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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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21 de agosto, 2016

Más pobres que sus padres: un 80% de los hogares puede seguir con ingresos a la baja hasta 2025

 

El debate respecto al crecimiento de la desigualdad en las economías avanzadas se ha centrado en cómo los ingresos y la riqueza se está concentrando de manera desproporcionada en la cúspide de la pirámide social y cómo este fenómeno incrementa las diferencias entre los segmentos más ricos de la población y aquéllos que ocupan la mitad de la escala o sus escalones más bajos. Un reciente informe de McKinsey se analiza la desigualdad desde un punto de vista que ha recibido menor atención: se dedica a observar y cuantificar en qué medida hay hogares en las economías desarrolladas cuyos ingresos no han crecido, o incluso han decrecido, en comparación con el pasado.

 

Así, concluye que entre el 65% y el 70% de los hogares de 25 economías avanzadas, el equivalente a entre 540 y 580 millones de personas, reciben ingresos tanto procedentes de salarios como de rendimientos del capital que se han mantenido planos o han caído entre 2005 y 2014. Esto no significa que los salarios de los hogares individuales hayan caído en este periodo, sino que los ingresos de los hogares en 2014 fueron similares o inferiores que los de hogares similares una década antes. Es un fenómeno relativamente nuevo, dado que entre 1993 y 2005 sólo ocurrió entre el 2% de los hogares (es decir, menos de diez millones de personas).


 


 

 

Las transferencias del Estado o las bajadas de impuestos mermaron el fenómeno pero, aún así, entre el 20% y el 25% de los hogares se encuentran en segmentos de la población en que los ingresos disponibles no crecieron o se redujeron entre 2005 y 2014, en comparación con menos del 2% de los hogares a los que les ocurrió lo mismo entre 1993 y 2005.

 

Esta dinámica implica que la generación más joven está en riesgo de acabar siendo más pobre que la de los sus padres. Aunque la mayor parte de la población experimentó congelación o caída de sus ingresos entre 2002 y 2012, los trabajadores más jóvenes y con menor educación sufrieron más este fenómeno, sobre todo mujeres.

 

Todo ello implica una ruptura con la tendencia general de los setenta años anteriores, a excepción de un breve periodo en la década de los setenta, en que una economía boyante y que disfrutaba de crecimientos en el empleo implicaba que todos los hogares, especialmente la generación del 'baby boom', registraba incrementos en sus ingresos, tanto antes como después de pagar impuestos y recibir transferencias gubernamentales como prestaciones y subsidios.

 

A esta circunstancia, a la reducción de ingresos, hay que añadir otra que afecta directamente a la desigualdad y su crecimiento: el porcentaje de la población de las economías avanzadas cuyos ingresos no están creciendo tan rápido como los de las personas situadas en el decil inmediatamente superior (los que se encuentra un paso por encima en nivel de ingresos) ha crecido desde niveles del 55-60% hasta el 60-65% en los últimos años.

 

 

Buscando causas

 

¿Qué causas hay detrás de estos fenómenos? La profunda depresión iniciada en 2007 y 2008 y la debilidad de la recuperación posterior fueron las principales, pero los cambios en el mercado laboral, como la caída de la participación de los salarios en el PIB que se venía dando antes de 2007 y las tendencias demográficas de largo plazo que son previas a la crisis, como el envejecimiento y la reducción del tamaño de los hogares también tuvieron un papel importante.

 

Antes de la recesión el crecimiento del PIB contribuía alrededor de 18 puntos porcentuales al crecimiento medio de los ingresos de los hogares, de media, en EE.UU. y Europa. Siete años después de la recesión, esa contribución cayó hasta los cuatro puntos porcentuales, e incluso estas ganancias se ven mermadas por el funcionamiento del mercado de trabajo y los problemas demógraficos.

 

La caída de la participación de los salarios en la riqueza nacional ha tenido lugar a pesar del crecimiento de la productividad, lo que sugiere que la caída de las retribuciones a los trabajadores se debe en gran medida al crecimiento de los beneficios empresariales.

 

El descenso de los salarios es más importante para los trabajadores con menor formación porque, en primer lugar, su demanda ha sido inferior en los países desarrollados y porque la competencia entre este tipo de trabajadores se ha globalizado: entre 1980 y 2010, 85 millones de trabajadores de los países en vías de desarrollo se incorporaron al mercado laboral en actividades relacionadas con la exportacion de bienes, debido a los procesos de deslocalización de las multinacionales de los países de ricos.

 

A las caídas de los ingresos también contribuye el crecimiento de los contratos temporales y a tiempo parcial, que sobre todo afectan a los trabajadores de menor formación que, además, sufren más bajas tasas de participación en el mercado de trabajo.

