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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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1 de julio, 2018

Menos de 6 propuestas para los comentócratas del próximo sexenio

 

La semana pasada dediqué un largo espacio en este blog al tenebroso tema de la relación orgánica entre los intelectuales y el poder político, así como a la bribonería hipócrita de un columnista del diario Reforma que, al convocar en redes sociales a lo que en inglés llamaría the worst bigotry of all times, algo así como la madre de todos los sectarismos intolerantes, a que sus seguidores se manifestaran respecto al candidato presidencial con mayor puntaje en las encuestas y a quienes lo apoyan, con calificativos de abierta discriminación y racismo del tipo: “naco”, “prieto”, “morenaco”… una verdadera caballada de lo que en Comala City se denomina como el “México bronco”.

 

Lean ustedes si no, cuántas invectivas en una única respuesta de ese pútrido y descompuesto hilo en Tweeter: “Yo tengo otros: Naco, pobre, jodido, naquete, prieto, moreno, CHAIRO, lumpen, perros, vándalos, peligro, delincuentes, ignorantes... Ustedes tienen sus insultos, nosotros los nuestros!! Uno personal para ti: Chinga tu madre!!”

 

Hoy estoy cansado, es domingo, mi trabajo demanda atención continua las 24 horas del día, los siete días de la semana pues como todo mundo sabe, bueno quizás los columnistas orgánicos no se enteran todavía, en Estados Unidos hay una operación policiaca de persecución a los migrantes mexicanos que no se detiene igualmente las 24 horas del día, los siete días de la semana.

 

Así que en esta ocasión daré la voz a otros.

 

Empiezo por quien fue mi director de tesis de doctorado, el investigador eminente del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, el Dr Roger Bartra, quien en mayo de 2010 escribió lo siguiente —y que ocho años después sigue más vigente que nunca:

 

Mientras en otras partes del mundo la intelectualidad parece convertirse en una especie de en peligro de extinción, en México la caída del antiguo régimen autoritario ha impulsado una enorme expansión de los espacios intelectuales. La época de las capillas de escritores y de los caudillos intelectuales ha terminado [aquí me permito discrepar de mi maestro, pero ese es otro cuento], para dar lugar a una extraordinaria ampliación del número de voces que expresan sus ideas, sus interpretaciones y sus predicciones. Los diarios, las revistas, la radio y la televisión aceptan en sus espacios a una multitud de intelectuales que, siguiendo una vieja tradición, están convencidos de que tienen algo que decir sobre cualquier cosa y que todo puede someterse a sus inclinaciones y gustos […]Ciertamente esta masa de opinadores –ha sido llamada despectivamente “opinocracia”– es muy heterogénea y variada: hay allí escritores con ambiciones académicas, periodistas intelectualizados, políticos escribidores, profesores politizados, artistas desplazados y toda clase de gente que alimenta su fama y su vanidad mediante su presencia en los medios masivos de comunicación. Mal que bien, configuran una gran multitud de intelectuales públicos que anima con sus discursos la vida política.

 

Me parece que esta masa variopinta de intelectuales es una criatura de la transición democrática. Por un lado (el lado optimista), constituye el embrión de la saludable masa crítica que todo Estado democrático requiere. Pero, por otro lado (el lado pesimista), este grupo social integra una peculiar picaresca propia de las democracias que carecen de una tradición histórica. Encontramos allí toda clase de personajes, una verdadera corte de los milagros compuesta por escapados de la academia, periodistas con ínfulas, prófugos de la literatura, ideólogos desahuciados, tecnócratas desempleados, políticos insensatos, burócratas exquisitos, y muchos otros especímenes que son vistos con alarma por una clase media timorata frente a los retos de la democracia y con desprecio por las nuevas élites políticas de derecha. Es cierto que, estrictamente hablando, no todos pueden considerarse como intelectuales. Pero, si no lo son, al menos forman parte del enjambre mediador que siempre ha rodeado a quienes por su actitud reflexiva ostentan el título.

 

[…]El miedo se ha apoderado de muchos: un terror a ser asimilados a la derecha que encabezó los primeros gobiernos de la alternancia ha paralizado a quienes deberían impulsar racionalmente un orgullo democrático en sustitución del patrioterismo autoritario. El impulso racional ha sido muy débil y por ello demasiados intelectuales siguen mirando hacia atrás. Presiento que no se comunican con las nuevas generaciones y que quedaron varados en el siglo pasado.

 

Usted lector podrá estar de acuerdo o no con Bartra, pero dos cosas hay tan ciertas como que la Tierra es redonda.

 

Primera: no todos los opinadores, también llamados “comentocracia”, son intelectuales. La mayoría son periodistas de oficio, y algunos entre ellos incluso provenientes de la nota roja.

 

 

Segunda: en efecto, se quedaron en el pasado, no conectan con el público y peor aún, suelen ser intolerantes y soberbios ante cualquier crítica, especialmente en el espacio más abierto de todos por definición, las redes sociales. Se han convertido en un club de sordomudos que se hablan entre sí con señas y le gritan al poder sin mayor reparo. Pero sobre todo, son incapaces de resistir cualquier crítica, por mínima que sea, cuando ellos mismos plantan sus “opiniones” en las redes sociales.

 

 

A ellos les recomiendo ver la respuesta que ofreció el escritor y periodista peruano afincado en Miami, Jaime Bayly, al ser ya no cuestionado, sino increpado en un sitio abierto al público. De milagro aprenden algo, por ejemplo su lección de tolerancia, de poner en su justa dimensión a la política, a entender por qué nuestros comentócratas no conectan con los jóvenes mexicanos.

