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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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19 de diciembre, 2017

A título personal

 

Ya lo decían mis tías de Celaya: el tiempo no pasa en balde. Hace años, yo podía dormir a pierna suelta cuantas horas me ofrecieran la mañana y el mediodía. Ahora, que comienzo a ser viejo —quizás siempre lo he sido: de espíritu, miren si no mi agria y vomitiva adolescencia—, apenas me dan las seis de la mañana y ya estoy, si no de pie, al menos despierto. Y una vez despierto, como todo mundo, me abandono a la rutina universal de quien comienza por ponerse las pantuflas. Ello incluye prender la computadora, poner la radio en línea desde la otra Comala City —la real, no la de mi mente— y escuchar, antes de que siquiera claree en esta época del año, el griterío histérico que mexicanas y mexicanos en democracia han dado en llamar “noticieros”.

 

El vértigo noticioso se prolonga hasta que termino de ducharme, estrictamente. De otra manera, correría el riesgo de indigestarme con una inofensiva rebanada de pan tostado. Como quien busca remedio luego de ser sometido al más feroz shell-shock en las trincheras de la batalla del Somme, entonces corro a poner cualquier cosa que toque al piano Glenn Gould con el propósito de calmarme y volver a creer que hay esperanza y futuro en la vida —al menos en la mía.

 

Desde que se anunció que José Antonio Meade sería el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la presidencia de la República, la histeria en los noticieros radiales se tornó en neurastenia, el “destape” cedió el paso no sólo a la conocida caballada en las filas del PRI, sino que también aceleró los anuncios de sus contrincantes en la jornada electoral del domingo 1 de julio de 2018: predeciblemente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se auto-candideató el mero día de la Virgen de Guadalupe, y a las escasas 72 horas máximo, el así llamado Frente ciudadano —nadie a la fecha sabe con precisión cómo se llama el engendro: Por México al Frente, Frente Ciudadano por México, Frente Amplio Democrático, etcétera— anunciaba que no, que el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, no sería el candidatazo de la coalición del Partido de la Revolución Democrática (PRD y el Partido Acción Nacional (PAN), y que en su lugar, a saber después de qué enjuagues y componendas, gritaba la radio en línea, quedaba como candidatito el “niño maravilla”, Ricardo Anaya para mayores señas, hasta ese momento presidente nacional del PAN y propietario de unas casas en la ciudad de Atlanta, estado de Georgia, si no me equivoco, cuyo uso sigue siendo un misterio de la santísima trinidad —Atlanta es horrenda, peligrosa, ahí operan cárteles de la droga mexicanos, impera en horas pico un inclemente un caos vial que yo mismo experimenté cuando tuve la mala idea de manejar hasta la Florida durante unas confusas y olvidables vacaciones.

 

 

Por esos días, Luis Pablo Beauregard escribió en una nota para el diario en el que trabaja —y al cual ciertos personajes han descalificado desde su privado Olimpo por causas que desconozco, de no ser el periódico “de antes”— que “la campaña electoral de 2018 será recordada porque culminó un proceso de varios años en el que el pragmatismo político desplazó a la ideología de los partidos.”

 

Poco que agregar.

 

Si bien ese poco resulta demasiado grande para dejarlo pasar, así sin más.

 

Digo un poco demasiado grande porque por esos días, también, abrí las páginas del diario La Jornada en la pantalla de mi computadora y leí una excepcional columna, tan bien escrita, límpida y aguda que me dejó el alma y el país de la hora de la radio por las mañanas pulverizados, hechos pedazos, por decir lo menos.

 

No me sorprendió en absoluto que su autora fuera mi profesora de El Colegio de México y de la vida misma, la Dra. Soledad Loaeza.

 

Les estoy hablando, damas y caballeros, de una de las más reconocidas estudiosas de la política mexicana y sus derivas internacionales; les estoy hablando de una académica, pionera en estudios serios acerca del PAN, una Scholar en todo el sentido de la palabra: la meticulosidad con que trabaja sus temas de investigación no es menor a la dedicación y el cuidado de una pedagogía inigualable que, ya lo dije, dura y sirve toda la vida para quienes hemos tenido el privilegio de vivir —y sobrevivir: jamás ha sido “barco”— su exigente magisterio; les estoy hablando de una politóloga formada con don Rafael Segovia en México y con Raymond Aron en París, que descree de los excesos y manierismos de la ciencia política entendida como una ciencia mecánica y matemática y quien en cambio es una ferviente practicante de la intuición, del dato duro —del real, el proveniente de archivo, no de la cortina de humo de una nula regresión estadística— y, sobre todo, de la buena y clara prosa.

