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Pan y poesía el blog de Gonzalo Sánchez-Terán


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14 de abril, 2010

De árbol en árbol, de Mario Benedetti (1920-2009)

 

La poesía es al hombre lo que la teoría de la evolución es a las bestias: la milagrosa transformación del ser que otorga derecho a estar.

 

En Nairobi no hay aceras: en los barrios buenos el asfalto de las calles queda orillado por sendas de tierra interrumpidas de zanjas, montículos o canales. Cuando llueve se encharcan y es difícil caminar sin embarrarse. Al no existir aceras levantadas un palmo sobre el nivel de la calle los vehículos irrumpen en las veredas para evitar a los matatus que furiosamente se adelantan. Nairobi no está pensada para los peatones, es decir, para la gente: la ciudad fue concebida por los blancos y, como es sabido, los blancos no caminan, lo blancos se desplazan. Los dirigentes keniatas que se han repartido el poder desde la independencia en 1963 no han hecho demasiado por truncar esta filosofía: ellos tampoco se apresuran por las inexistentes aceras de Nairobi; sólo los pobres andan.

 

Llegué a Kenia hace seis días, dos semanas después de que la Corte Penal Internacional anunciara el inicio de una investigación en torno a la violencia post-electoral que inflamó al país a finales de 2007 y principios de 2008. Así sucedió: el 30 de diciembre de 2007 la Comisión Electoral dio como vencedor en las elecciones presidenciales a Mwai Kibaki, el presidente en ejercicio. Inmediatamente el líder de la oposición, Raila Odinga, clamó que los resultados habían sido amañados, acusó de fraude al gobierno y sus partidarios empezaron a manifestarse. El enfrentamiento entre los dos candidatos percutía en el corazón de una animosidad antigua entre los dos principales grupos étnicos de Kenia: Kibaki es un kikuyu y Odinga es un luo. Las manifestaciones pronto degeneraron en revueltas y la policía respondió salvajemente. Políticos de ambos bandos azuzaron a sus electorados: en las primeras veinticuatro horas hubo más de cien asesinatos. El drama se fue tragando territorios: Nairobi, Kisumu, Eldoret, todo el valle del Rift, Mombasa. Kenia estaba al borde de la guerra civil: en un mes, según las autoridades, 1.220 keniatas murieron a tiros o a machetazos, cientos de mujeres fueron violadas y 350.000 personas tuvieron que abandonar sus campos y sus casas huyendo de la persecución.

 

La Corte Penal Internacional va a investigar a los políticos que planearon y manejaron las matanzas. Según todos los indicios personajes prominentes de uno y otro partido, tanto luos como kikuyus, armaron a los jóvenes, muñeron las votaciones e inflamaron los espíritus: auténticos ventrílocuos del odio. En febrero Kofi Annan fue encargado por Naciones Unidas de sellar un pacto entre Kibaki y Odinga. Ambos líderes firmaron un acuerdo que condujo a un Gobierno de Unidad Nacional: los partidos se dividieron el poder y los muertos fueron enterrados. Todo estaba en orden: los opulentos jerarcas aparcaron sus soflamas y regresaron a sus despachos; sus misérrimos seguidores bajaron las antorchas y volvieron a sus chabolas y cabañas.

 

Kibera, una inmensa barriada de chabolas donde más de un millón de seres humanos se hacinan sin luz ni agua corriente, fue uno de los epicentros de la violencia. Si alguna vez has estado allí, la memoria (tantas veces me moría) te impedirá que olvides aquellas casuchas de lata y madera, el agua sucia desliéndose por las barrancas, la inmundicia engastada en el vivir. En Kibera los indigentes luos se alzaron contra sus vecinos kikuyus, tan indigentes como ellos, quemaron sus viviendas miserables y sus miserables negocios, los golpearon y mataron. Por toda Kenia, ciudadanos y campesinos pobres de una etnia atacaron a ciudadanos y campesinos pobres de otra etnia en nombre de unos jefes ricos y distantes. Es historia vieja: mientras generales y mandatarios discuten y negocian, los desposeídos se entrematan hasta que generales y mandatarios resuelven distribuirse el mando.

