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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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11 de mayo, 2015

Falsarios

 

Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino, “a quien los sabios pintan copiando un pergamino”, era en realidad un falsificador que pergeñaba documentos para modificar una fecha de fundación, alterar los derechos de propiedad de las tierras o prorrogar ciertos privilegios. Sabemos que era notario del abad del monasterio de San Millán y estaba al corriente de tales prácticas. Se ha demostrado que en su época se confeccionó un privilegio supuestamente establecido por Fernán Núñez en 934 que obligaba al pago de un impuesto para sustentar el monasterio. Los monjes emilianenses compensaban con la redacción de documentos falsos sus pérdidas, crecientes con la aparición de nuevos centros de peregrinación, que les restaban fieles, y a ello se aplicaban con fervor. “Leyendo en santorales y libros de oración / copiando historias viejas, nos dice su dictado / mientras le sale afuera la luz del corazón”, termina Antonio Machado su ñoño poema dedicado al padre del castellano.

 

La profesora Rosa Navarro todavía se altera cuando oye hablar de la novela Curial y Güelfa, que pasa por fundacional de la literatura catalana del siglo XV, y abunda en anacronismos y anomalías, además de presentar una puntuación moderna. En 2012, y a pesar de que se ha cuestionado hasta la tinta utilizada, un grupo de estudiosos reunidos por Antonio Ferrando analizó desde diferentes perspectivas la novela, pero dando por sentada su autenticidad, con una clara motivación nacionalista. En 1588, la demolición de una antigua mezquita para ampliar la catedral de Granada dejó al descubierto un cofre que contenía reliquias y documentos que aparentemente probaban el origen cristiano de la ciudad, anterior incluso al resto de la península ibérica. Los famosos libros plúmbeos –que ya hemos tratado en este blog– dieron origen a una polémica sobre su veracidad mantenida durante siglos, que concluyó con una sorprendente resolución: las reliquias que iban en el cofre eran auténticas, y se veneran en Granada y otros lugares, pero los libros eran una falsificación.

 

No sólo se verifican falsificaciones por motivaciones ideológicas o económicas, sino que abundan sobre todo –y son las más interesantes– en el ruedo literario. Al fin y al cabo las imposturas conspiran contra el buen orden establecido, hasta llegar a desestabilizarlo en ocasiones, y muchos de los avances están orientados a discriminar lo que es auténtico de lo que no lo es. Joaquín Álvarez Barrientos ha escrito un libro de enorme interés y aprovechamiento: El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones españolas (Abada, 2014), una de esas lecturas que te sumerge en la perplejidad. Luz para los falsarios.

 

Distingue en los primeros capítulos la extensa terminología utilizada, pues no es lo mismo una copia que un plagio, una imitación, un pastiche, una impostura o una falsificación, así como la distancia que va del heterónimo al apócrifo, sin olvidar a los negros, de tanta trascendencia literaria. La percepción de lo falso ha variado sustancialmente a lo largo de los siglos y depende de los cambios políticos y sociales. En la antigüedad clásica la copia y el comentario de una obra ajena eran una labor esencial de los literatos, diametralmente distinta del autor y sus derechos que surgen con el Romanticismo. Hoy en día, inmersos en las nuevas tecnologías, nos encaminamos hacia un nuevo periodo oscuro en el que establecer la autoría puede ser, sencillamente, una pérdida de tiempo. Los conceptos de lo falso y de lo auténtico dependen de los cambios económicos y sociales. No todo lo auténtico, por supuesto, es verdadero (véase la reconstrucción del casco antiguo de Varsovia) ni lo falso, mentira (véase a este respecto el caso de Enric Marco al que Javier Cercas dedica su último libro y que ha sido diseccionado con agudeza por Sebastián Faber en fronterad). 

 

El interés mayor del libro de Álvarez Barrientos no está en sus consideraciones epistemologías sino en la galería de falsarios que ofrece en el extenso capítulo “Diacronía de una continuidad. Fragmentos para una historia de la literatura apócrifa”. Es un relato apasionante, que parte de Gonzalo de Berceo y recorre casos como el de Antonio de Guevara, el de José Pellicer a la búsqueda de la pureza de sangre y el del espía e impostor Miguel de Molina. Avellaneda y las atribuciones cervantinas son un capítulo destacado, que se centra en un autor que copia su Quijote de un manuscrito de Cide Hamete Benengeli, y Lope de Vega es el auténtico creador de los heterónimos con su Tomé de Burguillos. Lo apócrifo constituye un termómetro de la credibilidad nacional, del nivel de ignorancia y de la mentalidad marcada por lo sobrenatural y religioso; con mayores competencias críticas y educativas muchas falsificaciones no hubieran sido posibles.

 

Otras falsificaciones surgen en el ámbito de las disputas literarias, para desenmascarar a autores que se considera sobrevalorados, denunciar por la puerta trasera la debilidad de nuestros cánones o, sencillamente, ajustar cuentas de envidias y rivalidades. El violinista Fritz Kreisler descubrió partituras inéditas de grandes compositores como Vivaldi y cuando se desveló que él era el autor dijo que necesitaba nuevas piezas para demostrar su virtuosismo. Marcelino Menéndez y Pelayo, que estableció la senda de la literatura española, tenía buen olfato para detectar las falsificaciones, aunque tuvo sus tropiezos. Fernando Iglesias Figueroa se erigió en experto en la obra de Gustavo Adolfo Bécquer editando sus artículos, pero tal fue su entusiasmo que inventó nuevas rimas y leyendas e incluso una relación amorosa del poeta, que modelaron su figura hasta nuestros días. En los últimos tiempos, lo auténtico y lo falso conviven y enriquecen las obras. Pessoa y sus heterónimos o Antonio Machado y su Juan de Mairena entran de lleno en la creación literaria, cuya cumbre es tal vez la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, una serie de relatos que, según el autor,  “son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”.

 

Max Aub hizo de lo apócrifo una seña de identidad con la creación del artista Jusep Torres Campalans, a quien colocó en una fotografía junto a Picasso haciendo desaparecer al resto de los personajes. El caso más sobresaliente en nuestros días es el de Sabino Ordás, invención colectiva de los escritores leoneses Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díaz y José María Merino. Exiliado republicano y periodista ocasional al que presentaron en público con barba, boina, cachaba y almadreñas, inventaron para él una biografía y una bibliografía y fueron aportando nuevos datos e incluso retratos, uno de ellos, por cierto, de Torres Campalans.

 

Como indica Álvarez Barrientos, estamos ante un tipo de escritura que “ha de incorporarse a la historia literaria con los mismo derechos que la literatura tenida por original y auténtica, pues prácticamente es un género dentro de ella”.

 

 

Sabino Ordás, obra de Jusep Torres Campalans (s/f)

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