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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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9 de diciembre, 2014

Kim deconstruido

 

Lo primero que haces cuando ves un cartel semi-rosado bajo una maraña de cables, desde telefónicos a eléctricos, que anuncia a un bar que dice servir “comida y bebida”, es entrar. Sito en el distrito 1 de Saigón, una ciudad horripilante que copia de lo que odia, China, el Kim es un antro que en el colmo del cutrismo promociona no al negocio sino al nombre de su dueña, que sospecho debió ser en décadas pasada puta o proxeneta, una de esas profesiones, y sobre todo me refiero a la última, que no han padecido la corrección ecléctica del feminismo-democrático, cuando proxeneto sigue sin aparecer en el diccionario de los horrores donde sí aparece esa retahíla basuresca al comenzar las cartas/charlas/telediarios: “Queridos amigos y amigas; lectores y lectoras…”.

 

Kim además es ahorradora. Porque o si no le habría sido imposible montar semejante iglesia del placer, donde entre las nueve de la noche y la dos de la mañana se recogen lo peor de cada casa, de cada oficina: a los que le dan el visado en Vietnam sólo por ser extranjeros. Y en esas, todos bebiendo, en otro golpe machista de manual: la dueña con sus dos empleadas además de diecisiete cabrones macho, beodos todos, que enloquecían con las caderas de semejante trío cuando los éxitos de Tom Jones, por calificar de de alguna forma a las canciones de ese artista de chichinabo, salían disparados por los cuatro altavoces de un portátil Toshiba que ayudaba a adornar un local entre vetusto y rancio, aunque perfecto en su honradez.

 

Victoria’s Secret anuncia bragas exponiéndolas de manera provocativa sobre los pubis supuestamente afeitados de recientes ex menores en un monitor Panasonic que no seguía nadie entre el público asistente porque tres americanos de tractor y escopeta amenazaban con partirse las barbillas en una pelea siniestramente alcohólica: entre los tres sumaban más de dos siglos de vida; aunque lo peor es que ni se sostenían en pie ni tuvieron los cojones de desenfundar sus armas, cuando en Vietnam se folla y en Oklahoma nada de nada. De hecho comienzo a analizar, de manera peregrina, la posibilidad de que si la sociedad asesina hiciera el acto más a menudo no sería carne de centro comercial pagadera a noventa días, tan cercana a la apertura de informativos por descerrajar armas con maneras televisivas. Y así nos ahorraríamos los suplementos especiales que narran matanzas que a veces parecieran películas de Serie B.

 

El Kim es un milagro donde además se pernocta. Porque arriba, y según parece –fue lo único que no comprobé–, tres habitáculos dan cabida a estereotipos de seres humanos que se resquebrajan hasta que la media noche les recuerda que son alcohólicos para que se vuelvan a sus habitaciones a vomitar, cuando yo seguía dándole a la tecla, a la botella de Bushmills –un single malt de Irlanda; algo así como un mastín alemán de Tristán de Cuña– en un bar que en realidad es uno de esos templos que llevo narrando desde que bebo y siento; o desde que me siento en algunas barras que son memorables porque los que las administran son seres celestiales.

 

Kim, la que da nombre al bar; Vuong, que significa ‘king’: rey, cuando yo soy Joaquín y rimo con ella, además de con la dueña: Kim. Y la que se va antes de que den las doce, como la Cenicenta, pero en mayor, se llama Yen; como la divisa nipona: aviso a navegantes. Casi no llegué a hablar con ella, porque a mayor número de mujeres uno no siempre acepta el desnudarse, verbalmente hablando.

 

El Kim, como The Den en Pekín, o el Toni 2 en Madrid, cumple con una realidad: levantan la piel en sarpullidos, generan tumultos de gentes extrañas como los que toman el metro a las siete de la mañana para ir a trabajar, que por aquí se pasean delirantes, depresivos, en un antro como Dios manda: con sus sofás descosidos, su único baño compartido y con medio dedo de orina acumulada sobre su suelo, y sus cortinas y visillos, a la antigua usanza, dejando un aroma a los setenta que da repelús.

 

“Este bar es como el Cheers, que daba nombre a aquella serie americana de los ochenta, donde todos y cada uno de los que se pasaban a tomar algo por su barra y alrededores acababan despidiéndose de todos y cada uno de los clientes que se quedaban como si aquello en vez de un bar fuera un cuartel”. Gil –léase ‘yil’–, diminutivo de Gilbert, y natural de West Virginia, me lo comentó con una lucidez que ya quisiera yo tener cuando bebo sin cesar y le doy a la tecla de la misma manera, muchas veces buscando ese torrente de palabras con las que Gil me cortó la respiración: eran las once de la noche y mientras yo acababa de llegar desde mis aposentos él se retiraba a los suyos destruido por el alcohol, aunque lúcido de cojones, tras haber aportado una frase tan genial que no era más que un homenaje a todos esos moribundos que antes de estirar la pata o se orinan encima o se orinan encima y te sueltan una charla de trece minutos. A voz en grito. Pureza narrativa.

