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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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31 de agosto, 2014

Nueva York

 

Martes, 26 de agosto

 

Después de dos semanas parado, constato que mi forma física se ha quedado al otro lado del Atlántico. Mermado por un trote cada vez más costoso y un sol disciplinado, pienso en cómo regresar a esta bitácora antes de que Laura Sanz la haga suya. Me fui a Nueva York unos días y ella demostró que las líneas que tanto trabajo me dan cada semana son fáciles de superar. Pienso en si debo escribir sobre Nueva York cuando la pantalla del ordenador se quede en blanco. No quiero hacerlo, porque no queda un plumilla que no haya hecho esto mismo a su regreso. ¿Qué contar que no se haya contado? Y quiero hacerlo, porque a Nueva York hay que escribirla; no solo imaginarla.

 

Dos semanas desde que apuré mis lecturas neoyorquinas. Tenía previsto pasar el verano con los ensayos de George Orwell, con los diarios del estudiante Gaziel, el ego de Frank Schirrmacher, con Emmanuel Carrère, Richard Ford, Juan Marsé, Javier Marías… De un tiempo a esta parte, que es un cliché, he constatado que apuntar un esquema de mis próximas lecturas es una buena manera de frenar mi ansiedad y dejar de pensar en nuevos títulos. A menudo se cuelan libros, pero con esta lista al menos sé por dónde tirar. No contaba con el ciclo Nueva York. El viaje me surgió unos días antes de marcharme de vacaciones. Enseguida me puse a leer.

 

Con el recuerdo de ‘Un año en el otro mundo’, rescaté ‘La ciudad automática’. A Julio Camba le sorprendía, en la primera mitad del siglo pasado, el modo en que el hombre iba suprimiendo toda relación con el hombre. Los restaurantes automáticos como ejemplo:

 

“Yo entro en el restaurante automático y me proveo de monedas automáticas. Y, ya provisto de estas monedas, no hay dificultades para mí. A todo lo largo de las paredes, los manjares más diversos y las comidas más varias yacen en unas urnas de cristal. En una sección de quince pequeños departamentos hay un letrero que reza: 'Panes'. En otra de treinta se lee: 'Pastelería'. Aquí dice 'Bebidas frías'. Allí 'Bebidas heladas'. Allá 'Bebidas calientes'. Los jugos de frutas ocupan también buena cantidad de departamentos: jugo de naranja, jugo de tomate, jugo de uva, jugo de manzana, jugo de toronja… Yo voy, vengo, doy vueltas y más vueltas, y cada ve que una cosa me apetece echo en la ranura los níqueles necesarios, y se produce el milagro. La urna de cristal se ilumina vivamente, suenan unos goznes, hay una puertecita que se abre. Y las Boston beans que, un momento atrás parecían beans de porcelana –las Boston beans, una especie de judías con jamón, constituyen el plato favorito de los españoles en los restaurantes automáticos–, se me ofrecen por sí mismas exhalando un olorcillo bastante apetitoso. Luego la luz desaparece, y todo entra de nuevo en su penumbra original.”

 

En Nueva York, leí en ‘Un año en el otro mundo’, no hay manera de perder el tiempo: “Nueva York, realmente, más que una ciudad es una fábrica gigantesca. Aquí se ha supuesto que no debe haber vagos, que no debe haber poetas, que no debe haber enfermos y que no debe haber personas de edad. Se ha supuesto, en fin, que no se debe perder el tiempo.”

 

De Camba a Alfonso Armada. Con las páginas en las que interpreta ‘The New Yorker’ y ‘The New York Times’ en su diccionario de Nueva York más que leídas, voy a por ‘Nueva York, el deseo y la quimera’: 

 

“Dice Pete Hamill que la mejor novela es el periódico, la vida de cada día. La rutina es un objetivo utópico. Tal vez por eso no pueda vivir sin los periódicos, tal vez por eso insista en volcarme en ellos, en escribir en ellos, e intente atrapar el tiempo y redactar para la posteridad páginas que envejecen a velocidad vertiginosa.”

 

Y sigo rebuscando entre mis notas. “Hay un instante a lo largo del día en que sé perfectamente qué es lo que quiero escribir aquí –subrayé leyendo a Armada–. Pero no lo escribo, y cuando llega la hora de la verdad tengo la manos vacías”. Algo así me ocurre a mí. El escritor E. B. White dijo que escribir nunca es divertido. E. B. White, autor de ‘Esto es Nueva York’, un ensayo esencial sobre mi ciudad soñada:

 

“La fiebre esencial de Nueva York no ha cambiado ni un ápice, y no he intentado hacer revisiones con la esperanza de ponerla al día. Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz –y ni siquiera la editorial Harper es tan rápida. Tengo la impresión de que es un deber del lector, y no del autor, poner al día Nueva York; y confío en que hacerlo será más un placer que un deber.”

