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Mise en Abyme el blog de ArtAce, Eme Uve Ele, Laurel de Baco y Sir McTinta


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8 de marzo, 2014

Tras los pasos de Visconti. 'Muerte en Venecia' no está en Venecia

 

Foto: Laurel de Baco

 

Tras un año de caprichoso destino, en mi mente se dibujaba la silueta de la ciudad que “flota”. La ciudad de los canales y la humedad, las máscaras y los turistas. Desde que vi Muerte en Venecia, ésta se me antojaba más exótica y llena de misterios desconocidos que cualquier otra ciudad del mundo. He viajado mucho para la edad que tengo gracias a la insaciable curiosidad de mis padres, pero Venecia, al igual que Italia en general, aún me era desconocida.

 

Sabía que iría por muchos motivos, pero para los que me conocen están claros el noventa por ciento de ellos. Quería seguir los pasos de Gustav von Aschenbach (Dirk Bogarde) y por lo tanto de Visconti, quienes en 1972 rodarían Muerte en Venecia.

 

Y ¿qué puedo decir de la ciudad en la que una de las almas más atormentadas del universo cinematográfico ascendió a las alturas atravesando el cólera, la decadencia y el siroco? Empezaré con que si para Aschenbach era asfixiante la aparente perfección de su entorno ante mí se ha mostrado muerta. No por ello menos hermosa. El principal destino para mí era la colosal reliquia del Grand Hotel Des Bains. Una enorme estructura a orillas del mar con playa privada en la que Visconti veraneaba de niño y en la que Thomas Mann también se hospedó inspirándose así para la novela que dio pie a la película. Un hotel que, gracias a la siempre ambiciosa puesta en escena de Visconti, nos mostraba el aislado y desmesurado mundo de las clases altas europeas que viajaban a Venecia cuando aún no se llevaban chanclas ni pantalones cortos y cuando la etiqueta estaba presente incluso en la playa. Para llegar a él hay que viajar al Lido y caminar unos diez minutos. Cuando llegamos, bajo un cielo nublado y algo de frío, allí donde Tadzio y Gustav jugaban a perseguirse sin ser vistos, se ha alzado ante mí, totalmente cerrado y vacío, el gran hotel. Sus puertas no permitían ver el más mínimo atisbo de vida dentro. Pese a que algunas ventanas estaban abiertas (lo que por un momento me dio esperanzas), no pude ver nada del interior. El balcón en el que los músicos moribundos rodean la pureza de Tadzio estaba lleno de plásticos de color naranja, obras de nuestros días. La puerta, cerrada con un gran candado, tenía el aspecto de llevar así un par de años.

 

Foto: Laurel de Baco

 

Más tarde me enteré de la causa. El Grand Hotel Des Bains cerró en 2008 tras un incendio (mientras era renovado) y con él la playa privada que le pertenece. Por lo menos la entrada. Se pensaba reabrirlo en 2011. A día de hoy, sigue muerto. Su principal atractivo, y aquello que lo hacia único, su atmósfera antigua y comedores del siglo pasado, se quedaron atrás ante el paso de la modernidad. Los hoteles baratos y malos, más económicos y sencillos para hospedar a las infinitas masas de turistas que pisotean la ciudad día tras día (como yo) y sus obras de renovación acabaron con él. Este hotel ya había vivido un abandono, hasta que Visconti lo reabrió y redecoró para rodar la película. En el documental Alla Ricerca di Tadzio (A la búsqueda de Tadzio), que nos permite asistir a los castings para dar con el efebo, podemos disfrutar de una visita a los futuros escenarios del Hotel Des Bains, y  lo que se ve parece mentira. Habitaciones vacías, el gigantesco comedor tan rebosante de vida en el filme, lleno de cajas y ruedas, todo vacío, abandonado.