 

Les estoy hablando también de la ingeniosa columnista, no carente de cierta malicia, que el pasado jueves 14 de diciembre tituló el texto que entregó a las prensas con una mínima paráfrasis y un doloroso guiño a una de nuestras mejores novelas: “Estas ruinas que ves”.

 

En la columna de marras, la profesora Loaeza logra, en un imposible parpadeo, cifrar la historia de las aspiraciones originarias del PAN, partido que encontraba su identidad en ser y hacer oposición frente a un régimen que sus fundadores y militantes de la primera hora consideraban anti-democrático por naturaleza, y que con el paso de las generaciones se convirtió en un ávido  participante de dicho sistema, ganando votos a cualquier precio y dispuesto a gestionar, con la huracanada pero inepta fuerza de la voluntad, la administración de ese problema que se llama, con o sin democracia, México.

 

Nunca he ejercitado militancia partidista, ni panista ni ninguna otra. Pero como casi toda la gente de mi generación, en el año 2000 contribuí con mi voto por Vicente Fox a sacar al PRI de Los Pinos —se decía entonces con la contundencia de quien expone el imperativo categórico de Kant—, pero también a poner a la impericia al frente de un sistema que, como por arte de magia, se nos aparecía reinventado, con todo y bono democrático. Con el eterno candidato en campaña Vicente Fox al frente de un ejército —de improbables cascos azules—, vivimos la ilusión de un gobierno de salvación que, lo ha estudiado la Dra. Loaeza, más pronto que tarde encontró sus límites y acabó totalmente erosionado.

 

Advino en 2006 la cuarteadura ideológica del país y la elección en la que se encontraron frente a frente AMLO y Felipe Calderón. El voto por la continuidad derivó en un desastre del cual ni México ni, obviamente, el PAN, hoy el PAN de Ricardo Anaya, terminan de reponerse. La cantinflesca plataforma electoral anayista consistente en, por ejemplo, ofrecer “una política fiscal integral orientada al bienestar social de la familia”, muestra la gravedad del declive. Al respecto, se pregunta —y con ella cualquier persona con dos dedos de frente— Soledad Loaeza: “¿No aprendieron en 12 años en el poder que el funcionario público no se improvisa, y que ocurrencias como ésta son o caras o una tomadura de pelo?”

 

No se trata de un cuestionamiento menor. Sea uno panista o no, de lo que se trata en los hechos es no sólo el tan llevado y traído desprestigio de la política, sino de la degradación de la que era, como creímos muchos ilusos en el año 2000, una incipiente vida democrática en el país. 

 

En su artículo, la profesora Loaeza remite a sus lectores al legado de los padres fundadores, Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna. No lo hace desde la autoridad que le da ser la autora de una obra de imprescindible lectura para entender no sólo al PAN, sino también al PRI y al sistema político mexicano y las ideas, las fuerzas y las prácticas contrapuestas que lo sostienen hasta la fecha. Me refiero obviamente a su libro El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994. Oposición leal y partido de protesta. Lo hace, es cierto, como una simpatizante, pero sobre todo, me parece como una ciudadana “de a pie”, expresión cara y de hondo calado para la Dra. Loaeza y la cual me referiré en un instante. Mucho de orteguiana tiene la prosa de Soledad Loaeza a la hora de advertir a sus lectores los costos de las tonterías en que incurre no sólo el candidato Ricardo Anaya, sino el PAN y el país todos:

 

“Los panistas de hoy, encabezados por Ricardo Anaya, renunciaron a la identidad del partido, que era el verdadero capital del PAN, cuando decidieron formar una coalición con el PRD y con MC. No podía ser de otra manera. Cuando Anaya impulsó el Frente de los ciudadanos tiró por la ventana lo único que realmente poseía Acción Nacional, porque ya hemos visto cómo el poder se le va de las manos, y cómo también se le van los panistas, legisladores y militantes, que repudian a los nuevos aliados a los que no les atribuyen ninguna calidad moral. También se irán priístas que se disfrazaron de panistas –como José Antonio Meade–, pero que ahora recuperan sus verdaderos colores. La verdad es que ya no se entiende nada.”

 

En plena efervescencia electorera, más semejante a un circo o una corrida de toros que a un momento esencialmente cívico, olvidamos que la desgracia de un partido político se traduce en la pobreza del sistema de partidos en el que participan, si es que pueden y de manera cada vez más desencantada, los ciudadanos de a pie. Que el PAN o la izquierda se vayan al traste afecta también a quienes no militan ni votan por esas fuerzas partidistas.

