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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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3 de julio, 2016

2016/27 — La claridad

 

Ian McEwan va dejando leer algún párrafo de su próxima novela, que saldrá en septiembre. Y lo que vemos hasta ahora es como poco sorprendente: el narrador será un bebé no nacido que reflexiona desde el vientre de su madre: “Así que aquí estoy, boca abajo dentro de una mujer”, comienza. A la larga lista de narradores muertos, recurso que han utilizado autores como Philip Roth o Alice Sebold, se añade ahora el narrador ‘nasciturus’. El editor de McEwan habla ya de “una perspectiva que no se parece a ninguna otra”. Estamos de acuerdo.

 

Juan Palomo en El Cultural.

 

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La realidad de un idioma está en el sonido. El idioma existe cuando suena, cuando alguien lo dice y cuando alguien lo oye. Un idioma que no suena nunca como vibraciones en el aire producidas por órganos humanos, es un idioma muerto.

 

Andrés Ibáñez en ABC Cultural.

 

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En su segundo volumen de memorias, tituladas Touch and Go, Terkel dio a conocer las técnicas que utilizaba para hacer que los entrevistados hablaran sin reservas: «Lo que yo introduzco en la entrevista es el respeto [...] La grabadora ha sido mi mano derecha; me ha permitido percibir las palabras y, de ese modo, conseguir el detalle revelador que de otra manera podría quedar olvidado. Pero no es simplemente el uso de la grabadora. Pido a la persona que transcribe la grabación que escuche cuidadosamente y escriba todo: pausas, pitidos de los coches, el sonido de los relojes marcando la hora. Todo. Quiero capturar la conversación en su integridad […] Luego elimino mis preguntas para poder introducir una especie de soliloquio».

 

Xabier Fole reseña La guerra ‘buena’ en ABC Cultural.

 

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Recíprocamente, debe convenirse con el Diccionario de las artes (Planeta, 1999) de Félix de Azúa en que “la claridad de la exposición es una señal inequívoca de la solidez del pensamiento”, dictamen que Arthur Schopenhauer preludia en Parerga y Paralipómena: “Nada es más fácil que escribir de manera que no haya quien lo entienda, igual que nada es más difícil que expresar pensamientos de peso de modo tal que nadie pueda decir que no los entiende. Lo ininteligible está emparentado con la carencia de inteligencia y, en todo caso, es infinitamente más probable que esconda una mistificación que un pensamiento muy profundo”. Todo esto, traducido en términos cervantinos, puede decir así: “Llaneza, muchacho, y no te encumbres, que toda afectación es vana”.

 

Paul Davies refiere en la introducción de las Seis piezas fáciles de Feynman un episodio de gran valor simbólico. Tras haberle pedido un miembro del claustro del Caltech que explicara por qué las partículas con espín igual a 1/2 –no se preocupe si esto le suena a sánscrito– obedecen la estadística de Fermi-Dirac, Feynman respondió: “Prepararé una lección sobre ello para estudiantes de primer año”. Al cabo de unos días, Feynman regresó y reconoció: “Sabéis, no pude hacerlo, no pude reducirlo al nivel de un estudiante de primer curso. Esto significa que realmente no lo comprendemos”. Dicho en otros términos, la incapacidad de expresar con llaneza un concepto, según Feynman, es sinónimo de que no se entendió con suficiente profundidad, lo que, en otro campo, reitera el veredicto de Schopenhauer. Lo oscuro suele abrigar con mucha mayor frecuencia una impostura que una profunda reflexión.

 

Explicar la ciencia. Cómo hablar claro de cosas complejas.

 

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Le preguntaron a Montebello hace unos años que para qué sirven los museos en una época de acceso instantáneo y global a todas las imágenes, y él contestó, con el aplomo que le caracteriza, que los museos sirven justamente como guardianes de la presencia real de la obra de arte, su materialidad precisa, su irreductible singularidad.

 

Antonio Muñoz Molina en Babelia.

 

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Al escritor Ahmed Masoud, residente en Reino Unido, le denegaron la entra a Israel, donde aterrizó el 21 de mayo para participar en el PalFest, un festival literario que busca “romper el cerco impuesto a la cultura palestina”. ¿Su crimen? Ser ciudadano de Gaza. A David Grossman, que perdió a su hijo Uri en 2006 en la guerra de Líbano, le han hecho desaparecer de las estanterías de Obeikan, una de las grandes cadenas de librerías en Arabia Saudí. No importa que sea crítico con el Gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu por su trato a los palestinos: tiene pasaporte israelí, y eso también se paga. A Colum McCann, reputado escritor irlandés afincado en Nueva York, le torcieron algo más que el ceño el día en que por pura carambola le invitaron a hablar en el Festival de Escritores de Jerusalén –con financiación del Ejecutivo israelí– y en el PalFest –apoyado por el British Council– y dijo que sí a los dos. “Sabía que iba a ser controvertido. Pero siempre hay más de dos verdades y yo necesito ver el mundo de forma caleidoscópica”.