 

Fotograma de Alla ricerca di Tadzio


Visconti revivió el hotel, y le devolvió la fama que le permitiría seguir funcionando hasta el reciente incendio. En la película se hace hincapié en el paso del tiempo y su inexorable destino final. Aunque el fotograma dé siempre la sensación o esperanza de eternidad, cierto es que sólo es eterno en el fotograma y en nuestras cabezas. Pero al Hotel Des Bains el inexorable paso del tiempo le ha hecho cumplir el cupo (como diría Gustav). Y permanece ahí, en pie, pero vacío. Para que fanáticos como yo lleguemos y entendamos mejor que nunca el significado del filme, o que se tambalee lo que creíamos entender y busquemos nuevas respuestas.

 

Foto: Laurel de Baco

 

Al otro lado, por supuesto, estaba el acceso a la playa, pero cerrada. Asomarme para ver cómo se encontraba fue peor que no haberlo hecho. Casetas de materiales extraños, objetos fabricados en serie, de calidad ínfima y formas vacuas, pensadas para cumplir una función sencilla, sin la menor aspiración de belleza antigua o moderna. La arena estaba revuelta, plagada de trozos de plásticos (la playa también parecía en obras). Puro desorden, con un montón de tierra al fondo. Formaba una especie de “rompeolas” arenoso pensado seguramente para proteger las casetas de la marea alta. Avanzamos unos pasos dejando atrás el hotel para adentrarnos en la playa. Tenía la misma pinta de abandono. Aunque en Venecia siempre hay turistas siempre el mar se deja de lado febrero porque el clima no se amable. Así que la playa impresionista proyectada en mi mente estaba totalmente vacía, la marea baja y el suelo desnudo lleno de conchas y algún que otro desperdicio.

 

Foto: Laurel de Baco

 

Sólo mi compañera y yo, algunos paseantes que aprovecharon el día para recorrer uno de los pocos sitios de Venecia que no está a rebosar (por lo menos, en febrero) y un indio o pakistaní que vendía pañuelos a siete euros. Cambiemos al vendedor de fresas podridas por un vendedor de pañuelos y todo irá bien. Nos sentamos un rato para respirar un poco de aire marino. A nuestra espalda se alzaba el hotel. Al frente, la playa que en la película brilla como si estuviera repleta de diamantes. La playa de la inspiración de Aschenbach y de su final.

 

Fotograma de Muerte en Venecia


Estaba nublado, así que nada brillaba, y mis pensamientos más que inspirados sólo se sentían melancólicos, nostálgicos de algo que no he vivido ni visto, pero que casi siento como parte de mi propia experiencia. Esa es una de las cualidades del cine, cuando una historia te toca tanto, o te impresiona tanto, que te sientes co-protagonista junto al “héroe”, te adhieres a su relato, sientes cada estímulo visual alterando tus propios sentidos, y si hay algo de lo que trata esta película es precisamente de eso: de la concepción y alteración de los sentidos, y su posterior efecto en nuestra vida y en nuestro trabajo.

 

También reflexioné sobre la verdadera esencia del cine, o más bien del fotograma y de lo que vemos. He aprendido que recorrer los escenarios de una película no no tiene porqué ser una buena idea. Una película es lo que está dentro de cada profilmico, cada elemento, cada jarrón, cada hilo de las cortinas, cada pétalo, pero sólo existe en el momento de su congelación sobre el celuloide. No hay nada (físico) más allá. Muerte en Venecia no está en Venecia. Lo que existió cuando se preparó existe, pero sólo en la cinta. Cada película es real en sus 120 minutos, en el tiempo que dure. Más allá no está, no es tangible. Igual que Aschenbach estira el brazo intentando tocar a Tadzio, yo he trasladado mi cuerpo para tocar toda una esencia, y no es posible. La belleza no es posible tocarla, sólo sentirla. La verdad es la que vemos en nuestro reproductor, es lo que se forma en nuestras cabezas, es cada suspiro que damos mientras vemos. Más allá sólo está el artificio.

