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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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19 de junio, 2014

Vuelva usted más tarde

 

Lunes, 16 de junio

 

La Casa del Rey ha publicado dos fotografías del todavía príncipe Felipe con sus dos hijas. Las tomó Cristina García Rodero en 2012, que las había guardado en un cajón hasta hoy. Según la prensa, el próximo rey trabaja en su residencia en el discurso que ofrecerá el jueves en las Cortes, donde se espera que avance las líneas maestras de su reinado. El presidente vasco, Iñigo Urkullu, le ha pedido que aborde el “hecho diferencial”. Artur Mas se ha marchado a Estados Unidos, a la cabeza de una delegación de empresarios catalanes, y regresará antes de lo previsto, para acudir a la proclamación. Lo hace a su manera, renegando. Parece que, pese a todo, quiere mantener una relación cordial con el monarca. Pedro Sánchez, que aspira a liderar el PSOE, confía en que Felipe VI actualice la monarquía al siglo XXI. Es decir, pide una monarquía republicana. La alcaldesa de la capital llama a los madrileños a salir a la calle y celebrar con “alegría, orgullo y esperanza” un “día memorable”. Los empresarios preparan banderas, carteles y pegatinas para empapelar Madrid. El rey ofrecerá un discurso en el que lleva trabajando varios días. Dicen que le está ayudando la princesa Letizia, que para eso ha sido periodista. Será la puesta en escena de un rey a quien le han asignado la tarea de regenerar la vida política española. ¿Es ese su papel? El rey puede representar al país en el exterior, ofrecer discursos… difundir fotos con sus hijas. Los diputados que votaron la abdicación de Juan Carlos I entre chascarrillos son quienes tendrán que abordar el “hecho diferencial” vasco y la consulta catalana.

 

***

 

Martes, 17 de junio

 

“Felipe VI. Qué raro, ¿no?”

“Sí, suena como muy histórico”.

“Y Letizia I”.

 

(…)

 

¿Letizia primera?

 

Me quedo con la boca abierta mientras las escucho. La dentista hace un ruido desagradable al limar mi muela. La auxiliar aguanta el aspirador. Y yo, tumbado boca arriba, me quedo con las ganas de decirles que trabajo en ABC, más que nada por ver la cara que ponen.

 

“¿Qué modelito llevará?”

“Igual repite”.

“No creo. Con lo soberbia que es…”

 

***

 

Miércoles, 18 de junio

 

“Jaime, estoy recogiendo las acreditaciones en el Senado y la tuya no está. Faltan varias. Esto es un caos. Hay colas de varias horas. Tendrás que venir por la tarde a recogerla”.

 

No puedo decir que no estuviera avisado. De todos modos, era difícil imaginarse tal desastre en la entrega de acreditaciones para la ceremonia de proclamación del nuevo rey.

 

“Voy a la calle Bailén”, le digo a un policía.

 

“Por aquí no puedes pasar. Esto es para salir. Tienes que dar la vuelta para entrar a la Plaza de Oriente”.

 

De una punta a otra. Al menos así aprovecho para cruzar por delante del Palacio Real, pienso. En una hora el rey Juan Carlos firmaría su última ley, en presencia de su heredero y los tipos que ocupan los cargos de la instituciones más importantes del país. Casi todos los balcones lucen la bandera de España. En uno de ellos la bandera es roja, amarilla y morada. La Policía ha avisado de que mañana no permitirá que nadie porte una bandera republicana ante el riesgo “real” y “cierto” de que se produzcan altercados. ¿Qué harán con esa bandera? ¿Subirán a requisarla?

 

Frente al Palacio Real se agolpan algunos curiosos, muchos menos que hace unas semanas, cuando el Coro Intermezzo interpretó una canción desde el balcón del Teatro Real. Sí que hay unidades móviles, policías, muchos policías, y periodistas.

 

“Por aquí no puedes pasar. Tienes que ir por este camino de tierra y dar la vuelta a ese edificio”.

 

“¿Por aquí tampoco se puede?”, pregunto cuando se acaba el camino de tierra.

 

“No, se sale por ahí”.

 

El mismo policía que me impidió la entrada a la Plaza de Oriente, el que me mandó a la otra punta para regresar al punto de partida, aparta la valla para que pueda salir.

 

Callejeo y veo a un chico preguntar por el Senado a tres mujeres. Vienen de allí, y le explican que debe rodearlo. El camino más corto está vallado y tomado por más agentes.

 

“Te han dicho que hay que ir por aquí, ¿verdad?”.

 

Me cuenta que no es de Madrid y que le han hecho cruzar la Plaza de Oriente para nada. Que ha estado toda la mañana en el Senado y le ha resultado imposible recoger la acreditación para mañana. Que tratará de vender algo para algún medio colombiano. Si consigue acreditarse, claro.

