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La fábrica de historias el blog de Iara Mantiñán Bua


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13 de octubre, 2013

Empezar de cero (como siempre): dejar atrás Madrid para emigrar a París

 Dos enamorados besándose en la Torre Eiffel

 

¿Te vas a Francia?

Sí.

Pero... ¿hablas francés?...

No... pero así somos los gallegos, Luis. Siempre hemos emigrado.

 

Luis continuó caminando, imparable y frenético, como un jefe ocupado, perdiéndose entre el bullicio de la redacción del periódico nacional de Madrid en el que trabajaba. Yo permanecí sentada en la esquina de la mesa de la sección de Internacional, en mi puesto de becaria vieja –porque ya tenía 28 tacos y seguía cobrando 300 euros–, doña nadie. Al día siguiente me iba a París, aunque no hablaba ni pizca de francés. Y además acababa de perder mi DNI.

 

Hacía varios meses que no tenía vida o mi vida era como la de un fantasma. Es decir: sin sangre en las venas. Me pasaba las horas enfrascando noticias desde la incubadora de mi oficina, editando textos de otros sin pisar la calle. Además, las crónicas que retocaba tampoco relataban grandes batallas, ya que hoy en día resulta más productivo hacer noticias de corta y pega (“recortajes”), que gastar los cuartos en una comida de un redactor con su entrevistado. La calle, antes barata, ahora era una especie de bien de lujo, aunque los periódicos sabían que no sobrevivirían sin ella. La gente no pagaría por refritos, aunque los bauticemos con el nombre de “análisis”.

 

Mi redactor jefe, Alberto, uno de esos tipos que tenía el lujo de decir que fue corresponsal de plantilla cuando estuvo en Moscú, en Bruselas y en Bagdag, se acercó después de editar mi último artículo. Sabía que era mi último día en la redacción antes de partir a Francia.

 

Eres desordenada y a veces no se te entiende al escribir, pero he hablado con Luis y me ha dicho que puedes colaborar con nosotros desde Francia. Es más: me ha sugerido que entrevistaras a Sarkozy.

¡Claro!, le respondí.

 

Y ahí iba yo a París. Con el encargo de entrevistar a Sarkozy, sin hablar francés ni sin saber dónde carajo estaba mi carnet de identidad. Pero lo importante es que por fin me adueñaba de un nuevo destino, del mío. Y con él de mí misma. Dejaba de ser una seguidora para convertirme en mi propia líder.

 

Búscate otro trabajo... con las colaboraciones del periódico, teniendo a otro corresponsal como titular, no vas a llegar a fin de mes. Te recomiendo que en el futuro vayas a Bruselas, ahí sí hay oportunidades laborales, dijo momentos antes de que abandonara la redacción del diario hacia lo infinito, lo desconocido, lo incógnito y el más allá.

 

Me tomé unas copas con mis compañeros y me fui a mi apartamento en La Ventilla de Madrid. Al día siguiente hice una mudanza que consistió en tirar lo que tenía dentro de tres maletas, de las cuales una no tenía asa y otra tenía asa pero no rodaba. El resto lo empaqueté en cajas que aún están en mi habitación y que algún día estaría bien que fuese a recogerlas. Cogí un taxi, hasta que aparecí en la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Una vez ahí, facturé la maleta sin asa y la que no rodaba en la cabina de la compañía de autobuses Eurolines. Eran las ocho de la tarde y me esperaban 17 maravillosas horas por delante en un cómodo asiento en un autobús lleno de emigrantes, la mayoría del norte de África.

 

Y ahí estaba él. Mi amigo cultural –le llamo así porque en todos nuestros encuentros siempre mantuvimos los diez metros de la distancia de seguridad, como los automóviles–. Me vino a despedir al andén 33 de la estación de autobuses, que es de donde salían los buses con dirección a París.

 

Me pediste que te viniera a despedir para que te cargase con las maletas, me dijo mientras compartíamos un Aquarius de naranja que había sacado de una de las máquinas del andén por dos euros.