 

He visto muchas películas (aunque aún me quedan más por ver de las que he visto), pero me sentí por un momento como ese personaje que regresa a un lugar lleno de significados y sensaciones, un antiguo hogar, algún rincón secreto en el que se llevó acabo alguna activad clandestina. Y ese hogar, o ese refugio, está ahora vacío y sin aliento. Me sentía de ese modo, enojada con el tiempo y con mi edad. Si hubiera podido viajar seis años antes a Venecia, con los mismos conocimientos de ahora, podría haber sentido la película, más mía que nunca (o tal vez no).

 

Pero para hacerlo todo aún más poético relataré lo que pasó a continuación, que hizo que no me fuera vacía del todo. En otras circunstancias lo habría ignorado, pero en ese momento se llenó de sentido para mí. Sentadas mirando al mar, el gris del cielo cedió el paso al sol y de ese modo el agua empezó a brillar de forma similar a como lo hiciera en la película, en el hotel revivió el color blanco de las paredes y el agua azul de la playa del Lido (un azul espectacular, por cierto) se dejó apreciar más que nunca. Por fin un poco de belleza mundana para saciar mis ganas de emoción. En el cielo, las nubes negras seguían el camino infinito del mar, y el Lido y Venecia se despejaron durante un par de horas. Sentí la tentación de acercarme a la playa del hotel, que se encontraba apenas a unos cien metros de donde estábamos. Pero teniendo en cuenta lo que habíamos visto al llegar preferí dejar que se proyectara en mi mente. Con casetas verdes a rayas, mujeres y vestidos largos y blancos, velos kilométricos, un alma atormentada que cada vez se siente más alejada del mundo que le ha tocado vivir, y la silueta de un niño rebosante de vida, que ante la decadencia de la vida aristócratica corre ajeno a las leyes y a la muerte, y le abre a mi querido Gustav nuevos senderos. Sí, prefiero imaginar la playa de esa forma que llena de restos de obras, mantas de calidad penosa vendidas por siete euros con oferta de gafas con luces. En definitiva, sin el menor atisbo de belleza viscontiana.

 

Foto: Laurel de Baco

Foto: Laurel de Baco

 

A pesar del vacío inicial algo se removió en mí con aquella intrusión. Pensé que de algún modo estaba ante la prueba definitiva de lo que anunciaba Visconti en su trilogía, que modestamente he intentado interpretar con mis todavía verdes conocimientos de filosofía y un poco de ambición. Que la belleza se acabó con aquellos días o que pende de la más fina de las cuerdas. Que definitivamente, después de los años de guerras en nuestro viejo continente, la belleza se ha transformado en algo muy escaso o limitado, reservado a rincones concretos, sitios poco frecuentados, y ha quedado camuflada y mal interpretada en nuestro estado del bienestar. Tras estos años de globalización y masificación, qué queda de exótico en nuestras propias fronteras.

 

He leído algo, no lo suficiente, desconozco la evolución del concepto de belleza, pero sí creo que para entender esta película es necesario saber algo de filosofía y de la historia. El libro es de Thomas Mann, y si hay alguien profundo es sin duda él. Y si no se sabe se lee, como hice yo en su día. Pero tal vez más importante aún que la lectura de miles de libros sobre pensamiento, análisis fílmicos y crítica, sea sencillamente tener sentidos capaces de ser estimulados, un alma mínimamente inquieta. La primera vez que vi la película no entendí nada (y dudo que alguien que la vea por primera vez sin tener unos mínimos conocimientos sobre el autor del libro, el director del filme, el contexto histórico, la música, etcétera, pueda entenderla). Pero mis sentidos se revolvieron, se desató la curiosidad. No hay por qué entender la belleza. Creo que como mejor se siente es como se siente las primeras veces, pura y desconocida, como Tadzio. Sin saber por qué, sin saber cómo deberíamos llamarla, sin saber que el filósofo X y el filósofo la llamarían así, sin saber por qué nos estimula, ni qué parte de la cabeza se altera por la razón tal o cuál, que para uno no es belleza, que para otro sí lo es… Dejarla entrar. Aunque supongo que esto evoluciona con la edad. Con la edad son miles las experiencias que atesoramos, y todo pasa por un filtro, el de los prejuicios, las experiencias, las inclinaciones políticas... “En todo el mundo no hay impureza más impura que la vejez”, dice Alfred.

