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El operero el blog de Alejandro Carantoña


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21 de abril, 2016

#24 Sustituciones

 

I.

 

Ha querido la casualidad que la semana pasada hablásemos de una sustitución de urgencia en el Liceu y que esta AC/DC haya cambiado de cantante para lo que le queda de gira. La comparación es muy reveladora: Josep Bros entró a cantar en Simon Boccanegra diez horas antes de lo previsto y cosechó un éxito arrollador; en el caso de Rose, ya hay mar de fondo y faltan casi dos meses para que recalen en España.

 

Al poco de conocerse que Rose (líder de Guns’n’Roses) sustituiría a Brian Johnson en el concierto de Sevilla de junio, la organización de consumidores Facua ponía sobre la mesa que a su juicio quien quisiera podía solicitar el reembolso de la entrada. Entendía que se había producido un «cambio sustancial» en las condiciones del espectáculo, lo cual autorizaba al público a pedir que le diesen el dinero gastado.

 

A partir de ahí, encuestas y polémicas varias relacionadas con el hecho de si ver a AC/DC sin Johnson es ver a AC/DC o ver un sucedáneo descafeinado. A tenor de lo leído, visto y oído en estos días, no pocos fans se decantan por la segunda opción. Lo gracioso es que los de la primera, seguramente, acabarán yendo de todos modos consumidos por el morbo de ver el extraño empaste de grupos. Histórico, dicen algunos. (Y uno duda de que Rose pueda hacer nada «histórico» a estas alturas de la película en un país, para más inri, que no le interesa.)

 

Live Nation, la promotora del concierto en España —célebre por rozar la usura en su gestión de venta de entradas— no tiene nada que decir al respecto. Igual que sucede en ópera (y de hecho así se explicita en las entradas de muchos teatros), a menos que el espectáculo se cancele o se mueva de fecha no hay derecho de reclamar entradas. Lo cual suscita la pregunta del millón: ¿En concepto de qué exactamente pagamos lo que pagamos cuando pagamos?

 

En el caso de la ópera, al menos, el uso de covers (o cantantes sustitutos) es muy frecuente, por la sencilla razón de que montar una ópera implica una cantidad de recursos, tiempo y personal que hace inconcenbible que un catarro paralice las máquinas. Sería un desastre: las fechas no son flexibles y la posibilidad de anular el espectáculo conlleva un cataclismo económico. Esto es posible, seguramente, porque cuando alguien compra una entrada para ver una ópera lo hace para ver eso, una ópera: Simon Boccanegra de Verdi, El holandés errante de Wagner o Powder her face de Adès.

 

Entonces, cuando alguien paga por ver un concierto de AC/DC, ¿qué está pagando por ver exactamente?

 

 

II.

 

Bien es cierto que montar una gira de rock’n’roll por estadios tampoco es moco de pavo. En términos de personal y técnica, se necesita una infraestructura similar o superior a la de una ópera (y encima, itinerante) con una agenda bien apretada y una estructura logística que no deja mucho margen a la improvisación. Así que cancelar un concierto —porque alguien se cae un cocotero, ejem— es una debacle solo al alcance de unos pocos. De los Rolling Stones, por ejemplo. Por no hablar del coste emocional para con toda esa gente dispuesta a dejarse un 10%, un 15% de su sueldo de un año en coger un avión, pedir vacaciones, hacer cola a la puerta de un estadio y disfrutar del espectáculo. Eso no tiene precio.

 

Aquellas amargas lágrimas cuando Keith Richards se cayó del árbol, o aquellas históricas pintadas por todo Gijón cuando Metallica decidieron que tenían algo mejor que hacer ¿eran por no poder ver y escuchar un buen concierto o por haber perdido la posibilidad de adorar a sus ídolos?

 

Con toda probabilidad, por lo primero: aún no se ha inventado un concierto de estadio que suene realmente bien; y de hecho las grabaciones mesa de mezclas mediante no tienen nada que ver con la «experiencia del directo», que dijo aquel. Esa experiencia consiste en ver a una gente mover brazos y labios, ejecutando unas canciones que ya conoces a la perfección. Es casi más un acto de comunión, de catarsis colectiva antes que de celebración musical genuina: ¿Quién en su sano juicio, si no, pagaría en torno a cien euros por ir a escuchar música a un recinto diseñado para jugar al fútbol? Solo alguien con muchas ganas de ver a Brian Johnson deambular por el escenario y a Angus Young mover la patuca. Eso, supongo, es rock’n’roll: cerveza a diez euros, noventa mil personas y una experiencia «inmersiva».

 

 

III.

 

Pero es una experiencia distinta. Una experiencia, ni más ni menos, que se disfruta cuando a quien tienes en escena es a un Bruce Springsteen en estado de gracia o a unos U2 rendidos a la parafernalia tecnológica. Algo que hay que ver (y vivir) al menos una vez en la vida, y que vaya si cuesta 90 euros. Y 100.

 

Es la ilusión la que mueve estos espectáculos, entonces, y no el espectáculo en sí: yo vi a Keith Richards en el Vicente Calderón no dar una sola nota en su sitio durante Honky Tonk Women; vi a Clarence Clemons entrar en silla de ruedas al Bernabéu; vi a los Stray Cats pegar sellos en un bolo funcionarial y plano. Pero pude ver a Richards ahí, al alcance de la mano, reproducir el mito una vez más, y a Clemons, poco antes de morir, sacar adelante el épico solo de saxo de Jungleland por última vez. Vi rock’n’roll en estado puro. Está bien.

 

En el caso de la ópera todo se torna más pulcro, y está más estandarizado, porque cada cual acude al teatro por un motivo distinto. Hay tanto donde elegir en el buffet libre de la lírica que cada cual compra su entrada en función de lo que más apetitoso le resulte: unos, por las voces —que no viajan salvo constancia fehaciente de que su ídolo no va a cancelar—; otros, por la puesta en escena —que no viajan para ver reposiciones dirigidas por ayudantes—; otros, por la dirección musical —que se ahorran los cuartos comprando entradas con poca visibilidad para ver, en cambio, el foso—; y otros, para ser vistos sin más —estos no viajan: acuden al teatro más cercano y se aseguran un buen sitio en platea—.

 

Nadie se haría con una entrada para AC/DC para escuchar a AC/DC, a menos que fuesen a ofrecer un concierto en un teatro y con el público sentado (eso no parece demasiado probable). Es más, seguramente no pocos tendrían dificultades para distinguir qué miembros están en escena y cuáles no de llevar los ojos vendados.

 

No es cuestión de mejor o de peor, es cuestión de que los cambios son, en efecto, significativos para los fans en este caso. Esto es rock’n’roll. Lo otro, ópera.