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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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3 de junio, 2014

Cacheo

 

Me las prometía muy felices en una tarde que caía de manera tan bella que casi renuncio a mi clienta para quedarme sentando en una terraza viendo al cielo enrojecerse al ritmo de media docenas de Asahi, una de las fastuosas cerveza secas japonesas que tanto me alegran los días. Por una vez las seis de la tarde no traían consigo ese tipo de tormentas brutales que anegan una ciudad sin alcantarillado ni cerebros para drenar las calles.

 

En esas, imaginaba cómo sería Dulce, una latina de la que desconocía edad y pesaje, que haciendo paralelismo con su nombre me había contratado muy dulcemente. Como siempre que salgo de casa, y para evitar sobresaltos, cargo con una dosis de Cialis y un ansiolítico de 10 miligramos, por si al vasodilatar aquello se fuera de madre y tuvieran que hacerme allí mismo una traqueotomía. Mi bolsillo delantero izquierdo con el teléfono móvil y el chivato del tabaco con ese par de dosis anteriormente citadas –el que tuvo retuvo–, su pareja derecha con veinte dólares y las llaves de la habitación del hotel, el trasero derecho con el paquete de Marlboro rojo y los escasos rieles que me suelen dar en los cambios –en Camboya no se acuñan monedas por lo que el riel, tan devaluado, hace las veces de ello–, y en el izquierdo de atrás cuatro ases de barajas cualesquiera, que en estos años al ir encontrándomelos por las calles, comidos de mierda, humedecidos en charcas sospechosas, arrugados, me los he ido metiendo en el citado bolsillo como amuletos de no sé qué.

 

Pues bien, llevar ese tipo de dopaje tiene que ver con que a los cuarenta años las erecciones poco o nada tienen que ver con cuando teníamos catorce; tanta sangre acumulada desperdiciada en aquellas épocas en donde se besaba una vez al año y mal. Además de que Dulce podía tener 78 años, entre otros muchas posibilidades a tener en cuenta.

 

Antes de llegar a la dirección asignada –la calle 228 semi esquina con la 51– torcí por Norodom, la amplia avenida de Phnom Penh que da nombre a su Rey, pasando junto a la puerta de la residencia del embajador norteamericano de donde dos jemeres uniformados salieron de su garita para identificarme. A mí, que he bailado en los peores antros del mundo, a veces cerca de la bajada eterna de tensión, me dio la risa cuando aquellos dos bajitos con uniforme militar en el que las camisas estaban solamente medio atadas me dieron el alto. Lo típico, en este tipo de situaciones, es salir indemne o soltarles dos dólares para que se alcoholicen con los licores falsos que asolan a este tipo de naciones. Pero mira tú por dónde –que debió ser porque tras ellos estaba la residencia del embajador americano– los menudos gendarmes se esforzaron en que la escena pareciera lo más parecida a las que suceden en California, sobre todo si hay un equipo de televisión rodando a escasos metros.

 

Por lo que tras explicarles que yo cuando salgo a pasear no cargo con el pasaporte me exigieron vaciarme los bolsillos, momento cumbre de este texto ya que, para no dar muchas vueltas, lo primero que saqué fue el chivato con aquellas dos pastillas, una azul (el ansiolítico) y otra amarilla (el Cialis). Ni en los mejores tiempos de Ibiza se había visto situación más clara de detención.

 

¿Qué es eso? –pregunto el más bajito, que a su vez era el más veterano–.

 

Un ansiolítico y un Cialis.

 

¿Un ansiolítico?

 

 