 

Y sin embargo en Nairobi no hay aceras: kikuyus, luos, kalenjin, masais, todos malavanzan por caminos quebrados que deberían ser suyos, hechos para ellos. Porque en Kenia la desigualdad serrucha los puentes: el 10% privilegiado de la población posee el 42% de la riqueza del país, el 10% más desfavorecido menos del 1%. La distancia entre regiones es pavorosa: la esperanza de vida de los keniatas que nacen en la provincia de Nyanza, al sudoeste, es diecinueve años menor que la de los que nacen en la provincia Central. A nivel nacional hay un doctor por cada 20.700 habitantes; en la provincia del Noreste hay uno por cada 120.000. La mitad de Kenia vive por debajo del umbral de la pobreza. La distancia entre los acaudalados y el resto está creciendo. Al tiempo que las diferentes tribus recaudan agravios y aguardan su hora midiéndose, una elite de corruptos acumula haberes. Hay quien dice que la desigualdad es inevitable, como no se puede impedir que la deriva de los continentes aleje a América de Europa: se trata de una ley natural. Pero si no es así, si no tiene por qué ser así, si los muchos no han nacido para mirar por entre las verjas de los pocos, ¿qué deben hacer?, ¿contra quién arremeterán?, ¿quién es el enemigo?

 

Tendríamos unos veinte años cuando Gonzalo, Carlos y yo fuimos a tomar café a casa de Mario Benedetti. Una amiga que conocía al poeta y a Luz, su mujer, arregló la cita. Allá fuimos los tres jóvenes pazguatos a conocer a uno de los grandes escritores vivos. Benedetti vivía en un apartamento modesto del norte de Madrid. Nos recibió con su sonrisa ubicua y agachada. La conversación se destrenzó por horas: le hicimos mil preguntas sobre versos, cantores, política, vida, justicia. Hablaba pausadamente, con el arrebato empadronado en la razón, no turista en el tono. Anochecía cuando nos marchamos. Antes de la despedida el poeta abrió una puerta que daba a un cuartito minúsculo y nos dijo: ‘ya ven que la casa no es grande, pero si alguna vez la necesitan aquí tienen una cama donde quedarse el tiempo que quieran’. A nosotros tres. Si crecer es matricularse en lo humano, ese día pasamos curso. Al irnos cada uno le pedimos que nos firmara un poema: yo elegí De árbol en árbol,

 

 

DE ÁRBOL EN ÁRBOL

 

   a ambrosio y silvia

 

Los árboles
¿serán acaso solidarios?
¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebracho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?

 

 

¿le avisará la encina de westfalia
al flaco alerce de tirol
que administre mejor su trementina?

 

y el caucho de pará
o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la misión dolores
que cabeceaba en frisco
california?

 

¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?

 

los de este parque o aquella floresta
¿se dirán de copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?

 

¿sabrán los cedros del líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

 

 

 

El enemigo es el hacha, el rayo, la sierra de las grandes madereras, no los otros árboles. Tundidos y confusos emergimos de la horrenda aguadilla del siglo veinte y nos convencieron de que el mundo es un supermercado donde las tribus compiten. No hay clases, sólo banderas; no hay lucha, sólo hucha. A los desempleados franceses se les adoctrina para que detesten a los desempleados polacos; a los estadounidenses sin recursos les enseñan a temer a los árabes sin recursos; los empobrecidos kpellés de la selva de Guinea piensan que sus contrarios son los empobrecidos malinkés de la sabana. Desde las almenas, el político, el mercader y el militar arengan las banderías de los siervos de la gleba: lo dicho, es historia vieja que en tiempos de temor le pone grilletes al ánimo. Hay que talar la cucaña y sentarse a compartir los bienes de la Tierra.

 

Hogaño recorremos la glaciación de las ideas. Con la economía afiebrada, la sanidad pública amenazada y la esperanza haciendo servicios mínimos, tenemos que encender hogueras con las astillas de los pupitres rotos. Así, juntos, nos calentaremos las manos, en la noche leeremos poemarios y, lo más importante, comenzará el deshielo.

 

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