 

Luc Sante puso al día en ‘Mata a tus ídolos’ una Nueva York en rápida regresión, decadente, antes de que el fiscal y después alcalde Rudy Giuliani la convirtiera en otra bien distinta: “Su legado ha sido una ciudad de Nueva York a la que le ha sangrado gran parte de su identidad. Es una ciudad de franquicias y casuchas de millones de dólares, de servicios públicos mínimos e impuestos de favoritismo, de un Times Square corporativo y un Harlem blanqueado. […] En una o dos generaciones, la ciudad que él [Giuliani] ha dejado podría intercambiarse con Phoenix o Atlanta, excepto por sus singularidades geográficas.”

 

Enric González, en ‘Historias de Nueva York’: “Nueva York ha quedado muy lejos de su momento de decadencia. Será, por mucho tiempo, la ciudad que hizo Giuliani, menos salvaje y más segura. Uno puede ir tranquilo por la calle. Salvo que tenga el alma y el oído sensibles: el nivel de violencia verbal es elevadísimo.”

 

La última advertencia es de Elvira Lindo. Apuro ‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ en el aeropuerto de Barajas:  

 

“Hay un tipo de personas que construyen su ego gracias a la prudencia de un público que suele responder en silencio a la narración de sus fantasías por la simple razón de que los espíritus fantasiosos suelen inspirar piedad, y Nueva York es el medio ambiente ideal para los fabuladores; su prestigio (a menudo justificado) de que es el lugar del mundo en el que todo puede suceder favorece el que haya gente que invente historias excéntricas para demostrar que está tocando el corazón de la ciudad. También es perfecta para aquellos que sienten la necesidad de estar a la vanguardia, de llegar donde otros no han llegado, de descubrir los bares a los que hay que ir o los barrios populares que, de un día para otro, se convierten en centro de atracción para jovencillos pioneros. Nueva York es una mina para los enterados, para los enteradillos.”

 

Allá voy.

 

***

 

Miércoles, 27 de agosto

 

La primera visita está clara: el edificio del ‘New York Times’. Ubicado en la misma Octava Avenida de mi hotel, se encuentra a apenas dos calles. Una mole de 52 plantas se levanta a la vuelta del turístico Times Square. Los viandantes caminan por delante a toda velocidad. En Midtown peatones y vehículos se torean unos a otros y detenerse en la mitad de la calle es tan peligroso como ponerse delante de un morlaco en unos encierros. ‘The New York Times’, la “biblia pagana” –así lo define Armada en su ‘Diccionario de Nueva York’– de los otros creyentes. De los que, como yo, comienzan su peregrinaje presentando sus respetos ante el periódico que da cobijo a “todas las noticias que merecen ser impresas”.

 

 

Nadie se detiene ante la sede de la Dama Gris. Las cámaras fotográficas brillan más allá, donde deslumbran las publicidades luminosas de Times Square. Pocos saben que el nombre del icono de la ciudad de cosas inadvertidas –palabra de Gay Talese– se fraguó entre páginas manchadas con tinta. Longacre Square, ubicado entre la calle 42 y Broadway, era el nombre del descampado al que se mudó en 1905 el diario que pasaría a convertirse en el referente del periodismo mundial. Times Square no es la Plaza del Tiempo, sino la Plaza del Times.

 

La actual sede del ‘New York Times’ se completó en el 2007. La redacción se trasladó al rascacielos, según leo, cuando las obras no estaban aún completadas: no funcionaban los accesorios y quedaban pendientes algunos remates. Un estreno así solo podía anticipar la venta, dos años después, de parte del edificio por más de 200 millones de dólares. La marcha de periodistas, cabizbajos, sujetando una caja con sus objetos personales. Yo miro hacia arriba. Los turistas en Nueva York miramos hacia arriba.

 

 

De la Octava Avenida me dirijo a la Séptima. Entre la calle 42 y la 43 se ubica el edificio Condé Nast, donde se perpetra ‘The New Yorker’. La revista “atesora probablemente el mejor periodismo que hoy se hace en el mundo”, leo en el diccionario de Armada, con “piezas construidas con una prosa aquilatada, quintaesencia, pero al mismo tiempo humilde (aunque jamás empleen esa palabra), nada pretenciosa, elocuente, pegada a la tierra, ceñida a nuestro mundo, amigable (pero nunca demasiado), ligera a veces (pero no superficial), sofisticada (no estúpida), pensada para el placer de la inteligencia” y muchas cosas más.

