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Crónicas de asalto el blog de Antonio Mérida Ordás


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25 de mayo, 2015

Por simpática

 

“Estoy feliz de saber que estás feliz”.

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, Roy Andersson.

 

La otra noche hablábamos un amigo y yo con una amiga, explicándole a conciencia que si algún día nos viésemos obligados a dormir con ella (aún no sé en qué circunstancias), nos quitaríamos los pantalones vaqueros, por supuesto, también los zapatos, el cinturón, a poder ser los calzoncillos por cuestión de cortesía y hasta el último botón de la camisa. Pero no los calcetines, nunca los calcetines, y así nos aseguraríamos de que en esa cama se conservase hasta el último atisbo de decencia.

 

Vuelvo a Río de Janeiro. Voy con un amigo de Madrid al que tengo que ir a recoger al aeropuerto internacional media hora después de llegar yo. En Brasilia he comido una doble cheese burguer con patatas fritas y salsa de mostaza antes de embarcar, y ahora escribo esto sobre una copia impresa de una obra del dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues, Toda nudez será castigada. La presento con tres compañeros la semana que viene y apenas he tenido tiempo de leer el principio. Escribo en la portada, y en la contra marco en grande Hugo para recibirle en la zona de llegadas.

 

He vuelto a ver algo de porno últimamente. Sospecho que sin demasiada intención, solo por cubrir rutina.

 

Ya veo Río desde la ventanilla. Entramos planeando entre el Cristo y el Pan de Azúcar al aeropuerto Saint Dumont colocado en pleno centro con la pista de aterrizaje flotando sobre la bahía.

 

El autobús avanza a trompicones por el paseo marítimo de Botafogo, cae la noche en la ciudad y todas las calles están atascadas. Se oye la sirena de un camión de bomberos, el rugir de las hélices de un helicóptero que sobrevuela a oscuras el cielo, la chapa metálica de una tienda que cierra chocando contra el suelo, el claxon de una moto que conduce un tipo de casco negro al que el ámbar de un semáforo pilla distraído.

 

Nos bajamos al final de la Avda. Atlántica, toda la playa de Copacabana está iluminada. Cenamos un plato de carne de costillas con patatas fritas y queso fundido bañado en salsa barbacoa. Bebemos seis cervezas y dormimos en el hostal que se encuentra en la falda de una montaña atravesada por el túnel de la calle Pompeia. En la cima una favela, a la derecha Ipanema, delante el mar haciendo un ruido tan sutil y delicado cuando choca con la orilla que así cualquiera se duerme sin pestañear si quiera.

 

Desayunamos un batido de leche con fresas y azúcar. El autobús 433 nos lleva a Lapa, a las escaleras que dio vida a golpe de teselas Jorge Selarón, a los arcos por los que antiguamente cruzaba el tranvía amarillo que sube a Santa Teresa. Otro autobús nos lleva hasta la cima del barrio de artistas y un cartel indica todo recto el camino al Cristo Redentor. Seguimos caminando y con el hombro rozando la selva llegamos a un mirador donde nos tiramos a esperar que alguna nube nos envuelva. Al Cristo subiremos dos días más tarde.

 

Hace no mucho dejaba Luis Landero una frase en uno de sus artículos en El País que decía: “En cuestión de ideas, soy nómada”. Es lo más parecido que he leído últimamente a una definición de Ideología.

 

A unos metros del Cristo Redentor cientos de personas se tiran selfies como locas haciendo gestos con gancho. De noche, a pie de acera en la ciudad, si uno mira para el cielo desde abajo lo ve siempre iluminado, haciendo frente a la luna. Pienso que si a mí me hubiesen hablado de dios y al sacar la cabeza por la ventana buscando una aclaración hubiese topado con esa figura en lo alto abriendo los brazos en cruz, qué ostias, sospecho que hasta le hubiera tirado un par de rezos como quien no quiere la cosa. Por si acaso. En Madrid, si miraba para arriba por ver si aclaraba algo, lo más que uno se encontraba era la bombilla parpadeante de una farola haciendo esquina, y a mí, un muchacho con los calcetines cubriendo las pantorrillas, se me antojaba aquello de una divinidad más bien confusa. Lo malo de lo divino es que a uno le cuesta encontrar sus ventajas tangibles (y no tangibles, así de paso). Y eso que de ciencia no sé mucho, pero como la frase de Woody Allen en Desmontando a Harry: “Entre el aire acondicionado y el papa prefiero el aire acondicionado”.