 

Cuando era pequeña y pasaba muchas tardes en la casa de mi abuelo, que tenía una gran colección de cine, me ponía Doctor Zhivago. Yo no tendría más de 9 años y no sabía qué era un comunista, que era un zar, en qué se basa la guerra, qué es la huida, el abandono o el regreso… y aún así, la veía una y otra vez. Removía en mí algo. Sin saber nada de conceptos de la vida la película me estimulaba. La nieve, el color rojo del vestido de Lara, la balalaika, la llegada a Varykino, y la casa a la que ha entrado la nieve y el hielo por el abandono. Me atrapaba de forma espontánea e impredecible.

 

Gustav: Así que según tú, nuestra labor de artistas…

Alfred: Labor… ahí está la cuestión, ¿crees que la belleza puede ser producto de la labor?

Gustav: Pues sí, eso creo…

Alfred: Así es como nace la belleza, de forma espontánea, con absoluto desprecio hacia tu labor o la mía, preexiste a nuestra presunción de artistas… Tu gran error, mi querido amigo, es considerar la vida, la realidad como una limitación.

 

Buscar la belleza en las cosas más complejas y profundas, como si fuéramos incapaces de reconocerla en lo cercano y habitual es tarea de la edad, no de nuestra juventud, porque sólo con la edad la vida se vuelve retorcida, se vuelve compleja e incluso se vacía de sentido.

 

Foto: Laurel de Baco

 

A Venecia pueden llegar en temporada alta hasta nueve ferris diarios, y en temporada baja son la mitad más o menos. Actualmente están trabajando para reducir estas cifras. Es evidente que todo el mundo tiene derecho a viajar, y que el Grand Hotel Des Bains esté cerrado también responde a que no existe tanta gente con el poder económico para gastarse de doscientos a trescientos euros por noche durante tres semanas.

 

¿Tiene Venecia esa belleza espontánea e impredecible que siempre se le ha atribuido? En el filme vemos y sentimos la asfixia y angustia de Gustav. Si caminamos por Venecia, la sentimos también. La ciudad es una especie de sueño, porque nunca antes se puede experimentar algo semejante. Si ves una catedral en cualquier ciudad del mundo puede impresionarte, pero ya has visto más catedrales antes. Si ves una plaza puede sorprenderte, pero ya lo has visto antes. Sin embargo, si paseas por una calle, cruzas la esquina y te encuentras con un pequeño canal surcado por una góndola (que tienen algo fúnebre con ese color negro) es algo totalmente nuevo. Cuando un estrecho canal parte la calle en dos y has de cruzar uno de los puentes (todos preciosos), uno se emociona como un principiante porque es la primera vez que lo siente, que lo ve, que lo huele. Tiene el ecanto de la novedad. Durante el día, todo es mágico y bello, y por la noche inquietante. Paseando la segunda noche, haciendo tiempo para la cena, pasamos por varias calles en las que, literalmente, teníamos que ir una detrás de la otra por lo estrechas que eran. Claustrofóbicas. Te hacen ansiar la salida y dejar atrás las altas fachadas que el tiempo ha hecho que sus paredes inclinen hacia fuera. A los lados, paredes rojizas; arriba, el cielo a través de un estrecho hueco. La sensación de falta de aire. Se suele acabar saliendo a una calle algo más amplia y llena de tiendas, por supuesto, o a una plaza, casi todas decoradas con un pozo, y digo decoradas porque ya no se usan.

 

Venecia

Foto: Laurel de Baco

 

Intenté encontrar por internet el pozo de la película, aquel en el que Gustav, sudoroso y enfermo, cae rendido y agotado. Pero por suerte o por desgracia no di con él. Imaginé que teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad podría dar con él. Que igual que el protagonista ansiaba doblar una esquina y ver a su niño, yo doblaría una esquina y me encontraría con mi pozo. Pero la suerte no estuvo de mi parte, y en los dos días que paseamos no vi el pozo. Es una de las pequeñas cosas que me he quedado con las ganas de ver. Quién sabe, quizá sea mejor así.