 

Hace apenas unas semanas me reuní con la profesora Loaeza en un restaurancito en las cercanías de la universidad de Columbia. Conversamos plácidas horas. De todo lo que ha escrito, libros, ensayos de investigación y artículos periodísticos, le hice una pregunta acerca de las tres escuetas páginas con que, como su título lo indica, “A título personal”, invitan al lector a adentrarse en los espléndidos ensayos reunidos en el libro Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo, una suerte de exposición retrospectiva de los años de investigación dedicados al PAN y acerca del cual José Woldenberg escribió, un poco en apoyo a lo que dije antes, que “no se puede entender la política de las últimas décadas en el país sin la actuación del Partido Acción Nacional. Y esa afirmación es buena no sólo del año 2000 en adelante, cuando por la vía electoral alcanzó la presidencia de la República, sino para la etapa de la transición democrática y aun antes, cuando en México aparecieron los gérmenes de lo que en el futuro sería un auténtico sistema de partidos.”

 

 

Las tres páginas referidas de “A título personal”, remiten a una veloz autobiografía y la forma en que los temas y las tramas se entreveran en la vida de un académico. No es mi caso, pero en efecto, ya no se entiende nada.

 

O lo poco que se entiende es que el mundo ya no es como era hasta hace relativamente poco.

 

Cuando digo poco me refiero a mi tiempo de vida, y jugando a las extrapolaciones y arriesgando a hacer el ridículo, al tiempo de mi generación.

 

A título personal, apenas puedo hablar de lo que va quedando de mí mismo. Ya lo decía Sergio Pitol, uno es una suma mermada por infinitas restas.

 

En nuestra larga conversación en el Upper West Side, en realidad una tarde de evocaciones a buen resguardo del friazo neoyorkino, apareció la sombra de un panista que yo ubicaría, para usar la jerga familiar de mi profesora, entre el antier y el ayer, dondequiera que esto sea. Me refiero al también abogado Abel Vicencio Tovar, quien junto con su esposa, María Elena Álvarez del Castillo, fundaron la pequeña escuela a la que asistí una respetable pila de años, en lo que alguna vez fueron llamadas las “faldas” del monte Ajusco y que ahora es una horrífica extensión del monstruo urbano, cuál otro, la ciudad de México.

 

Para mi pesar, así lo creo, siempre he tenido algo de extraterrestre. Tuvo que correr suficiente agua bajo el puente para percatarme ya no se diga de la política y la democracia, sino de la llana y plana realidad circundante, y en esa realidad circundante un día de mi arisca adolescencia apareció un panista en quien la Dra. Loaeza encontró lo que en efecto era ese amabilísimo señor que de tanto en tanto rondaba por mi casa, Carlos Castillo Peraza, “un interlocutor pródigo con sus ideas y sus juicios, siempre estimulante y apasionado.”

 

Quizás estimulado por su olfato político e histórico, Castillo Peraza —quien algo sabía de las andanzas de mi abuelo paterno en la Unión Cívica Leonesa y, cuenta la leyenda familiar, de su literal sobrevivencia por los pelos al episodio que la profesora Loaeza ha estudiado y llamado, con justa razón, “la matanza de León, 1945”— se aparecía de tarde en tarde, cual pretendiente, tratando de inducir a mi padre, no menos chalado que mi abuelo, a la militancia panista. Caray, visto el asunto a la luz del tiempo, qué equivocado estaba Castillo Peraza o bien, qué equivocado estaba mi padre. O ambos.

 

En algo —en esto soy todo menos original— no fallaba Carlos Castillo Peraza: su universalidad. Recuerdo la sección que mantenía en la revista nexos. Desde “Parabólica”, el lector se enteraba de cuanto se discutía y publicaba en las principales revistas de Francia, Italia, Alemania, Suiza, España… Con “Parabólica”, Castillo Peraza había creado su personal forma del internet antes del internet.

 

Otro día, años después, apareció Castillo Peraza en El Colegio de México, convocado por la profesora Blanca Torres a, pobre hombre, intercambiar ideas con los poco más de veinte idiotas que llenábamos una de las tantas aulas de mi Alma Mater. Recuerdo que se puso, o lo pusimos, de malas.

 

Y otro día más tarde, cuando mis ingresos provenían del periodismo, Castillo Peraza apareció en el templete que, en ocasión de las elecciones para elegir al primer jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, había sido montado en la sede del PAN en la colonia del Valle. Entre mal humoroso y nostálgico y confundido, Castillo Peraza subió, a saber aconsejado por quién, a celebrar su calamitosa derrota electoral, después de ir arriba en las encuestas durante meses. Todo se fue al demonio ese domingo, no lo olvido como no se olvida la tenaz amargura de los domingos —ese día que le sobra a la semana.