 

Comemos un muslo de pollo con arroz y frijoles en una terraza de Lapa, y una señora embarazada se acerca a nuestra mesa, me mira sonriente y mete la mano en mi plato para llevarse sin titubear medio muslo. Se frota la barriga haciéndome entender que va para el crío y sin más dilaciones se despide satisfecha. Aun así cuando termino con el plato me echo para atrás en la silla y me coloco un palillo de madera entre los dientes.

 

Al día siguiente el centro y Maracaná, y por la noche volvemos a Lapa. Bebemos caipiriñas en un puesto callejero que las vende por tres chelines, tomamos las justas para entrar tambaleándonos a un garito cuya cola una hora antes doblaba la esquina. Ahora pasamos al momento, y nada más hacerlo empieza a sonar una canción de los Backstreet Boys. Cinco muchachos salen al escenario imitando al grupo de los 90 y se pegan un baile que hasta a nosotros se nos escapa algún gemido. En la terraza del garito conozco a una mujer que roza los 40. Hablo portugués con ella como si con lo bebido me hubiese inyectado dosis del idioma en vena. No muy agraciada, algo rellena, pero de una simpatía escandalosa. Tanto es así que, justo cuando nos vamos del garito, aviso a mi amigo de que espere un segundo, la busco en la fila del ropero, la rodeo con el brazo haciendo curvar su espalda y entonces la beso, casi sin lengua, como si el mundo no acabara, doce segundos de un beso apasionado que se me escapa del alma. “Por simpática”, le explico a mi colega instantes después cuando salimos del local.  

 

Vengo de ver en el cine Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, la última película del director sueco Roy Andersson. Planos largos de cámara fija con una puesta en escena exquisita y un encuadre tan perfecto como hipnótico donde se suceden imágenes brillantes sobre lo ridículo y absurdo de nuestra condición y existencia. Un muerto en una cafetería provocando el desconcierto al personal por no saber qué hacer con los productos que el tipo acababa de comprar; dos vendedores de artículos de broma abrazándose a una depresión de campeonato mientras intentan colocar unos colmillos postizos de vampiro y una caja sonora que reproduce carcajadas bajo el lema de que la gente sea feliz y se ría. Etcétera.

 

Volviendo a casa de clase (la semana pasada) se me acerca un muchacho y me pregunta si soy gay. Niego con simpatía la cabeza y entonces me pregunta que cuánto me gusta el sexo. Un poco anonadado le digo con prudencia que supongo que me gusta lo justo, tampoco demasiado. Más bien poco. Entonces me propone gentilmente tener sexo con él. Que antes de negar de nuevo con la cabeza amablemente me dan ganas de explicarle que hasta si fuese una atractiva muchacha yo no soy muy de follar los martes. Tengo mis horarios. Le rechazo con tacto y elegancia, agradeciéndole su oferta y deseándole suerte para futuras proposiciones, que ha sido muy amable, le explico, pero que no tengo más remedio que resignarme e ir a casa a cocinarme un plato de patatas fritas.

 

Supongo que en Río de Janeiro haríamos más cosas pero se hace tarde. Cuando salimos del garito y mi amigo alzó los hombros en busca de una respuesta le expliqué que (como en la película de Roy Andersson, donde los marineros sin un chelín pagan los chupitos a la tabernera con besos) el beso apasionado a la señora era mi forma de agradecer su gentileza. ¿Que por qué me pareció tan simpática? Ya de eso sí que no tengo ni la más remota idea. Si de hecho lo más probable es que la mujer casi ni hablase, hablaba yo y ella angustiada por no entenderme sonreía.

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