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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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7 de abril, 2014

Siguiendo a Adolfo Suárez

 

En octubre de 1989 me encargaron en El País seguir la campaña electoral de Adolfo Suárez. Los periodistas que habitualmente cubrían la información política se ocuparon de los grandes partidos (Anabel Díez, del PSOE y Juan G. Ibáñez, del PP), pero el CDS (Centro Democrático y Social) era una apuesta casi literaria, y yo era entonces un redactor de Cultura. Durante veinte días me embarqué en una carrera desenfrenada que pretendía lucir al duque –así le llamábamos–, su principal activo, por las cuatro esquinas de España. Oviedo, Móstoles, Palma de Mallorca, Albacete, Murcia, Valladolid, Sevilla, Zaragoza, Santander, Badajoz, Las Palmas, Tenerife, Málaga, Valencia, Santiago, Barcelona, Ávila y por fin Madrid, si no me engañan las desordenadas notas que conservo de aquella aventura.

 

Nunca había vivido la política con semejante intensidad y –apunté entonces– la enjundia del asunto consistía en recoger declaraciones, acusaciones y desmentidos que se lanzaban unos a otros constantemente para erosionar la línea de flotación del contrario. Suárez había construido un discurso sobrio, equilibrado y bastante soso que repetía con muy pocas variaciones tras el sonsonete que llamaban himno y que nunca podré borrar de mi cabeza. El lema de la campaña, “Capaces de hacerlo”, siempre me pareció muy pobre y le pregunté a uno de los asesores. “Es una idea-paraguas”, me contestó.

 

El CDS venía de atravesar el desierto con el inolvidable dúo Suárez-Rodríguez Sahagún, había conseguido 19 diputados en las elecciones de 1986 (su mejor resultado histórico lo logró Eduardo Punset en las europeas de 1987 con casi dos millones de votos) y confiaba en convertirse en una bisagra centrista capaz de abrirse a derecha o izquierda. Enseguida me di cuenta de que el mensaje no estaba en los discursos sino en el estribillo del grupo que abría los mítines, Objetivo Birmania: “¡Vaya lío! Los amigos de mis amigas son mis amigos”. Saqué todo el partido que pude a las birmettes, incluso una entrevista en la que me dijeron que iban con quien les pagara (un millón de pesetas de la época cada actuación, por cierto) y que pasaban de política.

 

Machacaron a Suárez con los pactos y el voto útil, tanto un PP recién fundado que lideraba un ambicioso Aznar en sus primeras elecciones generales como un enrocado PSOE que pastoreaba un Guerra pletórico, “el innombrable” en la campaña del CDS (Felipe González asumió en esta ocasión el papel de Hamlet). Camino de Albacete, en un mesón que olía a queso manchego en el que paramos a tomar un café, interpreté así la gesta de Suárez: “Como Don Quijote, que se enfrentó solitario después de dejar a su fiel escudero administrando la ínsula Barataria [Rodríguez Sahagún era alcalde de Madrid] a los ‘encantadores y verdugos que le pellizcaban y arañaban’, recorre los caminos de España con un mensaje final: las innovaciones del programa del CDS no son tan importantes como la necesidad de cambiar el talante de gobernar” (El País, 18-10-1989).

 

Releer ahora algunas de las propuestas y reflexiones del líder del CDS en 1989 es un ejercicio de nostalgia política: “El carné del partido socialista se ha convertido en un instrumento para transitar por las administraciones públicas”; “La corrupción se extiende por toda España y los únicos que progresan son los especuladores, los corruptos y los pícaros”; “¿Qué estabilidad tenemos con 2,5 millones de parados y ocho millones de pobres?”  Especialmente le dolía la falta de reconocimiento –que propugnaba el PSOE y consentía el PP–: “La historia no arranca en 1982 sino en 1977”, dijo en Valladolid, según apunté. Habíamos comenzado la campaña con un viaje a París en el que Suárez fue nombrado presidente de la Internacional Liberal y Progresista (otra vez el reconocimiento) y con varios mítines en los que se mostraba serio y distante. Aparecía por detrás del escenario y soltaba su perorata monocorde: “Quisiera convocarles a mejorar las cosas”.

 

Pero al llegar a La Mancha su actitud cambió, se subió a nuestro autobús –viajaba habitualmente en avión privado– y todos le rodeamos. “Era fascinante para los jóvenes periodistas escucharle relatar la displicencia, la altivez y el desdén hacia él de los grandes líderes internacionales de la época: Giscard y Helmut Schmidt. Inmediatamente te ponías de su parte”, ha escrito Lucía Méndez, que cubría la campaña para un periódico recién nacido, El Mundo. Julián Lacalle, el que fuera luego director general de Información Nacional con Zapatero, era el enviado especial de Diario 16 y con él hice un tándem muy requerido por los candidatos de la diferentes localidades por las que íbamos pasando para intentar obtener información sobre los posibles pactos postelectorales (que nadie tenía claros).

 

Una mención al Quijote que había en el discurso desapareció y comenzó a recibir baños de masas, sobre todo en Canarias, donde albergaba grandes esperanzas y llenó los estadios. A menudo, en los hoteles o salas de prensa, se sentaba con nosotros; más que sentarse se derrumbaba en un sillón y se quedaba mirando al vacío. Hablaba poco, pero estaba allí, con su aire de galán y su estudiada compostura: el artífice de la Transición. La campaña seguía su curso, una de las birmettes sufrió una afección de riñón y no pudo actuar en Málaga y yo tenía que salir corriendo de los pabellones con un montón de monedas en el bolsillo hasta encontrar un bar cercano –con teléfono– para trasmitir una crónica que me costaba colocar en el periódico del día siguiente, pues PSOE y PP acaparaban la información.

 

Nunca supe si esta recta final apasionada y multitudinaria que me tocó vivir y quiero dejar escrita en esta especie de Libro de Condolencias que trazamos entre todos, era un último intento de arrancar votos indecisos o si Suárez se sabía ya perdido y quiso buscar la calidez en la derrota. Tardó en comparecer ante la prensa la noche de las elecciones. Rodríguez Sahagún, Castedo y el tránsfuga Tamames huyeron de la sede, pero Suárez dio la cara por última vez. Admitió que su imagen había quedado “bastante deteriorada”. Las expectativas eran de 35-40 escaños, luego rebajadas a 25-35: obtuvo 14 diputados y el PSOE, con la ausencia de HB, una nueva mayoría absoluta. En 1991, Adolfo Suárez dimitió como presidente del CDS y se disolvió el grupo Objetivo Birmania.

 

  

 

 

Salida del féretro de Suárez del Congreso de los Diputados el pasado 25 de marzo.

Foto: ALFONSO G. CRUCHAGA

 

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