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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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20 de enero, 2018

The Post y los conflictos inherentes al periodismo

 

La última película de Steven Spielberg, The Post o Los papeles del Pentágono, insiste, como otras del género “periodístico” muy recientes (La verdad, Leones por corderos, Matar al mensajero, Spotlight) y como fantásticamente hiciera también la serie The Newsroom, en los conflictos inherentes a la profesión y a la empresa periodística.

 

El conflicto económico es el más frecuente, evidente y el que está en la mente de todos. El más tradicional es el que surge entre los anunciantes y el propio medio, dado que la vía de financiación más habitual de los medios de comunicación ha sido la publicidad, que puede condicionar las informaciones que se publican. La teoría más romántica al respecto dice que si un medio es lo suficientemente fuerte, lo suficientemente influyente, una marca no dejará de anunciarse en él aunque se dé noticia de su lado más oscuro. La ambición de todo medio ha de ser precisamente ésa: alcanzar una independencia tal que lo convierta en imprescindible para una amplísima audiencia a la que un anunciante no pueda renunciar.

 

Pero en muchas ocasiones, y sobre todo últimamente, los ingresos publicitarios no son suficientes y las empresas periodísticas han optado por buscar financiación ajena, pidiendo créditos o saliendo a bolsa. Esos procesos generan servidumbres a los medios de comunicación mucho más opacas y que a veces no son del todo bien conocidas. Sólo últimamente están saliendo más a la luz debido al surgimiento de medios cuya ambición es vivir con los recursos que les proporciona su audiencia, vía suscripciones o crowdfunding. Éstos utilizan ese argumento como estrategia de márketing contra los medios tradicionales, a los que muestran como no del todo fiables por los intereses oscuros que esconden.

 

Esos intereses y condicionamientos no implican únicamente el riesgo de que se establezcan límites a la información sobre según qué empresas, qué bancos o qué personas. También, y puede que tenga consecuencias más importantes, pone coto a los recursos con los que cuentan las redacciones para desempeñar su labor. Un acreedor quiere garantías de que va a recuperar su dinero con intereses; un accionista busca rentabilidad para su inversión. Ello implica que muchas veces se escatime en personal, en sus condiciones laborales y en los medios de los que se dispone para trabajar.

 

Y es en este punto en el que aparece el segundo conflicto en el que pone el foco la película: la tensión que surge y casi siempre debería existir entre el director del medio y los gestores o los propietarios de la empresa periodística. La teoría clásica plantea que el director es el escudo de su redacción, es el que pide más presupuesto para poder sacar adelante mejores historias. Es, también, el defensor de sus periodistas para que ejerzan con libertad su trabajo: informar, aún a costa de incomodar a los accionistas, a los acreedores o a los anunciantes. El director ha de convencer a la empresa que una información de más calidad, que sólo se consigue con más periodistas, mejor pagados, con mejores condiciones y más medios, termina redundando en una mayor rentabilidad económica. El director no ha de ser un emisario de la propiedad en la redacción, sino justo lo contrario.

 

Ello no implica que la redacción haya de delegar toda la lucha en su director. No. Está obligada a defender su trabajo. Porque no hay que olvidar nunca que el derecho a la información no es de los periodistas, sino del público, que tiene derecho a saber. Los periodistas son los garantes de que ese derecho se lleve a efecto. Y en la película vemos ejemplos de hasta dónde es capaz de llegar la redacción para que su historia vea la luz.

 

La película de Spielberg aborda estas dos cuestiones, estos dos obstáculos con los que se encuentra un periódico concreto, The Washington Post, para publicar una historia. En primer lugar, tiene que decidir si saca a la luz un informe secreto elaborado por el Departamento de Defensa que compromete a la Administración Nixon y a las inmediatamente anteriores desde 1945 respecto a la intervención estadounidense en Vietnam y la información que transmitieron a la ciudadanía sobre ella. Ello, en medio de su proceso de salida a bolsa y con la amenaza de que los inversores que se habían comprometido a acudir a la operación y a convertirse en accionistas puedan retirarse si ocurre algún evento inesperado (¿una demanda?, ¿el encarcelamiento de su director?). En segundo lugar, se abre un conflicto entre la propietaria del periódico y el director. Y no sólo por las evidentes consecuencias económicas de su publicación.

