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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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18 de julio, 2015

Pobreza y desigualdad (II): apuntes del exterior

 

Acabo de leer un artículo en FT.com que me ha recordado que tenía algo pendiente: contar últimas lecturas en los medios internacionales en relación con la pobreza y la desigualdad después de haber repasado los últimos datos sobre España en esta otra entrada. Una de las cosas que más me ha sorprendido en los últimos años es que la prensa anglosajona y, dentro de ella, la económica, se ha mostrado mucho más sensible a las consecuencias sociales de la crisis económica y de su gestión que la española y, sobre todo, que la prensa económica española.

 

Efectivamente, hoy, en uno de los diarios económicos más influyentes del mundo, encontramos una reflexión sobre la moralidad del capitalismo. A partir de lo que está ocurriendo en China en las últimas semanas (¿el estallido de una triple burbuja, como dice el analista financiero Juan Ignacio Crespo, la bursátil, la inmobiliaria y la de crédito'), el autor del artículo, John Plender, que acaba publicar también el libro Capitalismo: dinero, moral y mercados, concluye:

 

"China ilustra en una escala épica una verdad fundamental sobre el sistema capitalista que asumió en 1978 bajo el mandato de Deng Xiaoping. Tiene una capacidad fenomental de sacar a la gente de la pobreza. Pero lo hace con un coste, que no tiene que ver sólo con la tendencia del capital a tiranizar a trabajadores deshumanizados en los primeros pasos de la industrialización, ni tampoco con los rigores de la destrucción creativa y los ciclos que han caracterizado el sistema desde la Revolución Industrial hasta la gran crisis financiera de 2008; o el incremento de los niveles de desigualdad que han acompañado al capitalismo en las décadas recientes especialmente en los países anglosajones y en China".

 

Ése, efectivamente, no es el meollo del asunto, sino, citando a John Maynard Keynes, cuestiones relacionadas con la moral: "El capitalismo es esa sorprendente creencia en que las más feas motivaciones de los peores hombres, de una manera u otra, producen los mejores resultados en el mejor de los mundos posibles".

 

El autor repasa la historia y describe cómo durante la antigüedad el dinero y sus intereses tenían muy mala fama: Platón y Aristóteles, los antiguos cristianos, y, más recientemente, Balzac, Dickens, Zola, Dostoyevsky... Y se pregunta que a qué se debe esa mala fama de los negocios y las finanzas. Y se responde: "El contexto económico nos da parte de la respuesta. Durante siglos ha habido muy poco o nada de crecimiento en los ingresos per cápita. Sin crecimiento, los negocios parecían ser un juego de suma cero donde el beneficio de un hombre inevitablemente infrigía pérdidas en otro hombre. La base moral de los negocios era dudosa".

 

Esas dudas permanecen hoy día, pese al intenso crecimiento que han registrado la mayoría de las economías en los últimos decenios. Un crecimiento que no se ha distribuido de manera igualitaria entre todas las capas sociales. Porque, y Plender da la respuesta definitiva: "El capitalismo tiene sus eternas certezas. Una es que nunca ha creado ni creará la política económica de una sociedad justa. La otra, que 'booms' y quiebras, junto a severas crisis financieras, son características permanentes del sistema".

 

 

Desigualdad y "gender gap"

 

Un sistema instrínsecamente injusto que produce desigualdad de salarios entre hombres y mujeres. En la página de FT también encontramos un artículo sobre este asunto, y ello porque el primer ministro británico, David Cameron, ha anunciado esta semana que obligará a las grandes compañías a que revelen el diferencial de salarios entre hombres y mujeres, que, en el Reino Unido, de media, se encuentra en el 20%.

 

Este "gender gap", este diferencial de salarios entre hombres y mujeres, obedece, en muchos casos al tipo de trabajos que realizan unos y otras más que porque a igual trabajo se pague de manera diferente a unos y a otras. Pero, en el texto, cuya lectura recomendamos, nos encontramos con declaraciones de Allyson Zimmermann, directora ejecutiva de la división euroepa de Catalyst, una firma que analiza la situación de la mujer en el trabajo, que afirma: "A los hombres, muy frecuentemente, se les paga por su potencial, a las mujeres, por su capacidad probada".