 

Al llegar nos encontramos con una veintena de informadores al sol, esperando su turno. A mí no me parecen tantos. Por lo visto, esta mañana la cola llegaba hasta el final de la calle. Enseguida me explican que esos diez metros que nos separan de la puerta significan, por lo menos, 45 minutos. Que ellos no se han movido de su sitio en una hora. Esperan al sol. Algunos llevan desde la mañana. Otros hacen turnos con compañeros. Y las acreditaciones no salen.

 

Según dicen algunos, las impresoras están averiadas. El plazo para solicitar el carnet se cerró el lunes. Hoy es miércoles. Tiempo insuficiente para tenerlo todo listo en la España de Juan Carlos I. Un periodista francés, freelance, ha dejado de hacer dos directos durante la mañana por esperar en la cola. Un dinero que no va a recuperar. Una informadora de rasgos asiáticos musita algo para sí misma. Sabe dios qué estará pensando.

 

Es el “vuelva usted mañana”.

 

Los que llevan varias horas lo explican: vas a una mesa en la que hay dos personas. Les dices tu nombre y te responden que no estás. Te dicen que vuelvas luego. Esperas de nuevo la cola. Llegas a la mesa y sigues sin estar. El impresionante dispositivo para atender a los mil periodistas que quieren cubrir el relevo en la corona es un trozo de madera en la entrada del Senado. Los policías insisten en dejar libre la puerta de salida. La de entrada, según pasa la tarde, cada vez está más saturada. No es que tarden en repartir los carnés. Tampoco es que sean pocas manos para tanta demanda. Ni que se hayan perdido o estén mal ordenados. Las acreditaciones, simplemente, no se han tramitado. El motivo puede ser que los datos no estén introducidos en la base de datos. O que haya algún error con la fotografía. En fin.

 

El tumulto de periodistas cada vez es mayor, como la mala leche. Desde fuera se empiezan a escuchar gritos y todos nos asomamos a la puerta. “Que salgan y den la cara”. Aplausos. Esto se anima:

 

“Saque usted una acreditación para saber que funciona la impresora. Llevo desde las ocho de la mañana. Aquí. Y me están tomando el pelo. A mí y al resto de compañeros. Y hay que dar una voz. Si me quiere llevar preso, me voy preso. No vengo aquí a comprar jamones ni lotería nacional. Vengo a por una acreditación para trabajar”.

“Sois muchos y las máquinas necesitan…”

“Pero si no sale ninguna. Sácame una. Sólo quiero una. Sólo quiero una. La de esta señora. La de este señor. Este señor ha venido de Chile, de Chile. No de Segovia. (…) Este señor ha venido de Chile y se va a ir hablando muy mal de España”.

 

 

Alcanzo la mesa por segunda vez. Vuelvo a dar mi nombre. “¿Espero o vengo mañana?”, le pregunto al chico que ha tomado mis datos. Me mira con cara de susto y yo no sé qué pensar. Llevo unas tres horas y decido seguir esperando. Esta vez no me voy fuera y me agolpo frente a la mesa donde se deberían repartir las acreditaciones. El problema es el mismo que hace doce horas, cuando abrieron las puertas, pero no han hecho nada para remediarlo. La responsable de prensa aparece de nuevo y le sugiero que repartan a lo largo de la cola las acreditaciones que ya están expedidas.

 

“Ah, pues es una buena idea”.

 

Diez minutos después un chico sale con las tarjetas para los medios extranjeros en la mano. Treinta minutos más tarde con unos veinte carnés de medios nacionales. Cada vez que alguien se hace con su acreditación aplaudimos, gritamos “bravos” y el agraciado abandona la lata de sardinas con los brazos en alto y enseñando su trofeo.

 

“Algunos problemas se han podido solucionar. Otros no –explicaban un rato antes–. Lo que no sé es qué acreditaciones faltan”.

“¡Todas! Míralo. Han salido quince”.

“Vale, ya sabemos que faltan las de ustedes. Otras que hemos sacado antes ya estaban, ya las han recogido… Pensábamos que se iba a solucionar antes. Se están imprimiendo”. “Se están imprimiendo desde las ocho de la mañana”.

“¿Qué hacemos?”

“Creo que lo mejor, los que tengáis que hacer conexiones, es que os marchéis y volváis más tarde”.

 

 

Decido marcharme sin acreditación. Volveré más tarde, mañana a las siete. El rey Juan Carlos ha abdicado. La selección española se ha estrellado. Y, mientras escribo estas líneas, antes de la medianoche, un periodista tuitea que el sistema se ha caído.

 

***

 

Jueves, 19 de junio

 

Ópera. 6.45 horas de la mañana. Un autobús se detiene junto al Teatro Real y bajan decenas de policías municipales.

 

“¿Dónde vamos?”, pregunta uno. “Al bar”.

 

Hoy los bares están tomados por uniformados y en las calles aún quedan borrachos que discuten sobre su grado de embriaguez. Borrachos que se despiden con un “viva España”.

 

En el entorno de la Plaza de Oriente se forman las primeras colas y en el Senado han desaparecido las de ayer. Los funcionarios han pasado ahí la noche: la misma ropa, las caras de cansancio, los cafés y las acreditaciones, esta vez sí están, les delatan.

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