 

En la disputa que nace entre el capital y el jefe de la redacción intervienen las relaciones personales, la siempre peligrosa amistad entre el periodista (o propietario o director del medio) y el político (o empresario, banquero, artista...), el compartir demasiadas mesas, manteles, fiestas, acontecimientos deportivos, etc. Acudir a demasiadas invitaciones, hacerse muchas fotos, traspasar los límites y llegar a la camaradería. “Hay que elegir si alguien es una fuente o un amigo”, se escucha en un momento de la película. Hay que mantener las distancias y conocer cuál es el interés (palabra fundamental) de la fuente y cuál la obligación del periodista.

 

Y podríamos dar un paso más: es muy peligroso para el periodismo que el profesional de la información se sienta muy cerca del poder, que comparta espacio y el mismo ambiente. La misión del periodismo es controlar, fiscalizar, al poder y si se siente parte de él o le gusta demasiado verse entre quienes lo detentan o lo ostentan, si le seducen los oropeles, los lujos, los poderosos, es difícil llevarla a cabo.

 

The Post plantea la contradicción y el modo en que es posible superarla. The Post muestra a su editora, Katharine Graham, en fastuosas fiestas y que tenía una relación estrecha con las primeras espadas demócratas, con Robert McNamara, secretario de Defensa durante la mayor parte de la década de los sesenta, entre ellas; y que Ben Bradlee, director de The Washington Post, tenía amistad con los Kennedy. También, como se lo echan en cara el uno a la otra, y viceversa, así como los argumentos que les ayudan a superar sus conflictos.

 

Es muy fácil que un periodista se haga amigo de sus fuentes o que sienta que les debe algo porque le han invitado a un viaje y ello condiciona el modo en que elabora la información. Si a nivel micro se generan estos conflictos de interés, a nivel macro es bastante frecuente en los medios de comunicación confundir la línea editorial con el partidismo. Una cosa es defender unos principios y unos valores; otra, respaldar a un partido político, a sus líderes y a sus cuadros independientemente de lo que hagan.

 

Aunque la historia que cuenta Spielberg obliga a hacer un planteamiento incluso más ambicioso para no caer en la trampa de asimilar los intereses de un Gobierno con los del Estado y hurtar al público por esa confusión una información que ha de conocer. ¿A quién ponían en cuestión los papeles del Pentágono, a una serie de Gobiernos de Estados Unidos o a la seguridad nacional?, ¿a quiénes quería proteger el Gobierno intentando impedir su publicación en los periódicos, a las sucesivas administraciones o a los jóvenes que iban a morir a Vietnam, a una guerra que se daba por perdida desde el principio? Son preguntas que había que hacerse en las redacciones, se hicieron y se resolvieron.

 

La gran conclusión de la película, en todo caso, es que la libertad de publicación se pelea publicando. Y que esa es una guerra que ha de ser compartida por toda la profesión. Aunque otra historia que también cuenta la película es la de la rivalidad del Post con The New York Times, y que este último fue en realidad el que consiguió la exclusiva y el que sufrió en mayor medida los rigores de la justicia americana en forma de medidas cautelares que le impidieron seguir publicando, circunstancia que el Post aprovechó.

 

No hay que olvidar tampoco que The Post también es la historia del empoderamiento progesivo de su editora, Katharine Graham, una mujer que con 45 años se hizo con el mando de The Washington Post tras el suicido de su marido, al que su padre le había transferido el mando en lugar de a ella. Antes de ese momento, nunca había tenido necesidad de trabajar. A partir de entonces, su gran determinación fue que el periódico sobreviviera y que sus hijos pudieran heredarlo, como sus antepasados habían logrado que llegara a ella. Graham estudiaba y se preparaba más que nadie. Pero en el consejo de administración parecía invisible. Hasta que se hizo oír.

 

 

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