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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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24 de abril, 2016

2016/17 — Verne y Hetzel

 

 

 

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Tras un acto violento se inicia una carrera por encontrar la explicación de lo ocurrido. Con las investigaciones se puede pretender predecir el futuro o bien explicar el pasado. En el primer caso, la búsqueda de razones aspira a impedir que dicha acción violenta vuelva a repetirse. Dar con las razones a veces sirve para justificar y atenuar. Las razones contienen un mensaje de esperanza y son lo más semejante a un consuelo.

 

Se da la paradoja de que cuanto menor es la información sobre el suceso, más firmes y numerosas son las opiniones vertidas, y estas acaban convirtiéndose en una niebla que contribuye a oscurecerlo todo. Para el periodista Arcadi Espada, la única manera de que escampe la niebla consiste en ceñirse a la vía de los hechos. La alternativa es un desfiladero que recorre el camino de las causas que es la garantía de que acabaremos precipitándonos en el barranco de la ficción o de los prejuicios.

 

Roger Corcho en Ahora.

 

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Kafka reveló las trampas que tiende el mundo en lo que en castellano se publicó como La metamorfosis, para grave indignación de Jorge Luis Borges, que ateniéndose con precisión al alemán llamó siempre La transformación.

 

Hašek emprendió la misma tarea en lo que en castellano se llamó por primera vez El bravo soldado Schweik, traducida directamente del alemán, y la segunda, Las aventuras del soldado Svejk, palabra esta (aventuras) que ha sido tajantemente descalificada como traducción del checo osudy (destinos) por Milan Kundera y por Karel Kosik. Poca suerte tienen las grandes novelas con los títulos que les ponen en castellano. Y a veces no solo con los títulos.

 

Fernando Valenzuela en Ahora.

 

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Trumbo ha sido el guionista mejor pagado de Hollywood. De orígenes humildes, empezó trabajando como panadero por 75 dólares al mes para mantener a toda su familia hasta cobrar 4.000 dólares a la semana bajo nómina de los grandes estudios. Incluso durante el periodo negro de su carrera –cuando se convirtió en el guionista negro más cotizado del mercado–, sus trabajos se multiplicaron hasta dejarle exhausto. La imagen con la que arranca la película es la que le ha otorgado cierta dimensión icónica: el guionista con su máquina de escribir en su lugar habitual de trabajo, la bañera. Sumergido en agua caliente, llegó a escribir a un ritmo de 20 horas al día, bebiendo alcohol, fumando y tomando estimulantes para mantener el ritmo. Como dramatiza la película en una escena, ni siquiera el cumpleaños de su hija era un pretexto para que el pez saliera de su pecera. Había que pagar las facturas para mantener el nivel de vida de un “comunista con piscina”, como eran señalados por la prensa los “rojos” de Hollywood.

 

Carlos Reviriego en Ahora.

 

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“Cuando viajo, la gente que me parece más interesante es la que está inconforme con su país. La que está en tensión con él. El mejor registro de una época es generalmente un registro crítico. Nietzsche hablaba del pensamiento intempestivo, el pensamiento que escapa a la medida del tiempo porque no está conforme con la época. En ese sentido, yo creo que la literatura es una magnífica oficina de quejas para los desperfectos del mundo. No tiene mucho caso escribir para decir que todo está bien, que todo está en orden.”

 

Entrevista de Ramón González Férriz a Juan Villoro en Ahora.

 

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La mejor poesía de Morrison no se halla siquiera en sus emotivas evocaciones de Belfast o California o el verano en Inglaterra. No. La mejor poesía de Morrison es aquella en que se limita a trasmitir como un condensador eléctrico toda la inagotable energía que hay en un simple recitado onomatopéyico, igual que un chamán que curase a un herido con una danza y una calabaza llena de semillas: «Dadada da da da, da da da da/ Dadada da da da, dada da».

 

¿Saben qué? Ésa es sin duda la mejor poesía, la más incandescente, la más emotiva, que ha compuesto jamás el bendito orate, el hechicero, el hijo del electricista del astillero, el niño que escuchaba la radio arrodillado como si estuviera frente a un altar, el loco, el insoportable, el místico, el William Yeats de Belfast.

 

Eduardo Jordá en ABC Cultural.