En este tipo de naciones tercermundistas –y el calificativo no sólo lo baso en su paupérrima economía, sino en la absoluta falta de conocimiento general– hay tipos con metralletas cargadas hasta el límite de su capacidad que no saben qué es un ansiolítico. Lo que hicieron a continuación fue retirarme el plástico con ambas dosis y proceder a penetrar en el resto de mis bolsillos sus pequeñas manos, momento en el que me negué explicándoles que mi dinero sólo lo toco yo. Tras sacarme los dólares y los rieles les dejé que me manosearan, que iban como locos creyéndose que yo era Pablo Escobar y que este caso les iba a generar tantas condecoraciones que al colgárselas todas juntas en la pechera iban a sufrir dolores crónicos de espalda. Pero mira tú por dónde que tras revolverme todas mis prendas, cuando algunos motoristas que circulaban por Norodom se habían parado para ver cómo terminaba aquel cacheo, asumieron que al menos un alijo no llevaba y ya sólo les quedaba dar con la tecla: ¿qué serían aquellas dos pastillas? Porque debo asumir que para un par de policías camboyanos novicios –asumiendo que el veterano, de no menos de 50 años, llevaba un cuarto de siglo sin recibir un mísero curso de formación–, hartos de ver en las televisiones a occidentales drogándose hasta el extremo, se les había pasado por la cabeza que yo menudeaba con anfetaminas o que, simplemente, era consumidor habitual. Y que tirándome de la lengua podían dar con el camello que sirve material a la extensa comunidad expatriada que en Camboya se suele poner hasta la taba de todo tipo de sustancias.

 

En un momento de la anécdota el policía joven llamó por el móvil, un obsoleto Nokia que lo único bueno que tenía era su minúsculo tamaño que se adaptaba a la perfección a su mano de infante. Tras tres minutos de griterío ensordecedor, y cuando el veterano se hurgaba a la vez ambos orificios de su nariz, el joven agente me pasó el teléfono donde recibí una sarta de preguntas de un mando policial, supuse, o de algún compañero que parte de su vida decidió invertirla en aprender idiomas. Algo a tener en cuenta. Porque su inglés, al menos, era comprensible.

 

¿Qué pastillas son ésas?

 

Un ansiolítico y un Cialis.

 

¿Ansiolítico es como Valium?

 

Correcto.

 

¿Y el Cialis?

 

Es una pastilla que ayuda a hacer el acto.

 

¿El acto?

 

Sexo.

 

Ah, comprendo. ¿Tiene más en casa?

 

¿A qué se refiere?

 

Incluso al que dominaba la lengua de Shakespeare le había quedado una duda: si hubiera tenido treinta de ésas en mi botiquín podrían haberme detenido como traficante de sustancias insospechadas para un trío de agentes bananeros en un país ídem. Tras veinte minutos de pérdida de tiempo, y cuando Dulce ya me había enviado un par de mensaje al móvil advirtiéndome que la hora de nuestra cita ya había vencido, me dejaron salir con las pastillas en mi bolsillo izquierdo cuando me puse casi a correr para no perder más el tiempo.

 

En el portal de su modesto edificio, y a causa del sofoco, me puse a sudar como Said Aouita, un marroquí que en los años ochenta ganaba toda carrera y medalla correspondiente si de fondo se trataba, cuando tras sonar por cuarta vez el teléfono –era Dulce, ¿quién iba a ser si no?– subí hasta la segunda planta por las escaleras en otra nueva carrera que me hizo tocar su timbre bajo el mayor aguacero de sudor que recuerden mis neuronas. Y Dulce abrió la puerta viéndome en el descansillo absolutamente empapado; irreconocible. Aunque tras invitarme a entrar descubrí dos cosas: que para ella no era irreconocible: era la primera vez que me veía; y que le ponían los señores empapados en sudor tanto que antes casi de decidir si debía tomarme la dosis de Cialis –pasaba de los cincuenta y era algo oronda– sufrí un ataque en toda regla en donde Dulce, que resultó ser venezolana, me comenzó a arrancar la ropa con tan mala suerte que al deshacerse de los pantalones volvió a salir a la luz aquel chivato del paquete de Marlboro con dos pasillas: la azul y la amarilla.

 

¿Tomas drogas? ¡Fuera de mi casa!

 

Dulce, no son drogas: es un ansiolítico y una dosis de Cialis.

 

¿De Cialis? O sea, que no te pongo.

 

Acabo de entrar en tu casa. Y creo que sí me pones. Pero déjame respirar, secarme, adecentarme; y tráeme un vaso de agua.

 

¿Para qué? ¿Para tomarte esa pastillita que simulará que te gusto?

 

No, porque si no bebo agua de aquí a doce segundos moriré deshidratado.

 

Aparte de llegar tarde con exigencias.

