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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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4 de diciembre, 2014

Historias de la Historia (II): de la Historia "pura" a la que crea naciones

 

Continuamos donde lo dejamos, en el nacimiento de la ciencia histórica tal cual creemos conocerla en nuestros días.

 

Antes, volvemos a justificarnos: el sentido de ir cronológicamente explicando someramente cómo se ha contado la historia en cada época está en saber un poco más de cada momento histórico, de cómo pensaban quienes se ocupaban de escribir las crónicas, de qué concepción del tiempo tenían, de para quién, con qué objetivo y respondiendo a qué intereses narraban los hechos pasados y presentes. Porque, en gran medida, lo que hoy conocemos de cada era está influido por el modo en que se escribieron los acontecimientos en el momento en que ocurrían, porque ése es material que utilizan los historiadores contemporáneos.

 

No es algo que explícitamente muestre Enrique Moradiellos, nuestro sherpa en la Historia de la Historia, en Las caras de Clío, pero le hemos encontrado esa utilidad a su narración.

 

Y, ahora sí, retomamos la historia donde la dejamos. En el siglo XIX y en Alemania. Ese país fue escenario del surgimiento de la moderna ciencia de la Historia como resultado de la fusión de la tradición histórico-literaria y la erudición documental. Era una historia bien narrada y rigurosa, muy pegada a los archivos, a los documentos. Además, esta historia ya no es una mera sucesión cronológica de acontecimientos, sino un proceso racional en el que unos acontecimientos están ligados de alguna manera, por ejemplo, sobre todo, causalmente. El objetivo del historiador iba más allá de narrar detalles del pasado, sino que buscaba reconstruir lo que sucedió estableciendo conexiones entre acontecimientos y estructuras sociales.

 

 

Reconstruir lo que sucedió”

 

“Reconstruir lo que sucedió”. No hemos escogido esas palabras por casualidad: ése era el cometido que se “autoencargó” Leopold von Ranke, prácticamente el padre fundador de la forma de hacer historia contemporánea. La suya, dice Moradiellos, “era una concepción deudora de la ilusión de que el uso fiel y contrastado de la documentación legada por el pasado permitiría eliminar, neutralizar, la subjetividad del historiador, que actuaría como una suerte de notario y ofrecería un relato histórico que fuese una reproducción conceptual, científica, del propio pasado, libre de juicios valorativos, independiente y ajena a las opiniones y creencias particulares del profesional”.

 

Ésas fueron las grandes aportaciones de Ranke: la defensa del principio de actitud imparcial, así como la concepción empirista de su trabajo. Llevó tan al extremo esto último que defendió que cualquier hecho o situación es único e irrepetible y no puede analizarse en virtud de categorías universales.

 

Esta última concepción chocó con las ideas de Auguste Comte, el que se considera padre de la sociología. Porque Comte había propugnado el estudio de la sociedad “con el mismo espíritu que los fenómenos físicos” para descubrir las leyes generales que regulaban la evolución histórica y social y permitirían predecir su curso futuro.

 

 

Soy mil veces más un patriota que un profesor”

 

Pronto, los discípulos de Ranke abandonarían las tesis de la imparcialidad absoluta del historiador. Y lo harían radicalmente. Se pasarían al otro extremo. Hubo alguno que propugnó abiertamente la necesidad de que el historiador hiciera pedagogía política.

 

Los miembros de la escuela histórica prusiana, por ejemplo, dedicaron sus esfuerzos a la formación de una conciencia histórica alemana que potenciara la unión nacional en torno a Prusia. Heinrich von Treitschke, como recoge Moradiellos, afirmó: “Soy mil veces más un patriota que un profesor”. Por lo tanto, de acuerdo con sus principios, la labor esencial del historiador alemán era “sentir en mí mismo y saber cómo excitar en el corazón de los lectores (…) el gozo de la patria”. Por tanto, como continúa Moradiellos, la sacralización del Estado nacional, con tonos cada vez más racistas, y el culto a las virtudes militares que potenció esta corriente historiográfica recibieron sanción oficial durante la Alemania de Guillermo II, que acabó en 1918, con el fin de la Primera Guerra Mundial. Una historia contada al servicio de una nación cuadraba perfectamente con un Estado autoritario, industrializado y que se resistía a la democratización política.