 

Mi plan contemplaba cruzarme con David Remnick, el director de la publicación, decirle que he leído sus libros, sus reportajes, que estoy de peregrinación. Remnick me invitaría a subir a la redacción, donde estarían trabajando sus grandes firmas. Los Gay Talese, George Packer, Jon Lee Anderson… Incluso los que murieron: Truman Capote, J. D. Salinger, E. B. White, Hannah Arendt, John Hersey… Remnick me los presentaría a todos, muy amables ellos, que me animarían a leer sus textos inéditos. Como no veo al director del ‘New Yorker’ en la calle, entro en el edificio. Remnick tampoco se encuentra allí. En su lugar hay un tipo que me grita cuando me ve sacar mi cámara de fotos.

 

¿Y si por la noche quedan en el bar del Hotel Algonquín?

 

 

Los escritores Dorothy Parker, Robert Benchley, y Robert E. Sherwood se acostumbraron a hacer eso después de la Primera Guerra Mundial. Allí recibieron a Alexander Woollcott, en 1919, a su regreso de su servicio como corresponsal de guerra. Pronto surgió la tertulia del Algonquin Round Table, a la que se unieron George S. Kaufman, Heywood Broun y Edna Ferber. El intercambio de ideas y opiniones confluyó en la fundación del ‘New Yorker’, en 1925. Una placa lo recuerda en la fachada del hotel. 

 

 

Todos los invitados reciben hoy un ejemplar del ‘New Yorker’. Es medianoche cuando entro en el bar. No veo un solo número. Unas cinco personas están sentadas en la barra y una pareja se ríe en un sillón. Me siento en un extremo y pido una Coca Cola. El camarero me mira extrañado, pero qué le voy a hacer: Remnick ha debido de marcharse hace un rato.

 

 

***

 

Jueves, 28 de agosto

 

Librerías. Donde los libros son amados. En unas más que otras, eso sí. En Strand, una de las mejores de Nueva York, los tratan con más cariño. Abierta en 1927, esta tienda tiene, entre novedades, libros de segunda mano y libros raros, más de dos mil ejemplares. La no ficción está ubicada en la planta baja. En Madrid, con excepción de La Central, la crónica está desperdigada en las categorías de ensayo, viajes o historia. En Nueva York, en cambio, la oferta de no ficción es muy generosa. Muchos títulos y muy buenos. Eso se debe, según me explican, a que en Estados Unidos los escritores no se consagran hasta que no abordan la narrativa periodística.

 

Norman Mailer, que era un novelista de éxito, se consolidó con la crónica. Truman Capote destacó por ‘A sangre fría’, su ‘novela de no ficción’: un relato periodístico al que el fact-checking lo ha cambiado de estantería. Tom Wolfe paga sus trajes con el dinero que le reportan sus novelas, pero es, o fue, un reportero. En Joan Didion brillan más sus ensayos. David Foster Wallace cultivó igualmente la narrativa factual. Jonathan Franzen combina “novelones de los de antes” con el género del ensayo.

 

 

En Strand saben cómo buscar las cosquillas a lectores como yo. Bajo con una novela de Didion en la mano. Es tan barata… Y me encuentro un libro de ensayos de E. B. White por 5,95 dólares. Y con una colección de crónicas de Tom Wolfe que incluye aquellas con las que intentó “volar por los aires el edificio de ‘The New Yorker’” por 9 dólares. Y con ‘Los ejércitos de la noche’, de Mailer, en una edición tan deliciosa… Pasé más tiempo revisando los lomos de los cientos de libros apilados en las estanterías que frente a los edificios más emblemáticos de Manhattan. Mi decepción fue no encontrar ‘The Kingdom and the Power’, el libro que escribió Gay Talese sobre ‘The New York Times’. En España no hay forma de dar con él, y esperaba regresar del viaje con él en la maleta.

 

Pero Nueva York da segundas oportunidades. Bajando la calle de Broadway, por la zona de Upper West Side, me encontré con Westsider Books, una librería de segunda mano. En la entrada había algunos volúmenes usados, la típica estantería que hace que los peatones se detengan a echarles un vistazo. Cuando lo hice advertí que el local, aunque pequeño, tenía dos plantas repletas de libros. La escalera de madera, estrecha, se apretaba aún más por culpa de los ejemplares que se habían quedado por el camino. “Estoy buscando ‘The Kingdom and the Power’, de Gay Talese”, le dije a la librera. Es una obra de no ficción sobre el periódico. Talese es un reportero… “Pues debe de estar por aquí… Mira”, me respondió. ‘The Kindgom and the Power. The Story of the Men Who Influence the Institution That Influences the World. The New York Times’. Un ejemplar impreso en 1969.

 

 

“¿Y no tienes ningún libro de Jimmy Breslin? ¿Qué tienes de David Remnick? A mí lo que me interesa es la no ficción”, seguí. Y ella, la librera de pelo blanco, entendió que no podía dejarme escapar solo con Talese, libro que ya había pagado. Me llevó a la zona donde tenía recogidos los libros de crónica. Y si aquí no está, me dijo, busca por aquí. Tienes que buscar, añadió, buscando por mí. “¿Y este no te interesa?” Claro que me interesaban, pero tenía que regresar a España y no tenía sitio en la maleta. “No pasa nada. En el aeropuerto puedes dejar los libros en una caja que te la envían a Madrid. Tienes que pagar por ella, pero así no tienes limitación de peso ni de espacio”. Yo la escuchaba con una sonrisa. Salí vivo. Con un Talese y dos Breslin. Con la rabia de no llevarme más.