 

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En este breve y delicioso tratado, Los enemigos de los libros, William Blades cataloga los enemigos de los libros y los retrata sin piedad, sin perder ese sentido del humor tan british. Aportando numerosas anécdotas, el autor dedica un capítulo a cada uno de ellos, desde distintos agentes naturales, como el fuego, el agua, el gas, el calor, el polvo y las polillas hasta otros causados por la mala praxis humana como la ignorancia, el fanatismo, los encuadernadores y los coleccionistas. Tampoco los niños se escapan de sus críticas… ni los criados.

 

Núria Albesa reseña Los enemigos de los libros en Cultura/s.

 

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Conocer un oficio desde dentro (en mi caso el de novelista) tiene una ventaja (o un inconveniente): te lleva a desarrollar anticuerpos con los que resulta relativamente sencillo descartar lecturas. Sin ir más lejos, conociendo el prolongado y complejo trabajo al que la imaginación suele someter al material (provenga de dónde provenga) me resulta casi imposible leer la novela de un autor que nos asegura que escribe con el Google abierto, o consultando la Wikipedia (existen los incautos que todavía lo proclaman como si fuese una novedad).

 

Gonzalo Torné en El Cultural.

 

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Seguí de cerca la narrativa española de los noventa, pues a lo largo de toda esa década me dediqué, entre otras cosas, a reseñar sus novedades. Puedo decir que la construcción de mi perfil como crítico literario es simultánea al surgimiento y despegue de esa presunta “generación Kronen”. […] Me mantengo en la convicción de que se trató, fundamentalmente, de un fenómeno impulsado y manipulado por una industria editorial profundamente transformada durante la década anterior, urgido de nuevos autores y de nuevas franjas de mercado.

 

Ignacio Echevarría en El Cultural.

 

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En las últimas 66 páginas del libro se recogen los testimonios principales de dos pleitos planteados por algunos de los entrevistados contra Alexiévich tras la publicación, en los noventa, de diversos fragmentos del libro en el periódico Komsomolskaia Pravda. Según la acusación, promovida por mandos militares y políticos, la autora había manipulado sus palabras y desprestigiado gravemente a la gran patria soviética. En su defensa se abrió u intenso debate sobre el concepto y lo límites del género de la narrativa documental, la diferencia con los artículos publicados y el margen de libertad de un autor para elaborar una redacción literaria a partir de testimonios reales.

 

Felipe Sahagún reseña Los muchachos de zinc en El Cultural.

 

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“Criticism is not nice,” Mr Scott admits. “To criticise is to find fault, to accentuate the negative, to spoil the fun and refuse to spare delicate feelings.”

 

But it is also essential. Without thoughtful and disinterested judges, everyone would be at the mercy of the marketers. “Culture now lives almost entirely under the rubric of consumption,” Mr Scott says, and it is the critic’s job to step in to protect the audience from the hucksters, the frauds and the sell-outs. Criticism, then, “is not an enemy from which art must be defended, but rather another name—the proper name—for the defence of art itself”.

 

Everyone’s a critic.

 

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Shakespeare, casi con toda seguridad, sabía leer latín, francés e italiano”. A juzgar por sus textos, parece haber leído muchísimo, pero de manera singular. Ackroyd averiguó que citaba “muchos comienzos” (de libros bíblicos y de Ovidio, sobre todo) pero “escasas conclusiones”: lo que podríamos llamar “síndrome del lector vago”, pero, desde luego, con mucho aprovechamiento.

 

Marcos Ordóñez en Babelia

 

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Hersh is a tremendous reporter on his day, but he’s not a great writer. Like an intelligence report, his method relies purely on the quality of his informants. And as they all to a man speak in the same paranoid tone of disillusioned whistleblowers from a TV thriller, they don’t sound very convincing.

 

The Killing of Osama bin Laden by Seymour M Hershreview.

 

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[…] but he could see there were things that could be done to make it more reader-friendly. Earl was far from the most responsive author Paul had ever worked with, but he was congenitally practical, and Paul hoped he would come to see the logic in Paul’s major suggestion, which was that the life should not die at the end of the book. Everything should go on just as before —except radically new. The novel is superb, he’d tell him; now go rewrite it.

 

Muse. Jonathan Galassi.