 

Y para seguir 20 minutos más con el extraordinario Bayly, bear with me, más aprenderán aún si lo ven nada menos que con el ultra-conservador disfrazado de liberal, comentarista y ex ministro de gobiernos anteriores a Hugo Chávez, Moíses Naím. Podrán, si quieren, aprender que la dignidad, la valentía y, por encima de todo, el humor, resultan esenciales en ese oficio suyo de comentócratas que han adoptado desde que, parafraseando a  mi maestro Bartra, las puertas del exhibicionismo más patético se abrieron para todos ellos.

 

El italiano Alfonso Beradinelli, que puedo asegurarlo no ha leído ningún miembro de la distinguida comentocracia mexicana, divide en tres weberianos tipos ideales a los intelectuales en su peculiar “divinidad cristiana”, “Padre, Hijo y Espíritu Santo”: el Metafísico, el Técnico y el Crítico. Al respecto, escribe:

 

La crítica ha sido una de las banderas de la Modernidad. A su acción se debe el nacimiento de la democracia liberal, de las sociedades abiertas, de las utopías sociales, de la libre investigación científica. Gracias a los Metafísicos hemos conseguido saber que Dios ha muerto, pero que por suerte en su lugar está el Ser. Gracias a los Técnicos todos los días descubrimos que “por motios técnicos” hay algo que no se hará y algo que estamos absolutamente obligados a hacer, lo queramos o no. Pero los críticos, al contrario que para los Metafísicos y para los Técnicos, los individuos particulares existen: no son apariencias, ni contingencias, ni imprevistos de mal agüero, errores que eliminar, distorsiones subjetivas que superar en una visión más vasta y en una perspectiva más elevada. Para los Críticos cada vida por separado es un campo y un instrumento de conocimiento imprescindible. Lo descubrieron filósofos como Montaigne y Kierkegaard, que no construyeron sistemas teóricos ni escribieron tratados, sino que usaron como forma literaria más adecuada al pensamiento la forma de la confesión, del autoanálisis, del diario, de la sátira ¿Se puede acusar a Kierkegaard? ¿Se puede acusar a Leopardi o Baudelaire de narcisismo por el hecho de haber hablado por sí mismos, por haber “explorado su propio pecho” o por haber puesto su “corazón al desnudo”? El yo crítico es un instrumento para ser honestos con los demás, que a su vez no están privados de un yo, No es ni un descubrimiento reciente ni una paradoja provocadora señalar que los tres autores mentados, grandes escritores modernos, se encuentran a su vez entre los más memorables críticos de la modernidad. Los críticos se arriesgan a la soledad. Tienen necesidad de la soledad. Es más, la presentan públicamente como un valor público que es públicamente minusvalorado.

 

El proceso electoral que termina hoy en México nos muestra, a claras luces, que nuestra comentocracia ni es crítica, ni es bandera de ninguna Modernidad, acaso más bien bandera de la Reacción; que jamás aspirarán a lograr la altura de los fundadores de la crítica que señala Alfonso Beradinelli; mucho más aún, que jamás usarán su voz para ser honestos con los demás cuando en realidad son más bien abyectos con el Poder en turno (ya se acoplarán al Poder en turno partir de mañana, 2 de julio de 2018, you read my lips amigos y amigas, lectores todos), que carecen de estilo literario, obvio —en algunos casos apenas saben redactar, no digamos escribir; que su “acción” flaco favor le hace a la democracia mexicana al buscar anularla porque no todos pensamos lo que ellos pregonan, pues son incapaces de aceptar a quien no “opina” como ellos (aquí les dejo a Christopher Hitchens hablar acerca de su discurso, el discurso del odio, se cita a John Stuart Mill, que se supone conocen al dedillo y se cuestiona lo más básico, lo que no entienden ni toleran: quién demonios les otorga la autoridad de decir qué discurso es peligroso o no).

 

Y lo más cierto respecto a lo que escribe Beradinelli: si algo les aterra es la soledad. Lo suyo es la muchedumbre, los miles de followers, no importa que sean unos auténticos neandertales, importa que sean followers, la triste popularidad de los cien o doscientos likes instantáneos, correr a la tele y salir corriendo de ahí para llegar a la radio. Imaginen ustedes al ratoncito que no deja de hacer girar la rueda en la que se encuentra prisionero.

 

 

Por definición, como “analistas” y “opinadores” están condenados a perpetuarse en su mediocridad. No lo digo yo, lo dice Cyril Connolly: “No podemos pensar si no tenemos tiempo de leer, ni sentir si nos hallamos emocionalmente agotados, ni crear con materiales deleznables lo llamado a durar. No podemos coordinar lo que no tenemos.”

 

Pero como escribió el poeta Giuseppe Ungaretti en un verso de su libro La alegría: También esta noche pasará.

 

México no se va a auto-aniquilar como quisieran los más reaccionarios de nuestros comentócratas y opinadores profesionales, ni se va a borrar del mapa. El país es, obvio, más grande que ellos.

 

 

Termino con un fragmento de “Las rosas de la infanta” del lenguaraz e imbatible Oscar Wilde (en traducción de mi amigo Roberto Frías), pues parece escrito precisamente para retratarlos a ellos, nuestros comentócratas, tan dignos, tan responsables, tan ecuánimes y grandes:

 

Y cuando el enano bailó ante la corte, la princesa, que había reído gozosamente con su grotesca ejecución, tomó una de las pálidas rosas que llevaba en el cabello y se la arrojó burlonamente. Luego ordenó que bailara para ella de nuevo, aquel mismo día. 

 

Feliz domingo.

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