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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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15 de septiembre, 2014

Philby en España

 

El bombardeo de Guernika abrió el resquicio que Kim Philby estaba esperando. Captado como espía soviético en sus años universitarios de Cambridge, en febrero de 1937 llegó a la guerra de España con la intención de acercarse a los servicios secretos británicos, y para ello no había mejor camino que a través de The Times. Desde la Primera Guerra Mundial el diario londinense era semillero de agentes, pero Philby no logró acreditarse como corresponsal y viajó, con 24 años, solo con difusos compromisos de varios medios informativos. Coincidió en Salamanca con Indro Montanelli, enviado especial de Il Messaggero, que le describe como un inglés simpático, perezoso y demasiado aficionado al whisky. Llamó a su puerta diciendo que le habían echado de su habitación y le saqueó cuanto pudo: información y hasta ropa interior.

 

Montanelli no le recuerda como corresponsal de The Times porque entonces no lo era, aunque mandaba información al periódico londinense tratando de hacer méritos. El ataque aéreo a Guernika –el 26 de abril de 1937– desató una enorme polémica en Gran Bretaña. George L. Steer, corresponsal de The Times en el bando republicano, testigo directo de los hechos, envió una crónica fría y minuciosa en la que no cabía duda de que los alemanes habían bombardeado sistemáticamente la villa en la que se erigía el símbolo de la patria vasca.

 

Guernika fue un tema mediático principalmente en el mundo anglosajón, en contraste con el silencio inicial de Francia [Ver el trabajo de Martin Minchom en fronterad]. El impacto –y la polémica subsiguiente– se produjo por su publicación en The Times. El embajador alemán en Londres, Von Ribbentrop, exigió una rectificación y amenazó casi con la guerra. “Sin duda les ha molestado la primera crónica de Steer sobre Guernica”, anotó el entonces director de la edición londinense, Geoffrey Dawson, “pero la veracidad de los hechos no ha sido desmentida y nosotros no hemos intentado recalcar ni remachar el tema”. Aunque el diario londinense quiso minimizar el efecto de la noticia y la colocó en la página 17, a una columna y sin firma, en The New York Times se publicó en portada, destacada y con el nombre del corresponsal [Ver el catálogo de la exposición Corresponsales en la Guerra de España].

 

Seriamente preocupados por la reacción alemana (y de las autoridades británicas), los responsables del periódico conservador cuidaron en adelante la cobertura del bando nacional y Philby fue contratado en mayo de 1937 como segundo corresponsal en la zona. No es cierto, como se ha dicho, que fuera el autor de las informaciones que glosaban la versión franquista del bombardeo (la villa había sido incendiada por los propios vascos), pero había cumplido su objetivo y desarrolló desde entonces su trabajo a plena satisfacción de los militares sublevados. Tanto Pablo Merry del Val como Luis Bolín, a cargo de los periodistas extranjeros, destacaron que jamás dio un problema, que siempre estaba dispuesto a asumir la versión oficial de los hechos, y subrayaron que no podía ser de otra forma porque era “todo un caballero”. Completó su reputación con los amores de una dama inglesa recién divorciada y diez años mayor que él que pululaba por España, Lady Lindsay-Hogg, quien, por cierto, declaró años después que se enamoró de Philby porque era un hombre atractivo y “muy sincero”.

 

La fortuna habitualmente se alía con el destino en la trayectoria de los hombres singulares. A finales de 1937, los nacionales desplegaron todo su potencial bélico para reconquistar Teruel. Iban ganando la guerra, a pesar de este traspié, y poco a poco permitieron a los periodistas –hasta entonces muy constreñidos a la retaguardia– acercarse un poco más a los escenarios de las batallas. Hacía mucho frío la mañana del 31 de diciembre de 1937, cuando el convoy de los periodistas se detuvo para estirar las piernas en Caudé, a pocos kilómetros de la línea de combate. Se refugiaron en los coches para fumar y entrar en calor, hasta que un obús –ruso precisamente– impactó de lleno en el vehículo que ocupaban cuatro corresponsales anglosajones.

 

Bradish Johnson, fotógrafo de la revista estadounidense Newsweek, falleció en el acto. Dick Sheepshanks, de la agencia Reuter, perdió un ojo y murió poco después. Evacuaron en camilla a Ed Neill, de Associated Press, pero tenía una pierna destrozada por la metralla y la gangrena le mató al día siguiente. Sentado en el asiento del copiloto, Philby sólo presentaba heridas en la cabeza y en una mano. Al salir del coche, se fue directo al bar y pidió un trago. El general Félix Dávila propuso una condecoración para él y Franco le recibió en Burgos el 2 de marzo de 1938 y le prendió en el pecho la Cruz Roja al Mérito Militar.

 

Se sigue escribiendo sobre Philby y siguen apareciendo nuevos rastros de su atribulada vida. En Hotel Florida (Madrid, 2014), Amanda Vaill especula sobre la persecución en la Guerra Civil de Ilsa Kulsac –compañera de Arturo Barea– y la muerte de su primer marido a manos de agentes soviéticos que querían eliminar las huellas del pasado comunista de Philby en Viena, donde se conocieron. Hace unos días Antonio Muñoz Molina comentaba la publicación de A spy among Friends, de Ben Macintyre, centrado en el final de su carrera en Beirut. Suele afirmarse, sin pruebas definitivas, que los soviéticos le asignaron la misión de asesinar a Franco, pero es muy probable que su tarea en España fuera otra: escalar a una posición que en los años posteriores habría de ser tan rentable. Cercanía a su objetivo, desde luego tuvo.

 

Creo que no se ha conocido hasta ahora –lo encontré hace poco, repasando los periódicos de esos días– que Franco le concedió una entrevista que se publicó pocos días después de la imposición de la medalla y que recoge la prensa española. “Se ha derrotado y batido al enemigo [en Teruel] precisamente en el campo de batalla que él busco y no ha habido característica de sorpresa”, declara Franco. Philby le pregunta sobre la situación económica de la España nacional: “…hoy producimos cuanto necesitamos e incluso lo suficiente para la exportación y el intercambio. Nuestra normalidad económica contrasta con la escasez y el hambre en la zona adversa. Esta es otra razón más que asegura el triunfo de nuestras armas”. Los dos hombres de nuevo frente a frente, en un encuentro seguramente más íntimo.

 

Kim Philby, el caballero de The Times, siguió con el ejército nacional hasta el final de la contienda, y fue uno de los primeros en entrar en Barcelona con la vanguardia de las tropas. Muchos años después, cuando en 1963 los periódicos informaron de que había escapado a Moscú, Montanelli no daba crédito a lo que estaba leyendo. Lo cuenta en Memorias de un periodista (Barcelona, 2003). Aquel inglés borrachín y gorrón que se conformaba con lo que le contaban los otros corresponsales y sólo se quejaba del excesivo precio del whisky, era el más importante agente de la KGB en Occidente, el mejor espía de la historia. Le envió una carta a Moscú. Philby, por supuesto, le contestó, y le mandó una caja de caviar con una nota que decía: “Muchas gracias por todo, incluidos los calcetines”.

 

A la derecha se distingue a Kim Philby, con la cabeza vendada, después de la explosión de Caudé. El hombre a la izquierda, con boina y que mira a la cámara, es el corresponsal de Daily Mail Harold G. Cardozo.

 

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