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El operero el blog de Alejandro Carantoña


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6 de junio, 2016

#30 Traviata valentina

 

I.

 

 

Sofia Coppola ha debutado como directora de escena de ópera. En Roma. Con La Traviata. Y un vestuario de Valentino: huelga decir que las quince funciones programadas se vendieron en un suspiro. En general la crítica, como en diversas ocasiones ha ocurrido con la filmografía de «la hija de», ha destrozado el espectáculo. El crítico del Guardian James Imam solo acierta a decir sobre la dirección de Coppola que ha producido «park-and-bark renditions». La expresión es casi cruel: «Aparcar y ladrar», una frase del argot teatral para referirse a los artistas que salen a escena, largan su texto y se vuelven a ir. Por lo demás, señala que está llena de tópicos habituales de Traviata, como ella agarrando una botella de champán en el Brindisi, o Alfredo echando a correr afectadamente en el segundo acto.

 

En la crónica de ABC que siguió al estreno, Valentino habla del invento. Tras sortear un largo párrafo sobre lo que ha costado la operación y otro, apasionante, sobre la presencia de grandes celebridades en la alfombra roja, llega el momento de las declaraciones.

 

 

«Los grandes maestros, desde Visconti a Zeffirelli, la Calas, Piero Tosi, Lila de Nobili me han inspirado en este mi nuevo empeño. No he querido una Traviata moderna y ridícula como se hacen muchas hoy, he querido una Traviata clásica y espléndida. He pedido a Sofia Coppola dar ese toque moderno y sorprendente que la convertirá en especial.»

 

 

Concretamente, se trataba de hacer «algo que le guste a la gente», como recoge la pieza. A la gente le ha gustado, a tenor de la cantidad de entradas vendidas. La producción, además, viajará el año que viene a Valencia, donde se repondrá —calculo— entre otras muchas plazas. Qué demonios, ¿puede haber color que le siente mejor a Violetta que el «rojo Valentino»?

 

 

 

II.

 

 

Cada vez que se producen estos estrenos pomposos, y que por tanto a los puristas les/nos produce un rechazo automático, procuro pararme a pensar más fríamente en los fuertes del espectáculo: antes de haber visto nada, es de suponer que el vestuario romperá moldes, que la puesta en escena apabullará en su grandeza y que el naturalismo traviatil, como pacto, se puede asumir como animal de compañía.

 

Luego pienso en los contras: lo más probable es que Coppola apenas haya dirigido nada, y que haya contado con una pequeña tropa de asistentes que sí tengan costumbre de pastorear grandes masas corales, colocar a cantantes y montar escenas. Añado —esta es la prueba del algodón— lo que podríamos dar en llamar la «escala Michelín»: la primera estrella de la guía por excelencia se otorga a restaurantes muy buenos en su categoría; la segunda, a restaurantes excelentes que merecen desviarse del camino en viaje; y tres estrellas a los excepcionales, que justifican el viaje entero.

 

Pues bien, aplicándoselo a esta Traviata, creo que a bote pronto le concedería una. No creo que viajase para verla a Madrid, pongamos por caso, ni mucho menos a Roma. A Valencia, lo dudo. Otrosí, si se hiciese cerca de casa... Quizás la curiosidad acabase por imponerse a la prudencia.

 

Obviamente un espectáculo vendido como «de Valentino» —envuelto en páginas de Sociedad y no de Cultura— es el motivo definitivo para que los talifanes de la ópera esencial pongan el grito en el cielo: los cantantes, al parecer, son jóvenes y casi nadie los menciona en casi ninguna parte. Esto es un vehículo para el modisto y esto es, claro, antioperístico se mire por donde se mire. Por muy bonitos que sean los decorados, y epatantes los vestidos.

 

 

 

III.

 

 

Pero es probable que para el 99,9% de los asistentes a la función, Valentino y Coppola fuesen la tercera estrella que le faltaba al restaurante. La que los decidió a coger un avión y plantarse en Roma: cuando en Bilbao se estrenó El Juez, con José Carreras, en 2014, tuvo que acudir la Ertzaintza a escoltarlo hasta el hotel. Había unas señoras alemanas en platea que habían venido ex profeso, con una pancarta, a recibir a su ídolo en el retorno a los escenarios.

 

El problema es que nadie diferencia el grano de la paja. Esa Traviata normativa y valentiniana, puede que acartonada pero no necesariamente infeliz, quizás sirva de acicate para quedarse unos días más y descubrir la Linda di Chamounix de Donizetti, que se programa a continuación.

 

El lujo y el oropel de esta versión no tienen por qué ser incompatibles con alguna de las otras ochocientos millones cuatrocientos treinta y dos mil seiscientas trece interpretaciones de La Traviata que cada año se proponen en todo el mundo. Simplemente se trata de explicar que Traviata se puede hacer de muchas maneras —de tantas como directores musicales o de escena se encuentren en activo, al cuadrado— y que esta es una más. Una fácil, atractiva y gustosa: una puerta de entrada con el argumento diáfanamente explicado al lego.

 

Negarlo sería negarle a la ópera su grandeza: cuando una obra posee esta entidad y un argumento con las aristas suficientes, como es el caso, se aguanta prácticamente sola. Es difícil atropellarla, y por eso deja margen a hacer con ella desde retorcidas lecturas hasta naturalismo al pie de la letra; desde abstracciones totales hasta transposiciones quirúrgicas. Y nada hay de malo en un poco de brisa, y nada hay de malo en el lujo y glamour a la romana, y nada hay de malo en que más personas entren en el teatro: quizás al salir dejen abierta alguna puerta.

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