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Crónicas de asalto el blog de Antonio Mérida Ordás


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30 de abril, 2015

Persiguiendo a Michel Poiccard

 

 

“Actuar es hacer carne las palabras”

Peter O´Toole

 

¿Qué marca de cigarrillos fumaba Jean-Paul Belmondo?

 

Imagina que, como el actor francés en Al final de la escapada, eres un figurante de cine a la fuga en un coche robado y un gran admirador de Humphrey Bogart. Te has cargado a un poli y vas rumbo a París (con una serenidad pasmosa, a la altura de hacerlo cada domingo como quien se ata los zapatos). Y en la capital francesa buscas a esa jovencita americana de pelo corto que vende a gritos ejemplares por los Campos Elíseos: ¡New York Herald Tribune! ¡New York Herald Tribune! Das unas caladas al cigarro, ladeas tu sombrero, te arrastras el pulgar sobre la línea de tus labios… Lo normal es que terminen persiguiéndote. Y así entonces se suceden los hechos uno detrás de otro con una delicadeza que te dejaría pensando que no puede ocurrir nada malo.

 

Y ahí está el problema, que a veces bailas para allá mientras la música se escapa hacia otro lado.

 

Durante unos años terminé en el rodaje de algún anuncio haciendo de figurante. Una entre más de cien de personas, todas iguales para hacer bulto en pantalla. Cobrar unos chelines y a casa. No demasiado bien pagado, tampoco nada que exija mucho. Doce horas de pie siguiendo a un grupo, tres cafés y a casa. 

 

Como mi tía es directora de castings de publicidad, durante aún más años, mi hermano, amigos y yo nos dejábamos caer por ver si sonaba la flauta en algunas de las pruebas. Nada que ver con figurantes, si te hacías destacar sobre los demás allí ibas a parar al primer puesto y por trabajar dos días cobrabas más que de becario medio año. Nada, imposible. Jamás nos elegían a ninguno. Como Joey en Friends, probando una y otra vez delante de la cámara la sopa de tomate fallando con el babero atado. Cientos de castings y ni medio chelín.

 

Sin embargo, el pasado septiembre, después de mucho tiempo sin ir a ninguno, mi tía me avisó para una prueba, un día en el que mi única excusa para evitarlo era cambiarlo por la siesta, y hacía solo un par de horas que me había despertado. Ninguno quiso acompañarme y terminé por ir yo solo. Y así, como quien no quiere la cosa, aún no sé muy bien por qué, conseguí que me llamaran para un segundo vistazo, sintiéndome con el teléfono en mis manos como un actor al que le llega el manuscrito del próximo capítulo de su serie y ve que aún no le han matado. Y a la siguiente fui exultante, por supuesto, con aires de estrella hasta que comprobé que no era el único, que pelearíamos unos cuantos por hacernos ricos. Y de nuevo, sin saber muy bien por qué, me llamó mi tía a la semana para decirme que el director me había seleccionado. Si el cliente daba el visto bueno sería uno de los protagonistas. Y así fue. Rodé durante solo un día, y gané más de lo que en aquel trabajo en el que servía champán hubiera ganado en años.

 

Claro, con el ego por las nubes, al elegir las materias a cursar aquí en Brasil me lancé de cabeza a las de artes escénicas. No pensé que me fueran a poner ningún problema en mi facultad de Madrid, si estudiando Audiovisuales aún llevo encadenado Derecho al tobillo desde segundo curso, que como siga así tendré que llevarme a mi noche de bodas la validez del decreto ley y los requisitos para que exista analogía y al quitarme los pantalones pedirles que se echen a un lado. Y, efectivamente, no me pusieron ninguna pega. Así que ahora redondeo la carrera merodeando un escenario. Novato total, por supuesto. Pero bueno, hemos venido a jugar, así que sin remedio me voy convirtiendo poco a poco en un actor amateur idóneo para papeles mudos en obras de lengua portuguesa.

 

Y a lo de Peter O´Toole (“enamorado de lo efímero”), ni puñetera idea, supongo. Uno se ha vestido ya con aires de intérprete francés, pero pedirme tanto es demasiado.

 

¿Qué marca de cigarrillos fumaba Jean-Paul Belmondo?

 

Gauloises, leí una vez.

 

De todas formas, nada puede salir mal. Si de repente el tema se complica o se me atragantan esdrújulas, lo mejor que haré será justificarme a mí mismo satisfecho, como resume para zanjar el asunto Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) en los primeros segundos de Al final de la escapada mientras aparta el cigarrillo a un lado:

 

 “A fin de cuentas, soy gilipollas”.

 

 

Y listo. El resto es puro teatro. 

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