 

Foto: Laurel de Baco

 

Supongo que parte del encanto de la ciudad es que casi todo se mantiene parecido a como debía de ser hace unos doscientos años. No todo. Hay un gran número de cosas que se han convertido en aberraciones, como sus máscaras y sus carnavales, como en todo lo que triunfa y más en una ciudad para turistas como esta. Ya lo dicen en la película: A lo mejor la epidemia son los turistas. Lo normal es ver a todo el mundo con una máscara. Da igual quién sea o de dónde. Lla gente lleva sus pantalones de turisteo, su cámara y el antifaz con una pluma barata y “portato dalla Cina” (traída de China), como me dijo una italiana. Una compañera italiana me comentó antes de viajar que en Venecia apenas hay venecianos. Por lo menos pude ver algún disfraz de los buenos, de los que llevan los italianos. La estética del siglo XVIII es una de mis favoritas, me parece una extraña mezcla de erotismo, travestismo y tradición europea, y por primera vez la vi con mis propios ojos, no a través de una película. Disfraces auténticos, capas gruesas de detalles asombrosos, no de material vulgar y brillante comprado en Barullo. Nada de plásticos ni pelucas de dos euros.

 

Venecia

Foto: Laurel de Baco

 

Los carnavales no salen en la película, no los de febrero. Pero sí la máscara, entendida como aquello que cubre tu verdadero rostro. La máscara de maquillaje patético y enfermizo. Lo que me traigo del viaje es que Venecia tiene sobre sí una enorme máscara: la del misterio. Una vez que entras, descubres la realidad bajo la máscara: el hedor húmedo del agua estancada, el color rojo de sus fachadas y los desconchones, el viaje en góndola a ochenta euros por cuarenta minutos, el Rialto repleto de asiáticos en posturas incomprensibles, las tiendas de Chanel, la actitud forzada de muchos italianos para satisfacer la curiosidad extranjera... Pero está también la belleza innata de sus calles, de sus pequeñas plazas, que se nos antojan como escenarios de antiguos secretos y negocios clandestinos, sus iglesias, sus canales, la plaza de San Marcos inundada, cafeterías que fueron apadrinadas por Wagner. La magia y el asombro por el delicado equilibrio entre una ciudad y el mar sobre el que está construida, que permite que las aguas la cubran y aún así seguir la vida con “normalidad”.

 

La belleza de la decadencia, y la decadencia de la belleza. Venecia es decadente y hermosa y si algo le prometo es el regreso.

 

Venecia de noche

Foto: Laurel de Baco

 

Aquí un enlace para el que quiera ver mas fotos de la ciudad de los canales de las hechas durante el viaje.

 

           

 

                                                                                                                                                     Laurel de Baco

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Al brillante artículo que precede, me gustaría aportar dos referencias. La primera, "Aschenbach" en alemán quiere decir, literalmente, "arroyo de cenizas", significado con el que seguramente ha jugado Thomas Mann. Segundo, las góndolas tienen, unidas al carnaval, un sentido fúnebre, asociado al "carne  vadis", prohibición de la carne, que precede al tiempo de la resurrección y que el cristianismo toma de ancestrales tradiciones paganas, que veían en nuestro tiempo de cuaresma el final definitivo del ciclo anual para dar paso a la renovación de la primavera. Éste es el sentido profundo del carnaval, en el que la máscara trata de mostrar la inmovilidad del ser frente al río del tiempo que fluye, haciéndonos perder en su universalidad todo aspecto de individualidad, como tal contingente. Una bella utopía, por la que se va detrás del imposible afán de perder por un momento el yo. Una misteriosa ilusión, como toda Venecia.

Por lo demás, mi búsqueda del Hotel des Bains, mis fotos y mis sensaciones allí, han sido casi un calco de las de la autora, que tan inusualmente las ilustra, por lo que si el término vale, me las confirma como "verdaderas". 

Muchas gracias y felicitaciones.

ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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