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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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18 de agosto, 2014

Ignacio Carrión: “Ellos ladran y yo escribo”

 

La hierba crece despacio, pero al final habrá que recurrir a Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938) si queremos interpretar correctamente esta época nuestra que algunos han dado en llamar la segunda restauración. Adicto desde muy joven a una variedad de escritura que –advierte– no debe confundirse con la autobiografía, las memorias o las confesiones, el primer y extenso volumen de sus diarios comprendía una selección de cuarenta años de escritura continua (1961-2001). Sigue ahora con una nueva entrega, Molestia Aparte. Diarios 2001-2005 (Reino de Cordelia), y para dentro de tres meses está prevista la aparición del siguiente tomo, que llega hasta 2010.

 

La publicación del primer volumen de los diarios de Carrión en 2007 desató una tormenta que le ha convertido casi en un maldito, denostado o silenciado por los grandes medios, como él mismo denuncia. Ha sido, sin embargo, durante décadas una referencia para varias generaciones de periodistas, además de autor de novelas y relatos de éxito. Todos querían contar con su firma. Dueño de un estilo conciso, a veces sobrecogedor en sus descripciones, siempre luminoso y directo, sin concesiones, Carrión escribía, además, en sus diarios, la verdad descarnada de las cosas, esa que a todos incomoda pero que es el verdadero y tal vez único sentido del periodismo.

  

¿Escribe diarios porque es usted periodista o es periodista porque escribía diarios?

 

Escribía diarios mucho antes de pensar en ser periodista. Exactamente empecé esa escritura en la ciudad de Viena el año 1961. Ignoraba que aquellas anotaciones pudieran tener continuidad. Es decir, que se prolongaran durante más de medio siglo. Antes que periodista fui librero varios años después de abandonar en el tercer curso la carrera de Derecho. Tampoco me imaginé nunca que me dedicaría al periodismo tanto tiempo. Pero me apasionaba escribir reportajes, artículos y entrevistas. El periodismo escrito –el que yo he practicado durante más de tres décadas– le debe bastante a mi manera de observar el mundo y de retratar a la gente en las páginas de mis diarios. Quiero decir que me metí de lleno en el periodismo (Abc, Diario 16 y El País) luego de muchas lecturas de todo tipo y de miles de páginas escritas en mis cuadernos. Todo lo que no se anota se pierde. O se deforma, que es otra variedad de pérdida. Yo no tengo mucha memoria. Cada día menos. Pero guardo muchos papeles. Muchas descripciones. Incluso algunas reflexiones. Sin embargo esto último, las reflexiones, no deben ser más que el resultado de la experiencia. Al periodista no se le debe exigir que produzca reflexiones o comentarios sobre las noticias. Debe producir un texto –del género que sea– que provoque al lector a sacar él mismo, por su cuenta y riesgo, las conclusiones. Pero todo esto nos llevaría a una discusión sobre el buen periodismo que se rige por la objetividad frente al periodismo doctrinario y tendencioso que personalmente aborrezco.

  

Tal vez (es una hipótesis) en sus diarios ha ido de lo muy íntimo, doloroso, desgarrador de los primeros años a una observación rabiosamente personal, pero objetiva y razonada de su entorno. En ese sentido, la escritura no sólo le ha salvado (como anhelaba) sino que le ha ofrecido una herramienta poderosa y de interés general. Ha triunfado.

 

Ante todo, la escritura ha sido y sigue siendo una necesidad personal. Tanto los diarios como la ficción o el periodismo son resultado directo de esa necesidad. La necesidad obedece a un deseo. El deseo de romper el silencio, una especie de mordaza, que me impusieron durante mi infancia y adolescencia. Entonces tuve que ocultar forzosamente hechos, soportar situaciones familiares intolerables, reprimir deseos y aceptar el destino renunciando a cualquier clase de sueño. No había escape.

 

Hasta que descubrí la existencia de un interlocutor que vive dentro de ti y al que puedes  dirigirte. En cierto modo descubrí una nueva modalidad de rezo. Rezas a un dios para no estar del todo solo. El dios al que rezas está a tu lado porque la escritura lo saca de tu interior, como un pez cuando pica el anzuelo y lo sacas a la superficie. De manera que vas pariendo en las frases que escribes al dios redentor que puede y debe escucharte. Tú mismo inventas la escucha y satisfaces tu propia demanda: ¿no necesitas alguien que te preste atención y se entere de lo que haces y de lo que piensas? Pues aquí está siempre que no permitas la censura. Has de escribir incluso lo que más te resistes a escribir. Entre otras razones porque no hay lector de tus cuadernos. Y si los hay, allá ellos. Nadie está obligado a leerte. Tu libertad es, pues, ilimitada. Si no cuentas más, es porque no hay nada más que contar. Si falseas la realidad, como si no la falseas, da igual. Haces lo que te da la gana. No rindes cuentas a nadie. Tampoco esperas el reconocimiento de nadie. Todo esto lo aplico al diario en primer lugar, pero también a mis libros de ficción, los que en cierto modo son una sublimación de la realidad, la obra del yo desdoblado. Y lo mismo vale para el periodismo: lo importante es la mirada. La mirada, tu propia mirada, marca el texto que vas a escribir. Y si tu mirada no es libre, debes abandonar el periódico que no te permite tener tu propia mirada. ¿Has de mirar las cosas como te dicen que las mires? En absoluto. Ya conoces el precio del sometimiento al despotismo. No piensas en ningún lector determinado salvo el que mientras estás escribiendo no tiene más remedio que leer lo que escribes. Los otros no existen. Ni siquiera los de un periódico.