 

Quería responderle que no era así, y que nunca lo fue, que en el fondo pensaba que era una de las personas que más echaría de menos cuando me fuera de Madrid. Pero permanecí callada. Igual que cuando me despedí del chico de mi Kibbutz en Israel, el día antes de irme a Palestina.

 

En esta ocasión le hice prometer a mi amigo cultural que vendría a verme a París, y me dijo que sí. Aunque sabía de antemano que no pasaría. Nos despedimos como dos amigos. A todo eso era lo único que éramos. Subí al bus y observé cómo él se alejaba, sabiendo que su imagen pasaría a ser un recuerdo. Había vivido tantas veces la misma situación: cuando me despedí de Diego en Coruña, después de terminar bachillerato y antes de empezar la carrera en Salamanca en el año 2004; cuando me despedí de Sebastian en Múnich en el año 2006, después de terminar mi Erasmus; cuando me despedí de Valentín en Montevideo el año 2009, después de terminar mi año de intercambio universitario en Latinoamérica; cuando me despedí de Deepak en Londres en el año 2010, después de terminar mi primer máster; cuando me despedí de Isgak en Ciudad del Cabo el año 2011, después de terminar mis prácticas del primer máster; cuando me despedí de Yissachar en Jerusalén en el año 2012, después de irme de mi Kibbutz (antes de despedirme de él), y después de despedirme de Darío en Coruña también en el año 2012, antes de empezar mi segundo máster, en el diario ABC.

 

Ahora le tocaba a él, era septiembre de 2013, me iba de Madrid a París, como corresponsal interina de ABC. Además, había conseguido un contrato temporal de cuatrocientos euros en la Cámara de Comercio Internacional. Mi hermano pequeño, Ramón, me esperaba en la estación de autobuses de París. Él también trabajaba en la Cámara de Comercio Internacional. Sumando nuestros dos sueldos teníamos un total de 872,10 euros al mes, lo que escasamente nos llegaba para pagar nuestro apartamento de doce metros cuadrados de 690 euros al mes. El estudio estaba situado al lado de la estación de metro de La Motte-Picquet – Grenelle, en el XV distrito, a diez minutos andando de la Torre Eiffel.

 

Llegué el sábado a la 13:30 del 28 de septiembre a la estación de Gare Routière Internationale, Paris-Galliéni (Estación de autobuses Internacional de París Galliéni), situada a las afueras de la ciudad.

 

La última vez que había vivido con mi hermano fue en el año 2009, tras finalizar la carrera de periodismo en Salamanca e irme a Londres a estudiar el máster. Por aquel entonces, él también empezaba en la capital inglesa su grado en International Bussiness (Comercio Internacional) en la Universidad de Greenwich, antiguo palacio real de la Corona británica.

 

En el 2014 nuestro objetivo será hacer dinero, trabajando en lo que sea, pero dinero. Estoy farto (en español, harto) de pagar por trabajar en empresas de “prestigio”, me dijo mi hermano de 22 años al recibirme.

 

Siempre le dije que le esperaría a que terminase sus estudios y que luego nos montaríamos nuestra propia empresa, como hizo nuestro abuelo, José Antonio –al que llamaban Mantiñán–, cuando le tocó la lotería e invirtió el dinero en un matadero de cerdos en Brives, una aldea gallega.

 

Me alegré de verle, me sentía como en casa estando en París. Le dije que estaba totalmente de acuerdo con él. Aunque sabía que trabajar por dinero significaba despedirme del periodismo que me gustaba, que se tenía que publicar en muchas ocasiones gratis, porque nadie lo compraba.

 

¿Qué quieres hacer ahora que has llegado a París?, me preguntó mientras sacaba las maletas del autobús.

Ir a un campamento de gitanos a hacer un reportaje, le respondí.

Vale, pero primero dejamos las maletas en casa.

 

Una semana después, sin hablar francés y tras haber encontrado mi DNI en un bolsillo perdido de mi cartera, conseguí escribir mi reportaje:

 

Así viven cuarenta y cinco familias romaníes en Francia

 

 

Simona nos enseña su casa en el campamento romaní de Triel, en Poissy

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