 

Hemos reseñado dos artículos publicados en el diario más influyente del mundo porque es el que tiene como lectores a los mayores ejecutivos, a los principales dirigentes... ¿Está cambiando en algo su sensibilidad leer cosas así?

 

 

Desigualdad y política monetaria

 

Puede que un poco, sí. Ben Bernanke fue hasta hace poco más de un año el hombre más poderoso de la tierra. Presidía la Reserva Federal norteamericana, es decir, la fábrica de dólares. Desde hace tres o cuatro meses mantiene un ya leidísimo blog. Una de las entradas que más nos ha llamado la atención es ésta en la que habla de política monetaria y desigualdad.

 

Bernanke fue el que puso en marcha intensísimas medidas para evitar que la Gran Recesión estadounidense se convirtiera en una Gran Depresión. Y tuvo éxito. Decretó que esa política expansiva, que esas inyecciones de dinero, sólo se pararían una vez que el paro bajara a un nivel aceptable. Y lo ha hecho. En un tiempo récord: entre 2009 y la actualidad, la tasa de desempleo ha bajado del 10% al 5,3%. La actividad de la Reserva Federal hizo posible que en Estados Unidos no se tuvieran que poner en marcha políticas de austeridad fiscal, sino todo lo contrario: la Fed ha financiado el déficit americano.

 

Pero este artículo de Bernanke se preocupa, más que de la efectividad económica de su medida, de su impacto social. "La queja de que la política de la Fed ha incrementado la desigualdad usualmente comienza con la (correcta) observación de que la expansión monetaria trabaja en parte aumentando el precio de los activos, como el de las acciones. Como los ricos son propietarios de más activos que los pobres y la clase media, el razonamiento funcional, las políticas de la Fed está incrementado la ya importante desigualdad de la riqueza en Estados Unidos", escribe Bernanke. Pero el ex presidente de la Fed pone en duda que la razón principal del aumento de la desigualdad tenga que ver con la política monetaria, es decir, con las medidas que él adoptó. Bernanke defiende que la inyección monetaria es neutra en términos de desigualdad, y que el crecimiento de esta última se debe a inercias de largo plazo en las que ha intervenido la globalización, el progreso tecnológico, las tendencias demográficas, así como los cambios en el mercado de trabajo. Afirma que sus políticas han sido neutras pero, a continuación, comenta que, de tener algún efecto sobre la sociedad, éste sería positivo, porque favorece, además de la subida del precio de los activos en manos de los ricos, el aumento del empleo y la mejora de las condiciones de contratación.

 

Más allá de las conclusiones de Bernanke, lo más interesante es que haya escrito sobre los efectos de la política monetaria en la desigualdad, puesto que responde a una de las inquietudes existentes en Estados Unidos. Me gustaría leer algo similar de la mano del ex presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet. Avísenme si ya lo ha escrito.

 

 

Desigualdad y crecimiento

 

Financial Times, el ex presidente de la Reserva Federal norteamericana... también The Economist, recurrentemente, habla sobre la desigualdad. De hecho, tiene una interesantísima sección al respecto que enlazo aquí.

 

Destacamos, por ejemplo, un artículo del 15 de junio que habla de los efectos de la desigualdad en el crecimiento económico, en línea con el acertado informe publicado por el FMI en esas fechas. Es un asunto muy manido, pero hay que recordarlo: todavía se considera que cierto nivel de desigualdad es necesario para el crecimiento económico, pero a partir de cierto nivel, comienza a ser contraproducente. O, quizás, de manera más precisa, antes, hasta hace unos años, existía consenso respecto a la funcionalidad de la desigualdad. Ahora se está más preocupado sobre sus efectos disfuncionales.