 

Los historiadores alimentaron el crecimiento del nacionalismo alemán, que engordó con la derrota sufrida en la Gran Guerra y, sobre todo, con las excesivas sanciones impuestas por los vencedores. Luego llegaría 1933 y el triunfo de Hitler. Y, después, 1939, con las invasiones alemanas que provocaron la Segunda Guerra Mundial.

 

En las escuelas británica y francesa hubo manifestaciones este estilo, aunque quizás no tan exageradas. El siglo XIX es el del romanticismo y el de las luchas nacionalistas. Y el de la construcción de las grandes naciones europeas. Este devenir fue paralelo a la redacción de historias nacionales fundamentales en la creación de conciencia colectiva, de conciencia nacional. “En el proceso de construcción de las nuevas identidades nacionales, las historiografías correspondientes cumplieron una función socio-política y cultural inexcusable: 'la necesidad de dar razón, a través de una historia nacional escrita ordenadamente, de un pasado coherente y dotado de sentido que presta significación al momento contemporáneo' (en palabras de Jover Zamora)”, escribe Moradiellos. Las burguesías de cada nación crearon su identidad nacional y la divulgaron al resto de clases sociales al compás de los procesos de escolarización.

 

En el Reino Unido, incluso la corriente más progresista juzgaba los procesos históricos con el optimismo propio de la época: liberal, próspera, segura, complaciente... Uno de sus representantes, Thomas Babington Macaulay, llegó a escribir: “La Historia de nuestro país durante los últimos ciento sesenta años es básicamente la historia de un perfeccionamiento físico, moral e intelectual”.

 

 

Marx, deudor de la burguesía francesa

 

En Francia, la historia se utilizó para legitimar el triunfo revolucionario de la burguesía. Pero inauguró el análisis de las luchas políticas como procesos directamente relacionados con la existencia de grupos sociales definidos por su condición económica y cuyos intereses eran antagónicos en grados diferentes. ¿A que suena mucho a Marx? Efectivamente. Carlos Marx confesó ser deudor de la tradición historiográfica francesa. Moradiellos recoge las palabras del alemán: “No es mérito mío haber descubierto la existencia de clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, los historiadores burgueses ya habían descrito el desarrollo histórico de esta luchas de clases y los economistas burgueses habían trazado su anatomía”.

 

Y de Marx hablamos a continuación, porque tuvo una gran influencia en el modo de escribir la historia. Suyo es el materialismo histórico, llamado así porque, de acuerdo con su fundador, el modo de producción existente en cada época condiciona la vida social, política e intelectual en general. Y la historia de Marx está llena de conflicto porque cualquier desarrollo de las fuerzas productivas que haya ocurrido en la historia, sobre todo desencadenado por las nuevas tecnologías, viene a desbaratarlo todo, especialmente las relaciones de producción, las relaciones inter-clasistas, hasta que se establece un nuevo modo de producción con el que se llega a un nuevo equilibrio, a unas nuevas reglas de juego.

 

Lo que ocurre es que, según Marx, con la sociedad industrial se ha llegado a un especie de final de la historia, porque ha nacido por primera vez una clase universal, el proletariado, que habría de hacerse con las riendas de la historia aboliendo la sociedad de clases. La descripción en Marx pasaba a un segundo plano una vez se ponía prescriptivo y voluntarista, como apunta Moradiellos.

 

La historia de Marx, podríamos decir, es un poco bipolar. Por un lado, es analítica y descriptiva, aunque crítica, de la realidad. El Capital, su obra más ambiciosa es una gran radiografía del capitalismo. Pero, por otro lado, su labor crítica le lleva a ser un visionario disfrazado de científico. Desde nuestro punto de vista, en el mejor sentido de la expresión.

 

Durante años, Marx se olvidó. Pero, a partir de 1917, por razones evidentes, se volvió a hacer muy presente. Pero vamos a dejar la tercera parte, y esperemos que última, para otro momento, que podría no ser el próximo en que nos volvamos a leer aquí.  

 

 

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