 

Mientras Dulce iba a por agua ya había asumido que el polvo iba a ser imposible. Su actitud, desmesuradamente imbécil, y el hecho clave de que supiera que sobre la mesa del salón había una dosis de Cialis y otra de ansiolítico que no podría tocar, me hizo aceptar que la cosa, para que terminara en éxito, sólo podría ser ayudada por algún milagro externo: desde un movimiento sísmico de 8 grados en la escala de Richter que nos sepultara entre los escombros del vetusto edificio hasta un infarto por su parte, ya que según informan los investigadores en cardiología cuando pasas el medio siglo de vida y eres gorda las posibilidades de paro cardiaco son altas. Porque mientras bebía agua de manera violenta seguía sudando, palpitaba como Said Aouita tras batir el récord de los 5.000 metros, y llegué a aceptar que una fuerte taquicardia me ayudaría a salir de allí hasta la Clínica SOS, que en mi caso es algo así como mi segunda casa.

 

Bueno, ¿empezamos?

 

Primero déjame ducharme, por favor.

 

Juntos. Que si pago es para disfrutar desde el primer al último instante.

 

Dulce creía que yo era como una de esos tubos de pasta dentífrica que hay que explotarlos, apretarlos, hasta que ya casi te cortas la circulación en las yemas de los dedos con tal de sacarle hasta la última gota de sustancia. La ducha, corriente, salvo porque desnuda perdía. Y eso ya me llevó a volverme literalmente loco, comenzando a realizarle sexo oral allí mismo, como buscando un milagro de erección que por supuesto, ya sabía que nunca se iba a llegar a producir. Aunque Dulce, viéndome ahí abajo, arrodillado como un esclavo, se sintió en la gloria. Yo, debo reconocer, que gracias a que el torrente de agua que salía del grifo de la ducha pude simular que en vez de besándola sus labios inferiores parecía que estuviera bebiendo de una fuente de agua no potable. El problema, como cada asunto en la vida, es que todo tiene un límite. Y tras veintitrés minutos arrodillado me exigió que continuara con la faena entrando a matar, cuando mi espada era de plastilina y ella aún ni se lo olía. Por lo que, como los niños malos, me escapé unos instantes de su presencia –“déjame beber un vaso de agua”; y no sería por la cantidad de diferentes líquidos que había engullido– cuando al pasar por el salón me hice con la dosis de Cialis la cual me tragué sin mediar palabra. Al salir de la cocina con un vaso de agua Dulce no estaba tumbada en la cama, que hubiera sido lo natural, sino haciendo inventario en el salón, dándose cuenta de que la dosis de Cialis se había evaporado.

 

¿Te has tomado el Cialis? ¡Qué humillación! ¡Fuera de mi casa!

 

Y sin posibilidad de una explicación me vi de patitas en la calle, con llagas en la boca y una erección de caballo. Al menos si esta vez me volvían a parar las fuerzas del orden dudo mucho que se hubieran atrevido con el cacheo en ambos bolsillos delanteros.

 

Cuando el paseo llegaba a la hora de duración, y tras haber estado hablando largo y tendido conmigo mismo, decidí que aparte de que había dejado de ganar cincuenta dólares tenía algo que hacer por mi bien mental a no ser que hubiera querido zamparme la dosis de ansiolítico, porque mi corazón latía y latía tras haberse hecho oficial que el efecto de la Cialis a capón no se iba a retirar en unos minutos.

 

Esta historia podría haber tenido un final más original pero cuento la realidad: me metí en una casa de masajes de apariencia seria donde la masajista, cansada de ver aquello continuamente erecto levantando una toalla a modo de tienda de campaña, me ofreció el final feliz y no por ganas de llevarse un dinerillo extra sino por la pena que le daba; que parecía un bachiller en pleno día de pérdida de la virginidad. La próxima vez que salga de casa ante una cita con una clienta llevaré la dosis de Cialis escondida en la caries del molar. Aparte de que ya no pasaré más por delante de la residencia del embajador norteamericano. Que pones allí a un par de policías normales y comienzan a tomarse las cosas demasiado en serio. Como si les estuvieran filmando. Que ahora que lo recuerdo creo que el gendarme joven llevaba el pelo engominado y mascaba chicle. Lo dicho: la perpetua invasión occidental sin límites.

 

 

Joaquín Campos, 02/06/14, Phnom Penh.

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