 

Literatura ocupada.

 

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Enrique Vila-Matas, que no sé si vota ni a quién, que no escribe sobre esta actualidad de encuestas absurdas y tertulianos multitarea, es uno de los dos o tres escritores vivos en español más importantes de nuestro tiempo, traducido a decenas de idiomas y galardonado en varios países. Sin embargo, nunca ha recibido un premio oficial en España, y eso que hay unos cuantos: premio Nacional, premio Cervantes, premios Príncipe de Asturias…

 

Alberto Olmos en El Confidencial.

 

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Así como no conozco ningún gran escritor que no haya sido un gran lector, ¿puede haber un gran escritor que no haya sido un gran viajero? Es sorprendente porque los nombres de escritores marcados por el viaje salen a chorros, de Herodoto a Stevenson.

 

Pedro Sorela en su blog.

 

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Así que Dubner, en el podcast, plantea que quizá la razón verdadera por la que seguimos las noticias no es el deber ciudadano, ni el deseo de ser mejores personas, ni la convicción de que estar mejor informados nos ayuda a tomar mejores decisiones, sino porque, en el fondo, nos entretienen.

 

Diego Salazar: ¿Por qué seguimos las noticias?

 

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Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.

 

Entrevista a George Steiner en Babelia.

 

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Aira volvió a su barrio. Se olvidó de Bolaño. Siguió sin leerlo. Se reincorporó a sus rutinas, escribiendo en bares, despacio, aunque sin borrar ni reescribir, casi reivindicando el error, lo que en cierto sentido equivalía a ir deprisa. Usaba cuadernos de papel liso, sin rayas ni cuadrícula, con espiral. Un señor de la casa Wussmann lo provee. La misma casa Wussmann que fabrica los billetes para la Casa de la Moneda. Papel de Wussmann, pues, y estilográfica de Montblanc o Vuitton para escribir en los cafés, donde halla la proporción ideal de ruido y silencio, ensimismamiento y distracción. Si todo va bien, escribe una pagina y se detiene, hasta el día siguiente. Entonces ya su ritmo de producción era de una novela cada tres meses. Novelas cortas. O novelitas, como las llama él. Estas se reivindican como una desesperación de la novela, casi como su suicidio. «Voy improvisando, lanzándome a la aventura, nunca planifico, el momento de empezar es el más divertido. Luego, hay momentos en que me aburro, quiero empezar otra novela, y tengo que matar a todos los personajes para acabar pronto», comentó en una ocasión. «Lo ideal sería dejarlas inconclusas».

 

Juan Tallón en Jot Down.

 

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Esos escritores que King mencionó en su alocución, a pesar de sus diferencias en términos estilísticos y generacionales, poseían algo en común: son leídos por un significativo número de personas. Sin embargo, sus nombres no encajan en lo que Estados Unidos se conoce como literary fiction, es decir, literatura “de calidad”. Como mucho serán ensalzados por ser “buenos escritores de género”, “maestros del misterio” o “especialistas de la novela negra”. La prosa de estos autores suele ser “vibrante”, “ágil” o “adictiva”; su estilo tiende a ser “reconocible”, “único” e “intenso”; y sus historias provocan “angustia”, “desconcierto” o “temor”. Las páginas de sus libros vuelan en nuestras manos mientras deseamos, con impaciencia, conocer el desenlace de sus tramas. Puede que alguno, como Dennis Lehane, llegue a trascender el género y se convierta en objeto de estudio para algunos teóricos interesados en el crimen como fenómeno cultural, pero sus obras no suelen ocupar espacios de gran extensión en una publicación literaria (mucho menos académica) y su nombre tampoco se sitúa a la altura de escritores como Philip Roth. Por lo tanto, concederle esa medalla a Stephen King suscitó, para bien o para mal, el comienzo de un debate sobre qué es la literatura y sobre quiénes son los escritores que merecen formar parte de ella. “Dar un premio a alguien como yo sugiere que en el futuro las cosas no tienen por qué ser como han sido siempre. Se pueden construir puentes entre la llamada ‘literatura popular’ y la llamada ‘ficción literaria’”, concluyó el escritor.

 

Xabier FoleStephen King y la literatura. Una historia de terror

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