. Prada es dueño de un estilo poderoso, excesivo para algunos, pero sabemos que su proyecto literario sólo puede entenderse bajo la mixtura de fondo y forma.

     

    Y es que Juan Manuel de Prada se vive en un estilo poderoso, inconfundible, en el que cada página vuela con identidad propia. Al ignaro que cree en aquellas “virtudes redentoras de la Cultura” que diría Juan Marsé, Prada le genera un aplauso admirativo por el bamboleo de sus formas; pero a un lector avezado le provoca esa sensación de totalidad donde las andas y el santo entran en una liturgia recargada y apoteósica.

     

    Sucede –nos viene a decir Juan Manuel de Prada como a media voz, con las piernas cruzadas en la mañana gris– que “no se han leído” a los maestros; que la mayoría de los que escriben hoy se quedan en “meros redactores” que van delimitando “el esqueleto” de la literatura hasta dejarlo “en puro hueso”. Este Juan Manuel de Prada que tanto nos defiende, con nostalgia, la columna literaria, pena también por el triunfo de esa mediocridad intelectual movida por el “odio que existe en las élites culturales hacia España” porque estos detractores, por incapacidad “reniegan de la tradición barroca”. Va de suyo que la defensa del barroco de Prada es una defensa ideológica, sí, por cuanto tiene el barroco de estilo que se enfrenta a quienes pretenden hacer de la literatura “mera filfa”. En cualquier caso, este escritor de Baracaldo –amantado de letras en Zamora– no reniega del estilo sencillo, pero sí de quienes hacen pasar por sencillez la ligereza en la escritura: esa “filfa” en los escritores actuales que nos va recordando el escritor en salmódica reiteración.

     

    La conversación se enlaguna con Prada en el estilo, pero esto es interesante pues va quedando este autor como un canon en sí mismo al que algunos siguen, y es necesario que nos explique brevemente esta mecánica suya de ir haciendo páginas y libros. Quedémonos, de momento, con la dialéctica de Juan Manuel de Prada sobre esto de llenar folios: o hay literatura o hay, evidentemente, “filfa”.

     

     

    El heroísmo español

     

    Y si se aborda el estilo, hay que asomarse, asimismo, a la temática de su última novela, Morir bajo tu cielo (narra las desventuras de los últimos de Filipinas en aquel poblacho de Baler). Le pregunto a Prada por el heroísmo español, tan inveterado en nuestra genética como históricamente absurdo. Para Prada, la historia de España es esa “historia de resistencia heroica y a la vez disparatada”, por cuyas escorrentías fluyen “Numancia, el Alcázar de Toledo o el episodio de Tarifa de Guzmán el Bueno”. Son ese tipo de “hazañas locas” que sí, que seducen a la grandeza literaria de los cronistas, pero que también son el fruto perverso de “ese componente trágico” inherente a nuestro pasado.

     

    En este momento Prada nos reconoce que el progresivo ostracismo al que se ha sometido al episodio de “los últimos de Filipinas” obedece a ese “interés ideológico” que hay en “cambiarnos a los españoles”. Según este relator poético de las vaginas y preclaro escritor, la “europeización de España” venía “a cambiar este temperamento trágico” y dramático de la idiosincrasia patria cuya razón anida en el catolicismo

     

    En el epílogo a Morir bajo tu cielo, Juan Manuel de Prada avisa de que los hechos históricos son una materia sobre la que el escritor es libre, libérrimo. Detesta Prada el prurito de la objetividad neutra, y sobre ese aspecto le inquiere uno cuando, paradójicamente, hay un cierto triunfo de escuelas historiográficas que obedecen a una u otra ideología. Lo cual que aquí es claro el columnista de ABC, que exige a cualquier novela que aborde el pasado lo que él nos ha denominado como “coordenadas de verosimilitud”.

     

     

    El éxito temprano

     

    Uno descubrió a Prada –casi que se descubrió en Prada– con la monumental Las máscaras del héroe y con ese crisol que hace de la historia de un país y de una literatura entre el arroyo y las musas. Si la crítica atronó a favor de un autor que llegaba al Parnaso aún lampiño, el escritor se nos muestra muy refractario a estos elogios; es más, considera que su obra posterior es superior, y da la impresión de que elogiar a Las máscaras del héroe, a mitad de camino entre lo legendario y lo filológico entre palabristas admirados, le parece a Prada una manera de enturbiar su obra postrera. Si en este libro usó nuestro entrevistado “guiñoles” es una opinión personalísima de su creador sobre su obra, aunque quizá todo obedezca a esa cosa tan española y cainita de elogiar el pasado para negar, por contraste, el presente.

     

    La crítica y tal…

     

    Es cierto que pueden ser “guiñoles” personajes tan estrafalarios como esos escritores que aullaban a la luna, que mataban por un aplauso en las tertulias o que, como Armando Buscarini, camuflaban el hambre y la locura vendiéndose como el mejor poeta de España en aquel Madrid ya ido. Pero es que la nostalgia de la mugre literaria precisaba de un lírico relator, y ahí Juan Manuel de Prada salió brillantemente al quite.

     

     

    España

     

    Con una medio monja entre juglares, una soldadesca mal pagada, un traficante que profesa el protestantismo y un retablo perfecto de la España en la que se puso el sol, Morir bajo tu cielo esconde un mensaje presente; un aviso para navegantes en las procelosas aguas del nacionalismo de aldea. España no lo hizo tan mal como potencia colonial, especialmente ante la preponderancia yanqui y cruel que sucedería a la pérdida de las posesiones de Ultramar. Y esto lo asegura rotundo Prada, pues “lo dejaron escrito muchos líderes filipinos: que habían salido de Guatemala para entrar en Guatepeor; mientras la dominación española había sido una dominación suave, la americana fue dramática”. Y es que, argumenta el premio Planeta, en las posesiones españolas “no se sentía ninguna necesidad de cambio” porque el “odio a España nunca fue algo popular”, sino una idea de las élites “masonizantes” y “liberales”, agitadas desde la propia Península.

     

    El libro, además, evidencia un canto a la libertad; a una Libertad equivocada para unos, reconfortarte para otros, pero que al narrador le da carta blanca para seducirnos con el daguerrotipo de la condición poliédrica del hombre.

     

    Juan Manuel de Prada vuelve a sacar el tono ex cathedra, que a él le es auténtico, y asevera que  “la libertad antiguamente era la capacidad que tenía el ser humano para conocer la verdad de las cosas, un don divino que le fue dado al hombre para ser dueño y responsable de su vida. (…). La libertad, tal y como se entiende hoy, es lo contrario: es revolverse contra la verdad de las cosas. Contra tu propia naturaleza”. “Libertad es una palabra muy peligrosa que utilizan los demagogos para tener a la gente más esclavizada, más encadenada”.

     

    Y así, entre libertades, lo acompañé al mítico café Varela de Madrid. Por el camino hablamos del columnismo español: él con pesimismo, yo con la ilusión de quien defiende el negociado en el que le va el alma y la hacienda.

     

     

     

     

    Jesús Nieto Jurado (Málaga, España, 1985) es escritor y periodista. Columnista precoz con su columna ‘Picalagartos’ en El Mundo, es colaborador de TVE, crítico de El Cultural y asesor de la Fundación Francisco Umbral. Autor de los libros Contra los tontos por ciento o El año de la rubia, escribe una columna semanal en los diarios El Norte de Castilla y Sur. En Twitter: @jesusNjurado

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