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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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6 de diciembre, 2018

La ultraderecha se emancipa

 

La celebración de los cuarenta años de la Constitución española ha coincidido en el tiempo con la entrada de un partido de extrema derecha en un parlamento autonómico. Y posiblemente el reparto político que ha dejado el resultado electoral andaluz responda mucho más a la realidad española que el de las cuatro décadas previas. La ultraderecha nunca desapareció, pero encontraba acomodo en un gran partido conservador que aglutinaba a corrientes muy diferentes, desde la derecha extrema heredera de la dictadura hasta la liberal, pasando por la democracia cristiana. Que los nostálgicos del franquismo o los ultraderechistas de nuevo cuño usaran la de Alianza Popular primero y la del Partido Popular después como su papeleta en todas las citas electorales nos tranquilizaba (quizás visto en retrospectiva) pero también ayudaba a autoengañarnos: AP y el PP nos vacunaban contra los fenómenos que hemos visto en muchos países europeos, el nacimiento de siglas de derecha extrema y su popularidad y poder crecientes, pero ello no significaba que la ultraderecha y los ultraderechistas no existieran en España.

 

Parece que en la última etapa, posiblemente en los últimos meses, aunque probablemente se viene gestando en los últimos años, el electorado ultra se ha dejado de reconocer en el Partido Popular. Quizás los líderes que rompieron con el PP en el último lustro vieron la posibilidad de que se abriera esta ventana de oportunidad electoral mirándose en el espejo europeo e incluso en el global. O también es posible que los acontecimientos que hemos vivido en España recientemente hayan sido suficientes por sí solos para que Santiago Abascal abandonara el PP y para que el ala de votantes ultraconservadores encuentre su sitio en Vox.

 

La escisión de la filial Vox de su matriz PP responde a una reacción múltiple (o es una respuesta reaccionaria múltiple).

 

En primer lugar, muestra el descontento de parte de la derecha a la blandura que bajo su perspectiva mostró el Partido Popular de Mariano Rajoy y de Soraya Sáenz de Santamaría ante los acontecimientos de Cataluña hace quince meses. A que esa percepción haya ganado fortuna contribuyó la beligerante posición de Ciudadanos y también que el propio Pablo Casado haya señalado su insatisfacción con cómo gestionaron la cuestión los anteriores líderes de su partido y el Gobierno de Rajoy: a ojos de Rivera y de Casado, Rajoy fue blando y transigente. ¿Albert Rivera y el nuevo PP de Pablo Casado ayudaron a abonar el terreno para Vox, construyeron el relato que más favorecía a los ultras?, ¿el propio Casado ha dado argumentos para acentuar el descontento de los conservadores con el partido al que llevaban votando cuarenta años?, ¿Casado no le resulta creíble y útil a la ultraderecha que ha venido votando al PP durante cuatro décadas?

 

Muy probablemente, el papel que ha desempeñado José María Aznar haya sido mucho más importante que el de Rivera y el de Casado. Lo que parece claro es que entre los tres han contribuido a generar un relato con el que Vox se podría desenvolver muy bien emancipando de las filas populares a los descontentos que quedarían mejor representados en una nueva marca electoral: el PP parece que ya no les sirve. Aunque veremos si coyunturalmente o si hay que empezar a acostumbrarse a contar con una nueva fuerza política a la derecha del PP que ha surgido escindida de éste.

 

En un momento de exaltación nacionalista española, a los de Vox no les ha sido difícil sacar a la palestra su reivindicación de máximos, que siempre ha estado en el submundo de la derecha y que suponen que podría ser atractiva para un sector no desdenable de la población: la abolición del Estado de las autonomías.

 

Quizás podamos hacer una analogía parecida con la cuestión migratoria: tanto los líderes de Ciudadanos como el Partido Popular lanzaron este último verano mensajes alarmistas sobre la inmigración que fabricaron para la opinión pública un problema donde no lo había; Ciudadanos y el PP lanzaron masivamente ideas que no se habían escuchado de manera tan abierta nunca antes, contribuyendo a normalizar un discurso xenófobo que ahora rentabiliza Vox, aunque posiblemente no sea el argumento al que más partido le ha sacado electoralmente, porque afortunadamente la inquietud existente en España sobre esta cuestión parece muy limitada.

 

Vox encarna una reacción no sólo a la que se percibe como pasividad del Gobierno del Partido Popular al separatismo catalán o a la también construida imagen de un Gobierno socialista más amable con la inmigración, sino también, posiblemente, a otros fenómenos más.

 

Si el discurso ultra ha creído encontrar legitimidad en estas dos cuestiones para expresarse sin ambages sobre ambas, también lo ha hecho amparándose en el ya popular pero altamente impreciso discurso de que el Gobierno surgido de la moción de censura se apoya en una izquierda que dibujan como más radical de lo que es y en quienes “quieren romper España” (cuando la historia de los últimos cuarenta años demuestra que integrar a los nacionalismos periféricos en responsabilidades de Estado ha actuado como vacuna contra el separatismo: se vio con la elaboración del texto constitucional, con Felipe González y también con José María Aznar).

 

Vox y quienes defienden y votan a esta fuerza de ultraderecha, quienes ya antes se encontraban en la corriente más a la derecha dentro del Partido Popular, parecen haber fabricado su legitimidad y han blanqueado sus simpatías con la dictadura de Franco basándose en que ellos podrían ser algo así como el Podemos de la derecha: si ha resultado aceptable Podemos, cómo no lo va a ser también Vox; deben de pensar que si son aceptables todos sus adversarios políticos, todos sus demonios (el socialismo y los independentismos), cómo no van a salir ellos a la palestra, cómo no van a reivindicarse “sin complejos”, cómo no va a ser el momento de liberarse de las vergüenzas que creen que durante cuatro décadas les han dejado en letargo. Cuántas veces esa recriminación ha salido en letra impresa y se ha radiado a través de las ondas.

 

Vox se constituye como reacción nacionalista, anti-inmigración, anti-izquierda y también anti-feminista. Sería interesante analizar cuál de estos ingredientes ha sido más movilizador del voto, pero algo nos hace pensar que este último, la reacción machista a la nueva ola feminista, ha podido ser muy relevante. La ultraderecha que representa Vox puede haber recogido la inquietud del tradicionalismo patriarcal (e inclúyase aquí no sólo el anti-feminismo, sino también la homofobia) y se ha erigido en el instrumento de autodefensa de quienes perciben que sus privilegios están más en cuestión que nunca, de quienes sienten el vértigo de que el mundo que han conocido se desmorona, de quienes tienen dificultades para relacionarse en la sociedad de iguales que queremos construir.

 

Un último ingrediente: la política económica. Vox también puede recoger en su seno el descontento generado por las decisiones en materia económica del Gobierno de Mariano Rajoy: las subidas de impuestos y el, a su juicio, insuficiente recorte del gasto público. Vox, aunque se quiere disfrazar de antisistema y de cobijo para la clase trabajadora enfadada con objeto de ampliar su base electoral, no plantea mejorar las coberturas sociales para los más desfavorecidos, sino lo contrario, es decir, bajar impuestos y reducir el tamaño del Estado. El descontento económico que recoge Vox con sus propuestas económicas no es el de los pobres, no es de izquierdas, es muy de derechas. 

 

Sígueme en twitter: @acvallejo

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