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El mirador el blog de Alfonso Armada


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23 de enero, 2014

Será una noche de nieve profunda

 

 

Dice el poeta polaco Zbigniew Herbert que será una noche "con esa nieve profunda capaz de volver sordos los pasos". Con esa nieve en los bolsillos, sin acabar de entrar en calor, trato de encender una cerilla a la intemperie de aquellos grandes patios soviéticos que le gustaban a Walter Benjamin cuando se sentía torturado por el amor de Asja Lacis. En lo que Manu Leguineche siempre estuvo de acuerdo con Benjamin es que sin historias estamos perdidos.

 

Dice el poeta polaco Zbigniew Herbert que "con esa sombra profunda que convierte los cuerpos en dos charcos de tinieblas yacemos conteniendo respiración y hasta el más leve murmullo del pensamiento". ¿Es lo que lleva haciendo Manu Leguineche desde ayer, conteniendo la respiración, hasta el más leve murmullo del pensamiento, para que el viento de la Alcarria lo convierta en cellisca, en nube grávida, en nube de evolución diurna, en marejada, temporal en el Estrecho, simún, viento del norte, palabras contra herrumbre, frases contra el gran silencio de los hombres de piedra, periodismo contra la derrota de los que han perdido la lengua, las manos, las huellas, la memoria...?

 

Dice el poeta polaco Zbigniew Herbert que "en todas partes la tierra es la misma enseña la sabiduría en todas partes el hombre llora con lágrimas blancas las madres mecen a sus niños la luna está saliendo y nos construye una morada blanca", como sabía Manu Leguineche, de todo eso, amasado con un cuerpo de escuchar el corazón atómico del mundo, con sus desgracias grandes y los grandes movimientos sencillos, del viento en las velas de los clippers, de los últimos de Filipinas y los condenados de Guinea Ecuatorial, los topos de una guerra que todavía sigue resonando en las cunetas donde yacen huesos sin nombre y en las selvas maceradas de Vietnam, en las guerras que han ido pelándonos el gusto por la vida y que sin embargo tipos íntegros y cabales como Manu Leguineche rescataron con palabras que siguen hablando en medio de la noche de antracita, de esas lágrimas blancas de las madres que mecen a sus niños mientras la luna sale y los lobos se preguntan si mañana va a volver Manu con otra crónica antes del chato, antes de la conversación, de la mano de cartas, del libro con que alumbrar el camino sinuoso de la especie.

 

Ayer, cuando a la redacción llegó la noticia de que, esta vez sí, que ya quisieron matarlo y algunos lo mataron en efigie, el mecanismo de Manu se había quedado quieto, tuve que escribir a vuelapluma, porque me esperaban, y escribí lo que rescato y donde se me olvidó mencionar que en esta profesión de caínes y olvidadizos profesionales Manu Leguineche era uno de los más raros, porque era casi imposible escucharle a nadie decir una mala palabra de él, y no porque no tuviera defectos, porque Manu era fieramente humano, nada menos que un hombre, sino porque sus virtudes siempre acababan venciendo y mostrándonos el camino más corto, que es el de la verdad.

 

 

A Manu Leguineche, maestro de periodistas y de tipos decentes

 

Era inevitable. Llevaba tiempo en silencio, contemplando el mundo y a los amigos que iban a verle a su retiro de Brihuega, en plena Alcarria, rodeado de sus libros, de sus pilas de periódicos, de su memoria. Manu Leguineche acaba de entregar su último aliento, es decir, su pluma, que casi siempre era un bolígrafo, un teletipo, una máquina de escribir, un ordenador. ¡Maldita sea! Aunque tenía que llegar, porque ya estaba más allá que acá, que se lo lleven los diablos a uno de los nuestros duele más que una muela del juicio que nunca tuvimos como él. Lo mejor que podemos hacer será seguir leyéndole, que ahí están sus libros vivos como recién escritos, no en vano cultivó un género de gran predicamento en el mundo anglosajón, pero que aquí no siempre hemos sabido reconocer (es decir, leer) como se merece: un cóctel explosivo y apasionante de viaje, investigación histórica y sobre todo periodismo a pie de obra, es decir, mezclándose con el paisaje, con la gente, con los otros, los que padecen la historia y la escriben con las uñas, los dientes, el sudor, las lágrimas y la risa.

 

Ayer por la mañana, buscando en El argonauta un libro de un hombre al que tengo que entrevistar el sábado, pasé ante el chaflán donde los azulejos blancos y azules del restaurante El Imperio invitan a entrar. Es uno de esos antros castizos de buen tenedor y cero pretensiones donde una vez compartí mesa y mantel a cuadros con Manu Leguineche y Gervasio Sánchez hace ya demasiado tiempo, y donde escuchamos deslumbrados su forma de hablar y de estar en el mundo. Tenía muchas cualidades Manu Leguineche, pero entre todas las tres imprescindibles para ser un verdadero periodista, es decir, un verdadero reportero (lo siento por los columnistas y demás fabricantes de estados de opinión): la de saber escuchar con los ojos y los oídos embelesados de un niño que solo se hará grande el día de su muerte (hace unas horas); la de poseer una curiosidad insaciable, que no se cura viajando porque al viajar solo se adquiere más curiosidad, más ganas de volver, de abrir otra puerta, de caminar otro kilómetro, de ver qué hay más allá de aquella colina, de aquel puerto, de aquel cancerbero, de aquel dictador sin escrúpulos, de aquel campesino africano que va a compartir contigo todo lo que tiene, y conversar; y por último la humildad de no creerse más que nadie, de mirar a los ojos de la gente, de sentirse parte de este mundo quebradizo al que los periodistas como Manu trataban de darle una especie de sentido, indagando en la historia y el contexto, leyendo y (otra vez y siempre) escuchando, contando una historia, que nunca tiene un final definitivo mientras quede aliento. Una narración de la vida que se escapa a borbotones, y que renace, raramente, a cada instante. Querido Manu.

 

Si monta una redacción de periodistas insomnes en el cielo de los que no creen en el cielo, de los que creen que todo el cielo y todo el infierno están exactamente aquí, en este mundo apasionante e injusto, yo me apunto a escribir crónicas de no menos de cincuenta mil palabras que den cuenta de lo que son los que no aparecen en las noticias, y recorrer los países que Manu pisó y los libros que leyó y los periódicos que recortó y las vidas que vivió. A Manu Leguineche, como a Julio Cortázar, le vamos a seguir queriendo siempre los que pensamos que esta profesión ha de inspirarse en tipos ejemplares como él. Hace un año, en un enero cruel y cuesta arriba como este, nos dejó Enrique Meneses. No recurriré al lugar común de escribir que solo se van los buenos, porque no es cierto: se van todos, los cariacontecidos, los pusilánimes, los cobardes y los grandes, los maestros, como Manu y como Enrique: de periodistas, de seres decentes, de amigos con los que ir al fin del mundo, al infierno si es preciso, y volver.

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