 

Y otro día, años después, en otra vida, desde Chicago, sí esa, la de los Anchos Hombros, o como siempre he preferido en la descripción con que Saul Bellow arranca la más clásica de sus novelas: Chicago —that somber city, supe que el Fondo de Cultura Económica había tenido la buena idea de recuperar los papeles, discursos, artículos y ensayos dispersos de Castillo Peraza en su prestigiada colección “Vida y pensamiento de México”. Y como hubiera querido Castillo Peraza, me enteré de ello en la parabólica a disposición de todo mundo, el internet. Mi amigo Ricardo Cayuela Gally, recién regresado de una estancia de cinco años en Madrid y cuando todavía se respiraba en el ambiente la querella electoral del 2006, publicó en La Gaceta del Fondo un excepcional texto, a la vez reseña y mordaz perfil biográfico, con sus diversas estaciones ideológicas incluidas, acerca del libro felizmente titulado El porvenir posible. Ateo jurado, descendiente del último Presidente de la Generalitat en tiempos de la República española, don Lluís Companys, con fina intuición Ricardo escribió en diciembre de aquel año aciago:

 

Carlos Castillo Peraza fue un hombre de palabra y de acción. Su trayectoria polí-tica, repleta de claroscuros, ha impedido que se preste la debida atención a su trabajo de periodista y de intelectual. Sólo por ello ya sería motivo de celebración la aparición en el Fondo de El porvenir posible, una selección amplia de su obra […] si Castillo Peraza tiene un lugar en los anales de la historia mexicana, es por las cruciales decisiones que tomó tras el fraude electoral del 6 de julio de 1988, cuando el PRI vio por primera vez el riesgo real de perder la hegemonía. A diferencia de los líderes del Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, él pensó en la necesidad, haciendo de tripas corazón, de pactar con el presidente ilegítimo Salinas de Gortari unas nuevas reglas democráticas que garantizaran por fin la transición a la democracia. Con retrocesos y puntos muertos, el triunfo de la oposición de izquierda en la ciudad de México, y por fin la alternancia en el poder en el año 2000, parecieron darle la razón. Para Castillo Peraza, la vida política debe escapar de los idealismos y de la lógica del “todo o nada”. Son muchos los textos de El porvenir posible que ahondan en esta línea y permiten glosar su concepción de la política, que debe afincar sus bases en lo posible y no sólo en lo deseable, en la reforma y no en la revolución, en la acumulación de signos y no en el golpe definitivo.

 

Así como la Dra. Loaeza habla sin falsas nostalgias de los panistas de antier, gente de la talla de Manuel Gómez Morín, quizás es esnobería, pero en el caso de la desaparición de Castillo Pereza de la escena política nacional, de su renuncia al PAN y de su súbito fallecimiento en plena madurez política apenas pasados los cincuenta años de edad, se extraña entre la clase política mexicana de entonces y de hoy esto que tan bien señala Ricardo Cayuela en su recensión a El porvenir posible:

 

Dueño de un estilo limpio, que pone las palabras al servicio de las ideas y no a la inversa, notablemente culto para la media política mexicana, para muchos obtusos casi un afectado, con un universo referencial amplio, experto en historia yucateca, maestro en el arte del perfil, lector voraz y desprejuiciado, polemista terrible y demiurgo del necesario papel social de la Iglesia, Castillo Peraza encuentra en El porvenir posible la casa justa y permanente para una obra que corría el riesgo, en su dispersión inevitable, de caer en el olvido.

 

 

Hoy que se ha desatado la locura de pre-campañas y pre-candidatos, en realidad candidatos virtuales pues ya vendrá la fecha oficial de su registro como tales, no está de más llamar, como lo hace en su artículo de La Jornada la Dra. Loaeza, a “reflexionar sobre la fragilidad de las instituciones democráticas, sobre el sentido de responsabilidad que debería gobernar el comportamiento de dirigentes partidistas.”

 

Se ve difícil, se trate del partido y candidatos que sean, pues el juego al que estamos jugando no es en esencia democrático; se trata más bien de una salvaje contienda en la que con tal de ganar votos se hará hasta lo impensable, donde los principios cívicos y ciudadanos más básicos serán, siendo lo que sigue de optimistas, es decir ingenuos, lo último en que partidos y candidatos tomarán en cuenta.

 

Por donde se le vea, esto va a ser un lodazal. Ya lo es.

 

En medio de semejante jungla, quedará ir a votar y volver enseguida a buscar resguardo en lo individual, en tanto lo social padece males terminales.

 

A título personal, y como una suerte de caja de resonancia con el libro de Castillo Peraza, me disculpo ante la Dra. Loaeza por mi falta de pudor al hacer pública la dedicatoria que estampó en mi ejemplar de otro de sus libros, Entre lo posible y lo probable. La experiencia de la transición en México: “Por las muchas posibilidades y las grandes probabilidades de su vida. Soledad Loaeza, 27/07/2011”.

 

Y pues sí, la apuesta es por eso, estimada profesora.

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