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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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17 de agosto, 2015

La tertulia de don Bartolo

 

Bartolomé March, don Bartolo para sus fieles e incondicionales amigos, estaba convencido de que la muerte de Franco presagiaba grandes incertidumbres y calamidades para el país. Era posible que estallase una nueva guerra civil, por lo que se fue de España, aunque a un exilio dorado en Suiza, donde su familia escondía la mayor parte de su fortuna. Su padre, que comenzó como contrabandista, había sufragado y hecho posible el levantamiento militar en contra de la República y amasó un emporio financiero, pero la vida de don Bartolo se había decantado por la contemplación artística y sobre todo por la bibliofilia. No sobrevino el temible caos a la muerte del dictador y regresaba con frecuencia a Madrid, al palacete en el lateral de la Castellana donde tenía su biblioteca y recibía a sus amigos del mundo del libro.

 

Una de estas tardes de tertulia recrea Manuel Arroyo Stephens, fundador de la librería y de la editorial Turner, en su libro de reciente publicación Pisando ceniza (Turner, 2015). Allí sitúa a la galería de personajes irrepetibles de los años setenta con los que confraternizaba, pues los hijos de don Bartolo, decían los contertulios, se habían metido en “cosas raras” de fiestas y drogas, le habían amargado la vida, y sólo se encontraba a gusto en su biblioteca, donde invitaba a café o té con pastas en bandejas de plata. Eran sus artesanos, proveedores y amigos: Luis Bardón, hijo y nieto de libreros anticuarios; el iluminador Andrés Ramírez, que trabajaba durante el día en la oficina de reclamaciones del Ayuntamiento y había fabricado una cola de conejo que secaba pronto y mantenía vivos los colores de la acuarela; el encuadernador Benito Vera, que destacó como estuchista y a cuyo hijo, Carlos Vera, compañero de fatigas en la Biblioteca Nacional y gran encuadernador, debo la recomendación del relato de Arroyo; el misterioso librero de viejo Enrique Moreno, al que luego me referiré; y el encuadernador Antolín Palomino, “repantingado en una butaca enorme, con un puro apagado entre los labios”. Palomino era hijo natural de la sirvienta de un célebre abogado madrileño y se había criado en una inclusa, pero tuvo éxito en su oficio y sacó con ochenta años a su madre de la casa del padre, donde seguía empleada.

 

Arroyo Stephens llega al palacete de la Castellana con Jovino Barreda, un asturiano que había sido en la posguerra afilador y sereno –oficios propios de asturianos– y abrió puesto de venta y alquiler de libros y revistas en la calle Pelayo gracias a las propinas que obtuvo de dos “discretos” prostíbulos. “Fue el único lector que conocí en el gremio de los libreros de viejo”, escribe Arroyo. Jovino le propuso que colocase un cartel en el escaparate de la librería Turner, que estaba “en una calle muy buena, cerca del Tribunal Supremo” (la calle Génova), anunciando que se compraban bibliotecas. Y fueron cayendo las viudas. Algunas se encrespaban pensando que tenían un gran tesoro y una se hizo acompañar de un hijo suyo, oficial de Infantería, en traje de campaña, pero todas cerraban el trato cuando dejaban en sus manos unos miles de pesetas, ya que los pagos eran siempre al contado.

 

La ilusión de Jovino era pescar una gran biblioteca y por eso se queda petrificado ante los libros de don Bartolo. Los tertulianos le quitan la idea de la cabeza porque han oído que se los va a dejar a una fundación, se trata de “un tesoro nacional”, y tiene el “problema” de los hijos. “Compadecer además de admirar por su biblioteca al hijo de Juan March era lo último que se me hubiese ocurrido hasta esa tarde”, afirma Arroyo. “Su padre sería lo que fuese”, le dice Jovino en voz baja, “pero don Bartolo es un señor. ¡Y qué libros tiene! No sé si se habrá fijado, pero yo he visto cosas muy importantes”. Añade Arroyo: “Dónde iba a encontrar en el mundo don Bartolo a un grupo de gente como nosotros”.

 

En realidad el protagonista del relato es el más importante librero de viejo de la época (así opina, por ejemplo, Luis Bardón), establecido en el callejón de Preciados, un local con la persiana siempre echada que parecía cerrado. Si llamaba algún despistado, se le despachaba diciendo que sólo se atendía con cita previa, y si insistía, se le daba un teléfono con un número cambiado. Pocos tenían acceso al misterioso local y allí fue convocado Manuel Arroyo cuando empezaba su carrera. El librero, Enrique Moreno –“réplica del librero real Enrique Montero”, señala Andrés Trapiello–, le pone en contacto con un editor alemán, Detlev Auvermann, para que continúe una colección de ediciones facsimilares de grandes revistas de la República y la Guerra Civil (Topos Verlag). “El esfuerzo de completar algunos números duraba años”, ya que los originales eran casi inencontrables. Auvermann los ofrecía por todo el mundo y Arroyo, hasta que desapareció la censura, los vendía en España de contrabando, sin que apareciera su nombre. “En poco tiempo dominé el negocio del contrabando”, escribe, y explica la fórmula para burlar al inspector de policía –no mencionar a Lord Byron, al que consideraba un depravado e incestuoso, en la falsa lista de clásicos que la caja decía contener y nunca se comprobaba–, así como al funcionario de Correos, el señor Hermida: ir metiendo sucesivos billetes de mil pesetas en su mandil según el número de cajas.

 

Enrique Moreno –o Montero–, al que habían puesto el sobrenombre de “el telón de acero”, hijo al parecer de un maestro republicano fusilado, sólo era conocido en el gremio de libreros de viejo y se decía que tenía los mejores libros y los mejores contactos. Viajaba a menudo al extranjero y, aunque no hablaba idiomas, se aprendía frases completas de memoria para cerrar sus negocios; otra de sus estrategias era dejar siempre desorbitadas propinas. Trabajaba, junto a su hermano, en su local lúgubre de apenas setenta metros. De vez en cuando desaparecían por unas escaleras que había al fondo, el santuario al que nadie había logrado acceder. Los compañeros de tertulia envidiaron a Arroyo el día que, después de cinco años y de enseñarle algunas ediciones singulares del XIX  –“como si hubiese decidido que mi relación con él fuese un largo aprendizaje”–, le invitó inesperadamente a bajar las escaleras, donde había una cámara acorazada con estanterías metálicas llenas de libros. Entre otros: la primera edición de Garcilaso y Boscán encuadernada en pergamino original, un ejemplar completo del Ortelius, el incunable de La Celestina, una Biblia alemana con anotaciones de Lutero, primeras ediciones de la Utopía de Tomás Moro, de los Caprichos de Goya, de las Soledades de Góngora con los comentarios de Salcedo Coronel… “Cuando volví a la calle esa tarde y me vi caminando entre las multitudes en la calle Preciados, sentía como si acabara de salir de la cueva de Montesinos”, recuerda Arroyo.

 

Tiempo después le avisaron de que el librero había muerto y, “bajo el sol implacable del agosto madrileño”, se volvieron a reunir los amigos: Benito Vera, Antolín Palomino, Jovino Barreda, el acuarelista Ramírez... Le habían colocado en el ojal una pequeña bandera republicana. Antes de bajarlo a la sepultara apareció el chófer de don Bartolo con una corona de flores y una dedicatoria: “A mi querido Enrique de su siempre amigo”.

 

[El destino de la Biblioteca de don Bartolo]

 

 

Bartolomé March, don Bartolo, retratado por Ricardo Macarrón.

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