 

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Jules Verne no se volvió Jules Verne hasta que, cuando era un escritor desconocido y mediocre, encontró a un editor que obró un milagro con él, a base de reescribirlo y tratarlo con crueldad. El manuscrito de Voyage dans les airs había sido rechazado varias veces cuando un día cayó en las manos de Pierre Hetzel. Este estaba en proceso de reinvención. Había sido editor y amigo de Balzac, George Sand y Proudhon, pero su participación en la Revolución de 1848 lo abocó al exilio tras el golpe de Estado de Louis-Napoleón Bonaparte. Regresó a Francia en la amnistía de 1959, y al poco retomó la actividad editorial. En ese contexto conoció el manuscrito de Verne, que corrigió a fondo, y publicó con el título de Cinco semanas en globo. Entonces, Verne era autor insignificante, sin oficio, que no creía en la posibilidad de vivir de la literatura. De hecho, acababa de hacerse agente de cambio. Conocer a Hetzel lo cambió todo. Su relación se convirtió en una de las más célebres entre un autor y su editor.

 

Juan Tallón en El Progreso.

 

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En mi mensaje siguiente, le conté que eso que me decía me recordaba algo que me dijo Rodrigo Fresán cuando lo entrevisté en su casa de Barcelona, a finales de 2008. Poco antes, Fresán había decidido no hablar más de su amigo Roberto Bolaño, quien había muerto un lustro antes. Sentía que ya había dicho sobre él todo lo que tenía para decir. Y me contó lo siguiente:

 

“Desde que Roberto murió, recibo cuatro o cinco e-mails por semana de gente que me pide que rememore nuestras largas conversaciones literarias… que nunca tuvieron lugar. De verdad. Hablábamos más de Gran Hermano que de libros. La gente tiende a pensar que los escritores, cuando son amigos, se reúnen a hablar de literatura, y en realidad los escritores cuando son amigos no quieren hablar de literatura. Uno dice: bueno, he aquí una persona que respeto, que me gusta cómo escribe y cómo lee, que es educada, fina y sofisticada, y entonces no tenemos por qué hablar de nada de eso. Con ese bagaje y esa sofisticación, podemos hablar de cualquier cosa y descansar y divertirnos. Roberto y yo hablábamos de libros, pero node lo que hacíamos. De hecho, nunca leí ningún original ni manuscrito de Roberto antes de que saliera, y viceversa. Sería bastante horrible estar todo el tiempo, mientras el viento nos azota las capas, diciendo cosas como: ‘¡No, recuerda lo que dijo Heidegger!’. Por suerte, eso no se produce. Probablemente los malos escritores tengan esa clase de conversaciones”.

 

Cristian Vázquez en Letras Libres.

 

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Reading these various pieces, one begins to see an answer to the central question surrounding Hitchens: if he was so good, why was he so bad?; or at least, if he was so right, why was he so wrong? Another word too often used about him was “erudite”, but that really isn’t so. He was very well read, which is a different thing, but not deeply learned; he was a brilliant critic, but he was no historian.

 

Christopher Hitchens, from dove to hawk.

 

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Knopf itself has been bought and sold several times, and now belongs, along with hundreds of other publishing imprints, to a mega-company created by the merger of Penguin and Random House. Yet somehow Knopf has held on to its identity as a publisher that prides itself on being singular—on publishing books that are not just good but good-looking and, without neglecting the bottom line, also caring about literary excellence. At last count, the company had published twenty-five Nobel laureates, sixty Pulitzer Prize winners, and more than thirty winners of the National Book Award. As much as it’s a business, it’s now practically a cultural institution.

 

How Blanche Knopf helped make Knopf.

 

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Since Go Tell It on the Mountain, set in Harlem, had dealt with the African-American experience, it came as a surprise to Baldwin’s editors that he had written a novel in which all the characters were white. […] His American publishers, Knopf, however, wanted another novel about Harlem life. They told him that he was a “Negro writer” and that he reached a certain audience. “So, they told me, ‘you cannot afford to alienate that audience. This new book will ruin your career because you’re not writing about the same things and in the same manner as you were before and we won’t publish this book as a favour to you.”’ The book was published in 1956 by the Dial Press in the United States and Michael Joseph in the UK.

 

Baldwin’s complex fate.

 

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There are many different styles of editing, too. It's an apprenticeship. There are courses you can take to learn the mechanics of the business, like the Radcliffe course, but I don't think they teach you how to edit. Editing is more by-the-hip. You look at a text and ask yourself how it can be improved. One thing I have noticed is that when you're a younger editor, you're more intense about it. As you go along, you relax a little. More and more, I feel that the book is the author's. You give the author your thoughts and it's up to him or her to decide what to do.

 

Jonathan Galassi, presidente de Farrar, Straus and Giroux.

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