 

La reducción de la habilidad del factor trabajo para proteger su participación en la riqueza nacional y de los segmentos de más baja renta para preservar su porcentaje en el conjunto de las rentas salariales redujo el crecimiento de la renta media disponible en nueve puntos porcentuales entre 1993 y 2005 en Estados Unidos y en siete puntos entre 2005 y 2014. En Europa, sólo dos economías, la italiana y la holandesa, registraron este efecto negativo entre 1993 y 2005. McKinsey atribuye este diferente comportamiento en EE.UU. y Europa a la diferente tasa de sindicación: mientras en EE.UU. sólo el 11% de los trabajadores del sector privado están afiliados a un sindicato, en Europa ese porcentaje es del 30%.

 

 

Malas perspectivas

 

De acuerdo con los expertos de McKinsey, las tendencias laborales y demográficas actuales continuarán pesando sobre la evolución de los ingresos. De esta manera, pronostican que, incluso si las economías recuperan su histórica trayectoria de elevados crecimientos, entre el 30% y el 40% de los hogares no experimentarán ganancias de ingresos en la próxima década si los cambios en el mercado de trabajo, como la automatización, se aceleran. Si las condiciones de bajo crecimiento persisten, entre el 70% y el 80% de los hogares de las economías avanzadas no verán incrementos en sus ingresos hasta 2025.

 

En el caso en que el crecimiento siga débil y las tendencias laborales continúen con la misma pauta de la última década y el porcentaje de la población que sufra, bien congelación, bien caída de sus ingresos alcance el 80%, el Estado, para compensarlo, tendría que incrementar entre un 15% y un 20% las transferencias sociales que realiza actualmente. En caso de que el crecimiento fuerte regrese a las economías avanzadas sin que el mercado de trabajo reaccione y el porcentaje de la población sin ingresos pueda llegar al 40%, el Estado tendrá que incrementar entre el 5% y el 10% las transferencias actuales para contrarrestarlo.

 

Incluso si el crecimiento fuerte regresa y la situación del mercado laboral mejora habrá entre un 10% y un 20% de la población que seguirá sufriendo, bien congelación, bien caída de sus ingresos, lo que exigirá un incremento del gasto social de hasta el 5% para ayudar a este grupo social.

 

 

Consecuencias económicas y políticas

 

¿Qué consecuencias pueden derivarse de este fenómeno? El informe de McKinsey advierte que la caída de la renta de una parte importante de la población puede limitar el crecimiento de la demanda e incrementar la necesidad del gasto social incluso aunque los ingresos del Estado por impuestos ligados a salarios estancados o a la baja de los trabajadores limiten la capacidad de financiar los programas sociales.

 

McKinsey avisa de que las consecuencias pueden ir más allá de lo puramente económico si la desconexión entre el crecimiento del PIB y el de los ingresos persiste. De acuerdo con una encuesta realizada por la firma, las personas que mantienen las más negativas opiniones respecto al comercio y a la inmigración son quienes sienten que sus ingresos no están avanzando y quienes consideran que esta situación no va a mejorar en la próxima generación. Más de la mitad de este grupo está de acuerdo con esta frase: "La llegada de bienes y servicios del extranjero está provocando pérdida de empleos en el país", frente al 29% de los que tienen ingresos crecientes. Quienes sufren pérdidas de renta tienen doble probabilidad de estar de acuerdo con esta idea: "Los inmigrantes legales están arruinando la cultura y la cohesión social de nuestra sociedad". La encuesta también muestra que aquéllos cuyos ingresos no crecen y son más pesimistas sobre el futuro eran más posibles votantes de partidos como el Frente Nacional o, en el Reino Unido, más partidarios de salir de la Unión Europea.

 

 

Efecto compensador del Estado

 

Pero se puede revertir la situación: la política fiscal y de transferencias de los Estados puede desempeñar un papel fundamental en la limitación o reversión de la caída de los ingresos que produce el mercado. Hay evidencia de ello: según recoge McKinsey, en EE.UU., la renta 'de mercado' cayó en el 81% de los hogares entre 2005 y 2014, pero las políticas sociales hicieron posible un incremento de la renta disponible en prácticamente todos los hogares. Aunque la intervención del Gobierno también puede acentuar las caídas de los ingresos, como en Italia, donde las medidas de austeridad incrementaron los impuestos y redujeron las prestaciones sociales, agravando la caída de los ingresos. En el gráfico bajo estas líneas podemos observar la eficacia de los Estados hasta el momento en mitigar las caídas de renta de los hogares:

 

 

 

 

 

Suecia y Estados Unidos parecen ser los países de más éxito en la compensación de las caídas de rentas de mercado. En los dos países, las reducciones de impuestos y los planes de gasto para estimular la economía, incluyendo las transferencias a los hogares hicieron posible aumentar la renta disponible. Suecia incrementó los supuestos para poder cobrar las prestaciones por desempleo y aumentó u cuantía, al tiempo que reducía los impuestos. En Estados Unidos, las bajadas de impuestos y la prestación por desempleo fueron capaces de revertir la caída de las rentas para el hogar medio. El éxito de Suecia era fácil, puesto que en ese país sólo el 20% de la población se encontraba en los grupos de población que sufrían caídas o congelación en sus rentas de mercado, pero porque después de la crisis financiera que sufrió en los años noventa tenía muchos deberes hechos. 

 

 

 

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