 

Cuando en 2007 se publicaron mis diarios escritos durante cuatro décadas, pensé que serían necesarias otras cuatro décadas para que quienes los leyeran pudieran digerirlos. Por algo los titulé “La hierba crece despacio” (1961-2001). Salía en ese volumen a la luz un 20 por ciento de lo escrito en mis cuadernos. El resto sigue inédito. Los mandarines de la cultura silenciaron o denigraron el libro. Y ahora, cuando acaba de aparecer “Molestia aparte I” (2001-2005), ocurrirá otro tanto, salvo raras excepciones. Y cuando en el próximo mes de noviembre aparezca “Molestia aparte II” (2006-2010), dudo mucho que cambien las cosas. Este es un quinquenio todavía más brutal que el anterior. O eso me han dicho los editores. Ahí siguen los mismos perros con distintos collares. Pero ellos ladran, y yo escribo.

  

¿Cómo valora la irrupción de las nuevas tecnologías en el mundo de la información? ¿Se encuentra cómodo en las redes sociales? ¿Han cambiado su forma de trabajar?

 

Me interesan las nuevas tecnologías. Las utilizo. De la máquina de escribir pasamos al ordenador. Hoy me sentiría extraño, y también incómodo, escribiendo con una máquina con cinta y teclado mecánico. El ordenador, además, tiene memoria. Y almacena. Y es intuitivo. No obstante para mí sigue siendo insustituible la estilográfica de émbolo que cargo con tinta indeleble y que utilizo exclusivamente para escribir mis diarios.

 

¿Por qué la estilográfica? ¿Por qué escribir a mano? Escribo a mano y trazo los rasgos a veces imperfectos o temblorosos de las palabras en las páginas en blanco de un cuaderno. La velocidad de la mano es la de mi pensamiento. Vamos acompasados.  Procuro no tachar ni corregir, sobre todo para no perder o alterar el ritmo, y cuando una palabra no es la que quería utilizar intento dar un giro a la frase y mantenerla allí, sostenida por dos palabras que acuden en su auxilio. Así no hay tachaduras. Es un ejercicio de imaginación que todo escritor que ama el lenguaje conoce. Y un pulso con la gramática. En el ordenador, donde puedes alterarlo todo, cambiar frases enteras, quitar o añadir palabras y mejorar el texto (o empeorarlo) acabas prestando menos atención. Sabes que corregir no es humillante sino rápido y fácil. Por tanto eres menos exigente. Mi escritura autógrafa es ágil pero nunca atolondrada. Me exige sosiego físico y mental. Estoy creando frases con palabras como el músico hace con sus notas en el pentagrama.

  

Antes había unos periódicos de referencia, de obligado seguimiento. Hoy se hace necesaria esta pregunta: ¿qué lee usted? ¿qué páginas, blogs? ¿Sigue leyendo la prensa en papel? ¿lee más en papel o en formato ebook?

 

Leo periódicos sin apasionamiento. De los buenos periódicos no despidieron a los mediocres sino a los buenos periodistas. Quizá a los díscolos. A los insumisos. Por tanto un periódico deja de ser de referencia obligada cuando desmantela sus propias instalaciones. Si hay crisis económica y de mercados también hay crisis profesional entre los mercaderes. ¿Qué es El País, ahora mismo? Un quiero y no puedo. Los otros ni siquiera quieren. Leo prensa extranjera. Es menos retórica. Y me fio más que de la española. Leo prensa digital británica, francesa y norteamericana. No cambio un The New Yorker más que por el imperecedero ¡Hola! con el que me descojono semanalmente de risa leyendo primero los pies de fotos y viendo luego las fotos de la aristocracia sin pies ni cabeza, y las de los famosos sin otros títulos que los de su estulticia.

 

Navego por las redes sin timón. Cuando veo algo que encuentro original, aminoro la marcha y presto atención. Me aconsejaron tener libros en formato ebook y seguí el consejo. Me metí en Amazon que será lo que será mientras los lectores, más que los editores, le permitan ser. Prefiero el papel a lo electrónico. Pero si tengo prisa por leer algo, lo pido y en pocos segundos y por poco dinero ya está disponible en mi kindle.  

  

En mi opinión usted ha sido poco respetuoso con los géneros y con las normas de estilo de los medios en los que ha trabajado, su estilo siempre ha sido el de un ‘outsider’. Se lo pregunto con admiración y algo de envidia. ¿Cómo lo ha conseguido? ¿Cómo se sobrevive en esta profesión?

 

No he respetado aquello que no merece ser respetado. Y esto es algo que decide uno mismo. Ni los géneros ni las normas de estilo son sagrados. Un reportaje contiene una combinación de entrevistas, crónica, opinión y más cosas. Lo único que hay que respetar son las medidas. Si te dan una página no debes escribir página y media. Lo demás es cosa tuya. El punto de vista es tu punto de vista. El ritmo, la cadencia, la velocidad narrativa la determinas tú. Es algo muy personal. Ahí es donde te la juegas. Porque para sobrevivir en el periodismo –hablamos de un periodismo serio– has de conocerte bien como persona. Debes ser capaz de oír tu propia voz y de mirar con tu propia mirada, ya que la mirada escribe. Es decir, has de ser tú mismo en todo momento.

 

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