 

Cuando me acerqué a la barra a escribir esta historia –porque este tipo de homenajes sobre bares sólo se deben narrar desde el lugar de los hechos– me emocioné viendo una foto de Gil en la pared, mezclada entre tantas otras, cuando uno sabe que de un bar uno puede sacar desde una novia a una cirrosis pero nunca, absolutamente nunca, un homenaje real. Humano. Mi foto de carné, sacada deprisa y corriendo junto a la comisaría central de Málaga para conseguir un pasaporte y un DNI este pasado septiembre, ya está pegada en la misma pared donde todos los borrachos perdemos el horizonte, imaginándolo infinito, como esas copas que siempre se vacían en una lucha constante y sin cuartel por un equilibrio insalubre: de la botella la vaso, del vaso al hígado, de éste al bolsillo, y de ahí a la caja, donde al día siguiente Kim repondrá una botella que volverá a repetir semejante circulación a salvo de auditorias y guardias de tráfico.

 

El hermano de la dueña, al que Vuong, mi camarera preferida, llama “alcohólico”, no es más que un retrasado que bebe, y que salta a la par que bebe conmigo –entonces, ¿qué seré yo?– cuando trastoco el portátil del Kim –y de Kim– y pongo desde a Squeeze y su Tempted hasta a Leonard Cohen y su First We Take Manhattan pasando por el Night Calls de Joe Cocker. Lo más fuerte es que Gil, que aparte de pinchar dice ser el que consagró la colección musical del bar, ha colocado más de treinta canciones de Julio Iglesias en la memoria del Toshiba “porque lo amo”. A veces, creo que algunos americanos andan a la gresca no ya con la creatividad sino con la normalidad. Luego otro que andaba por allí, de Connecticut, me confesó que odia a los negros. Fue entonces cuando pinché a Donna Summer y su I Feel Love, momento en el que el racista me corrigió: “A las negras menos”. Eso me recordó a una pequinesa que hace años quiso beber mis vientos, la cual me confesó que su padre le prohibió enamorarse de negros salvo si el interesado en horadar a su hija era Kobe Bryant, el ídolo angelino de dos metros que lleva un par de años besando la lona.  

 

Pero volvamos al Kim, ya que a Kim, además, en su viaje infernal entre su pasado poco mostrable, su presente envejecido, y su alcoholismo desmesurado, copado todo por un negocio que a muchos nos fascina pero a ella la destruye, se ha colgado fotos en las paredes de su negocio haciéndose pasar por modelo, cuando a los sesenta puedes anunciar mantillas pero nunca pintalabios. O eso es lo que marcan los cánones. Esas fotos calamitosas, que ya me las imagino tiradas por el que luego se la debió tirar, cruje el frontal de un bar que apesta a verdad. A tanta como Kim, que por eso da su nombre a semejante artefacto hostelero imposible de desactivar. Porque cuando muera la dueña la manada tiraremos hacia el nuevo desecho de tientas que haya creado algún listillo asiático: de esos que copian mal pero siempre de lo bueno. Y a veces hasta te sale redondo, como el Kim.

 

Whoopy Goldberg, que así la bauticé, es una escocesa peñazo, clienta asidua, que aparte de oler mal habla de más. Molesta, bebida, mayor… para luego echarte charlas sin sentido en donde la buena de Voung, la camarera-reina, me lo advirtió: “Mañana no recordará nada. Llevo aquí dos años trabajando y cada noche es lo mismo”. Luego están las oenegés pro-infantiles que se parten el pecho por sacar de la pobreza a los más inocentes cuando nada más cruzar la mayoría de edad todos esos “salvados” pasan a ser carne picada de una sociedad que se apiada del menor pero nunca del mayor de edad.

 

El problema de los borrachos es que, en general, no saben escribir –luego tres alcohólicos, o trescientos, llegan a publicar libros y a las masas les da no ya por leerlos sino por beber todavía más. Y por eso te dan la tabarra, tristemente. Ya que si supieran darle a la tecla harían como yo: pedir un par de lo que sea, tomar asiento junto al portátil de Kim, y tirar para delante, cuando mi hotel disponía de una perfecta conexión a internet, un mini-bar –para los que bebemos el vocablo ‘mini’ es sinónimo de salida diaria y nocturna– y un aire acondicionado mucho más directo que el del Kim, obsoleto, que daba toda la impresión de poder acumular legionelosis para parar tres trenes mercancías y hacer estirar la pata a toda su tripulación.

 

La última noche –porque estuve las ocho que anduve por Saigón incrustado en el Kim, en una sesión de fidelidad que ya desearía la mayoría de parejas de este planeta– me decidí a preguntar a Kim el porqué de que el baño siempre tuviera una capa de orina. Su respuesta, magistral, a la altura de semejante bar, sinónimo de templo: “¿En serio? No me había dado cuenta. ¿Te pongo otro Macallan?”. Sonaba, esta vez, el Love Me Two Times de The Doors, cuando este texto justamente llegaba a su fin.

 

 

Joaquín Campos, 04/12/14, Saigón.

 

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