 

Esta misma, The Economist semana recogía en sus páginas las conclusiones de informe realizado por el Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido, en el que se analizaban diferentes indicadores que miden la desigualdad. De acuerdo con unos, las diferencias sociales se están reduciendo, de acuerdo con otros, aumentan. Pero podemos apuntar como conclusión del estudio que la desigualdad en Reino Unido creció entre los más ricos desde 1990 hasta el inicio de la crisis financiera, pero se redujo en términos generales, tomando en cuenta a toda la sociedad, desde 1990 y muy especialmente desde 2007-2008, debido, en parte, a la mejora relativa de los pensionistas y de los hogares en paro.

 

The Economist también se hizo eco, a principios de junio, de la publicación del nuevo libro de Anthony Atkinson, el "abuelo" de la investigación de la desigualdad, Desigualdad: ¿Qué se puede hacer? En coincidencia con Piketty, del que fue mentor, Atkinson es partidario de endurecer los impuestos para los más ricos y, además, de que el Gobierno intervenga en el mercado de todos los modos posibles para mejorar la distribución de la riqueza. Quiere que el mundo regrese a la situación de los sesenta y los setenta, cuando los sindicatos tenían poder y el Estado, también. Porque, a juicio de Atkinson lo peor de la desigualdad en la distribución de los recursos es que se traduce en desigualdad de oportunidades: "La riqueza genera confort incluso aunque no se gaste; los ricos disfrutan del hecho de que están asegurados contra futuras dificultades y de que pueden usar su riqueza en el futuro para satisfacer metas profesionales o personales".

 

 

Tecnología, trabajo y desigualdad

 

Esa mayor intervención estatal que reclama Atkinson debe tener un foco especial en el cambio tecnológico: "El Gobierno desempeña un papel importante en el diseño de la dirección del cambio tecnológico; los vehículos autónomos, que pueden eliminar millones de puestos de empleos para los trabajadores menos formados, deben tecnologías críticas a la investigación patrocinada por el Gobierno americano. Un Gobierno en el que los trabajadores tuvieran una voz más fuerte, habría dirigido su financiación hacia tecnologías industriales que complementaran las habilidades de los trabajadores de cuello azul".

 

Y, con este último comentario, saltamos a The New York Times, que en su edición de fin de semana del 16 y 17 de mayo, reseñaba dos libros sobre la obsolescencia de ciertos trabajos por su sustitución por máquinas: Shadow work. The Unpaid, Unseen Jobs that fill your day, de Craig Lambert y Rise of the robots. Technology and the threat of a jobless future, de Martin Ford. Bienvenido a su obsolescencia, se titulaba el artículo.

 

¿Qué consecuencias tendrá este futuro sin trabajo para la desigualdad?, ¿está condenada a seguir aumentando hasta niveles en los que los propietarios del capital lo habrán acumulado todo porque apenas necesitarán trabajadores a los que pagar para hacer nada porque todo lo harán las máquinas?, ¿ése es el futuro que nos espera? Según cita el artículo, Ford, en su libro, extrae unas declaraciones del fundador de una 'start up' dedicada a la automatización de la industria de las hamburguesas: "Nuestro invento no está diseñado para que los trabajadores sean más productivos. Su objetivo es obviarlos completamente".

 

El mismo fin de semana en que The New York Times hablaba del final de trabajo publicaba un ránking con los directivos mejor pagados de Estados Unidos. Comenzaba con David M. Zaslav, de Discovery Communications, que en 2014 cobró 156 millones de dólares, seguido po Michael T. Fries, de Liberty Global, con casi 112 millones de dólares.

 

Y hay muchas, muchas historias más sobre la desigualdad en la prensa anglosajona. Incluso en la prensa de negocios, como esta de Market Watch, que habla sobre una burbuja de desigualdad peor que la de 1929 y que la de 1789.

 

El crecimiento económico, por sí solo, como comentó en un discurso la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, no funciona para mejorar las condiciones de todos: "En demasiados países, el crecimiento económico no ha funcionado para levantar a los pequeños barcos, mientras que los magníficos yates han estado navegando sobre las olas y disfrutando del viento en sus velas. En demasiados casos, los hogares de las clases pobres y medias se han comenzado a dar cuenta de que sólo con su trabajo duro y con su determinación puede no ser suficiente para mantenerse a flote".  

 

 

Sígueme en twitter: @acvallejo

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