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Negros sobre blanco el blog de Félix Pérez Ruiz de Valbuena


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19 de febrero, 2018

Un hombre como los otros (05-02-2018)

 

Desde hace 9 años vivo en Burkina Faso, lo que hago allí tiene poca importancia, porque tiene poca trascendencia.

 

Te vienes a un país paupérrimo y te sientes que vas a ser el salvador de la Humanidad o, al menos, del pequeño trozo de ésta que te pilla cerca.

 

Es como tantos europeos de buena voluntad, no lo dudo, que piensan que haciendo limpieza del armario y deshaciéndose de los pantalones con la cremallera rota, el juguete al que le faltan la mitad de las piezas o la raqueta de tenis con las cuerdas rotas van a salvar a los pobres negritos, como en los tiempos de las colectas del Domund.

 

Estas cosas y otras más nos llegan habitualmente en los contenedores que traemos con donaciones de amigos de España, por no hablar de ordenadores o impresoras incompletos, sin cables, teclados, o que son modelos tan antiguos que ya no se usan ni siquiera en el 5º mundo.

 

Después de todos estos años en Burkina me he doctorado ‘cum laude’ en varias especialidades:

 

Master Santo Job, de la paciencia

 

Master Don Nadie, de la insignificancia

 

Master Despreciado, por cómo todo el mundo, del 5º mundo, puede llegar a pasar de mí

 

Antes de venir codirigía una empresa, con mis hermanos, con más de 500 empleados fijos y cientos de profesores colaboradores, y estaba acostumbrado, quizás mal acostumbrado, a que cuando hablaba la gente me escuchaba, incluso con atención y cierto interés.

 

Aquí no me escuchan y casi no me dejan hablar en las reuniones semanales del personal de la Biblioteca OLVIDO. Y creo que he llegado a un nivel de conocimiento de mi intrascendencia que ya todo me da igual. O casi todo.

 

Hay cosas que sí continúan importándome, libros, y personas, entre otros los amigos, además de la familia.

 

Una de las cosas que más lamento de estos 9 años alejado de España es haber perdido el contacto periódico con ellos. Y en estos últimos años eso me ha generado mucha tristeza por la maldita pandemia de nuestros días, el cáncer.

 

Desgraciadamente no he podido estar a su lado cuando han fallecido y son tantos…, Javier, Esther, Eduardo, Julia, Marcos, Juan, Mirem, Bea, Charo…, y con ellos sentía que se iba también una parte de mi vida sin poder despedirme de ella, acompañar y compartir con la familia y amigos este duelo.

 

Podía escribir sobre todos ellos pero, aquí y ahora, querría hablaros sólo de uno: Tito, Javier Martínez Lázaro.

 

Cuando Ana, su mujer, me envió un mensaje diciendo que podía ser cuestión de días, llevaba luchando casi 2 años, cogí el primer avión que pude y me planté en el hospital.

 

Tuve la fortuna de llegar a verle y poder charlar con él y recordar los viejos buenos tiempos, antes de su fallecimiento.

 

Tito no sólo era una buena persona, era una persona buena.

 

Nos conocimos al comenzar la Universidad, formaba parte de un grupo de amigos de mi hermana al que me acoplé como me suelo acoplar en todas partes, y a pesar de lo heterogéneo políticamente que resultaba el grupo (revisionistas, troskistas, maoístas, jajaja) prevalecía el cariño y el entendimiento por encima de las discrepancias políticas que se dejaban de lado en un momento dado. Un modelo de izquierda atípica, poco dogmática.

 

Y tengo muchas cosas que agradecerle a Tito, pero cuento sólo tres.

 

Gracias a él conseguí aprobar el examen de moto, que se tomaba la paciencia de ir conmigo a la Universidad a que practicara y no hacía tanto que nos conocíamos y fue él quien insistió en ayudarme los domingos por la mañana a hacer las prácticas del examen.

 

Como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, es verdad que no éramos muy de misa diaria, ni siquiera semanal, o no tuviera un montón de gente más interesante que yo con la que quedar.

 

 

Me salvó la vida, puede que literalmente, en dos ocasiones.

 

Nacimos los dos en 1954 pero parece mentira lo diferentes que pueden ser dos jóvenes de la misma edad y con un nivel de formación e inquietudes similar.

 

Yo era un histérico que los 31 de diciembre, es mi cumpleaños, borracho, quería tirarme por la ventana en la fiesta que solíamos hacer en casa de mis padres. La misma historia 2 fines de año.

 

Y estaba Tito, un chaval tan maduro y cariñoso, tan buena gente, que era capaz de pasarse a mi lado la mayor parte de la noche, escuchando mis patéticos lamentos, hablándome y consiguiendo que desistiera.

 

Con los suicidas nunca se sabe, y él lo sabía, lo mismo se ven impelidos a saltar por la cosa del qué dirán.

 

Evidentemente el resto de los amigos solían pasar de mí como de la mierda que yo era, porque no hay nada más coñazo que el pesado borracho llorón suicida que te arruina una fiesta.

 

 

 

 

En mayo de 1976 se realizó el Festival de los Pueblos Ibéricos por parte de la Federación de Asociaciones Culturales de la Universidad de Madrid . En ese momento yo era el presidente de la Asociación Cultural de Económicas de la Universidad Complutense.

 

Os diré, orgulloso, que fue un festival histórico, más de 50.000 personas y un montón de los mejores cantautores de España, de todas las nacionalidades, incluido Portugal.

 

Nosotros éramos, la mayor parte, de la Joven Guardia Roja (Partido del Trabajo), pero todos los cantantes, o casi, eran del PCE.

 

Tito con su carácter conciliador participó con Gerardo Pérez Herrero, principal ‘cerebro’ del acto, en las negociaciones para conseguir que se realizara.

 

Y el mismo día del Festival, Tito era el Delegado de Estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid, consiguió convencer al Rector, Gratiniano Nieto, de que era mejor dejar que se celebrara porque habría menos altercados que si desalojaba la policía a la gente que poblaba la campa con montones de banderas rojas y pancartas.

 

El Rector estaba con los ojos a cuadros de cómo habíamos podido meterle ‘ese gol’, y habla de la calidad humana de Tito, con 21 años en ese momento, de cómo podía convencer al Rector gracias a su bonhomía, su prudencia y capacidad de conciliar a la gente gracias a su corazón abierto, su discurso sincero que se leía en su mirada franca, sin hipocresía, su sonrisa permanente.

 

Ya sé que esto apesta a panegírico pero no puedo evitarlo, Tito era mucho más especial de lo que intento transmitiros.

 

Es un hombre como los otros, todos somos únicos, pero no todos conseguimos influir tanto como Tito en el entorno que nos movemos: ayudar a hacer a las personas un poco más felices, eso es cambiar el mundo.

 

A mí me hizo más feliz y me hizo comprender, con su ejemplo, lo que debemos hacer.

 

Es de esas personas por las que sigo teniendo fe en el género humano.

Siempre en mi memoria y mi corazón.

 

 

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