 

 

Westsider Books. 2246 Broadway. New York, NY 10024. Abre todos los días de la semana.

 

***

 

Joseph Pulitzer impulsó la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. Junto a su busto hay una placa que dice lo siguiente: “Our Republic and its press will rise or fall together. An able, disinterested, public-spirited press, with trained intelligence to know the right and courage to do it, can preserve that public virtue without which popular government is a sham and a mockery. A cynical, mercenary, demagogic press will produce in time a people as base as itself. The power to mould the future of the Republic will be in the hands of the journalists of future generations.”

 

 

***

 

Viernes, 29 de agosto

 

“No bebas Coca Cola aquí”, me advierte M. “Pueden llamarte la atención. Si te fijas, el metro de Washington no tiene nada que ver con el de Nueva York. Está mucho más cuidado, más limpio”.

 

La vida subterránea neoyorquina responde a una lógica difícil de entender. Por el mismo andén pasan trenes de distintas líneas. También de la misma línea, claro, con la diferencia de que unos paran en todas las estaciones mientras que otros solo lo hacen en algunas. Eso lo entendí cuando, pretendiendo llegar a Union Square, aparecí en Grand Central. Aturdido, preferí regresar a pie.

 

El metro de Nueva York hace tanto ruido que casi se puede adivinar su llegada cuando todavía no ha salido de la estación anterior. Los trenes son viejos y están sucios. Y los andenes ofrecen la misma vista que cuando se estrenaron. Nada que ver con la luz del metro de Madrid. Los viajeros están enganchados a las pantallas de sus teléfonos móviles y escuchan música, como en cualquier otra parte del mundo. Entre los pasajeros, la única diferencia que aprecio con Madrid es que hay más negros y latinos.

 

Washington es más administrativo. Un cartel advierte de que beber, comer, fumar o escuchar música en alto es motivo de sanción o, incluso, de arresto. La capital de Estados Unidos no quiere que los chonis se escondan bajo tierra.

 

***

 

Sábado, 30 de agosto

 

Nueva York es impaciente.

 

Se desayuna deprisa, caminando. En las cafeterías hay más dependientes que clientes. La idea es que el café y el bollo estén listos cuanto antes. Lo entregan en una bolsa para no perder un segundo. “Aquí se ha supuesto que no debe haber vagos”. Para detenerse en medio de la calle, lo conveniente es apartarse a un lado, como hacen los coches. Peatones y taxis interpretan a su manera los semáforos.

 

Se compra deprisa, sin respiro. B&H, una tienda gigantesca de fotografía, vídeo y audio, es como una fábrica. Una vez que encuentras –no es fácil– el producto deseado, pongamos que un archivador de negativos, un dependiente lo deposita en una caja que debe recogerse más tarde. Antes, te pedirán tu nombre y dirección. El siguiente paso es pagar. Si eres español, te atenderá alguien que en lugar de saludarte con un ‘morning’ dirá ‘buenos días’. “¿Y mi compra?”, preguntarás. “Debes recogerla ahí”, te dirán, señalando otro mostrador. Allí ha llegado el archivador por medio de un mecanismo que recuerda a las pinzas que transportan los periódicos en las imprentas. Sólo te queda recoger, antes de salir, la cartera que has debido depositar a tu entrada. La ciudad autómatica, decía un Camba maravillado por los restaurantes milagrosos.

 

Nueva York es contagiosa.

 

Hoy he desayunado de camino al metro un té del Starbucks, he almorzado un perrito caliente y he comido un par de trozos de pizzas. “Aquí se ha supuesto, en fin, que no se debe perder el tiempo”.

 

***

 

Me dirijo en tren a Tarrytown, un pueblo situado a unos cuarenta minutos de Manhattan. El trayecto comienza en Grand Central, uno de los reclamos turísticos de Nueva York. “No hay un lugar más neoyorquino que esta estación, la más hermosa del mundo”, según Enric González. Es un escenario de película. Son tantos los directores que han recurrido a una estación que sigue en pie gracias al empeño de Jacqueline Kennedy. La viuda de John F. Kennedy se movilizó contra su derribo. Me siento junto a una ventana, de espaldas, como acostumbro a hacer. Los viajes en tren son lo que queda atrás. El convoy arranca y pronto se pone a la par del río Hudson. Así será todo el camino. A mi derecha, el agua; al fondo, el imponente skyline de una ciudad que adora ser escrita.

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